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Dialéctica: la experiencia de la conciencia

En la Fenomenología del espíritu, Hegel desarrolla el concepto de espíritu como aquel que encierra la sustancia absoluta que reali- za el proceso de unidad de conciencias libres e independientes. Es necesario entender, en primer término, que la conciencia sí pertenece al individuo como una cualidad general, pero no es el individuo. En este sentido, la conciencia tiene una doble deter- minación. Es individual y es también histórica. Esto permite hacer una distinción entre el individuo concreto de carne y hueso, y la conciencia que, como característica específica del sujeto, es da- ble separar mediante el pensamiento y seguir, paso a paso, su camino propio de desarrollo.

La conciencia tiene, como punto de partida, la sensibilidad que está orientada al exterior. Desde esta posición asciende a una percepción cosificadora que deviene entendimiento: la concien- cia, que ha concebido la externalidad de su objeto o del mundo de los objetos, cae en la cuenta de que la cosa externa ahora interiorizada no es más que un reflejo de sí misma. Este reflejarse a sí misma a través del objeto le permite iniciar el proceso de au- toconciencia. En este camino de desarrollo, cuando la concien- cia encuentra fuera de sí no un objeto sino otra conciencia, se produce la experiencia inaugural de la intersubjetividad, que 18 Jean Hyppolite. Lógica y existencia... ob. cit., p. 65.

corresponde a la célebre dialéctica del señor y el siervo. Las con- ciencias se enfrentan con el propósito de cosificar al sujeto que tienen enfrente. Es una lucha a muerte que se resuelve, empero, con una conciliación desigual: no se produce la muerte de ninguna de las conciencias porque la aniquilación de una repre- sentaría igualmente la aniquilación de la otra; las dos vivirán pero una quedará sometida a la otra. La conciencia sometida, el siervo, se convertirá, a través de la conquista del mundo por su trabajo, en el señor, y el otrora señor devendrá siervo. Con todo, esta dialéctica no será sino una necesaria estación de paso. El señor y el siervo representan figuras de la escisión de la autocon- ciencia en dos autoconciencias distintas. Esta escisión se supera- rá en la conciencia desdichada, pero ahí todavía no alcanzará el nivel de la razón. La autoconciencia deviene razón pero, además, será empujada por su necesidad interna a morar en el mundo. La razón construye las instituciones de la intersubjetividad: la razón llega a ser espíritu. Como vemos, la conciencia deviene au- toconciencia mediante un proceso largo, tortuoso y contradicto- rio, que pasa por la enajenación y el extrañamiento de sí. La conciencia convertida en autoconciencia, asciende a la razón y de ahí se eleva al espíritu. El espíritu, así entendido, significara el mundo ético que terrenaliza la intersubjetividad como forma de convivencia en el proceso de construcción de la libertad. En la Fenomenología el espíritu se escinde en eticidad, cultura y mora- lidad. No será, entonces, el espíritu el nivel supremo. Está toda- vía la religión como mediadora para alcanzar el saber absoluto. Encontramos aquí el tratamiento de la sociedad civil y el Estado, pero estos aspectos se hallan en el nivel de la cultura y no de la eticidad. La eticidad sólo abarca a la familia y al Estado de derecho. La cultura, que representa el extrañamiento del ser natural, se construye con el trabajo generador de riqueza y con el poder del Estado o, si se quiere, con el Estado entendido como poder.

Según esto, la conciencia que es en y para sí encuentra, in- dudablemente, en el poder del Estado (Staatsmacht) su esen-

cia simple y su subsistencia en general, pero no su individua- lidad como tal; encuentra en él, indudablemente, su ser en sí, pero no su ser para sí; más bien encuentra en él el obrar (das Tun), como obrar singular, negado y sometido a obe- diencia. Ante este poder, el individuo se refleja en sí mis- mo; el poder del Estado es para él la esencia opresora y lo malo, pues en vez de ser lo igual, es sencillamente lo des- igual con respecto a la individualidad. La riqueza, por el contrario, es lo bueno; tiende al goce universal, se entrega y procura a todos la conciencia de su sí mismo. La riqueza es bienestar universal en sí; y si niega algún beneficio y no complace todas y cada una de las necesidades, esto consti- tuye una contingencia que no menoscaba para nada su esen- cia necesaria universal, que es comunicarse a todos los sin- gulares y ser una donadora con miles de manos.19

De aquí se asciende a otro nivel. Este nuevo nivel, más elevado, está representado en la figura de la conciencia noble, que hace referencia a la actitud de la persona que renuncia a la posesión y al goce de sí mismo. De esta manera, el poder del Estado, “que era solamente, por el momento, lo universal pensado, el en sí, deviene precisamente mediante este movimiento lo universal que es, la potencia real. Sólo es esta potencia en la obediencia real, que adquiere mediante el juicio de la autoconciencia según el cual es la esencia mediante el libre sacrificio de ella. Este obrar, que agrupa la esencia y el sí mismo, hace brotar la doble reali- dad; se hace brotar a sí como lo que tiene una realidad verdadera y hace brotar el poder del Estado como lo verdadero que vale”.20

Pero aún no es suficiente. Esta voluntad de sacrificio todavía tiene que devenir gobierno, es decir, se tiene que traducir en un poder real del Estado: “lo que le falta a la conciencia es que haya pasado a ella el poder del Estado, no sólo como honor, sino tam- 19 G.W.F. Hegel. Fenomenología del espíritu. México: FCE, trad. Wenceslao

Roces y Ricardo Guerra, 7a. reimpr., 1987, p. 295.

bién realmente”. En otras palabras, falta que al poder del Estado se le rinda obediencia no sólo como bien universal, “sino como voluntad o el que sea el sí mismo que decide”.21