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CARACTERES HUMANOS

Como el lector habrá comprendido, es muy difícil hablar de caracteres específicos y únicos para los humanos. Serían muy pocos. Quizá el lenguaje verbal simbólico, el envejecimiento longevo, y la mayor capacidad de conocimiento, que ha hecho posible la cultura, y poco más. Casi todos los demás trazos que caracterizan a los humanos surgieron mucho antes de que apareciera nuestra especie, algunos forman parte del contingente anatómico-funcional de los mamíferos, como casi toda nuestra fisiología y el metabolismo. Otros han aparecido en el proceso evolutivo de los primates, desde la visión tridimensional, a la mano prensil o a la curiosidad por el entorno. En general se trata de caracteres que ayudan a ser más aptos para adecuarse al medio, sobrevivir y perpetuarse, que han hecho posible una selección y caracterizan a la humanidad actual. De todas formas, a partir del surgimiento de la cultura, como instrumento potenciador de la civilización humana, la presión selectiva ha disminuido o se ha anulado, de forma que hoy sobreviven y procrean tanto los fuertes, inteligentes y cooperadores como los débiles, tontos, miopes o egoístas. La cultura y la plétora demográfica han modificado la evolución, hasta tal punto que cualquiera puede perpetuarse.

A continuación se expone la relación de caracteres humanos que al autor le parece más propia. Los seis primeros ya se han considerado en el apartado anterior.

1. Distinción de los colores y visión tridimensional. Véase también capítulo 7. 2. Aparato emocional como estímulo para el aprendizaje y la conducta, a partir de la transformación del sistema olfativo y desarrollo del sistema límbico. Véanse también capítulos 3, 4 y 7.

3. Lenguaje verbal simbólico.

4. Capacidades para la planificación logística y la responsabilidad, a partir del desarrollo del córtex prefrontal. Véanse también capítulos 4 y 7.

5. Bipedestación, mano prensil y oposición del pulgar.

6. Coordinación visión-cerebro-mano, para tener una manualidad precisa en la fabricación de útiles-herramientas, para lo que es necesario tener un proyecto mental

previo, ensayar bajo el control de la visión y saber corregir los errores.

7. Expresión facial de la emoción. Todos los humanos, de cualquier lugar del planeta, demostramos de idéntica forma las emociones básicas (dolor, alegría, tristeza, cólera, miedo, asco, etcétera) mediante la estimulación de los músculos de la cara. En 1872 Darwin publicó un libro, La expresión de las emociones en los

animales y en el hombre, en el que exponía el criterio de universalidad de la

expresión emocional a partir de sus observaciones personales y del análisis de los estudios de los neurólogos franceses del siglo XIX. En este texto ya ahondaba en el

dilema sustancial: ¿domina lo hereditario o lo aprendido? Darwin escribe: «… las

principales acciones expresivas que exhiben los hombres y los animales inferiores son innatas o heredadas, es decir, que no han sido aprendidas por el individuo». A

renglón seguido matizaba: «Sin duda los niños aprenden pronto los movimientos de

expresión de sus mayores, del mismo modo que los animales aprenden del hombre».

Como en tantos aspectos del comportamiento el debate entre lo innato y lo adquirido está servido (véase capítulo 4). Cierto que en un niño o un joven se reconocen gestos propios de sus progenitores, pero también se pueden reconocer en personas que no convivieron ni conocieron a sus padres, o de un nieto con respecto a los abuelos a pesar de haber fallecido antes de que él naciera. Cabe no obstante distinguir entre la expresión emocional que es fruto de un conjunto de movimientos faciales involuntarios, en ocasiones inconscientes (como ocurre durante el sueño), y la gestualidad que deriva de movimientos voluntarios más o menos dirigidos a un fin. Los modernos estudios tanto psicológicos como etológicos, en especial los de Eibl- Eibesfeldt, ponen de manifiesto la universalidad en la expresión facial de las emociones, sea cual sea el ámbito geográfico o cultural. Con respecto a los otros primates vivientes hay cierto parecido, pero la expresividad de los humanos es más diversificada, lo que se corresponde con unas áreas más amplias en el córtex motor del cerebro (véase capítulo 7).

8. Relaciones sociales complejas, altruismo, moralidad y simpatía. Las relaciones altruistas se observan en muchos animales, si bien conviene distinguir entre altruismo y cooperación. Que los chacales se agrupen para cazar no significa que entre ellos practiquen el altruismo. En los primates no humanos se han documentado diversas formas de altruismo recíproco y de simpatía, aunque en los humanos es donde estos caracteres se han hecho más universales, gracias a la mayor capacidad cerebral y por mor de la necesidad de convivir en grupo. A todo ello me referiré en el capítulo 4.

9. Curiosidad, necesidad de investigar acerca de uno mismo y del entorno. Si a un chimpancé se le entrega un tubo con tapones en cada extremo, empezará a manipularlo para sacarle los tapones y mirar lo que hay dentro, luego usará el tubo para mirar a través de él. Los niños hacen algo parecido. Hace unos pocos cientos de años los humanos inventamos un tubo mágico, para escrutar el cielo, el telescopio, y otro para observar lo más pequeño, el microscopio. Los chimpancés también demuestran una gran curiosidad por sus congéneres y cuando nace una cría todos los

miembros del grupo la observan durante largos periodos de tiempo. ¿Qué pensarán? Cuando llega un nuevo individuo deben dilucidar si es amigo o adversario, tras una pelea se observan unos a otros para saber cuál es el estado de ánimo del vencedor y del vencido. Hay una intensa curiosidad en los chimpancés por conocer cómo son los demás, para orientar mejor las relaciones sociales. En los humanos la curiosidad científica es la base sobre la que se asienta la apetencia para transformar el medio, adecuándolo a nuestras necesidades. La curiosidad que compartimos todos los primates ha sido desarrollada en nuestro cerebro para conocer la geografía, la física o la biología y es el punto de partida del conocimiento científico y de las innovaciones tecnológicas.

10. Alopecia corporal. En el transcurso de la hominización se fue perdiendo el pelo que cubría el cuerpo de los primates, concentrándose la pilosidad en la cabeza, axilas y pubis. En las axilas sigue sirviendo de almohadilla, lubricada por el sudor, entre el brazo y el tronco. En el pubis y zona perineal desempeña cierta función protectora de los órganos genitales externos. En la cabeza nos protege de los rayos solares, que al andar erguidos es donde más pueden incidir. Son interpretaciones clásicas que están abiertas a debate. Es posible que los restos pilosos sean reliquias atávicas sin ningún sentido. Cierto es que hay otros atavismos en la anatomía humana a los que no se puede justificar función alguna, como ocurre con las muelas del juicio. Pero ¿por qué desapareció el pelo corporal? Hay muchas teorías. De acuerdo con Reichholf, lo que parece más plausible es que la desaparición de pelo facilitó la transpiración y sudación de la piel. Cuando los humanos primitivos abandonaron la selva y habitaron la sabana debían soportar más calor; especialmente cuando corrían o hacían esfuerzos, el sudor mojaba la piel que al evaporarse disminuía la temperatura corporal con lo que se refrescaba al individuo. La pérdida del pelo corporal y el sudor debió de ser el primer sistema de refrigeración corporal. Quienes reunían estas características tenían mejores facilidades para vivir en la sabana, correr y conseguir alimentos, por lo que sobrevivieron mejor y procrearon más hijos. La humanidad actual desciende de ellos, no de los que fracasaron en su intento de adaptarse a la vida fuera de la selva sin perder el vello corporal.

El humano practica el sexo recreativo sin relación directa con la procreación. La disponibilidad sexual de mujer y varón no es cíclica, sino casi continuada. Unos primates genéticamente más próximos a los humanos, como los bonobos, también tienen este hábito: la búsqueda del placer mediante el acoplamiento sexual, como elemento de estímulo vital. Probablemente esta atracción por la actividad sexual, sin cortapisas cíclicas, tuvo un papel importante en las relaciones sociales de los homínidos y los humanos, facilitando la selección sexual de caracteres, tal como describió Darwin en el siglo XIX. Este aspecto se desarrolla en el capítulo 2, donde

también se considera la ovulación oculta y el emparejamiento familiar como conductas humanas.

modificaciones en la pelvis permitieron optimizar la marcha pero, en el caso de la mujer, constreñían el canal del parto, con lo que la mejor solución fue acortar la gestación de forma que las crías humanas nacen «precozmente», esto es, sin tantos conocimientos como, por ejemplo, un caballito que a los 20 minutos ya sabe correr por el campo. A los humanos nos cuesta un año aprender a andar. Estos cambios significan que el bebé humano nace con un patrimonio genético heredado que le ofrece grandes posibilidades, mucho mayores que a un caballo, pero debe computar su cerebro tras el parto, en los primeros años de la vida a partir de la experiencia y el aprendizaje dirigido por los adultos. De ahí que los cambios en la gestación y el parto no hubieran sido posibles sin que antes se transformara el aparato emocional, ampliándose la capacidad para la ayuda recíproca y el afecto hacia las parturientas y las crías, que precisaban atención continuada durante varios años. En los capítulos 2, 3 y 4 se vuelven a considerar estos aspectos, que creo fueron determinantes en la aparición y supervivencia del humano moderno, a partir del desarrollo de los programas altruistas en la conducta humana.

12. Comensalismo, vinculación-apego y sentido comunitario. Es otro de los aspectos más relevantes de la hominización: la vulnerabilidad del animal humano se supera gracias a la capacidad para vivir en grupo y establecer vínculos estrechos de amistad y camaradería, como también de aceptación de liderazgos entre sus componentes con la aceptación de pactos y normas para la convivencia (véase capítulo 4).

13. Disminución del dimorfismo sexual, que pasa de una diferencia del 100% en otros mamíferos (el macho tiene el cuerpo con un volumen doble del de la hembra) al 15%, lo que introduce un elemento de mayor igualitarismo corporal entre los dos sexos. Las diferencias del tamaño corporal según el género están en relación con la estructura social y sexual. Los animales absolutamente monógamos, como por ejemplo los cisnes y los gibones, presentan idéntico tamaño macho y hembra. En los animales poligámicos el tamaño del macho es mucho mayor que el de las hembras, tal es el caso del gorila y del ciervo cuyos machos doblan en tamaño a la hembra. En los humanos existe una diferencia corporal menor, lo que sugiere una estructura social originaria de tendencia polígama (un macho con dos o tres hembras), que luego evolucionó hacia una estructura familiar monógama secuencial dentro de un colectivo amplio de individuos (véase también capítulo 2).

14. Acumulación de conocimiento y producción cultural generalizada. Todos los animales tienen su cultura y su tecnología, las termitas fabrican grandes construcciones de barro, los pájaros pueden construir un nido, que en ocasiones desafía a las leyes de la física. Los grandes simios desarrollan relaciones sociales complejas y fabrican instrumentos para conseguir recursos. Pero nadie pone en duda que el animal humano ha sido el que mejor ha sabido sacar partido a la naturaleza en su provecho, y que al mismo tiempo es quien ha sacado mayor beneficio de la imaginación y la inventiva.

El desarrollo cortical del cerebro humano fue el substrato que hizo posible el salto desde la hominización a la cultura de explotación y transformación del medio. No obstante transcurrieron muchos miles de años hasta conseguir un cerebro grande con intrincadas redes neurales que es el que caracteriza al humano moderno.

15. Envejecimiento lento, menopausia, integración de los abuelos en la

comunidad. Se trata en los capítulos 2 y 5.

16. Consciencia compleja, sentimiento acerca de la muerte. Se considera en los capítulos 3 y 6.

17. Perseveración en el error, prepotencia, perversión.

Son caracteres muy específicos de los humanos. Tenemos mayor capacidad cerebral para aprender de la experiencia pero a menudo tropezamos dos veces con la misma piedra, creemos tener razón cuando no la tenemos, nos consideramos superiores a los vecinos, nos complicamos emocionalmente la vida sin obtener nada a cambio, a no ser algún disgusto, y hay humanos que desarrollan conductas perversas buscando el placer en el sufrimiento de otros. En el capítulo 4 se consideran algunos de estos trazos de la humanidad, pero conviene avanzar que la razón de estos desaguisados hay que buscarla también en la gran capacidad y complejidad de nuestro cerebro. El desarrollo del córtex frontal junto a la capacidad neuroplástica para el aprendizaje permiten que ideemos y programemos estrategias y proyectos que superan a los de cualquier otro animal, pero esta mayor fecundidad cerebral tiene un precio y cuando el entorno nos estimula de forma que creemos desfavorable o negativa podemos enfurecernos y perdemos el sentido de la realidad y la capacidad de razonar, aparece la agresividad más primaria, sin filtros ni mediadores, nos podemos hundir en la depresión o volvernos egoístas, irascibles y prepotentes hacia los demás.

Nuestro cerebro es muy rico en pensamientos, por lo que el humano puede desarrollar la voracidad y la perversión egoísta de forma muy complicada, como resultado de la interacción de experiencias, fantasías, insatisfacciones, ideas y proyectos con resultado pernicioso para los demás y, en general, para uno mismo. En el patrimonio genético hay códigos que, cuando un desencadenante los hace expresar, ponen en marcha este tipo de comportamiento infeliz. Las conductas asociales no acostumbran a tener eficacia biológica, por lo que a lo largo de la evolución debieran haberse depurado. Pero están formadas por elementos sanos, útiles para la vida, que en determinadas circunstancias se ordenan de forma enfermiza y nociva. Las conductas aberrantes son el subproducto de un cerebro rico y productivo sin el cual no hubiéramos podido desarrollar nuestra creatividad cultural. Rita Levi Montalcini lo sintetiza así:

«El aumento progresivo del volumen del cerebro y el incremento, más espectacular, de sus capacidades intelectuales fueron el resultado de un proceso inarmónico que ha provocado un sinnúmero de complejos psíquicos y

conductas aberrantes, suerte de la que, en cambio, se salvaron nuestros compañeros de viaje, desde los primates antropomorfos hasta aquellos, infinitamente más numerosos, que nos precedieron hace centenares de millones de años, y que probablemente nos sobrevivirán: los insectos. Los que pueblan hoy en día la superficie del planeta básicamente no se distinguen de sus más remotos antepasados, que vivieron hace 600 millones de años. Desde el primer ejemplar en adelante, su cerebro, del tamaño de una punta de alfiler, se ha mostrado en tal grado idóneo para resolver los problemas del ambiente y evadir las asechanzas de los depredadores, que no se prestó al caprichoso juego de las mutaciones: debe su estancamiento evolutivo a la perfección del modelo primordial».

Todos los caracteres humanos descritos tienen como fundamento al cerebro, que constituye la parte más compleja y avanzada del animal humano. El cerebro humano produce cultura y razonamiento pero también conductas insólitas y pensamiento mágico. En palabras de E. O. Wilson:

«Si el cerebro evolucionó por la selección natural, aún las capacidades para seleccionar juicios estéticos y creencias religiosas particulares deben haber surgido por el mismo proceso mecánico. Son adaptaciones directas a situaciones ambientales del pasado en las que evolucionaron las poblaciones humanas ancestrales o, en el mejor de los casos, construcciones determinadas secundariamente por actividades más profundas y menos visibles que en alguna ocasión fueron capaces de adaptarse a este sentido biológico estricto. La esencia del argumento es, entonces, que el cerebro existe porque promueve la supervivencia y multiplicación de los genes que dirigen su formación. La mente humana es un mecanismo de supervivencia y reproducción, y la razón es solamente una de sus diversas técnicas».

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