¿A qué se debe el envejecimiento? El envejecimiento es el proceso de debilitamiento y deterioro que afecta progresivamente a todas las células, tejidos y órganos del cuerpo humano como consecuencia de la acumulación de errores en la reproducción y mantenimiento de las células. Las células del cuerpo cambian, unas perecen y nacen otras nuevas. La reproducción celular está guiada por el DNA, que es la molécula ubicada en el núcleo celular que contiene el código de cómo reproducirse o fabricar una proteína necesaria para el desarrollo normal del organismo. Con el tiempo, las radiaciones y múltiples factores ambientales o personales van dañando la capacidad de fabricar determinadas proteínas o de reproducir copias exactas de la misma célula. Es como cuando hacemos fotocopias de otra fotocopia de forma sucesiva y reiterada y se produce un deterioro progresivo de la imagen (figura 5-2). Al principio, durante la infancia y la adolescencia, el DNA del núcleo celular consigue producir nuevas células exactas a la anterior, pero al cabo de los años se ha ido acumulando daño en el DNA y las copias contienen errores de forma que no son tan exactas, tan eficaces. Así la piel pierde elasticidad o aparecen manchas, las células del oído pierden sensibilidad, las arterias se tornan más rígidas, las células del intestino pueden degenerar, etcétera. Cierto es que hay también otras moléculas, llamadas enzimas reparadoras, que intentan corregir los errores que se producen en el DNA, pero con los años estas enzimas pierden eficacia y de forma progresiva las copias se convierten en caricaturas del primer original.
Figura 5-2. Cuando se reitera el proceso de reproducción de un texto, las nuevas copias van perdiendo nitidez, hasta que al final desaparecen algunos trazos y el texto se hace ilegible. De la misma forma ocurre con el mensaje genético de la célula, a medida que avanza el envejecimiento los sistemas de recopiado son más
precarios.
Este proceso de deterioro viene favorecido por la excesiva oxidación producida por los radicales libres, que llegan a romper las moléculas, produciendo la herrumbre de la estructura orgánica. El oxígeno es indispensable para la vida orgánica del cuerpo humano, pero, en determinadas circunstancias, algunos derivados del oxígeno pueden ser dañinos y roer la estructura celular de forma similar a lo que ocurre cuando el oxígeno se combina con el hierro produciendo la herrumbre. Estas formas alteradas del oxígeno se denominan radicales libres (el átomo de oxígeno ha modificado la estructura de sus electrones). Las radiaciones ionizantes, la luz ultravioleta y los tóxicos, favorecen un aumento de los radicales libres que las células no pueden eliminar. Se produce entonces un enfrentamiento entre los genes que facilitan la acción de los radicales y que aceleran el envejecimiento, y los genes que mejoran la capacidad celular para resistir su efecto corrosivo, preservando así a la célula y al DNA contenido en el núcleo celular. Así pues, en el envejecimiento los genes desempeñan un papel importante, pero también en la protección ante las radiaciones y los tóxicos que desencadenan la acción de los radicales libres. Estos radicales perturban a la célula mediante la producción de proteínas «corroídas» que se acumulan de forma anómala, en circunstancias de estrés, de envejecimiento o de enfermedad degenerativa. Por un lado, la evitación de tóxicos y, por otro, el consumo de alimentos vegetales pueden disminuir la acción nociva de los radicales libres. Por ello es bueno, a partir de los 30 o 40 años acostumbrarse a una dieta alimentaria basada en vegetales, legumbres, ensaladas y frutas, cuyo efecto es antioxidante.
Las células de todas las estructuras se renuevan constantemente, ya sean las de la piel, intestino, sangre, etcétera, esta última se renueva tres veces al año. Casi todas nuestras células tienen como máximo 10 años de vida. La estructura nerviosa es la
excepción, no se renueva, nacemos con un contingente de neuronas que van muriendo a lo largo de la vida. No hay recambios para el cerebro. Si bien el cerebro es el órgano que envejece, por lo general, de forma más tardía.
El envejecimiento cerebral es aún más complejo y delicado debido a la especificidad del tejido cerebral y a la función de las neuronas. Las neuronas son células especializadas en recibir y emitir señales eléctricas a partir de un estímulo químico, desencadenado por unas moléculas llamadas neurotransmisores, como se describe en el capítulo 7. Además, las neuronas se han especializado tanto que son grandes consumidoras de energía si bien no tienen reservas energéticas propias. Recuérdese que el cerebro representa alrededor del 2% del peso corporal, pero consume el 20% del oxígeno que inhalamos a través de los pulmones. En personas sanas el consumo de oxígeno en el córtex cerebral disminuye un 6% cada década. El cerebro es un órgano muy vulnerable. Pero, además, el contingente celular es limitado. Nacemos con unos 100 000 millones de neuronas y a los pocos años iniciamos la pérdida de algunas de ellas. Tras una noche de juerga alcohólica un joven puede perder entre 50 y 100 000 neuronas, lo que empeorará el declive que se iniciará en la tercera o cuarta década de su vida. A diferencia de las células de la piel o del estómago, las del cerebro, las neuronas, no se reproducen. Recientemente algunos estudios parecen demostrar que a lo largo de la vida se mantienen algunos procesos de regeneración de neuronas, pero este no sería un fenómeno generalizado, capaz de compensar de manera natural las pérdidas neuronales secundarias al envejecimiento o las enfermedades degenerativas. Parece que en estructuras vinculadas con la memoria, como el hipocampo, se produce cierta regeneración de neuronas durante el envejecimiento sano. Pero esto ocurre solo en algunos centros cerebrales y esta nueva producción neuronal (neurogénesis) depende de la estimulación neuroplástica (véase capítulo 3), y disminuye al avanzar el envejecimiento. Charles Gross, en un artículo reciente, lo resume así:
«Se debería enfatizar que el número de nuevas neuronas generadas en el adulto constituye una pequeña proporción de la población total de neuronas. Pero, cabe suponer, que la existencia de estas neuronas generadas en el hipocampo del adulto, y la posibilidad de que estas células puedan estar involucradas en el aprendizaje y la memoria, presupone la existencia de mecanismos para el almacenamiento de la información en el cerebro. Podría ser que el aprendizaje y la memoria estén vinculados al desarrollo de circuitos totalmente nuevos, con elementos nuevos y previamente no utilizados, a la vez que con la modulación de conexiones y circuitos más viejos. Finalmente, la neurogénesis adulta puede ser también relevante a largo plazo para el desarrollo de estrategias terapéuticas para el tratamiento de lesiones cerebrales».
El cerebro tiene una vasta complejidad funcional. Las neuronas, con la misma estructura unas que otras, pueden servir para el lenguaje, para la actividad motora, para el pensamiento, para estimular la actividad sexual o para otras muchas funciones. Mediante la neuroplasticidad creamos redes neurales propias, desde la primera infancia, donde grabamos lo que aprendemos hasta conseguir sistemas operativos muy especializados: motricidad, memoria, lenguaje, coordinación, abstracción, integración sensorial, ordenación hormonal, etcétera. Nuestra enorme capacidad neuroplástica caracteriza las grandes posibilidades de aprendizaje y progreso de los humanos, pero al mismo tiempo es nuestro talón de Aquiles. Cuando fallan los mecanismos neuroplásticos y disminuye la capacidad para los procesos adaptativos supletorios se produce un deterioro de las funciones cognitivas. Tan amplias posibilidades de acción cerebral se corresponden con una gran vulnerabilidad.
Con el paso de los años decae el estímulo neuroplástico, las neuronas se interconectan menos y producen menos proteínas neurotransmisoras, con lo que es más difícil aprender cosas nuevas o mantener el equilibrio al dar un salto. Volveré a ello más adelante.
La existencia de un contingente neuronal limitado, la especificidad de la neurona, la versatilidad funcional del cerebro y la fragilidad del sistema neuroplástico, confieren un carácter especial al envejecimiento cerebral. Es muy difícil subsanar las lesiones cerebrales y es imposible reemplazar las neuronas que se mueren o reparar los circuitos neurales dañados, por lo que debemos cuidarlos con esmero y prevenir las causas de su deterioro. En el futuro es posible que con sistemas basados en la clonación se consigan células de recambio que hagan posible tratamientos novedosos. Pero hoy en día lo más eficaz es la prevención y la minimización del daño.
De ahí que sea tan importante mantener la estimulación cognitiva o mental toda la vida. Tal y como se ha expuesto en el capítulo 3, la estimulación de la actividad neuroplástica facilita la producción de contactos entre las neuronas formando las redes neurales que cobijan los recuerdos, la experiencia y el conocimiento. En edades adultas la estimulación construye circuitos que compensan y suplen el déficit de las neuronas que se han extinguido. La capacidad supletoria de las neuronas que sobreviven es la garantía para conservar la lucidez en el envejecimiento. Mantener la estimulación mental toda la vida disminuye el deterioro cognitivo en la vejez. También el ejercicio físico moderado pero continuo es una buena inversión para mantener la calidad mental en edades adultas. Ya que, por un lado, favorece la dinámica cardiocirculatoria que garantiza la llegada al cerebro de oxígeno y otros recursos energéticos necesarios para el buen funcionamiento neuronal, y además actúa como estimulante de la neuroplasticidad al generar impulsos que requieren memorización. Esto último es especialmente cierto cuando se trata de ejercicios complejos, como los juegos de pelota, que aúnan el trabajo físico con la elaboración de tácticas y estrategias de juego.
La disminución de la eficacia cerebral en la vejez es consecuencia de la pérdida progresiva de neuronas y de la disminución de los neurotransmisores, pero en especial de la menor capacidad neuroplástica para crear los circuitos neurales supletorios de las neuronas desaparecidas. Véase la figura 5-3 sobre el desarrollo dendrítico supletorio en la vejez sana y enferma. FIGURA 5-3. Con la edad disminuye el número de neuronas, pero las que quedan producen prolongaciones (dendríticas) que consiguen establecer sinapsis supletorias de las neuronas muertas. La actividad neuroplástica de las neuronas supervivientes depende de la estimulación. En (a) neuronas jóvenes, en (b) neuronas en vejez sana y en (c) neuronas en caso de demencia. Tanto en (b) como en (c) hay dos neuronas menos, pero en (c) además hay poca actividad supletoria y menor crecimiento de dendritas.
La progresiva muerte neuronal y la pérdida de volumen cerebral tienen como consecuencia la aparición de los déficit cognitivos o mentales de la vejez, de forma directamente proporcional a la edad del individuo. Así, entre los 65 y 75 años, tan solo se observan pequeñas deficiencias cognitivas en el 20% de los individuos, de los cuales un 3% puede llegar a un déficit moderado. Entre los 75 y los 85 años el deterioro afecta a la mitad de la población, si bien solo el 18% tiene déficit entre moderados y graves. A partir de los 85 años las deficiencias cognitivas alcanzan al 80% de la población. El déficit se distribuye así: 30% leve, 30% moderado y 20% grave. En este último grupo están los casos de enfermedad demenciante a los que me referiré más adelante.
Es aleccionador observar las curvas de pérdida de volumen y de metabolismo energético cerebral, donde se constata el declive estructural causante del deterioro en las funciones del cerebro (figuras 5-4 y 5-5). La pérdida de volumen cerebral es lo que se denomina atrofia cerebral.
Figura 5-5. Con la edad decrece la actividad metabólica cerebral en una media aproximada de un 8% menos cada década a partir de los 20 años. En este esquema se observa la progresiva disminución metabólica del cerebro, que a los 80 años es la mitad que a los 10 años. A la izquierda, en vertical, los datos referentes al
consumo de glucosa en el cerebro de personas sanas, en horizontal la edad desde 10 hasta 80 años.
Al practicar estudios sobre la facilidad en el lenguaje se observa que a partir de cierta edad se inicia la pérdida de la habilidad para expresar razonamientos inductivos, aunque se preservan durante muchos años más las habilidades para el lenguaje de convención social. Este último se mantiene hasta más allá del envejecimiento sano, incluso cuando aparece una enfermedad demenciante puede mantenerse el lenguaje coloquial hasta las fases avanzadas del deterioro cognitivo. La fluidez verbal, en ancianos sanos, se mantiene hasta los 95 o 100 años, aunque la menor animosidad para el habla, junto a problemas de sordera, den la apariencia de pérdidas lingüísticas al existir cierta tendencia al ensimismamiento y a la disminución del interés en participar en las conversaciones, especialmente cuando concurren bastantes personas. Pero si se practica un examen neuropsicológico se observa la persistencia de una buena calidad en estas capacidades lingüísticas. En cambio, el lenguaje basado en el razonamiento inductivo se empieza a alterar a los 70 años, empeora tras los 75 años, periodo en que afecta al 30% de los ancianos sanos, y en especial tras los 80 años, en que afecta al 90% de los individuos. Hay una progresiva alteración del lenguaje, en relación directa con la edad, que afecta más a la expresión de actividades cognitivas vinculadas al raciocinio y a la inducción del conocimiento, mientras se conserva el lenguaje social. No debe extrañarnos que sea así, pues siendo la convivencia en comunidad y las relaciones sociales pilares de nuestra existencia, es lógico que las habilidades sociales se mantengan durante mayor tiempo que la capacidad para elaborar conocimiento, la cual precisamos poco en la vejez, pues ya se conoce lo
necesario para vivir. Esta diferencia está en relación con lo que tantas veces observamos en los ancianos: sus dificultades para aprender y adaptarse a nuevos entornos y hábitos de vida. A menudo los ancianos se quejan de dificultades de adaptación, como por ejemplo cuando los hijos los hacen viajar o cambiar de casa con los consiguientes problemas para aprender a situarse en el nuevo entorno. Si pueden mantenerse en el entorno conocido el efecto del deterioro o las dificultades de adaptación cuando merman las facultades es notablemente menor.