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Capital: relación social

“El capital no es ninguna cosa” sino una relación social entre personas que, sin embargo, aparece como relación entre cosas y personas o como vínculo entre cosas y cosas. Es precisamente bajo la figura de cosas (forma de aparición) como el capital se enfrenta al trabajo vivo que se presenta en el mercado como ca- pacidad de trabajo o fuerza “despojada de toda riqueza objetiva”; bajo esta figura cósica, el capital aparece como un conjunto de “poderes autónomos personificados en sus poseedores; (...) por tanto, las condiciones materiales necesarias para la realización del trabajo están enajenadas al obrero mismo, o más precisamen- te, se presentan como fetiches dotados de una voluntad y un alma propias; (...) las mercancías figuran como compradoras de perso-

nas (...) No es que el obrero compre medios de subsistencia y medios de producción, sino que los medios de subsistencia compran al obrero para incorporarlo a los medios de produc- ción”. (IN; 36) En esta relación en la que el capital es puesto

como capital, los individuos funcionan simple y llanamente como personificaciones de las cualidades sociales de sus mercancías. El capitalista sólo personifica ese poder autónomo que socialmente tienen sus propiedades. También él se “entrega” y rinde culto a sus cosas devenidas capital.

Ahora bien, ha quedado claro que para Marx lo que constitu- ye al capital como capital es una determinada relación social en- tre dos seres humanos, uno de los cuales se presenta como el poseedor de las cosas y otro como el poseedor de su fuerza de trabajo (que también adquiere una forma de cosa que puede enajenar). En esta determinación, el intercambio se establece entre dos personas iguales: el dueño de la fuerza de trabajo “y el poseedor de dinero se encuentran en el mercado y traban rela- ciones mutuas en calidad de poseedores de mercancías dotados de los mismos derechos, y que sólo se distinguen por ser el uno vendedor y el otro comprador: ambos, son personas jurídica- mente iguales”. (DK: I; 204) Y es así como, en efecto, aparecen los sujetos en la “ruidosa esfera de la circulación”, en la superfi- cie, en la inmediatez. Sólo que, desde aquí, se establece una dife- rencia muy importante en cuanto a la naturaleza de las mercan- cías que cada uno posee para ser intercambiadas. Uno de los sujetos del cambio tiene en su poder los medios de producción y el dinero; el otro, por el contrario, sólo tiene su fuerza de traba- jo: su mercancía única que puede enajenar “sólo existe en la corporeidad viva que le es inherente”. (DK: I; 205) Esta mercan- cía “fuerza de trabajo”, al igual que las otras, tiene un valor que se determina por el tiempo de trabajo socialmente necesario para reproducirla. En este caso debe quedar bien claro que no se com- pra al obrero mismo en cuanto a persona, sino sólo su fuerza de trabajo. El valor de ésta se determina por el valor de los medios de subsistencia que requiere para mantener vivo a su portador. Todo se ajusta a la ley del valor: equivalente por equivalente.

Valor de cambio por valor de cambio. Los individuos que inter- cambian parecen independientes, libres e iguales. Entre todos forman una comunidad y sobre esta base son ciudadanos. Esta comunidad es una ilusión que puede explicarse por medio del carácter fetichista que envuelve al capital. Esta comunidad de libres e iguales, y hay que decirlo de una vez, es el fundamento del Estado entendiéndolo aquí precisamente como comunidad. Marx ya había intuido en La ideología alemana que se trataba de una comunidad ilusoria. Algunos años después y, sobre todo, mucho tiempo de reflexión, le llevaron a descubrir el misterio de esta comunidad ilusoria. Los individuos son miembros de la comunidad-Estado sólo si se hace abstracción del hombre con- creto y se sublima el carácter de individuo privado, indepen- diente, que intercambia y que sólo vale en tanto sujeto del inter- cambio. Es sorprendente que la comprensión de Marx sobre la naturaleza de las relaciones sociales capitalistas esté tan cerca de las primeras intuiciones sobre el carácter ilusorio de la comuni- dad-Estado en el periodo de 1843 a 1846. En la crítica de la economía política, Marx ha explicado el desdoblamiento del in- dividuo moderno: “La esfera de la circulación o del intercambio de mercancías, dentro de cuyos límites se efectúa la compra y la venta de la fuerza de trabajo, era, en realidad, un verdadero Edén de los derechos humanos innatos. Lo que allí imperaba era la liber- tad, la igualdad, la propiedad y Bentham. ¡Libertad!, porque el comprador y el vendedor de una mercancía, por ejemplo de la fuerza de trabajo, sólo están determinados por su libre voluntad. Celebran su contrato como personas libres, jurídicamente igua- les. El contrato es el resultado final en el que sus voluntades con- fluyen en una expresión jurídica común. ¡Igualdad!, porque sólo se relacionan entre sí en cuanto poseedores de mercancías, e intercambian equivalente por equivalente. ¡Propiedad! porque cada uno dispone sólo de lo suyo. ¡Bentham!, porque cada uno de los dos se ocupa sólo de sí mismo. El único poder que los reúne y los pone en relación es el de su egoísmo, el de su ventaja personal, el de sus intereses privados. Y precisamente porque cada uno sólo se preocupa por sí mismo y ninguno por el otro, ejecu-

tan todos, en virtud de una armonía preestablecida de las cosas o bajo los auspicios de una providencia omniastuta, solamente la obra de su provecho recíproco, de su altruismo, de su interés colectivo”. (DK: I; 214)

Todo se hace equivalente y por lo tanto justo. Además el cam- bio iguala a los individuos. Las reglas del intercambio mercantil no dejan de operar en la transacción específica entre el capital y el trabajo. No se rompe la ley del valor: la personificación del trabajo vivo ha recibido el valor equivalente de su mercancía fuerza de trabajo: no se le ha robado ni un ápice; a cambio, ha enajena- do su mercancía. “Conforme a la ley del valor a la que se ajusta el intercambio de mercancías, se intercambian equivalentes, cuan- tos iguales de trabajo objetivado, aunque uno esté objetivado en una cosa y otro en una persona viva”. (IN: 42) En este momento,

los individuos que han intercambiado sus mercancías específicas salen de la esfera de la circulación e ingresan a la de la produc- ción. “Abandonamos (...) esa ruidosa esfera instalada en la super- ficie y accesible a todos los ojos, para dirigirnos, junto al posee- dor del dinero y al poseedor de la fuerza de trabajo, siguiéndoles los pasos, hacia la oculta sede de la producción (...) Veremos aquí no sólo cómo el capital produce, sino también cómo se produce el capital. Se hará luz, finalmente, sobre el misterio que envuelve la producción del plusvalor”. (DK: I; 214) Y es que, en efecto, “el capital se convierte en un ser extremadamente miste- rioso” (IN: 98) ¿En qué consiste este misterio? Precisamente en que aún respetando estricta y ortodoxamente el intercambio de valores iguales, hay producción de plusvalor. Acompañemos a Marx en su reflexión acerca del tipo de relación que constituye al