Capítulo I. Cosmología I 1 Una Obra del Trino Dios
I. 12 ¿Revelación General? Sí ¿Teología Natural? No.
La mayoría de las principales teologías de la tradición del cristianismo occidental son dominadas por motivos dualistas. Como principio para funcionar presuponen una cosmovisión dividida agudamente a lo largo de las líneas de dos reinos de realidad. En un nivel afirman la revelación natural (general), desembocando en la ley natural, que constituye la base para una teología natural. A un nivel más elevado afirman una revelación sobrenatural (especial), el contexto para la ley divina, que crea la posibilidad para la teología sagrada. Por supuesto, Dios es considerado como autor de ambas revelaciones. Pero él se revela de estas dos formas, concepto que en sí es veraz a la fe cristiana histórica. Sin embargo, a
pesar de sus buenas intenciones, cuando es aplicado al marco de órdenes duales de la realidad, surgen enormes problemas. Entonces la revelación creacional llega a ser considerada como una fuente de conocimiento relativamente independiente y autónoma. Solamente le falta ser completada, y por lo tanto tiene que ser complementada por una segunda clase más elevada de conocimiento. Pero, así sigue el argumento, la revelación general es universalmente accesible, en y por sí misma, como un fondo común a toda persona que piensa bien. Sus presupuestos, que la inasistida razón humana se apropia, proveen el razonamiento adecuado para construir una teología natural.
Con este concepto los presupuestos creacionales pierden su impacto revelacional. Son reducidos a fenómenos, desde el punto de vista religioso, neutrales. Entonces la ley natural se convierte en una forma secularizada de ley divina. "Naturaleza" adopta sobre tonos deístas. El significado de la realidad puede ser captado por el sentido común sin necesidad de confiar en la revelación. Entonces la necesidad de la revelación es reservada para adquirir conocimiento a nivel de verdades sagradas. De esa manera la revelación es igualada al impartimiento de discernimiento sobrenatural. Se la ve como de carácter exclusivamente soteriológico. La fe bíblica solamente es consultada para esos asuntos. Pero eso nos deja con una teología natural, ya sea en molde escolástico liberal, una teología privada de la necesidad de una base revelacional una respuesta de fe.
Por mucho tiempo la teología cristiana se ha visto atormentada por este rompecabezas de la teología natural. No asombra entonces que eventualmente se levantaría alguien en vigorosa rebeldía contra esto. Un caso notable de ello es Karl Barth. Dadas estas concepciones radicalmente equivocadas de revelación general (creacional) y su reconstrucción radicalmente distorcionada en un conjunto de teologías naturales, solo podemos aplaudir el enérgico ataque de Barth. Sin embargo, su correctivo reaccionario, semejante a todas las reacciones, no logra ofrecer una respuesta duradera y satisfactoria al problema. Porque también la tradición barthiana cae en una lectura seriamente equivocada del verdadero problema. Restringe severamente las opciones viables para llegar a un concepto bíblicamente dirigido de revelación. Vuelca el agua de la bañera con bebé y todo. En su apasionada denuncia de la teología errada (natural) basada en un concepto equivocado de la revelación (natural), Barth lleva el péndulo a un extremo igualmente equivocado, es decir, rechaza la revelación natural (general) por rechazar la teología natural. Y dos errores nunca hacen un acierto.
Los barthianos redefinieron la revelación en términos exclusivamente soteriológicos. Ella está encarnada únicamente en lo que Dios hizo de manera personal, de una vez para siempre, en el acto de gracia reconciliadora en Jesucristo. La creación es, a lo sumo, un testigo y una señal dirigida a este encuentro cristominista de Dios con el hombre. En el proceso se vacía el contenido revelacional del testimonio bíblico en cuanto a la obra de Dios en la creación. El resultado es un alejamiento de la creación como revelación. Este remedio
cristológico apenas es mejor que las enfermedades naturalistas, racionalistas, humanistas y secularistas, a las cuales debía curar.
La cosmovisión arraigada en el testimonio de las Escrituras (Sal. 19,24,20:4; Rom. 1; Hechos 14,17), requiere una afirmación incondicional de la revelación creacional (general, "natural") sin permitir que seamos arrinconados en el rincón insostenible de la teología natural. Esta cosmovisión también pertenece a una tradición que ha superado la prueba del tiempo. Nos lleva a reconocer la importancia primordial de distinguir entre revelación divina y respuesta humana, tanto en la creación como en la redención. La revelación siempre es normativa, la respuesta nunca. Las respuestas humanas, incluyendo las respuestas teológicas, sean obedientes o desobedientes, con frecuencia pueden ser muy instructivas. Pero nunca implican una autoridad mandatoria. Este es el error tanto de escolásticos como de liberales, que le asignan a la religión natural y a la teología natural un estado normativo. Sin embargo, en reacción a ello, muchos evangélicos, como también muchos barthianos, también se equivocan al rechazar la revelación general en el nombre de su rechazo de la teología natural.
Las tradicionales teologías naturales estaban acertadas en reconocer señales de la obra de Dios en la creación, señales que se imponen en forma ineludible a todos los hombres. Sin embargo, estaban errados al sobreestimar la racionalidad humana y menospreciar los efectos del pecado. De esa manera abrieron la puerta a la errónea noción de un fondo común, compartido; de auténtico conocimiento de Dios como Creador, de validez universal y naturalmente accesible. Semejante herejía literalmente clamaba por la devastadora crítica de Barth. Porque la teología natural minimiza el absoluto quebrantamiento espiritual de nuestro mundo con su cacofonía de visiones confesionales que resultan en respuestas religiosas a la Palabra de Dios para la creación profundamente divergentes. Ciertamente, esa Palabra todavía tiene validez para todos y cada uno por igual. Pero solamente reconociendo los lentes de la Escritura, en sumisión al Cristo de la Escrituras, e iluminados por su Espíritu, podemos responder fielmente a llamamiento de la creación. De otra manera, oyendo no escuchamos, y viendo no percibimos. Sin embargo, los peligros recurrentes de la teología natural tal vez no nos lleven a una apreciación disminuida de la realidad en su proceso de continuación, y en su irrenunciada plenitud, fuerza y claridad de la revelación creacional (general), como ocurre en la teología de Barth. Porque Dios "no se dejó a sí mismo sin testimonio ... "(Hechos 14: 17). El es, por siempre, el Hacedor y Sustentador de todas las cosas por todos los tiempos.
Entonces ¿revelación general? Sí. ¿Teología natural? No. G. C. Berkouwer lo dice irrefutablemente con estas palabras: " ... la identificación de la revelación general con la teología natural es asumir una posición insostenible," puesto que "se puede adquirir la teología natural o conocimiento de Dios en otra forma, es decir, partiendo de la naturaleza por medio de la razón humana" (Revelación General, pgs. 47,67).