VIII EL CONCILIO VATICANO II Y LOS CARISMAS
1. Itinerario moderno de la historia de los cansinas
"El incremento del interés en la vida real de la Iglesia ha ido acompañado de una creciente atención de la teología a lo carismático. La reflexión teológica se hace eco del desarrollo histórico de lo carismático y, al mismo tiempo, lo fomenta y lo guía".1 He aquí un recorrido del camino de los carismas desde mediados del Siglo XIX a nuestros días.
A. El Vaticano I
El concepto de carisma en él evoca casi exclusivamente una función de la Jerarquía, sobre todo a propósito de la infalibilidad pontificia. Lo hace en un contexto o referencia a Jesucristo, de modo que no menciona al Espíritu Santo. En esto hay una diferencia notable respecto del Vaticano II: éste refiere la razón de la infalibilidad a la asistencia del Espíritu Santo.
Sin embargo, como nota Sartori, a quien ahora seguimos, hay una pista que más tarde León XIII tendrá en cuenta.
Así, este pontífice, a propósito de los hombres excepcionales en virtudes y milagros, deduce un argumento apologético especial: lo constituye la acción del Espíritu Santo que mantiene en la Iglesia la presencia de los santos. El sentido, pues, de carisma para él en este contexto, significa un hecho excepcional, un don extraordinario, que se manifiesta en la santidad de estos hombres y en los milagros que el Espíritu obra por ellos.
1. L. Sartori, "Carismas", Nuevo Diccionario de Teología (Dir. G. Barnaglio y S. Dianich), Edic. Paulinas, Madrid, 1982, I, 134.
B.
Pío XIISe da, a partir de su Encíclica "Mystici Cor por is" (1943), un paso en profundidad y en extensión muy notable. Sintetizándolo:
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Pío XII concibe a la Iglesia corno un cuerpo orgánico.—
Así, habJa de los cansinas como de un elemento estructural de la iglesia.—
La estructura orgánica de la misma no depende exclusivamente ni de los grados de la Jerarquía ni únicamente de 3o carismático.—
De este modo, pretende excluir dos concepciones reducdvas: la que sólo ve el aspecto jurídico o sólo los dones carismádcos.—
El pontífice lo entiende todavía primariamente como presencia del don excepcional y extraordinario.—
Pero reconoce que la acción del Espíritu Santo dispensa sus dones aun fuera de la jerarquía. No se da una era totalmente irrepetible. El Espíritu creador de la Iglesia actuará así hasta el final de los tiempos.(Prescindimos de aportación al esmdio y ai desarrollo teológico de los carismas hecho por los teólogos, entre los cuales hay que citar en primer lugar a K. Rahner, precursor e iniciador).
C.
El Vaticano IITocamos muy brevemente varios aspectos, siguiendo al citado autor (L. Sartori). 1ro. Su teología del Espíritu Santo
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La teología que subyace a los carismas impone que se exponga (aunque lo hagamos brevemente) antes de abordar su doctrina sobre Jos mismos.—
Como presupuesto para tenerlo en cuenta, el Vaticano II ha querido reanudar el contacto con las fuentes y adaptarse a la cultura actual. En este supuesto se explica la diversidad de términos que ha recuperado y utiliza.—
Es capital tener en cuenta la finalidad del Vaticano II: Movilizar todas las fuerzas cristianas en el trabajo del Reino y valorar las diversas aportaciones que pueden darse en la perspectiva misionera.—
Por ello, recurre frecuentemente a la doctrina paulina de los diferentes miembros del Cuerpo Místico para aplicarlo a la cooperación en la comunidad parroquial, en las Iglesias particulares en el marco de la Iglesia universal (LG. 13).—
"Sobre la base de estas observaciones es fácil hallar un rico material ele textos del Vaticano II en torno a los carismas (cerca de un centenar), y cabe concluir que se trata de un hecho teológico absolutamente excepcional, cuya importancia no debe minimizarse, sobre todo, teniendo en cuenta que todo el discurso conciliar sobre los carismas se desarrolla en un clima positivo de confianza y estima".20—
Se ve a la Iglesia a la luz prepascual (Jesús el fundador de ella); pero también a la luz post pascual; y, por lo tanto, en relación con el Espíritu Santo expresamente. El edifica la Iglesia "no sólo mediante la acción de la Jerarquía", sino utilizando todas las fuerzas y personas.—
Cuando alude al Espíritu Santo, como el don de Cristo, lo hace en conexión con la "riqueza" y "variedad" de los dones otorgados para edificar la Iglesia como cuerpo.—
La variedad y diversidad de dones del Espíritu no pone en peligro la unidad, sino que la fortalece (LG, 13; AG, 4).—
"La catolicidad misionera para ser creíbles, debe ir precedida y acompañada constantemente de la catolicidad interna de la Iglesia: la Iglesia ha de ser capaz de presentarse ante el mundo como vida que no mata, no disminuye, no teme, no es suspicaz, no nivela la variedad de dones y valores que el Espíritu suscita en su interior, sino que la promueve. En otros términos: la Iglesia debe aparecer como ei lugar de la auténtica libertad en la caridad".3 Por eso se hace especialmente interesante el tema de la pluralidad y, por lo tanto, del cansma.2. L. Sartori, o.c., 144.
—
El Concilio no se limita a considerarlo como don divino -que es necesario conservar, tutelar y promover-. Toma en cuenta la multiplicidad de los caris mas personales y la diversidad de estados de vida. Considera las tradiciones globales ricas y diferentes. Lo sanciona, prevé y desea que se incorporen en el futuro otros valores.2 do. Concepción histórico-dinámca del carisma
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Es el punto más fundamental de la doctrina del Vaticano II sobre los carismas.—
Está plenamente en la línea de San Pablo, el gran tratadista, “el genio de la teología de los carismas", y el gran promotor.—
El fomentó lo carismático y combatió la tendencia a radicalizar la preferencia por un tipo único de carisma: el milagro, es decir, lo extraordinario. Trató de descubrir y valorar un carisma más variado y universal y, por lo tato, más humilde y humanizante (1 Cor 14,19).Siguiendo su ejemplo, el Vaticano II supera la concepción anterior, incluso la oficial, centrada en el milagro e invita a confiar y poner la atención en los carismas más "simples y comunes" (LG, 12).
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El Concilio tiene en cuenta los valores presentes en la historia. Insiste en que se ha de tomar en consideración el potencial de riqueza en el Espíritu que representan "germinalmente" las dotes naturales.—
Entonces "el criterio de 'omnia probate', no acné sólo el significado jurídico de un examen, sino que adquiere el valor de un esfuerzo de descubrimiento, de fundación, de valorización de la riqueza oculta".3. L. Sartori, o.c., 145. Cfr. Ch. Duquoc, El Carisma, manifestación del carácter imprevisible de la gracia, Concilium, 129, 1977, 182-186.
Así, la Iglesia tiene la triple tarea de purificar, consolidar e insertar en el marco integral de Cristo, el potencial de carisma que Dios ha depositado en la historia.
3ro. Función de la Jerarquía
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La Jerarquía nace de un carisma (institucional); es un carisma en sí misma,—
A la autoridad de los Apóstoles (y de sus sucesores) se sujetan también los carismáticos; es uno de los múltiples dones que el Espíritu Santo distribuye a su Iglesia (LG,7).—
El Vaticano II vive en un clima de recuperación optimista y, por lo tanto, de confianza en la variedad de los carismas.—
Afirma de un modo categórico que compete a la jerarquía el juicio sobre la autenticidad de los carismas (LG,12).—
Insiste en la caridad como primer principio de toda la vida eclesial, en la sacramentaüdad de la Iglesia, y "nos permite descubrir el camino que debe seguirse no sólo en el caso del carisma, sino en toda operación de discernimiento" (Sartori).—
El verdadero y grande carisma que debe ser construido es, en definitiva, la propia Iglesia misma, de modo que pueda presentarse al mundo como signo e instrumento de unidad y de salvación en Cristo. Este pensamiento nos parece extremadamente importante y trascendental.—
La profunda inmersión de la Iglesia en el mundo hace que el Concilio se muestre fácil en conceder cierto margen de experimentación, "Así la mejor comprobación de los dones la tenemos en la historia, en el tiempo: el árbol se conoce por sus frutos". Esto supone tiempo, porque una es la estación en que apuntan los frutos, y otra en la que se recogen. Se afirma, por lo tanto, la ley de la gradualidad histórica y la necesidad del tiempo para reconocer los dones de Dios.—
Esto "exige a la jerarquía el valor de esperar con paciencia, de dar confianza, de conceder un margen a la libertad, de no tomar decisiones precipitadas, que puedan sofocar o apagar los dones con el pretexto de garantizar la autenticidad".4—
"Esta intervención de los Apóstoles en un terreno en que se manifiesta la actividad del Espíritu, muestra que en todo estado de cosas los carismas están sometidos a la autoridad eclesiástica (cf. 1 Jn 4,6). Mientras están en vida los Apóstoles, su poder en esta materia viene del hecho de que el apostolado es el primero de los carismas. Pero, después de ellos, también sus d ele g ados participan de la misma autoridad, como lo muestran las consignas recogidas en las cartas pa torales, particularmente (1 Tim 1, 18; 4,16). Es que estos mismos delegados han recibido un don particular del Espíritu por la imposición de las manos (1 Tim 4,14; 2 Tim 1,6). Si no pueden poseer el carisma de los apóstoles, no por eso carecen de un carisma de gobierno, que les confiere el derecho de prescribir y enseñar (1 Tim 4,11). Así, en la Iglesia todo está sometido a una autoridad de gobierno, la cual también es de orden carismático".5—
Como reglas muy útiles y aun necesarias, Pablo da a la comunidad de Corinto normas ciaras de discernimiento que han de ser aplicadas a los carismas y que son válidas igualmente para los que tienen la responsabilidad de discernir.Desde luego, hay que comprobar la autenticidad de los carismas (1 Tes 5,1.9-21) y "examinar ios espíritus" (1 Jn 4,1). Este discernimiento que es esencial, es también fruto de la gracia (1 Cor 12,10), Memos de notar, sin embargo, que el discernimiento
carismático no se da siempre ni mucho menos, y, con todo, la obligación no cesa por eso. Entonces se trata de un discernimiento que los autores suelen designar como discernimiento aprendido.
San Ignacio de Loyola, maestro insigne en los diversos modos de discernir, alumno aventajado de San Pablo y de toda la tradición en este punto, da normas preciosas sobre el discernimiento por mociones interiores y por razón natural, iluminada por la fe.
4. L. Sartori, o.c., 147.
5. A. George, P. Grelot, "Carisma", Vocabulario de Teología Bíblica, (Dir. F. X. León Dufour), Edit. Herder, Barcelona, 1978, 145-146.
En el supuesto de que no se dé el discernimiento carismático, los llamados a discernir, tienen que aprender las demás formas, muy válidas también para los carismas. Precisamente, el buen cumplimiento de su obligación, les impone este aprendizaje, para no verse envueltos en un discernimiento ficticio, falseado, y por lo tanto, seriamente perjudicial.
Las normas cjue el Apóstol da a la comunidad de Corinto se pueden reducir a las siguientes:
Una primera regla que da un carácter absoluto: los verdaderos dones del Espíritu se reconocen en que uno confiesa que Jesús es el Señor (1 Cor 12,3), con todas sus consecuencias. Esta regla permite distinguir y eliminar a los falsos profetas (1 Jn 4,3; 1 Cor 12,3).
El uso de los carismas debe subordinarse al bien común. De aquí se deduce que debe respetarse su jerarquía; es decir, que deben clasificarse según cierto orden de importancia, a la cabeza de los cuales se hallan los apóstoles (1 Cor 12,28; Ef 4,11). Por lo tanto, las actividades de los fieles han de ser apreciadas según su utilidad efectiva para la edificación de la Iglesia, no según su espectacularidad.
La norma fundamental es: todos deben buscar primero la caridad, a la que se subordinan y se orientan todos los demás; después, los otros dones espirituales.
Los carismas auténticos deben someterse a ciertas normas prácticas para que reine el buen orden en las asambleas religiosas.6 4to. ¿Cuáles son los carismas actuales?
La pastoral y sus estructuras
Hemos expuesto ya la disposición de la Iglesia respecto de los carismas que pudiéramos llamar clásicos. Lo completaremos más adelante.
6. A. George, P. Grelot, o.c., 145.
"La vida de la Iglesia necesita un lenguaje concreto. El Espíritu Santo es la creatividad infinita. Por eso, hay que descubrir los carismas de hoy; la urgencia de descubrir lo que 'el Espíritu dice hoy a las Iglesias'; consecuentemente, la perenne actualización de la Iglesia. Pero la actualización es, antes que tarea, don del Espíritu; por eso hay que prestar atención a los dones de hoy, a los carismas actuales7.
Los carismas (su visión) no se deben limitar a la vida privada de personas espirituales. Abarcan momentos históricos más amplios, movimientos y fermentos colectivos.
En esta línea se constata cómo lo carismático se refleja en las vicisitudes de las familias religiosas ofreciendo a lo largo del tiempo modelos nuevos y diferentes: el eremitismo, el monacato, las órdenes mendicantes, las congregaciones religiosas postridentinas. Hoy estamos asistiendo a la búsqueda de nuevas normas y el Vaticano II alienta a todos los religiosos a renovarse. Y los anima a hacerlo, volviendo al espíritu de los orígenes para descubrir una forma nueva de traduci: el carisma inicial.
La vida moderna, por su parte, reclama la inserción más auténtica en la vida real.
No es posible prever las líneas generales de la evolución futura. Sm embargo, la Iglesia tiene la obligación de "repasar este tema". Debe seguir con atención todos los ensayos y experiencias que hoy se hacen (sobre todo en las órdenes e institutos religiosos). Igualmente, tiene el deber de impulsar la búsqueda de nuevas formas de vida contemplativa. Es un hecho que aparecen numerosos signos de un despertar religioso, de nuevas formas y sed de mística.
Obviamente, esto plantea problemas jurídicos. Esto acontece, especialmente, en lo que atañe al puesto de las familias religiosas en la Iglesia; a sus posibilidades de experiencias, aun audaces, y a sus relaciones con las parroquias y diócesis.
"Es preciso afrontar el problema concreto de cómo valorar efectivamente los carismas. Existen ya algunas estructuras nuevas que deberían proteger a los carismáticos contra los posibles abusos de la institución e incluso facilitar y favorecer su influencia benéfica en la vida de la Iglesia: estamos pensando en los consejos pastorales y presbiterales, por no hablar -en un nivel más alto- de las conferencias episcopales y del sínodo de obispos. Todos estos organismos y otros análogos, deberían servir para poner de manifiesto el papel del carisma como elemento básico de la estructura misma, a fin de que ésta no malogre la riqueza de los dones del espíritu".8
Se correría un riesgo, si las nuevas estructuras, que deben servir de apoyo al carisma, son utilizadas para reforzar más el poder y la autoridad. El riesgo estaría en que dichas estructuras se tomarían como instrumento de oposición por aquellos que emplean mal el carisma.
"Urge en la Iglesia dar senddo a la realidad que está por debajo y por encima tanto del carisma como de la autoridad: la comunidad, el amor, la comunión. La comunidad necesita de la autoridad y de los carismáticos; tiene necesidad de que unos y otros estén en relación de caridad, de comunicación, de servicio mutuo (categorías primordiales: koinonía, diakonía). El servicio mutuo implica también control mutuo. Sólo en un clima de atención benévola, paciente y abierta de cada cual a los demás, de cada carisma a los otros carismas, es posible caminar hacia la unidad y la armonía. La contraposición puede hacer que la misma autoridad se convierta en un peso que contribuye a la ruptura".9