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GENES Y EXPERIENCIA

Los genes, el patrimonio genético, heredado de nuestros progenitores, configura la existencia y transmisión de los caracteres propios de nuestra especie, entre otros la conformación y posibilidades del cerebro humano. La percepción es el sistema de aprehensión de la realidad externa a nosotros, y también interna, que captamos mediante los órganos sensoriales (vista, oído, olfato, gusto, sensibilidades) e integramos y almacenamos en el cerebro. La experiencia son las sensaciones y conocimientos grabados en la memoria a partir de imágenes o episodios percibidos. Son tres vectores que intervienen en la formación neuroplástica de la memoria y el conocimiento. Si los genes han diseñado todas las posibles capacidades del cerebro, son la percepción y la experiencia quienes completan los circuitos neurales, y condicionan que estos tengan una u otra configuración emocional. Por ejemplo, gracias a los genes nuestro cerebro puede aprender a ordenar los impulsos nerviosos a fin de que los músculos mantengan el equilibrio del cuerpo erguido y a su vez se coordinen entre sí para poder andar. La programación genética de los humanos ha previsto la existencia de indicadores neurales que ordenan el crecimiento de los circuitos para conseguir andar erguidos, pero nos cuesta el primer año de vida aprenderlo, aunque lo aprendemos bastante bien, de forma estándar para toda la vida y para toda la especie, con levísimas peculiaridades familiares. En cambio, el aprendizaje emocional, que también se produce en los primeros años de vida, deja marcas más directamente relacionadas con la especificidad del recuerdo, con el medio familiar, la manera en que nos han tratado, y con nuestra percepción del entorno desde las experiencias más precoces. Todos los humanos andamos igual, pero todos los humanos no sentimos igual. Tenemos la misma capacidad emocional pero desarrollamos tendencias emocionales diversas, siempre en función del aprendizaje. En términos de marketing diríamos que hemos recibido un trato personalizado, para bien o para mal.

De acuerdo con Wilson, los genes de la conducta probablemente influyen en la forma e intensidad de las respuestas emocionales, en los umbrales de la excitación, en la facilidad para J aprender la dominación de ciertos estímulos con relación a otros, y en el patrón de sensibilidad respecto a los factores ambientales que señalan la evolución cultural en una determinada dirección.

Las diversas estructuras límbicas, el hipotálamo y el neocórtex, especialmente el prefrontal y las áreas de asociación, se configuran de forma personalizada para cada individuo. Hay un conjunto de caracteres de la personalidad que se repiten en todas las personas, pero las combinaciones entre caracteres, tanto en cantidad como en calidad, son infinitas, no hay dos personalidades idénticas, aunque haya similitudes dentro de las familias. Cada estructura cerebral tiene especial relevancia en una función determinada, cuando la estructura en cuestión se lesiona se produce una grave alteración de la función, pero el cerebro funciona como un conjunto indisociable, todo influye en todo. Una indigestión puede precipitar un cambio emocional que a su vez altera el comportamiento, nos desinteresa algo que antes creíamos importante y puede modificar una amistad, suspender un examen o perder un empleo. Y a la recíproca, un impacto emocional puede alterarnos la digestión, producirnos un cólico o un descenso brusco de la presión arterial seguido de un desmayo.

La estructura nerviosa se desarrolla hasta su madurez funcional a partir de ciertas instrucciones contenidas en el DNA, de acuerdo con el patrimonio genético del individuo. Pero además la percepción y el aprendizaje moldean los contenidos de este desarrollo. Todos los humanos somos iguales, sin diferencias étnicas ni culturales, todos reímos, saludamos, nos enfadamos, estamos contentos, preocupados, con dolor, deseo o cólera, todos de la misma forma, por motivos parecidos y con la misma expresión corporal sea cual sea el territorio o la cultura. Pero hay matices que nos diferencian y que surgen de la memoria almacenada desde la infancia. Mediante la percepción, la experiencia influye en nosotros y perfila la configuración final del cerebro. Es un equilibrio complejo entre lo innato y lo adquirido. Los grandes trazos del comportamiento son innatos pero el aprendizaje promueve adaptaciones útiles, distintas para cada individuo.

Desde Darwin este ha sido un tema polémico: ¿qué es más determinante, lo innato o lo adquirido? El programa genético marca y dirige la capacidad de desarrollo del sistema nervioso, por ejemplo, fruto de las adaptaciones filogenéticas, los humanos somos capaces de ver de forma tridimensional, con perspectiva, de manera que un bebé es capaz de distinguir una figura sobre el fondo del marco visual. Pero con la percepción y la experiencia aprendemos a correlacionar las capacidades innatas con otras informaciones y conocimientos, consiguiendo así ser más sabios y más hábiles. En animales más simples que los humanos lo innato es más dominante, a medida que el sistema nervioso se hace más vasto y complejo, las aportaciones adquiridas por la experiencia se hacen progresivamente más determinantes. Un

polluelo y un patito conocen perfectamente la forma de andar y de moverse aunque hayan sido empollados por una madre distinta, el polluelo por un pato y el patito por una gallina. El polluelo huirá del agua, y el patito nadará y buceará con habilidad. No tuvieron necesidad de aprenderlo, es pues una capacidad innata, fruto de un programa neuroquímico establecido por los genes. Un ejemplo distinto, a los zoológicos a menudo llega alguna joven mona que, de pequeña, fue adoptada por humanos y que al hacerse mayor es decomisada o regalada al zoo. La mona no ha convivido con sus congéneres y no tiene la experiencia de la maternidad. Cuando tras un embarazo da a luz a un monito lo rechaza, no quiere amamantarlo, le molesta, y no sabe qué hacer con él, cómo colocarlo, protegerlo… Mientras, las otras monas tienen una gran eficacia maternal cuidando y protegiendo a sus crías. La diferencia estriba en que a la joven mona nadie le ha enseñado, mientras que las que llevan tiempo en el zoo y las que viven en libertad, han observado y ayudado a otras madres a cuidar sus crías. El sentido maternal es innato pero precisa experiencia para desarrollarlo. Todos los animales aprenden de forma selectiva, alcanzando su mayor habilidad en las contingencias que son más importantes para su supervivencia.

En los humanos la situación es aún más compleja. Tardamos un año en andar con alguna seguridad y tres o cuatro para hablar con cierta fluidez. Tenemos la capacidad innata de andar erguidos y de hablar, pero debemos aprenderlo en los primeros años de la vida, ya que si no es así y se nos abandona o no tenemos contacto con otros humanos, no conseguiremos andar de forma correcta ni aprenderemos a hablar. Un aprendizaje tardío no sustituye al que debiera haber tenido lugar en la infancia. Cuando se aprende a andar y a hablar en la adolescencia no se consigue un dominio completo de estas funciones. Son hechos que se descubrieron tras el estudio de niños abandonados en el bosque o incluso en algunos hospicios. Cuanto más complejo es el animal, cuanto mayor desarrollo tiene su sistema nervioso, más relevancia tendrá lo aprendido frente a lo innato. Hamer utiliza una expresión muy gráfica: «los genes no

son la partitura de la conducta pero son los instrumentos musicales», si nuestros

genes son para un concierto de violín no podremos interpretar una sonata de piano. La capacidad para la moralidad es innata, pero es con el aprendizaje como el humano adquiere el conocimiento de las formas y las normas de conducta que la regulan.

Al estudiar las estructuras cerebrales relacionadas con la memoria se descubre un hecho de gran interés. Los filamentos que conectan unas neuronas con otras, llamados axones, se recubren de una sustancia protectora denominada mielina. El proceso de mielinización de los axones no es uniforme en todo el cerebro. Las áreas que albergan la memoria genética se mielinizan de forma más precoz que las áreas que almacenarán los conocimientos adquiridos por aprendizaje. Hay, desde la perspectiva estructural, una diferencia entre la memoria innata y la adquirida. Nacemos con las redes de la memoria innata ya casi mielinizadas, mientras que tardamos entre 2 y 3 años en completar la maduración de las redes neurales que acogerán el conocimiento adquirido.

En resumen, el comportamiento humano depende fundamentalmente de pautas innatas que compartimos con otros muchos animales, pero la experiencia y el aprendizaje nos brindan muchas posibilidades para modular los impulsos innatos, controlándolos, reprimiéndolos, e incluso orientándolos. Por ejemplo, las pautas de cortejo y seducción de los humanos son similares, en cierto sentido, a las de otros mamíferos e incluso a las de las aves. El macho luce sus cualidades y su riqueza, mientras que la hembra valora el nido y los recursos que puede aportar el macho. En los humanos ocurre de forma parecida, si bien el conocimiento puede facilitar o reprimir la iniciativa del impulso de aproximación a una posible pareja, y el lenguaje nos permite una gran variedad de discursos seductores, junto a la posibilidad de conseguir una hipoteca para comprar el nido-casa. Pero la base de la conducta es parecida.