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Casti Connubii (1930)

In document Wills, Garry - Pecado Papal (página 86-94)

A pesar de ser cierto que podemos encontrar una especie de crítica a la contracepción en la historia cristiana a partir del siglo III, sería un error decir que ha sido una doctrina constante. Leer La contracepción (1966), el mejor y más extenso libro al respecto, escrito por el conservador historiador jurídico John T. Noonan, Jr., es deambular por una galaxia de batallas libradas en una vertiginosa variedad de frentes, contra diversas combinaciones de adversarios, apoyados por diversos pelotones de aliados. Los primeros ataques a la contracepción calificaron las pociones que se usaban

para provocarla de cosas de magia y brujería.2 Pero hubo otros argumentos para condenar la contracepción. Desde los comienzos, los Padres de la Iglesia compartían con los estoicos la convicción de que todo acto sexual que no tuviese la intención de procrear era inmoral. Así pensaba san Agustín, citado por Pío XI en Casti

Connubii. Pero el estoicismo agustino no dio cabida a cosas que Pío

aceptaría más tarde, como por ejemplo el contacto sexual en edad avanzada, o cuando uno de los cónyuges era estéril. En otros frentes —en conflicto con varias herejías opuestas al matrimonio, al sexo, a las mujeres o a la procreación (herejías como las del gnosticismo, el maniqueísmo, el catarismo)—, los instructores de la Iglesia hicieron concesiones tácticas a las posturas más extremas del ascetismo tratando de retener los valores básicos de respeto por la vida o la familia.

Así, cuando miramos la era patrística y su legitimidad, encontramos varias campañas contra la contracepción limitadas a contextos particulares. Y el punto central en estas batallas no solía ser la contracepción por sí misma sino mayores contiendas, como la de la bondad o maldad del cuerpo, o las expectativas apocalípticas de la historia, o el sacrificio del matrimonio a la virginidad. En la antigüedad, toda actitud hacia el sexo, ya fuera pagana, judía o cristiana, estaba desfigurada por la misoginia, el miedo al cuerpo y el aliciente de una falsa espiritualidad. No es el ambiente para buscar cordura en estos asuntos. En esa época, la bestialidad del sexo estaba comprobada por la creencia de que la serpiente había sodomizado a Adán y Eva en el Edén.3 Por mucho tiempo, el cristianismo mantuvo nociones extrañas sobre lo que era «natural» en el sexo. En el siglo XIII, Tomás de Aquino todavía diría que mantener relaciones en otra postura que no fuera la del hombre encima de la mujer era pecar contra las leyes naturales, y que la contracepción era un pecado peor que el del incesto.4 La Edad Media añadió sus raras opiniones sobre lo que era normal, incluyendo la doctrina de amplexus reservatus: la teoría de que el coitus interruptus podía practicarse sólo si no se derramaba la simiente.5

Un aspecto particularmente molesto de la declaración papal moderna es la afirmación de que la contracepción viola leyes naturales. Si fuese cuestión de moral correcta o equivocada perceptible para la razón natural, los antiguos paganos deberían haber visto su

inmoralidad. Sin embargo, los griegos y romanos clásicos, que originaron la teoría moral occidental (incluida la teoría de las leyes naturales), no tuvieron noticias del mal de la contracepción, y no por falta de métodos anticonceptivos. Tal como lo concluye Noonan: «La ausencia de referencia alguna al tema en la literatura clásica romana se entiende quizá mejor si se interpreta como una sosegada aceptación general de las prácticas anticonceptivas.»6 Para los católicos, creyentes en la inspiración de las escrituras judías, es aún más molesto el hecho de que los judíos no prohiban la contracepción en sus extensas y detalladas leyes (aunque Pío trató de demostrar lo contrario por una falsa interpretación de la historia de Onán en el Génesis). Incluso hoy en día, algunos protestantes conservadores han afirmado estar de acuerdo con la Iglesia católica en la oposición al aborto, pero no han encontrado base moral para oponerse a la contracepción.7 Como golpe final al recurso a las leyes naturales, algunos de los teólogos participantes en la redacción de Humanae

Vitae están de acuerdo en vedar la contracepción pero no en que las

leyes naturales justifiquen dicha veda.8

Así, la historia de la teología sobre la contracepción presentaba esta anomalía cuando llegó al mundo moderno: decía basar sus opiniones en la filosofía de las leyes naturales derivada de la antigüedad clásica (la cual no presentaba objeción a la contracepción) pero tomaba sus opiniones sobre el sexo, supuestamente empíricas, de la antigüedad tardía y de la Edad Media (rebosante de supersticiones). Eran problemas que empezaron a clamar por una solución en el siglo XIX, cuando la ciencia, la revolución industrial, los estudios demográficos y la psicología científica cambiaron los modelos familiares. La preocupación por el desequilibrio demográfico, combinado con la vida urbana, la tecnología más avanzada y un nivel de vida más alto, provocó un descenso de la natalidad. (La tecnología del preservativo hizo grandes progresos cuando Charles Goodyear vulcanizó la goma en 1839 y Thomas Hancock mejoró el proceso en 1843.)

En lugar de aprovechar esta oportunidad para reconsiderar la herencia de opiniones mezcladas sobre la contracepción (y sobre el sexo mismo), el prolongado pontificado de Pío IX (1846-1878) vio el modernismo como un asalto a la religión. Opuso una fuerte resistencia a la ciencia como deseo faustiano de rehacer la naturaleza.

Darwin era tan inaceptable como lo había sido Galileo, pero sin el poder de la Iglesia para acallarlo. La contribución de la psicología a los conocimientos sobre la sexualidad era despreciada como hedonismo disfrazado. El intento de ajustar la procreación a pautas industriales suponía una forma de dar paso libre a la indulgencia sexual: hemos visto en el capítulo anterior cómo los judíos fueron tratados de libertinos por su bajo índice de nacimientos. A comienzos del siglo XX, el jesuíta belga Arthur Vermeersch organizó el contraataque católico a la contracepción. En 1905 se celebró en Lieja una conferencia internacional sobre el control de la natalidad, Vermeersch la denunció y aconsejó a los obispos belgas instruir a sus sacerdotes para luchar hasta la muerte contra ese mal moderno. Cuando la Iglesia anglicana, durante su encuentro en la conferencia de Lambeth en 1930, permitió la práctica de la contracepción, Vermeersch, entrado en años pero todavía en la lucha, dijo que los anglicanos ya no podrían llamarse cristianos, y ese mismo año escribió para Pío XI la encíclica Casti Connubii.9

Aunque la encíclica pretendía ser expositora de las leyes naturales, también hizo algunas revelaciones. John Noonan ha mostrado que la historia de Onán, quien «derramó su simiente en la tierra» (Gen. 38:9), ha sido usada durante siglos para condenar la contracepción, aunque nunca fuera una fuente importante de doctrina en ese punto. Por alguna razón, incluso considerando su acto como una forma de contracepción, sólo condena el método específico que describe: el

coitus interruptus. En ocasiones, se le dio un uso subsidiario a este

pasaje para condenar la masturbación. Pero el tándem Vermeersch- Pío lo convirtió en un mandato bíblico contra cualquier forma de contracepción, desde las duchas hasta los preservativos. El término preferido por los teólogos europeos para la contracepción llegó a ser «onanismo»:

Por lo tanto, no es de extrañar que las Sagradas Escrituras atestigüen que la Divina Majestad ve con gran desprecio este horrible crimen, y que en algunas ocasiones lo haya castigado con la muerte. Como señala san Agustín: «Todo contacto sexual, incluso con la legítima esposa, en el que la concepción de los hijos sea evitada es ilegal e infame. Onán, el hijo deJudá, así lo hizo, y el Señor lo mató por ello.»10

Hay un gran problema con este pasaje. Los eruditos modernos coinciden en que lo que se condena en el pasaje de Onán no es la contracepción en sí misma (no hay ninguna condena explícita en todas las disposiciones de la ley judía), sino el hecho de privar a un hermano del heredero que le corresponde (Dt. 25:5-6)." Así, en esta autorizada condena del «onanismo», aquello sobre lo que se supone que el Papa posee la mayor autoridad, el «depósito» de las verdades reveladas, está erróneamente citado (y será omitido en Humanae

Vitae y en todos los documentos recientes del Papa sobre la

contracepción).

Sin embargo, para las autoridades eclesiásticas posteriores, el razonamiento utilizado por Pío en la redacción de su declaración era menos importante que el hecho de haberla presentado, haciéndola formal y obligatoria, y emplazando a la Iglesia a usar todos sus recursos contra este peligro. Pío concedió a sus sacerdotes la autoridad —sin precedentes en las instrucciones anteriores sobre contracepción— de vigilar las conciencias individuales:

Por lo tanto, exhortamos a los sacerdotes que escuchan confesiones y a otros guías espirituales, en virtud de nuestra suprema autoridad y nuestra solicitud para con la salvación de las almas, a no permitir a los creyentes a ellos confiados errar respecto a esta vital ley de Dios, ni mucho menos a dejarse influir por falsas opiniones, ni confabularse con ellas. Si algún confesor o pastor de almas, Dios le perdone, llevara a quienes le han sido confiados a estos errores o los aceptase por aprobación o silencio culposo, tenga en mente que deberá rendir cuentas a Dios, el Juez Supremo, por traicionar la confianza sagrada, y que haga suyas las palabras de Cristo: «Son ciegos y guían a los ciegos, y cuando un ciego guía a otro ciego, ambos caen en el pozo.»12

La instrucción de los católicos en este aspecto de sus vidas empezaba ahora en serio. Y ya que la prohibición, al igual que en la Biblia, se basaba en leyes naturales, se suponía que incluso los no católicos debían atenerse a su dictamen. Eso significaba ilegalizar o mantener en la ilegalidad la venta de anticonceptivos. En Estados Unidos, los obispos trataron de evitar que Margaret Sanger habla- —95—

se a favor del control de la natalidad. Cuando un policía irlandés la arrestó en un mitin en Nueva York, le dijo que lo hacía por orden del arzobispo .Patrick Hayes." Sanger trató de que el presidente Franklin Roosevett apoyara sus esfuerzos por legalizar la venta de anticonceptivos, pero encontró su camino bloqueado por monseñor John A. Ryan, un hombre conocido como «el Muy Reverendo New Dealer»*, por 'su alianza con Roosevelt (el presidente le necesitaba para oponerse a la llamada a los católicos de Charles Coughlin, un sacerdote antisemita).14

Cuanto más se aplicaba esta disciplina, más imposible era pensar en la reversión dé las bases sobre las que se había impuesto. ¿Cómo podía la Iglesia confesar que se había equivocado, después de insistir durante mas de un siglo en la teoría? Como dijo un sacerdote cuando llamaron a los expertos para considerar la posibilidad en el Concilio Vaticano II, «¿qué pasa con los millones de personas que mandamos al infierno, si ahora resulta que las normas no eran válidas?».15 Otro sacerdote, muy comprometido con la encíclica Humanae Vitae, dijo que si la Iglesia daba marcha atrás ahora significaría que el Espíritu Santo había estado con los anglicanos en Lambeth, y no en Roma con el Papa.16 Eso no podía admitirse en Roma.

Dada la incomodidad del Papa con la ciencia, resulta curioso que los primeros cambios de Casti Connubii vinieran de avances del conocimiento técnico. Los estudios de Kyusaku Ogino en Japón y de Hermann Knaus en Austria se hicieron muy populares en los años siguientes a 1930, el año de la encíclica de Pío. Estos médicos lograron identificar los días infértiles del ciclo de ovulación de la mujer, por lo que parecía entonces posible impedir el embarazo si el contacto sexual se producía en esos días. ¿Podrían los católicos conseguir una nueva forma permisible de planificar sus familias aprovechando esta información? Algunos teólogos dijeron que sí, puesto que (a pesar de san Agustín) las autoridades de la Iglesia ya permitían entonces el contacto sexual entre parejas estériles. Parecía, pues, que los católicos podían aprovechar un in-

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*New Dealer, referencia al New Deal (nuevo reparto): política de Frankiin D. Roosevelt

para hacer frente a la crisis económica provocada en Estados Unidos por la Gran Depresión. '(N. •dfl T.)

tervalo del mes naturalmente infértil para tener relaciones sexuales, una conclusión autorizada por Pío XII en 1951 en una comunicación a parteras católicas. Se declaró el «método del ritmo» como forma natural de controlar la natalidad.

Esta decisión cambió la doctrina sobre la contracepción. Antes, se objetaba la intención contraceptiva; ahora, la gente podía espaciar sus actos sexuales con la intención de evitar la concepción siempre que no se interfiriera en «la integridad del acto», lo cual imponía una mecánica sacrosanta del sexo por encima de la voluntad de sus autores, invirtiendo así las prioridades normales del razonamiento moral. La mecánica para matar a una persona, por ejemplo, no se considera el factor primario al juzgar la moralidad del hecho de dar muerte. Los moralistas católicos aprobaron la imposición de la muerte, sin importar el método utilizado, si el motivo era permisible: defensa propia, ejecución autorizada de un criminal o la participación en una guerra justa. Ahora parece que el acto sexual está bien si se realiza «naturalmente», sin contar con la intención contraceptiva de la

pareja involucrada. Agustín quedaría estupefacto. Sus opositores

maniqueos sostenían una teoría primitiva sobre los días infértiles que ponían en práctica para evitar la procreación (que ellos consideraban inmoral). Agustín dirigió contra esta temprana forma del «ritmo» sus primeros y más fuertes ataques a la contracepción. Así lo comenta John Noonan:

El método anticonceptivo practicado por estos maniqueos que Agustín conoció es el uso del período estéril tal como lo determinó la medicina griega... En la historia del pensamiento teológico sobre la contracepción, sin duda es curioso que el primer pronunciamiento al respecto, hecho por el más influyente teólogo en la materia, haya sido un ataque tan vigoroso contra el único método anticonceptivo aceptado como moralmente legal por los teólogos del siglo XX.17

El énfasis en la integridad del acto, en la forma en que la naturaleza indica que ha de llevarse a cabo, tuvo el infeliz resultado de recordar la antigua limitación del acto sexual a una sola manera correcta, incluida la teoría de Tomás de Aquino, que sostenía que el

incesto, si conservaba la integridad de la fertilidad del acto, era menos pecaminoso que la contracepción.

Esta insistencia en la observancia de la mecánica adecuada no hizo más que sembrar problemas para el Papa, que germinaron cuando se produjo la siguiente innovación científica: la píldora anticonceptiva, que estaba en período de pruebas cuando Pío XII aprobó el ritmo (aunque su uso no fue aprobado en Estados Unidos hasta 1960). Las píldoras no interferían en el acto sexual como tal, pero sí suprimían la ovulación por medios artificiales (químicos). Las primeras respuestas de los teólogos católicos a este avance fueron negativas, y así lo confirmó Pío XII en 1958 cuando condenó la píldora en una carta a los hematólogos católicos. Pero cuando Pío era ya anciano se volvió profetice y no dejó de pronunciarse en relación con todo tipo de novedades antes de que se dispusiera de todos los datos; y, en señal de un nuevo ambiente en la Iglesia, algunos teólogos y doctores católicos continuaron explorando los interrogantes que planteaba la píldora.

En 1963, mientras se celebraba el Concilio Vaticano II, y con la esperanza de que se produjeran cambios en las orientaciones de la Iglesia, John Rock, un médico católico de la Facultad de Medicina de Harvard que había colaborado en el desarrollo de la píldora, publicó un libro, The Time Has Come [Ha llegado la hora], argumentando que la naturaleza misma suprime la ovulación para impedir la concepción, no sólo durante el período infértil del mes sino también durante el embarazo y la lactancia. La naturaleza, sin embargo, a veces falla, como lo demuestra el caso de numerosas mujeres. ¿Por qué no dejar que la píldora confirme o estabilice lo que la naturaleza de todas formas iba a hacer? Después de todo, los médicos prescriben productos químicos, o implantes mecánicos, para resolver arritmias cardíacas u otros síndromes físicos.

En Roma, el nerviosismo de los prelados les llevó a pensar que la píldora era sólo una excusa para deshacerse de la resentida y sitiada posición del Vaticano sobre el control de la natalidad. La euforia desatada por las nuevas libertades formaba parte del vértigo social que caracterizó la década de los sesenta, tanto en la Iglesia como en el mundo secular. Era un momento de revolución sexual, feminismo y nuevas actitudes hacia la autoridad. En tal ambiente, los pronunciamientos del Papa sobre las leyes naturales se analizaban -98-

al microscopio por razones naturales, y se hacían más débiles con cada observación. Había un gran temor en la curia del Vaticano de que ese ambiente invadiera el Concilio que el papa Juan había convocado (como de hecho ocurrió). Todo el asunto del control de la natalidad estaba en peligro, y se luchó con ahínco en dos foros de Roma, uno público y otro privado. La batalla del primero, en las sesiones del Concilio Vaticano, alcanzó un punto muerto en el decreto conciliar sobre la Iglesia en el mundo moderno, Gaudium et Spes. La otra batalla, librada en secreto por la propia comisión especial del Papa, llegó a la sorprendente derrota de esa comisión por la misma encíclica papal Humanae Vitae.

In document Wills, Garry - Pecado Papal (página 86-94)