1. Hacia dónde deben conducir los carismas o frutos de los mismos
Ya se dijo desde el comienzo y el mismo apóstol Pablo subraya su finalidad: «para bien común», o para edificación de la Iglesia en la caridad (1 Cor 12,7).
Pero especificándola brevemente, podemos sintetizarla en los siguientes frutos:
Los enumeramos como frutos de los carismas, de la acción del Espíritu, puesto que son los frutos de su acción en la Iglesia (LG. 4). Consecuentemente, deben ser los mismos que producen su acción en los miembros de ella.
a) Hacia la unidad:
"El Espíritu Santo guía a la Iglesia a toda la verdad (cf. Jn 16, 8) la unifica en comunión y caridad. Y así, toda la Iglesia aparece como un pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo".1
Es el mismo fruto que pretende producir en aquellos que son utilizados como canales del Espíritu y en quienes se benefician.
La misma realidad íntima del Espíritu Santo: ser lazo de unión entre el Padre y el Hijo, como Amor de ambos entre sí, está exigiendo este fruto en aquellos que se abren a su acción.
Consecuentemente, todo cuanto lleve la impronta de la desunión es signo de otra fuerza distinta de la del Espíritu.
1. LG,4.
b) Hacia la santidad:
"Consumada la obra que el Padre encomendó realizar al Hijo sobre la tierra (cf. Jn 17, 4), fue enviado al Espíritu Santo el día de Pentecostés a fin de santificar indefinidamente la Iglesia y para que de este modo los fíeles tengan acceso al Padre por medio de Cristo en un mismo Espíritu (cf. Ef 2,18)".2
La misión del Espíritu Santo derramado en nuestros corazones (Rom 5, 5), es reproducir en nosotros la imagen de Jesucristo (Rom 8, 29), para que El sea el primogénito entre muchos hermanos. Es, por tanto, irnos santificando progresivamente, de modo que nuestro pensar, querer, actuar, sea cada vez más semejante al de Jesucristo. Esta es la santidad que obra en la Iglesia como Esposa de Jesús (Ef 5,23), la santidad que El quiere realizar en los miembros del cuerpo místico de Cristo. Esto lo va obrando en una creciente conversión que opera en el tiempo, con nuestra cooperación.
También el buen uso de los carismas, manifestaciones de la presencia y de la acción del Espíritu, debe contribuir a esta conversión que se profundiza en el alma, que nos asemeja, acerca, adhiere a Jesucristo desde dentro. Por actuar en los carismas con poder, el Espíritu Santo irradia su influjo en la vida concreta del "carismático» y se ha de manifestar en la santidad de vida. Sin su acción, no es posible que realmente Jesús sea el Señor (1 Cor 12, 2-3) de nuestras vidas. Por eso, un criterio de discernimiento de los auténticos carismas es su orientación y contribución a la santificación de la persona, de la comunidad agraciada con carismas.
c) Hacia el espíritu de apertura:
"Y el Señor cada día integraba a la comunidad a los que habían de salvarse" (los integraba por la fuerza del Espíritu) (Hech 2, 47). "El Espíritu habita en la Iglesia y en el corazón de los fieles como en un templo (1 Cor 3, 16-17), y ora en ellos y da testimonio de su adopción como hijos (cf. Gal 4, 6; Rom 8, 15-16 y 26).3
Una característica acusada de la acción del Espíritu en el alma es crear un corazón abierto, una integración en la comunidad. Este quizá fue el fruto más hermoso de la venida del Espíritu en Pentecostés: la "nueva" comunidad, el nuevo pueblo de Dios nacido a impulsos del Espíritu. Los Hechos de los Apóstoles son un maravilloso testimonio de esta verdad. Así nació oficialmente la Iglesia por la fuerza del Espíritu. Y este mismo Espíritu iba agregando fieles a ella y dándoles un mismo corazón (Hech 4, 32).
2. LG, 4. 3. LG, 4.
Siendo la misma Persona divina, que actúa enviada por Jesús a instancias del Padre, no puede menos de crear la misma integración en los fieles. Y lo hace también a través de los carismas. En los Hechos, éstos aparecen como elemento fundamental del que se vale el Espíritu para su obra de integración.
Es, dicho de otro modo, crear el espíritu de catolicidad, el que se da y robustece en la Iglesia. Al lado de la Iglesia una y santa aparece la catolicidad. Y en cada fiel utilizado por el Señor con carismas o beneficiado por ellos, se debe dar este signo que es inseparable de la obra del Espíritu en sus manifestaciones.
Aquí entra la dimensión de la apertura a los demás, a cuantos necesitan nuestra ayuda, especialmente a aquellos a quienes el mismo Señor privilegió con su atención durante su vida y ahora quiere seguir haciéndolo por nosotros: pobres, enfermos, pecadores...
d) Hacia la misión apostólica:
Es decir, el Espíritu de apostolicidad.4
La persuasión de pertenecer a una Iglesia en la que la sucesión de los apóstoles y del Vicario de Cristo se continúa ininterrumpidamente con la asistencia de Jesús en su Espíritu.
El amor profundo a los que han sido puestos como pastores para regirla, enseñarla y santificarla; no obstante los defectos que se pueden encontrar en su seguimiento de Cristo, a quienes sirven en sus hermanos. La adhesión a la doctrina auténtica de la Iglesia y la fidelidad en seguir la norma viva de la propia existencia.
La obediencia, por lo tanto, a sus directrices; esto no inhibe la sana libertad de manifestar discretamente opinión personal en materias en las que podemos estar versados.
El compromiso en y con la Iglesia cuya misión fundamental es evangelizar. Por lo tanto, implica el compromiso y la inserción en la pastoral de la propia diócesis y de la propia parroquia dentro de las posibilidades de cada uno. Prestar con entusiasmo y creatividad las cualidades humanas, las habilidades, los dones sobrenaturales como voluntaria colaboración para realizar los planes de trabajo en ellos. Esto no restará nada a la misión peculiar del seglar de evangelizar el mundo desde y a través de su profesión. El Vaticano II es excepcionalmente iluminador en este punto.3
El Espíritu Santo actúa y nos mueve a darnos con generosidad a una Iglesia de la que recibimos lo que somos sobrenaturalmente. Y todo esto: unidad, santidad, espíritu de apertura, misión apostólica, envuelto en la humildad del que es «nada» ante Dios, pero lo es todo porque es hijo querido del Padre celestial.
e) Hacia la caridad concreta: (1 Cor 13).
Esta es la piedra de toque del buen uso de los carismas. Aunque ya abordamos el tema, es preciso volver sobre él para tener arraigado el pensamiento de Pablo que se manifiesta de una manera bien clara. Precisamente este capítulo, el más importante de toda la carta, fue puesto para aclarar, por vía de discernimiento, la mala comprensión de algunos miembros de la comunidad.
Lo que necesitáis, les viene a decir Pablo a los Corintios, es sobre todo, el amor. Vuestra falla fundamental es la carencia de él. No los disuade de pedir y de usar los carismas: al contrario, los alienta. Pero lo que importa, más que otra cosa, es caminar en el amor (1 Cor 13, 2). Y sin él, ni los mismos carismas, aun los más provechosos, son nada. Pablo se está refiriendo, de un modo especial, a aquellos que parece que eran ios más apetecidos y quizá peor usados: los carismas de sabiduría, ciencia y conocimiento, así como el don de curaciones, el de profecía y el de orar en lenguas. Ninguno, si no está informado por el amor y no conduce a incrementarlo, merece ser considerado.
La falta de amor en ellos, por más que el Espíritu Santo se ha prodigado en sus dones, los ha llevado a rivalidades, celos, y a pecados serios manifiestos. A través de toda la carta, San Pablo se expresa en términos de fuerte y paternal corrección.
5. LG, 30-38,GS, Léase, si es posible, toda la Constitución.
Pero, al mismo tiempo, muestra toda la importancia de los carismas, como gracias y regalos gratuitos del Espíritu; como manifestaciones de su presencia, para la construcción en Cristo de la comunidad, de la Iglesia. Guiados por sus sabios consejos, podemos nosotros hoy usar en el amor, estas "herramientas" necesarias para la edificación común.
El Vaticano II ha dejado bien claro su pensamiento sobre la importancia de los carismas en el crecimiento y arraigo en Cristo de las personas, de la comunidad, de la Iglesia del Señor Jesús.6
Es un error desconocer voluntariamente y minusvalorar los carismas de los que fue lleno Jesús en su Santa Humanidad.
Como todo, aun lo más sagrado, tiene sus propios peligros, y el espíritu del mal está especialmente activo para que desenfoquemos y aun hagamos perjudiciales instrumentos tan valiosos y necesarios en el mundo de hoy, invadido por la autosuficiencia, el Señor está dispuesto a auxiliamos con su Espíritu para superar los peligros y vivir los carismas en la caridad, que se compromete, y sirve como Jesús.
2. Los carismas tienen una dimensión crítico-social dentro de la sociedad
Hay en este punto un error y falta de instrucción tal que frecuentemente se asocia la Renovación Carismática y los carismas al ámbito del «intimismo».
Citamos dos pasajes de dos eminentes autores que nos aclaran el punto:
"El Espíritu Santo que habita en el cristiano se hace visible en el carisma. Arnold Bittlinger, es quien (...) ha llamado la atención siempre de nuevo sobre esta definición acorde con 1 Cor 12,7. El término griego "phanerosis" (en latín "manifestation"), manifestarse, hacerse visible, significa claramente no sólo algo visual, sino que designa ante todo la perceptibilidad sensible de la actuación del Espíritu Santo, tal como es característica del carisma. En este sentido, carisma es el hacerse perceptible del Espíritu de Dios, un impulso hacia afuera por parte del Espíritu que actúa en cada creyente, en exterminarse.
Y en correspondencia con la multiplicidad de la vida humana, propia del orden de la creación, es posible una variada diversidad de esta manifestación del Espíritu".
"Con ello se está rechazando un malentendido que puede hallarse frecuentemente, por ejemplo, en los informes de los medios de masas: en la Renovación Carismática se trataría únicamente de interiorizarse, de retirarse de las responsabilidades sociales y de las condiciones de vida del hombre; de concentración mística en "Dios y en el alma". (...) Es cierto que la vivencia mística, no perceptible sensiblemente por el otro, constituye una necesidad digna del hombre, propia de todos los tiempos y de todas las religiones, que no se halla en contradicción con la Renovación Carismática. Sin embargo, la esencia de lo carismático no es la "interiorización" (que en todo caso puede darse como un estado previo), sino la "exteriorización".
"Con ello se está diciendo, a la vez, que carisma es un acontecimiento inter-humano. Carisma es interacción de hombres que, en depena encía de Dios, se comportan de un modo abierto hacia El y, por ello, abierto hacia los demás. Característica del acontecer carismático no es el movimiento de repliegue interiorizante, no es una introversión, sino una extroversión, un movimiento hacia afuera y hacia los otros. 0 dicho de otra manera: carisma es aquel actuar del Espíritu Santo a través del cual El actúa por medio de mí en otros y para otros, y por medio de otros en mí y para mí. Dicha actuación está, pues, siempre vinculada con la comunidad visible que me une a los demás cristianos en mi mundo circundante. Así, este actuar del Espíritu se halla siempre vinculado con la tarea y con la misión de la comunidad (Jn 20, 21). Comunidad de Jesús es siempre comunidad que se halla enviada al mundo”.7,8.9
7. E. Griese, en: Los dones del Espíritu hoy, (varios), (Dir. H. Muhlen), Secretariado Trinitario, Salamanca 1987,177-178. 8. H. Muhlen, Los dones del Espíritu hoy, 191-193:
"Constantemente se oye la pregunta de si la Renovación Carismática no permanece excesivamente encerrada en el interior de la Iglesia o si no llevará incluso a una peligrosa «interioridad» que la haría incapaz de percibir las duras realidades sociales y políticas y para comprometerse y para comprometerse en el acontecer social y político.
Supuesto lo anterior, podemos atrevemos a insinuar la gran dimensión crítico-social del "carisma", para la construcción de un mundo conforme al plan salvador de Dios:
• Lo es en virtud de su misma definición ya expuesta;
• De la dinámica del carisma que vive en ella como gracia de Dios para la Iglesia y el mundo;
• Lo es en virtud de ser una manifestación del Espíritu que actúa para realizar el plan salvador total de Dios en el mundo;
La pregunta está en relación evidente con el significado que la palabra «carismático» tiene en nuestra sociedad actual. Generalmente, se asocia con ella la idea de vivencias extraordinarias, no cotidianas. Lo carismático es, según la comprensión media de hoy en día, no lo ordinario, sino lo extraordinario, lo inusitado, lo desacostumbrado, lo que está en oposición con la vida «escueta». (...) Según el Nuevo Testamento, el calificativo «carismático» no significa otra cosa que «gracioso" (por gracia): frente a los esfuerzos humanos pone de relieve el carácter de don propio de la capacitación espiritual; frente a una espontaneidad puramente humana, la capacidad para dejarse guiar por el Espíritu de Dios, frente a exageraciones entusiastas, la sobriedad del servicio. En este sentido, cada cristiano es un «carismático». A partir del Nuevo Testamento no puede usarse esta designación en un sentido elitista para separar a un grupo de personas frente a otros cristianos (...) Con frecuencia, sin embargo, los dones de la gracia corresponden a determinadas cualidades naturales del hombre, las cuales son purificadas, desarrolladas y apropiadas por el Espíritu Santo.
«El Cardenal Suenens indica que la tensión entre carismático y social podría ser superada si se comprendiese la profundidad y la amplitud de la actuación del Espíritu Santo y si se delimitasen y corrigiesen las interpretaciones exegéticas demasiado estrechas y restrictivas (...) Con ello, no se repara frecuentemente en que 'carisma' no es sino la realidad concreta de la gracia de Dios en la comunidad. Los carismas son otorgados por Dios a la Iglesia en cuanto totalidad, pero cada uno no ejerce todos los carismas, ni a cada uno se le conceden los mismos, ni a uno se le conceden todos, sino que a cada uno se le conceden corno concreción del dinamismo carismático que, partiendo de Dios y atravesando la Iglesia entera, opera la salvación y es efectivo primero en la Iglesia y, por medio de ella, en el mundo (...). Así, el carisma es, al mismo tiempo, la concreción de la gracia en el mundo y en la sociedad».
9. J. Mateo, F. Camacho, Edic. El Almendro Córdoba, o.c., 1989, 149-150:
«Si el Espíritu-amor une y asimila a Jesús, es claro que no solamente forma y da vida a la comunidad, sino que, del mismo modo, impulsa a la misión, que es la continuación de la obra empezada por Jesús.
• Lo es en virtud de la acción del Espíritu que va creando en nosotros la imagen de Cristo identificándonos con su misión;
• Lo es en virtud de la unidad que existe en el plan salvador de Dios para la realidad creada material y sobrenatural;
• Lo es en virtud del pecado que impide y lucha contra los designios de Dios a los que se opone y contra los que lucha la acción del Espíritu Santo;
• Lo es en virtud de que también (y sobre todo) los agraciados con carismas deben realizar, como irradiación de su fe y de su compromiso con Dios, el precepto del amor y los mandatos de Jesús que nos dejó plasmados en parábolas muy claras y exigentes (Mt c. 25, etc.).
Es más, el amor universal que es el Espíritu lleva necesariamente a trabajar por el bien de la humanidad y a hacer penetrar en ella el modelo de hombre y de sociedad propuestos por Jesús. Por eso, en Jn 20, 21s, al envío para la misión sigue inmediatamente el don del Espíritu. Este, siendo amor, impulsa al compromiso con la humanidad; siendo vida, puede comunicarla a los hombres; siendo fuerza, sostiene en las dificultades y en la persecución (Mc 13,11: Cuando os conduzcan para entregaros, no os preocupéis por lo vais a decir, sino aquello que se os comunique en aquella hora, decidlo, pues no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu Santo). De hecho, en medio de la persecución, el Espíritu impide que la comunidad se acobarde o se sienta culpable por no aceptar los valores de la sociedad injusta que la juzga y la condena. El Espíritu le hace ver que, a pesar de la descalificación que sobre ella pesa, en Jesús está la vida y en el sistema la muerte (Jn 16, 8-11)».