Nuestra exposición se inspira y sigue de cerca a autores que ofrecen una total garantía. La mayor inspiración proviene del artículo de L. Sartori, "Carismas" en: Nuevo Diccionario de Teología, I, Edic. Cristiandad, 1982,130-149; D. Grasso, Los carismas en la Iglesia, Edic. Cristiandad, 1984; K. Rahner, Lo Dinámico en la Iglesia, Edit. Herder, Barcelona, 1963, 46-92. Los siguientes números de Concilium ofrecen igualmente valiosas aportaciones. Concilium (número especial dedicado a E. Schillebeeckx, 1974); también se han tenido en cuenta los números de la revista Concilium, N. 89 (1973); N. 34, (1968); N. 4, (1965); y más especialmente los Ns. 129 (Los Carismas), (1977) y 139 (Discernimiento de espíritus) (1978). El tomo II de la excelente trilogía de Yves Congar, "Je Crois en I'Espirit Saint", Edt. du Cerf, París, 1978 es, por su claridad y profundidad, de un valor especial. M.A. Chevalier' "Esprit de Dieu", Dasclée, París, II 1990, ofrece análisis sobre los carismas. C. Granado, "El Espíritu Santo en la Teología Patrística", Edic. Sígueme, Salamanca, 1987. Aunque la mayor parte de las obras y artículos indicados no toquen directamente la historia de los carismas, son puntos de referencia para aspectos que se tratan en el presente libro.
1. Los carismas a través de la historia
La amplitud de la materia nos sugiere adoptar una exposición resumida y expuesta en parágrafos que faciliten su lectura y comprensión.
a) Los caminos del Espíritu
La expresión "carisma" nace (con San Pablo) en un contexto eciesiológico y la acuña para designar las diversas funciones existentes en el cuerpo místico de Cristo.
Bajo la acción del Espíritu, a ella se debe, en parte, el que los fieles vayan tomando conciencia del derecho y del deber de participar en la edificación de la Iglesia, indispensable, por modesta que sea. Se asiste, actualmente, a una movilización general de los cristianos para que todos participen en la vida de la Iglesia, aportando su propia contribución, su carisma, en orden a impulsar los movimientos de espiritualidad o, más específicamente, a promover el apostolado, a edificar la Iglesia en la caridad.
El "carisma", por otra parte, ha tenido y sigue teniendo otro efecto importante: situar en sus justas dimensiones el Ministerio Jerárquico; aunque se haya mirado el carisma, y aún hoy algunos lo sigan mirando como un peligro para la institución, no obstante los errores que puedan haberse cometido, se están disipando los temores. Se está dando un redescubrimiento de los carismas que ha llevado a la Iglesia a tomar conciencia de que, para su edificación, es necesario "compartir el trabajo". Expresado más claramente quiere decir esto:
La tarea de la jerarquía no es simplemente "mandar" y la de los fieles "obedecer". Ciertamente esto se da, pero va más allá su misión: a la jerarquía corresponde esencialmente "coordinar" el trabajo de todos, para que todos puedan trabajar en la edificación de la Iglesia, conforme con la función que le ha asignado Cristo. El obispo ha sido concebido como "pastor", y ciertamente lo es; pero, gracias al Vaticano II, es uno de los operarios, el principal, que permiten a la Iglesia construirse y crecer a través de los siglos.
(Este pensamiento lo desarrolla breve y densamente el P. D. Grasso en su obra citada, coincidiendo con el que expresa también Sartori en su artículo).
b) Panorama histórico - Error de interpretación:
Está en contraponer nuestro tiempo a toda la historia pasada. En relacionar el renacimiento de los carismas solamente con el cristianismo primitivo. En considerar como un eclipse de los carismas el largo período que va desde el siglo II hasta nuestros días, como una consecuencia del peso de la autoridad, la institución y la estructura.
Aunque cabe hablar de un retorno cíclico del interés por los carismas, de hecho la realidad es más compleja. - Sintetizando la realidad:
Hay que afirmar la necesidad que siempre tuvo la Iglesia de reforzar la unidad cuando había peligro de escisiones. Esta fue creciendo a medida que se fue perdiendo la vitalidad originaria de los tiempos apostólicos.
Un primer momento crítico se dio con la aparición del "montañismo" (de su principal impulsor Montano), hacia fines del siglo II. Fue un movimiento que se extendió rápidamente por Asia y, posteriormente, por Africa llegando hasta Europa.
En su doctrina entra como idea fundamental que, por fin, había llegado Pentecostés y que entonces comenzaba la era del Espíritu. La Iglesia reaccionó adoptando una actitud de defensa frente a los excesos de los montañistas y consolidando la estructura. Entonces San Irineo acuñó el axioma: "Ubi Ecclesia ibi Spiritus", (donde está la Iglesia, allí está el Espíritu).
El gnosticismo representa otro momento crítico para la Iglesia: es un movimiento que desbordó el mismo cristianismo en un momento preciso. Aparece a mediados del siglo II. Ni pretendemos ni es fácil describirlo, debido a la multiplicidad de sus doctrinas. Solamente queremos aclarar que la gnosis atacaba todas las religiones pretendiendo transformarlas, pero especialmente las creencias cristianas:
Trinidad, creación, pecado, redención etc. El sistema de Valentín (su fundador), con sus enormes errores y herejías, obligó a la fe cristiana a defenderse, a precisarse y a formular más claramente algunas afirmaciones fundamentales.
Este hecho, al menos indirectamente, contribuyó a que la Iglesia desviara su atención a lo que entonces estaba en peligro y, por lo tanto, los carismas fueran quedando en la sombra. También ellos, los gnósticos, al plantear los grados de pertenencia a la Iglesia y al distinguir tres clases de cristianos, y colocar a los "espirituales" en el lugar superior, contribuyeron a exagerar los carismas.
- Los Santos Padres: San Juan Crisóstomo.
En esta relativamente larga época que va del siglo segundo a finales del cuarto, entramos en un nuevo orden de ideas a parar de San Juan Crisóstomo (344-407).
"Es (en cita de D. Grasso, p. 118) el primero en negar, para su tiempo, la existencia de carismas y en dar una explicación que luego será recogida por San Gregorio Magno y, a través de él, por otros muchos Padres, teólogos y predicadores, hasta el Vaticano II. Con él comienza a forjarse la idea de que los carismas son una realidad concedida por Dios a la Iglesia primitiva, pero que no son necesarios en una Iglesia adulta y por ello, dejan de existir". Cuando aborda el tema de los carismas se refiere a los carismas extraordinarios y entre éstos, sobre todo, al carisma de milagros. Sin embargo, y sin abandonar sus conclusiones, en sentir de D. Grasso, se nota en sus escritos una tristeza y nostalgia por el fervor de los primitivos tiempos de la Iglesia y por la desaparición de los carismas. "De todos modos, creemos que la principal aportación de San Juan Crisóstomo al problema de los carismas extraordinarios en la Iglesia es su afirmación de que no son necesarios después de la época apostólica. Para él, lo grave no es que falten los carismas, sino que no falte la caridad". Sin embargo, parece admitir el don de lenguas.
No obstante esta doctrina de San Juan Crisóstomo, lo veremos más tarde, la permanencia de los carismas en la Iglesia siempre se ha dado, aunque se haya visto reducida en algunas épocas a un grupo y a unas personas particulares dentro de la Iglesia.1
San Agustín. (354-430).
Parece conveniente y aun necesario conocer el pensamiento de San Agustín sobre los carismas, un padre de la Iglesia que ha ejercido y ejerce un gran influjo en la vida de la Iglesia misma.
Resumimos su pensamiento como lo expone la obra de D. Grasso. En sus escritos, aparecen casi como únicamente citados los carismas de profecía, el don de lenguas y los milagros.
1. D. Grasso, "Los carismas en la iglesia, o.c., 130.
Leyéndolo, uno tiene la persuasión de que San Agustín, los admite. Sin embargo, "los efectos que el Evangelio produce en quienes los aceptan son prueba de su origen divino; tales efectos hacen creíble a la Iglesia. Han sustituido a los milagros, y lo mismo podemos decir de los demás carismas. (...) Cuando se da un milagro, Agustín no duda en aceptarlo. Pero cuando se le dice que no se da, no tiene dificultad en admitirlo y busca una explicación.
"A nuestro juicio, se debe a estos dos grandes Padres de la Iglesia, Crisóstomo y Agustín, la posterior convicción de que los carismas estuvieron reservados a la Iglesia primitiva o se hicieron luego tan raros que constituyen una excepción". Su defecto radica en que redujeron los carismas a los extraordinarios y en que partieron de la experiencia. El hecho de ver que en su tiempo no parecían darse carismas tan difundidos en la Iglesia primitiva, los llevó a la conclusión de que habían desaparecido de que no eran necesarios. Sin embargo, luego, por lo que se refiere a algunos carismas, no dudaron en dar una respuesta afirmativa.
Los demás Padres:
En cambio, muchos de los demás Padres (Cirilo de Jerusalén, Basilio de Cesárea, Atanasio, Hilario, Juan Casiano), se situaban en una perspectiva más teológica. Donde está el Espíritu, allí están sus efectos como son los carismas. Naturalmente -concluye D. Grasso- la verdad está en la síntesis. Pero ésta llegará más tarde2.
Nos haríamos excesivamente largos si intentáramos resumir lo que los autores arriba citados dicen sobre los carismas a través de la Historia de la Iglesia. Nos quedaría por explorar la época que va del siglo quinto a la Edad Media; de ésta hasta el Concilio de Trento; de éste al Vaticano I para venir a desembocar a nuestros días.
Preferimos compendiar, aun con brevedad, lo que puede ser la línea general que sigue la reflexión, la enseñanza, la especulación y la experiencia de los carismas.
- Los Padres griegos, están convencidos, no todos de la misma manera, de que los carismas extraordinarios no terminaron con la Iglesia primitiva, sino que continúan después de ella. Los Padres griegos argumentan a partir de la presencia del Espíritu Santo en la Iglesia. Esta debe expresarse en sus frutos (Gal 5,22) y en sus manifestaciones también carismáticas, incluso en los extraordinarios (1 Cor 12, 7).
2. D. Grasso, o.c., 118-123
Una excepción es San Juan Crisóstomo entre los padres griegos.
Los Padres latinos conocen los carismas y consideran que existen en la Iglesia después de los primeros siglos. San Agustín, ya lo tratamos, tiene expresiones sobre los milagros que parecen indicar que han cesado. Si leemos sus expresiones en el libro "Retractaciones", hemos de concluir que su pensamiento es que han disminuido.
A partir ele San Gregorio Magno, de gran influencia, los Padres latinos recibirán, a través del mismo, la doctrina de San Juan Crisóstomo sobre la desaparición de los carismas y la repetirán apoyándose en sus mismas razones.
Muchos exégetas y predicadores medievales y modernos, aun posteriores a Trento, repetirán "con poca originalidad" la doctrina del que fue un gran Papa, Gregorio Magno.
Casi todos los Padres, exegetas, predicadoresy teólogos admiten al menos la existencia de milagros y están de acuerdo en que los carismas han ido decayendo después de la Iglesia primitiva. Tal noción se repetirá hasta el Vaticano II. Cristo mostró, vienen a decir, su presencia en la Iglesia primitiva de manera más visible y frecuente que en tiempos posteriores. La razón fundamental para ellos es la mayor necesidad de la Iglesia de entonces.
San Agustín recurre a otro argumento, que se hará clásico: la vida de la Iglesia con sus notas, particularmente con su santidad, es el motivo de credibilidad que han tenido los milagros y los demás carismas. Estos son un signo de la asistencia de Cristo, pero no lo es menos la caridad. Y esta afirmación es recogida por San Gregorio Magno para explicar que los signos prometidos por Cristo (Mc 16,17), no hian desaparecido, se han adaptado a una nueva dimensión, la dimensión moral.3
3. D. Grasso,o.c., 133-134
- En la Edad Media cambia algo la concepción de los carismas. Ya antes, en el monacato ha estado siempre la mejor reserva de la Iglesia en tiempos de crisis. Y en él se dieron los carismas, sobre todo los relacionados con la dirección espiritual, pero la restricción del ámbito carismático, llevó a concebir el carisma como algo individualista, orientado a promover el crecimiento espiritual del receptor, aunque, indirectamente, beneficiará a toda la Iglesia.
En la Edad Media surgen movimientos reformistas; nacen nuevas familias religiosas (las órdenes mendicantes; algunos manifiestan dones del Espíritu encauzados más directamente a la Iglesia como tal, v.g. Santa Brígida). Es decir, la repercusión de lo carismático sobre la vida de la Iglesia es ahora más directa e inmediata: se vuelven a considerar los carismas como dones concedidos para el bien de la Iglesia. La palabra "carisma" apenas se utiliza; en su lugar se habla de "gracias dadas gratuitamente". Surgen las órdenes terceras, la espiritualidad sale de los monasterios y llega al pueblo cristiano; se multiplican las nuevas congregaciones fundadas por hombres carismáticos; se difunden los libros espirituales, aumenta la dirección espiritual.
Todo esto contribuye a la temática de los carismas, en particular al discernimiento.
- Después de la Edad Media hasta nuestros días, en cierto modo, persiste el pensamiento transmitido por San Gregorio Magno. Pero no dejan de aparecer ráfagas de carismas, sobre todo, a través de personas santas: Santo Domingo, San Francisco de Asís, Santa Catalina, San Ignacio de Loyola, San Juan Bosco, un Cotolengo, los santuarios.
De todos, los carismas más mencionados son los de milagros y la profecía; el don de lenguas, citado frecuentemente, es objeto de confusión.
"Es necesario que la vida de la Iglesia para crecer no sólo por dentro, sino también por fuera, para atraer a sí a los que todavía no creen, sea enriquecida de tanto en tanto por un soplo sobrenatural del Espíritu que obre en ella: curaciones, milagros y prodigios (Hech 4, 30), los cuales dan testimonio de Cristo, origen y fuente de toda su vida. Esa es la función de los dones carismáticos, como los milagros (...) Tales dones responden a la necesidad humana de tocar lo divino, de creer no tanto por razonamientos cuanto por experiencia. Esos clones invitan a buscar, por encima de nosotros, una explicación que la ciencia no puede dar. Su función en la construcción de la Iglesia es indiscutible. Es la función de signo que tanto subrayan Padres y teólogos".4
2.
La permanencia de los carismasLa finalidad de los carismas lleva consigo la conclusión de su permanencia: si tienden a la utilidad común, es imposible que falten en la Iglesia de todos los tiempos. Porque en todos ellos, la Iglesia se construye, crece y necesita renovarse y extenderse. La manifestación del Espíritu en los carismas, por lo tanto, acompañará a la Iglesia a través de todos los tiempos. Si la Iglesia es el Cuerpo de Cristo y éste debe crecer y desarrollarse "hasta la plenitud de Cristo" (Ef 4, 13), entonces tales carismas habrán de durar hasta el día en que el Cuerpo de Cristo se haya desarrollado plenamente no sólo en la cabeza, sino también en los miembros.
La permanencia, pues, de los carismas es un hecho evidente. (El redescubrimiento de los carismas en nuestros días, sobre todo a través de la Renovación Carismática, se trata en los tomos primero y segundo en los que se aborda el nacimiento de la Renovación).
Es una síntesis demasiado breve, la que hemos procurado dar a modo de orientación en un tema, aún hoy debatido. El mérito de la doctrina del Vaticano II en este punto es haber devuelto al término "carisma" su significado más pleno, no limitado a los carismas extraordinarios, sino haberío extendido a los más ordinarios con los que el Señor construye especialmente Su Iglesia.
3.
El despertar de los carismasVolvemos aquí sobre algunos de los aspectos tocados en otra parte. Lo limitamos a nuestro tiempo; mejor, nos situamos 30 años atrás, cuando la Renovación Carismática Católica tuvo su nacimiento.
Tratamos el tema referido a una realidad que ha tomado un volumen que puede, legítimamente, designarse masivo. No se trata ya de personas aisladas, llenas, muchas de ellas, de una santidad admirable, de fundadores carismáticos, de congregaciones religiosas o de movimientos que han producido y siguen aportando un bien inmenso a la Iglesia y al mundo.
Nos referimos ahora a la realidad que palpamos en la que vivimos el florecimiento de los carismas entre multitud de personas de toda clase social, de formación cultural frecuentemente deficiente y hasta nula. Se trata, pues, de una "popularización" de los carismas a nivel y escala casi mundial. Fenómeno insospechado hace nada más 50 años o menos.
Y nos preguntarnos: ¿A qué se debe este florecimiento de dones que a no pocas personas les cuesta reconocer, aun estando situados en responsabilidades cuya misión, entre otras, es cerciorarse de su legitimidad, de su buen uso, de fomentarlos discretamente y discernirlos a la luz de Dios? (1 Tes 5, 12 ; 19-21).
Nuestros guías no pueden ser más garantes y ofrecer un argumento más sólido. El Vaticano II, en varios de sus documentos; Juan XXIII; Pablo VI, testimonio excepcional en este punto; Juan Pablo II también insigne a través de sus documentos, de sus exhortaciones, de los discursos dirigidos a la Renovación Carismática en sus Encuentros Internacionales de Dirigentes de la Renovación en Roma, etc.
"Es innegable que, después de los primeros siglos, los carismas extraordinarios cesaron como hecho corriente y habitual en las asambleas eclesiales. Sin embargo, nunca han faltado por completo en la Iglesia" (D. Grasso, 169).
Es un hecho en la Historia de la Iglesia que, en épocas particularmente difíciles, el Señor ha ido suscitando personas dotadas de carismas diversos para ayudarla a superar esas situaciones problemáticas y emprender una vida de nuevo fervor y compromiso.
Baste citar, con el autor arriba mencionado, las luchas entre el Papado y el Imperio, que afectaban seriamente la vida cristiana. Cómo Dios suscitó la figura eximia de Santa Hildegarda, quien con la santidad de su vida y los carismas otorgados por el Espíritu
El Concilio, indirectamente, exhorta a las personas constituidas en autoridad dentro de la Iglesia a no considerarse dueños de los carismas, ni únicos poseedores de los mismos.
Quiere que conozcan con alegría y fomenten con discreción estos dones entre los laicos que, como miembros del Cuerpo de la Iglesia tienen un papel insustituible que han de ejercer con sus propios carismas, alentados y orientados por la Jerarquía.11
1 1 . K. Rahner, Lo dinámico en la Iglesia, Edit. Herder, Barcelona, 1963, 62-66. Resumimos lo dicho, en esta cita, admirable, del P Karl. Rahner. "Desde hace algún tiempo nos hemos hecho, por desgracia, hasta cierto punto la idea de que la Iglesia primitiva estuvo especialmente agraciada con carismas, contrariamente a lo que ha sucedido en la historia posterior de la Iglesia, y que esto hoy no es ya tan frecuente, y ni siquiera tan necesario, como añadía San Gregorio Magno, por cierto con un tono un si es no es agridulce. No cabe la menor duda de que la juventud de una formación histórica, los primeros comienzos, que son los que dan vigor a todo lo sucesivo cuando se trata de algo realmente histórico dotado de unidad permanente, tiene siempre una tarea única e irrepetible, el tiempo de los primeros amores es algo único y que ya no vuelve, así como el verano y el otoño no pueden ser como la primavera, como tampoco la madurez del espíritu cuando se ha avanzado en edad no puede tampoco conservar la eterna juventud, la misma juventud que se posee cuando se es verdaderamente joven. No obstante, no se deben confundir "carismática juvenil" y "más carismática". Y, realmente, no se