Capitulo V: Prolegómena: Direcciones Nuevas en la Dogmática V.1 Paradigma Nuevo
V. 15. Características de una Filosofía Cristiana
Para establecer otra vez mi tesis principal: La filosofía cristiana, basada en la fe bíblica y en una cosmovisión cristiana, ofrece la más promisoria prolegómena a la dogmática reformada. Esta clase de enfoque abre las puertas a la dogmática propiamente dicha, construyendo sus fundamentos y ubicándolos dentro de un contexto más amplio del pensamiento cristiano. ¿Cuales son entonces los principales aspectos que sustentan esa prolegómena filosófica? Note brevemente los siguientes principios formativos:
a) Una característica de la tradición calvinista es su constante insistencia en una firma y clara distinción entre el Creador y su creación. Este principio de separación resiste todas las tendencias de empañar las líneas limítrofes divinamente establecidas, no solo las diferencias en la creación (por ejemplo, masculino y femenino, adoración y política), sino principalmente la distinción entre Dios y el hombre. Rechaza toda noción de continuidad óntica, es decir, Dios es trascendente y soberano, y todas las criaturas están sujetas a su voluntad. Este profundo sentido reverencial de distancia y diferencia de carácter es un principio básico no negociable de una filosofía cristiana.
b) Sin embargo, esto no excluye comunión y comunicación entre Dios y el hombre. Porque Dios revela su soberana voluntad y despierta nuestras respuestas a ella a través de la Palabra mediadora. La Palabra de Dios es su manera de salir hacia nosotros y encontrarnos adonde estamos. Como límite y puente puede ser descrito en lenguaje bíblico como "decreto," "estatuto," "ordenanza," y "mandamiento"; o teológicamente como "orden de la creación," "Ley-Palabra" y "mandato cultural." Así entendida, la Palabra de Dios afecta a todas las criaturas. Se sostiene en la naturaleza (por ejemplo, la ley de la gravedad). En asuntos humanos (por ejemplo, arte, ciencia, música, comercio, salud) apela a nuestro sentido de responsabilidad. La Palabra de Dios no es menos normativa para la teología dogmática. De igual modo es el eje principal en torno al cual gira la filosofía cristiana, y por eso es de crucial importancia en un concepto reformado de prolegómena.
e) Otro principio es la idea de creatio ex nihilo. Todas las cosas tienen su origen en una obra inicial, absolutamente soberana, de Dios. El es el iniciador de todo esto. Su obra terminada "en el comienzo" delinea la arena para un vivir responsivo bajo su Palabra, define los parámetros de nuestras potencialidades teóricas, y establece el horizonte normado de toda empresa terrenal.
d) Otra distinción, integrada a la cosmovisión bíblica y por eso también a la filosofía cristiana y a la dogmática reformada, es la distinción entre "los cielos" y "la tierra." Leemos que "en el principio Dios creó los cielos y la tierra" (Gén, 1:1). Luego el drama bíblico, al desarrollarse, enfoca primordialmente el dominio terrenal. Porque la Escritura se dirige a nosotros, seres humanos,
dentro de nuestro ambiente, y no al reino angelical. Sin embargo, el misterioso reino celestial nunca está muy lejos. Una y otra vez vuelve a entrar al cuadro. La Escritura presenta al cielo no como una tierra de nunca-jamás de acontecimientos mitológicos, sino muy concretamente como el telón de fondo más profundo de la historia terrenal. Porque más allá del "cielo" de nuestra atmósfera inmediata ("las aves del cielo"), y más allá del espacio interestelar ("las huestes celestiales"), está "el cielo de los cielos." Este "tercer cielo" es la habitación intercreacional de Dios y de sus "espíritus ministradores" (Heb. 1:14). En sus idas y venidas captamos un poco de su misterioso pero fluido tráfico (Job 1:6; 2:1) que se mueve entre el trono celestial de Dios y la tierra como estrado de sus pies (Is. 66:1). La interacción entre estas dos arenas de la realidad creada entra repetidamente la esfera de la revelación bíblica. Especialmente en los puntos de inflexión, cruciales en la historia de la redención, los mensajeros celestiales aparecen en la escena terrenal para anunciar nuevos desarrollos e inaugurar nuevos acontecimientos.
Estos y otros presupuestos bíblicos nos llevan a distinguir entre el reino celestial, invisible, y el terrenal visible (Col. 1:15-20). En ambos reinos todas las cosas fueron creadas por medio de Cristo (Jn. 1:3). Dios reina sobre ambos como soberano Señor. Sin embargo, la agenda del reino celestial trasciende nuestra experiencia normal (con ciertas excepción de experiencias del "tercer cielo," 2 Coro 12:1-6). Aparte de la moderna mente secularista, no hay motivos para tildar a estos "lugares celestiales" (Ef. 1:3) como fantasías mitológicas de una era precientífica. El reino celestial es real. Tiene su propia historia. La caída de Satanás (Le, 10:18) y la victoria angelical sobre poderes demoniacos (Ap. 12:1-17) son alusiones al triunfo terrenal de la gracia de en Cristo Jesús. Permaneciendo siempre abierta a esta perspectiva celestial, la revelación bíblica se concentra en la escena terrenal. Sin embargo, esta apertura cósmica, de mayor alcance, nos protege contra las pretensiones del secularismo de que nuestro horizonte terrenal agota la realidad creada y que la historia: del mundo es un continuum cerrado. Porque la vida siempre consiste en más de lo que se ve a simple vista.
e) La historia es el actuar de Dios con su mundo, su actuar, a través de sus "altos" y "bajos" en el despliegue de los potenciales de su creación. El es Señor de todo. Vista desde el lado de la respuesta, la historia es el drama del mandato cultural, ya sea que este se haya cumplido fiel o infielmente. Somos llamados a abrirnos y desarrollar ("sojuzgar" y "señorear" significa cuidar con tierno amor) los recursos de la creación siguiendo las líneas multifacéticas de agricultura, lingüística, arquitectura, dogmática, como representantes de , para la gloria suya, y como una bendición a nuestros semejantes.
f) Después del pecado de Adán y de la redención en Cristo, el pensamiento reformado honra la importante distinción entre estructura y dirección. La estructura se refiere al carácter ordenado de la creación, tal como lo tuvo originalmente, tal como la Palabra de se lo sigue requiriendo, llamándola a
volver a su propósito original y a lo que un día todavía llegará a ser. Dirección se refiere a la vida en la creación, distorsionada y mal encauzada como está ahora por causa de nuestra caída en pecado, y como en principio es ahora renovada y redirigida a la obediencia en Cristo. Las estructuras divinamente ordenadas para la creación permanecen para siempre. Pero las estructuras de la creación han caído en Adán. No obstante, por su gracia preservadora (común) todavía sostiene y mantiene las estructuras y órdenes de la creación (matrimonio, trabajo, descanso, trabajo intelectual). Sin embargo, aparte de Cristo, nuestra vida dentro de esas estructuras está mal encauzada. En Cristo podemos comenzar a experimentar nuevamente la restauración de nuestras vidas, y, dentro de estas estructuras y órdenes de la creación, reencauzarlas al servicio obediente. La sensibilidad hacia estos temas direccionales nos mantiene conscientes de las antítesis espirituales que atraviesan nuestros corazones mismos y nuestras vidas, incluyendo el mundo de la erudición.