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Capital: mando despótico

El motivo fundamental de la producción capitalista es la crea- ción de plusvalor. A tal propósito se ajustan todas las condicio- nes del proceso productivo. El proceso de trabajo, que es inhe- 9 Carta de Marx a Engels del 8 de enero de 1868, en Correspondencia. México:

rente a cualquier forma de la sociedad humana, se transforma en proceso de valorización. El medio de trabajo, el objeto de traba- jo y la propia actividad laboral, son subsumidas por el capital y ahora son momentos constitutivos de la producción de plusvalor, es decir, de la valorización del capital.

El capitalista y el obrero se someten a esta lógica que los en- vuelve. Actúan como personificaciones de los caracteres sociales de sus mercancías. De este modo, el capitalista es la personifica- ción de su capital. Su poder, entonces, no le viene por su po- sición en una jerarquía religiosa o por el nacimiento, sino por su posesión de capital. “El capitalista mismo no es poderoso sino en cuanto personificación del capital...” (IN: 95) Así, la naturale- za interna de la producción capitalista exige que quien compra la fuerza de trabajo oriente sus esfuerzos a la mayor generación de plustrabajo; se requiere obtener el máximo provecho posible del valor de uso de las mercancías que ha adquirido incluida, por supuesto, la fuerza de trabajo. Para esto ha de ejercer la coerción sobre la persona del trabajador. La democracia se esfuma. En su lugar aparece el mando despótico del capital sobre el trabajo: “si conforme a su contenido la dirección capitalista es dual porque lo es el proceso de producción mismo al que debe dirigir —de una parte proceso social de trabajo para la elaboración de un producto, de otra, proceso de valorización del capital—, con arre- glo a su forma esa dirección es despótica”. (DK: I; 403) Y lo es

precisamente porque el propósito es el mayor sometimiento del trabajo para la mayor creación del plusvalor. Por supuesto, den- tro de la misma relación social, puede variar la forma específica en que se produce. No es lo mismo —ni para el capital ni para el trabajo— laborar con instrumentos simples que hacerlo con máquinas robotizadas. Marx distingue entre subsunción formal y subsunción real del trabajo en el capital para precisar la forma diferenciada de extraer plusvalor y el tipo específico de coerción que se ejerce. El punto de partida, tanto de la subsunción formal como de la subsunción real, es ciertamente la relación capitalista entendida como un vínculo social coactivo. “La relación capitalis- ta como relación coercitiva que apunta a arrancar más plustrabajo

mediante la prolongación del tiempo de trabajo (...) es común a ambas modalidades, pero el modo de producción específicamente capitalista conoce empero otras maneras de expoliar plusvalor”. (IN: 56) De cualquier modo, desde el punto de vista de la crea-

ción de plusvalor, la relación capitalista, otrora constituida por individuos libres e iguales, se transforma en una relación de man- do y obediencia, de dominación y subordinación, en fin, de po- der; y eso está sencillamente implícito en la idea de plusvalor. Revisemos la manera en que Marx distingue la subsunción real de la formal y las implicaciones que cada una conlleva en térmi- nos del distinto modo de coerción. “La coerción que se ejerce, es decir, el método por el cual se expolia plustrabajo, es de otra índole. Lo esencial de la subsunción formal es lo siguiente: 1) La relación puramente monetaria entre el que se apropia el plustrabajo y el que lo suministra (...) Solamente en su condi- ción de poseedor de las condiciones de trabajo es como, en este caso, el comprador hace que el vendedor caiga bajo su depen- dencia económica; no existe ninguna relación política, fijada socialmente, de hegemonía y subordinación (...) 2) Lo que es inherente a la primera relación (...) es que sus condiciones ob- jetivas de trabajo (medios de producción) y condiciones subjeti- vas de trabajo (medios de subsistencia) se le enfrentan como capital (...) En el proceso de producción mismo, tal como se expuso más arriba, se desarrollan: a) una relación económica de hegemonía y subordinación, puesto que es el capitalista quien consume la capacidad de trabajo, y por tanto vigila y dirige; b) una gran continuidad e intensidad del trabajo”. (IN: 61) No es la esencia de la relación social lo que distingue a la subsunción real de la formal. Aquélla sigue siendo una oposi- ción entre el capital y el trabajo. Lo que varía, en cambio, es el método de la coerción. La subsunción real se efectiviza mediante el uso extensivo e intensivo de máquinas. En el instrumento sim- ple y en el complejo, el mecanismo propulsor es el trabajador. En la maquinaria, en cambio, proviene de ésta. En este caso, el trabajador se somete a los ritmos y tiempos que establece la má- quina. “En la manufactura y el artesanado el trabajador se sirve

de la herramienta; en la fábrica, sirve a la máquina. Allí parte de él el movimiento del medio de trabajo; aquí, es él quien tiene que seguir el movimiento de éste. En la manufactura los obreros son miembros de un mecanismo vivo. En la fábrica existe un mecanismo inanimado independiente de ellos, al que son incor- porados como apéndices vivientes (...) El trabajo mecánico agre- de de la manera más intensa el sistema nervioso, y a la vez repri- me el juego multilateral de los músculos y confisca toda actividad libre, física e intelectual del obrero”. (DK: I; 515) Así pues, es ésta la forma desarrollada que alcanza la producción basada en el ca- pital. La coerción, en este caso, no la ejerce directamente el capi- talista u otras personas, sino la propia máquina. El capital se presenta con su rostro férreo de máquina. Es el paroxismo de la fetichización del capital. “Mediante su transformación en autó- mata, el medio de trabajo se enfrenta al obrero, durante el proce- so mismo de trabajo, como capital, como trabajo inanimado que domina y succiona la fuerza de trabajo viva. La escisión entre las potencias intelectuales del proceso de producción y el trabajo manual, así como la transformación de las mismas en poderes del capital sobre el trabajo, se consume, como ya indicamos, en la gran industria, erigida sobre el fundamento de la maquinaria. La habilidad detallista del obrero mecánico individual, privado de contenido, desaparece como cosa accesoria e insignificante ante la ciencia, ante las descomunales fuerzas naturales y el tra- bajo masivo social que están corporificados en el sistema funda- do en las máquinas y que forman, con éste, el poder del ‘pa- trón’”. (DK: I; 516) La ciencia se pone al servicio del capital. El sistema de maquinaria, que debería funcionar para facilitar el trabajo, disminuir la fatiga, producir mayor tiempo libre, etcéte- ra, en manos del capital, por el contrario, deviene mecanismo de intensificación del trabajo, medio de aumento de la fatiga, agu- dización de la enajenación, etcétera. El capital ha subsumido e invertido la relación. Pero la máquina no sólo implica el enfren- tamiento capital/trabajo, y la producción como creación de lo ajeno: implica, además, una relación hostil: “Con la maquinaria, la contraposición o la enajenación avanza incluso (...) hasta la

contradicción hostil ”. (MS: 61-63; 9) En efecto, el uso de la ma- quinaria en la producción constituye el cenit del capital. En esta forma específica de producción se condensan las características esenciales del capital. La dominación, incluso en la esfera de la producción, no se presenta como una relación entre seres huma- nos sino como una relación de las cosas para con las personas: fetichización completa. Marx ha encontrado aquí la forma fun- damental del poder en la sociedad moderna. El discurso crítico de Marx es un discurso acerca del poder. Veremos de manera más específica esta idea.