• No se han encontrado resultados

XIV CRITERIOS PARA DISCERNIR LOS CARISMAS

Cada uno de los carismas, por ser precisamente particular, diverso de los demás, tiene igualmente criterios específicos de discernimiento. Así, por ejemplo, los criterios inmediatos para discernir la profecía del orar o del canto en lenguas no son iguales. No obstante, todos los carismas tienen criterios comunes, generales, de identificación, de discernimiento. En ellos deben coincidir y el hecho de que éstos no lleguen a darse, invalida o hace fuertemente sospechosos los criterios particulares. Pero más de una vez los criterios generales son, a la vez, criterios particulares de discernimiento

Criterios

a) La profesión de fe en el Señorío de Jesús (1 Cor 12, 3).

Los criterios de discernimiento son, por una parte, tutela contra los excesos y por otra, seguridad de hallarnos ante un auténtico don del Espíritu.

Este criterio es capital. La confesión de "Jesús es el Señor" constituye la primitiva confesión fundamental del cristianismo. La afirmación: "Anatema sea Jesús" (1 Cor 12,3), viene a designar enérgicamente el total distanciamiento del Señor. Equivale, aunque es más dura y tajante que el "no conozco a ese hombre" de Pedro en sus negaciones.

En el lado opuesto encontramos la expresión mencionada de confesión del Señorío de Jesús; ella expresa la total vinculación a El. Tal vinculación sólo es posible respecto de Dios pero ahora la atribuimos a Jesús que también es verdaderamente hombre. Dios lo ha hecho para mi "gloria y salvación". Y esta confesión de alabanza a Jesús, proclamado como Señor, solamente podemos hacerla por la acción del Espíritu Santo.1

De aquí podemos deducir que puesto que la proclamación de Jesús como Señor es obra del Espíritu, los carismas, si realmente son auténticos, refuerzan esta misma profesión de fe.

Dicho de otro modo: vinculan, en fuerza del mismo Espíritu, a la persona usada por Dios y a aquellos a quienes se dirigen más fuertemente al Señor. Tienen, de sí, por la acción del Espíritu, un poder de estrechar su relación con Jesús, el Señor. Si esto no siempre sucede en todos, se debe a la resistencia interior del alma o a la inautenticidad del carisma.

b) Los carismas colaboran en el designio único de la Trinidad (1 Cor 12,4-6).

San Pablo, en el texto aducido, subraya la única fuente de la irrupción de la vida divina, expresada anteriormente. Asimismo indica el único princnlo: el Espíritu, el Señor, Dios Padre. Lo que Pablo quiere decir es que la actividad de la Trinidad "hacia afuera", en el orden de la gracia, es siempre común a las tres Personas. Este designio común no es otro que la vida divina crezca, se robustezca y vaya de plenitud en plenitud en cada hombre, imagen de la Trinidad, en Jesús (Rom 8, 29). Y que esc crecimiento y floración fructifique y sea asumido para colaborar en el designio espléndido de Dios (Ef 1, 2-12).

Por eso, todo carisma auténtico, de por sí, por ser obra del Espíritu, fuente y dador de carismas, ha de contribuir y colaborar en este plan de salvación divina.

He aquí, pues, otro criterio, fundamentalmente coincidente con el anterior, pero que ahora lo designamos como la colaboración del hombre con el carisma auténtico a tal designio divino.2

c) Los carismas respetan la libertad del hombre

La libertad auténtica es la que se emplea en realizar la voluntad de Dios; en asemejarse a El que es la suprema e infinita libertad. El hombre, en su debilidad, ha sido dotado por Dios de un poder de aceptar o cerrarse a su gracia. El autentico carisma no coacciona, no presiona de modo que la persona se vea impelida a lo que ella no quiere abrirse. "Así un fenómeno 'espiritual' que no emanara de la libertad del hombre o que la obstaculizara, no sería ciertamente un carisma, sino que provendría de deficiencias sicológicas o de obsesiones".3

1. E. Walter, Primera cada a los Corintios, Herder, 1971, 222-224.

2. E. Walter, o.c, 224-225; Cfr. J-C., Caillaux, Un surire de Dieu, Pneumatheque, Paris, 1975,159.

d) Los carismas son para la edificación de la comunidad, por lo tanto, para la "unidad":

Ya hemos tratado ampliamente sobre lo primero en diversos lugares. Queremos acentuar ahora, lo segundo: la unidad.

Esta, indudablemente, es el mayor bien de la comunidad. Cuando en ella domina la desunión, no puede haber armonía entre sus miembros; el amor se diluye y da lugar al rencor, al resentimiento, a la discordia, al malestar físico, sicológico, espiritual.

Lo que añade el citado autor nos parece excelente. Por eso, lo traducimos, sin comentarios:

"Carismas que no fueran factores de unidad o que crearan cualquier tipo de desorden no deberán ser tenidos por auténticos. Por otra parte, esta unidad de la comunidad no está cerrada a los otros. Los carismas que no abrieran la comunidad, por ejemplo, hacia una acción

por la justicia y por el desarrollo de los pueblos, serían huidas. Al contrario, si estos carismas orientan hacia el exterior, pero en detrimento de un compartir económico en el interior de la comunidad, serían igualmente huidas, ya sea que se trate de un repliegue de la comunidad sobre ella, o de comprometerse en actividades que lleven a olvidar al prójimo. Un hombre que no viviera sino para sí mismo no podría decirse de él que vive del Espíritu".4

e) Los frutos del Espíritu:

Entran también, y con especial razón, como un criterio externo- interno de discernimiento de los carismas para ver su autenticidad. (Gal 5, 22). La razón es obvia: si el Espíritu Santo es el que actúa, cuando el hombre es dócil a sus mociones, nacen, crecen y se desarrollan sus frutos.

Es difícil afirmar que uno sólo baste. Y, desde luego, no es posible prescindir de la caridad, el fruto por excelencia, aunque admita una marcha progresiva en su desarrollo (1 Cor c. 13). Demás está decir que el discernimiento no es una vista intuitiva que, de una vez, se posee. El discernimiento se aprende en la práctica. Esto quiere decir que es peligroso dar por bueno, a la ligera cualquier fruto que aparezca. Hay que dar tiempo a su maduración, al menos relativa.5

3. J-C, Caillaux, o.c, 159.

4. J-C., Caillaux, o.c., 159.

f) La sumisión a la autoridad y la concordancia con la doctrina del Magisterio de la Iglesia:

De este crirerio (o criterios) se trata al hablar del discernimiento del pro teta v de la profecía. A ellos, pues, remitimos.

Para asegurar un sano discernimiento con relación a los carismas, nuestros obispos nos lo recordaban en 1975 en su mensaje: "Consciente del carácter engañoso de las apariencias, la Renovación Carismática insiste con justeza en la necesidad de practicar el discernimiento en el campo de las manifestaciones 'carismáticas' del Espíritu. El criterio fundamental que permanece es la caridad aureolada de humildad, de gozo, de serenidad, de simplicidad, de paciencia para no citar sino algunos frutos".6

Creemos que se puede aplicar aquí lo que G. Blanquiere dice a propósito de la actitud de la Renovación: "El Padre Goffy ha explicado muy bien esto en un artículo de 'Comunión' (N. 1985): se hablaba constantemente en la Iglesia de reformas que había que hacer.

"Después del Concilio se han realizado muchas reformas y se esperaba la salvación de las reformas, pero la salvación no llegaba. La reforma litúrgica debía llenar las iglesias pero éstas no se llenaban. Pues bien, la Renovación no ha hablado de reformas; ha hablado de conversión del corazón: esto es esencial. La Renovación no ha ensayado reformar la Iglesia; ella ha propuesto a cada uno intentar convertirse a sí mismo''.

5. D. Grasso, Los carismas en la Iglesia, 43-44.

6. A. Picard, La mission du Renouveau Charismatic et de ses responsables, Tychique, n. 92, juillet, 1991, 8. La cita corresponde al documento de los obispos de habla francesas, Canadá, publicado en dic. 1974.

Aunque sea una formulación distinta de la precedente, el discernimiento de los carismas tiene que pasar por el deseo y la práctica de una auténtica conversión que se profundiza progresivamente y que se identifica con la caridad.7