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COMUNIDAD Y MORALIDAD

Al hablar del impulso dirigido a perpetuarnos, me referí a las tendencias que nos estimulan a sobrevivir, entre ellas las tendencias al afecto y al apego. Gracias a estas tendencias los humanos hemos sobrevivido, ya que pudimos organizamos en comunidades con vínculos complejos entre sus individuos y señas de identidad propias. La comunidad nos ha permitido enfrentarnos de forma más eficaz al medio adverso y conseguir ser hegemónicos en el planeta. Las capacidades para el afecto, para establecer vínculos estables, junto a la gran capacidad del cerebro humano para acumular conocimiento, están en el origen del éxito de los humanos como especie.

La vida en comunidad precisa reglas y normas a fin de que los intereses individuales no colisionen con los colectivos. Entre los reptiles se observan ya conductas territoriales de poder y sumisión, lo que implica una cierta jerarquización, por más que los reptiles no tengan el sentido gregario, y menos el comunitario, de

muchos mamíferos. Pero puede considerarse que los reptiles ya dieron un salto considerable con respecto a los peces, entre los que no hay otra relación que la de predador y víctima.

Nosotros tenemos la parte más básica del sistema nervioso parecida a la de los reptiles, así el tronco cerebral y alguna estructura por encima de él en la parte inferior del cráneo, entre el cerebro y la médula espinal. Son estructuras que ordenan las funciones vegetativas, la actividad cardiocirculatoria, la respiración, la digestión, etcétera, así como también el sentido más primitivo de la territorialidad y la agresividad. Al progresar la evolución y aparecer los mamíferos, se desarrolló el sistema nervioso, primero el sistema límbico, el llamado cerebro olfatorio-emocional, y más tarde se desarrolló el neocórtex o corteza cerebral moderna de los mamíferos más evolucionados. Con el cerebro emocional así constituido podemos establecer relaciones afectivas y vínculos entre los individuos, con el neocórtex podemos integrar todas las informaciones, generamos ideas, razonamos y así acumulamos conocimiento.

De forma parecida a una ciudad antigua que pervive hasta hoy, como por ejemplo Roma, en el cerebro humano también se superponen los diferentes estratos evolutivos. Así podemos arrastrarnos y defender el territorio como un reptil; decidir si atacamos o huimos en función de quién sea el adversario, como los pequeños mamíferos insectívoros; y también tendemos a agruparnos en comunidades, cortejar a nuestra pareja y cuidar de la prole, como los primates. En el sistema nervioso humano se acumulan todos los estadios nerviosos anteriores, lo que explica que compartamos tantas pautas de conducta con los otros animales. Además, los humanos hemos desarrollado extraordinariamente el neocórtex, lo que ha permitido la expansión de las funciones cognitivas, especialmente el lenguaje, que ha posibilitado un salto cualitativo de nuestra naturaleza mediante el progreso cultural y las vinculaciones estables. Somos la única especie que puede mantener una relación afectiva in

absentia, esto es entre personas que se separaron hace muchos años pero que se

recuerdan y si pueden se reencuentran y lo celebran.

Como otros primates los humanos desarrollamos la vida en comunidad con lo que aceptamos la existencia de líderes, estrategias de poder y coaliciones para alcanzarlo. Hemos consolidado la división sexual del trabajo. Somos comensalistas, y compartimos los alimentos con los parientes próximos. Necesitamos tener un hogar o campamento base donde proteger a las crías, del que salimos de expedición o para trabajar, pero adonde luego podemos volver. De los 150 000 años de existencia de nuestra especie hemos vivido más del 95% del tiempo como cazadores y recolectores de alimentos. Nuestro cerebro era eficaz para esta vida y en la actualidad seguimos sintiendo y pensando como entonces. De acuerdo con los antropólogos, los grupos humanos primitivos no excedían de los 200 o 400 individuos, en función de las posibilidades de alimento que ofrecía el territorio. Cuando tras unos años buenos aumentaba la demografía se dividía el grupo manteniendo ciertas relaciones

familiares. De esta forma en un territorio amplio podían habitar dos o tres grupos emparentados entre sí, con una base lingüística similar, y que, según las circunstancias, colaboraban y se ayudaban entre sí o competían y luchaban.

Los clanes y las tribus debieron identificarse por el territorio en el que cazaban, por el dialecto hablado y por la creencia en suponer su origen en un ancestro común que, como se ha observado en las culturas paleolíticas que han sobrevivido, adoptaba una imagen totémica inspirada en un animal preciado o en un fenómeno natural misterioso (el sol, la luna, el fuego, etcétera). Es así como nace la liturgia mágica alrededor de la necesidad de identificarse como colectivo diferenciado. Las creencias mágicas fueron de gran ayuda para cohesionar el colectivo al igual que las normas o reglas de convivencia. El grupo cohesionado tenía más ventajas y posibilidades de supervivencia que un grupo disgregado. La magia tuvo un papel clave en conseguir la perpetuación de la especie. No extrañe a nadie que los humanos sean tan propensos a las creencias mágicas, ya que estas fueron uno de los factores que hicieron posible el que hoy nosotros existamos. La credulidad es un ingrediente intrínseco a la especie.

Es fácil de imaginar cómo, en la dura vida paleolítica, se establecieron relaciones sociales complejas, desde la familia nuclear dentro de la tribu hasta el marco más amplio del clan que agrupaba a tribus emparentadas. Como hoy, los individuos precisaban tener un plan de vida propio, que encajara con la comunidad y contemplara elementos de un cierto ideal ético a fin de facilitar la convivencia. Se da la circunstancia encadenada de que son precisamente los humanos modernos quienes más desarrollan el córtex prefrontal, que permite una mayor elaboración de estrategias y programas de vida personal, como he expuesto anteriormente. La conjunción de vida en comunidad, un cerebro más apto y eficaz que el de otros primates, junto a la existencia de normas de convivencia, hizo que aquellas comunidades fueran más sabias y perdurables, convirtiéndose en nuestros ancestros. Quienes no fueron capaces de introducir normas de convivencia fracasaron y desaparecieron. Todos somos hijos, o nietos, de la eficacia en mejorar la aptitud.

Así debió nacer la moral, como la norma más o menos sacralizada, que garantizara el encaje del individuo en los intereses generales de la comunidad. Los etólogos han desarrollado el concepto de altruismo recíproco, como la tendencia a la ayuda mutua que podría centrarse en la máxima «yo te ayudo porque antes o después tú me ayudarás». Se han identificado formas de altruismo recíproco entre primates no humanos e incluso entre otros animales. Probablemente se trataría de una forma primitiva de moralidad, de comportamiento cooperativo que precisa cierta capacidad cerebral para poder ordenar una inversión a largo plazo, en un marco de confianza para con las normas de la comunidad. La inversión energética de quien ayuda no se siente recompensada al instante, sino que media un espacio de tiempo entre la ayuda y la compensación. La inteligencia y capacidad de simbolización de los humanos hacen posible que el compartir, el trueque y el altruismo sean rasgos sociales muy fuertes, en consecuencia solo el humano es capaz de organizar una economía. La

inteligencia humana permite que los intercambios se cierren fuera de tiempo, en el futuro, convirtiéndolos en actos de altruismo recíproco.

El altruismo recíproco implica tres factores determinantes: por un lado, la ayuda que se presta requiere un esfuerzo, un riesgo; de otra parte, tienen que existir relaciones de confianza entre los individuos; y por último, tiene que haber un sistema de reprobación de forma que quien no coopera es penalizado. Estos comportamientos se observan en los grupos de animales que pueden tener conflicto de intereses entre sus componentes, por ejemplo entre algunas familias de murciélagos, pero en cambio, no existe en animales que viven en sociedades absolutamente jerarquizadas sin iniciativa individual, como son las hormigas, donde la programación innata de la conducta no deja resquicios ni posibilidades a la negociación.

Al igual que los principios morales, el altruismo recíproco se orienta a favorecer en primer lugar al propio grupo, o aún a la familia en sentido estricto, solo si la situación lo permite se dirige a los individuos de otro grupo. Cualquiera sabe que los fraternales principios de la moral cristiana occidental se han aplicado de forma diversa si el destinatario era la propia comunidad o eran individuos de otra tribu, de otra cultura o de otro país. La preservación de la vida o el acceso al alimento no tenían (¡ni tienen!), el mismo significado según se aplicara a los próximos o a los extranjeros. Durante siglos las ciudades se protegieron con murallas para preservarse a sí mismas en contra de los «otros». Solo cuando aumentan los recursos cambia esta tendencia y se favorece tanto a los «nuestros» como a los «otros». Contrariamente, en tiempos de escasez hay una tendencia a disminuir, incluso los favores a los «nuestros», para centrarnos en la familia directa o aun en uno mismo. En algunos países con penuria económica, no es infrecuente que los padres recurran al infanticidio, especialmente de las niñas, para evitarse mayores cargas económicas. Diríase que las actitudes egoístas se exacerban en situación de penuria y desorden, mientras que cuando existe cierto orden social y abundan los recursos, la solidaridad es más amplia, trasciende las fronteras de la comunidad e incluso puede traspasar las de la especie para tornarnos más Cooperativos y respetuosos no tan solo con los humanos sino también con los otros animales e incluso con el entorno medioambiental. Hay un ejemplo sencillo: cuando nuestra salud decae y enfermamos o nos sentimos desgraciados, nos volvemos más egoístas, pensamos primordialmente en nosotros y en nuestras precariedades, los demás nos importan mucho menos. Los recursos de salud son tan importantes como los económicos.

La cooperación, el altruismo, la solidaridad y la moralidad son categorías que surgen de nuestro cerebro, pero que se desarrollan en mayor o menor grado en función del equilibrio de recursos del colectivo. Dentro de nosotros existe la tendencia a preocuparnos para mejorar nuestra comunidad. Podría enunciarse así: «si mejoran las relaciones sociales y la calidad de vida del colectivo, todos viviremos mejor y yo saldré beneficiado». Obsérvese que esta afirmación está en la base de los sistemas morales, sea cual sea el país o la cultura. Es una tendencia a buscar el ideal.

Luego la realidad se encarga de disminuir tanto las intenciones como las expectativas, la vida acostumbra a ser difícil, cada uno se defiende como puede y las tendencias egoístas se contraponen a las altruistas. De este equilibrio nace la negociación moral que posibilita la convivencia comunitaria con el mayor éxito objetivamente posible.