¿Por qué el papa Juan Pablo II querría convertir el punto más polémico de su pontificado en el más importante? En un mundo desgarrado por tantos y tan graves asuntos de vida o muerte, guerra o paz, ¿por qué se empeña en reducir el número de aspirantes a sacerdotes o religiosas; por qué insistir hasta la saciedad en un tema en el que día a día pierde terreno? Hasta el papa Pablo pareció titubear en su seguridad sobre Humanae Vitae, y evitaba abordar el tema, o sugería que había margen para nuevas reflexiones sobre ese extremo. A los cuatro días de hacer pública la encíclica, Pablo se enfrentó a la ola de oposición con un gesto aplacador: «La encíclica— dijo—no es un tratado completo sobre el matrimonio, la familia y su significado moral. Se trata de un tema demasiado amplio al que el magisterio de la Iglesia puede y quizá debe regresar con un análisis más acabado, más orgánico y más sintético.»31
Pablo no estaba preocupado por el sexo en sí cuando condenó la contracepción: no hay nada en su historial que sugiera su preocupación por ese tema. Lo que le importaba era la autoridad, y temía por su deterioro. Estaba obsesionado por la firmeza de su papado. En el caso de Juan Pablo, autoridad y sexo son cruciales. Se cree un experto en sexo, tanto desde el punto de vista psicológico como teológico. A pesar de haber sido uno de los obispos llamados para el voto final en la comisión pontificia sobre la contracepción, no asistió a la reunión.32 Comunicó sus opiniones al respecto enviándole al Papa una traducción de su primer libro, Amor y responsabilidad (1960), obra inspirada en sus sesiones de montañismo con el grupo de jóvenes que dirigía como sacerdote, y con
quienes entablaba conversaciones «sorprendentemente francas» sobre el sexo, con un énfasis constante en el askesis (autocontrol). Otra fuente de su interés y experiencia en el tema fue la doctora Wanda Poltawska, una católica superviviente de los campos de concentración que dirigía a un grupo de médicos estudiosos de las prácticas sexuales en Cracovia. Mientras los Crowley se enteraban de que el método del ritmo llevaba a frustraciones «no naturales», la doctora Poltawska afirmaba haber establecido empíricamente que las prácticas contraceptivas producían neurosis, culpa, frigidez e impotencia. Karol Wojtyla se basó en sus descubrimientos para escribir Amor y responsabilidad, donde no sólo ensalza el sistema del ritmo, sino que además muestra tablas para facilitar las anotaciones mensuales.33
Ya como papa Juan Pablo II, Wojtyla afirma que las doctrinas de la Iglesia sobre la contracepción siempre han sido las mismas, pero también cree tener nuevas ideas «personalistas» que aportar a esa doctrina. Presenta sus propias opiniones, especialmente en Familiaris
Consortio, como la continuación de una cadena de pensamientos
iluminados por el documento conciliar Gaudium et Spes y por la encíclica de su antecesor, Humanae Vitae. Las tres pusieron un nuevo acento en el acto del matrimonio como un acto de amor. Esto hacía temblar a la minoría conservadora del Concilio. Ellos sabían que gente como John Noonan había señalado un desvío en el énfasis del siglo XII y subsiguientes, cuando el acto sexual —presentado como bestial y degradante en las doctrinas primitivas de la Iglesia— se aceptaba como noble si estaba ligado al matrimonio y a la procreación. La minoría del Concilio temía que si la palabra amor se ponía a la par con la intención de procreación, se podía ceder ante la primera permitiendo que no todo contacto sexual estuviese «abierto a la vida». (De hecho, fue entonces cuando Noonan pensó que sus interpretaciones de la historia estaban destinadas al magisterio.) El papa Pablo compartía la preocupación de la minoría, como lo demostró en sus modi (enmiendas) de último minuto. Una de ellas consistía en quitar una sola palabra, etiam («al igual que»), lo que podía sugerir que la procreación es sólo uno de los fines del matrimonio. La mayoría esquivó esa bala. Incluso aunque Gaudium et
Spes le hizo un favor al Papa al citar (en una nota al pie) Casti Connubii como obligatoria, fue más po
sitiva respecto al sexo que la mayoría de los demás pronunciamientos autoritarios. Señalaba sobre todo que el acto sexual en el matrimonio era un «mutuo autorregalo» de la pareja.34
En su propia encíclica, Humanae Vitae, Pablo VI parece olvidar su preocupación sobre la procreación como «fin primario» del matrimonio. Cita la «unicidad» y el objetivo «procreativo» del contacto sexual sin darles jerarquía alguna.35 Ello se debe a que Germain Grisez había convencido aJohn Ford y otros responsables de la posición del Papa de que el énfasis en la mecánica de la procreación («la integridad del acto») era un argumento derrotado. Grisez prefería decir que Dios era el «dador» y fortificador de la vida, y que oponerse a la vida era oponerse a Dios. El Familiarís Consortio de Juan Pablo desarrolla este planteamiento al condenar la contracepción como la expresión de una «mentalidad antivida».36 También retoma el lenguaje del Concilio sobre entregarse a sí mismo. Ahora, en lugar de degradar el acto sexual, el Papa lo alaba hasta la muerte. Es algo tan maravilloso que debe ser siempre perfecto:
Así, el lenguaje innato que expresa la total y recíproca entrega de marido y mujer está asfixiado por la contracepción, con un lenguaje objetivamente contradictorio, a saber, el de no entregarse totalmente al otro. Esto conlleva no sólo a un franco rechazo a estar abierto a la vida, sino también a una falsificación de la verdad interior del amor conyugal, el requerido para una verdadera entrega total.37
En el sexo, como se ve, es todo o nada. El acto es inmoral a menos que exprese siempre todos los valores posibles. Sería muy difícil encontrar un paralelo a este principio en el mundo de la moral. ¿Podemos decir que, a menos que la caridad esté absolutamente motivada, es pecado dar limosna por motivos menores, por ejemplo, para reforzar la autoestima? Si así fuera, las donaciones a la Iglesia bajarían de manera drástica.
Con el fin de ser totalmente perfecto a la vista del Papa, el acto sexual debe expresar sus opuestos aparentes: continencia y abstinencia. Un hombre vuelve a su esposa purificado y mejorado después de refrenar sus instintos sexuales hacia ella. Sólo puede entre-
garse a ella una vez conquistada una identidad que valga la pena dar. «El hombre es persona precisamente porque es el amo de sí mismo y porque tiene autocontrol. De hecho, porque se posee a sí mismo, puede darse al otro.»38 No se trata de que las ausencias llenen el corazón de anhelos y añoranzas. La continencia periódica impuesta por el ritmo es un bien de por sí: «El dominio de sí mismo corresponde al edificio fundamental de la persona; es, qué duda cabe, "un método natural".»39
Como es lógico, esto significaría que toda persona debe abstenerse periódicamente del sexo, incluso al margen de toda intención anticonceptiva, y es ahí adonde Juan Pablo quiere llegar. A menos que se esté dispuesto a perfeccionarse a través de la abstinencia periódica, es posible cometer adulterio con la propia esposa. Juan Pablo llegó a esta extraordinaria visión de la concupiscencia hacia la propia esposa en su alocución del 8 de octubre de 1980. Después de citar a Cristo diciendo que «todo aquel que mire a una mujer con lujuria ya ha cometido adulterio en su corazón» (Mt. 5:28), prosiguió diciendo:
Cristo no hizo hincapié en que se tratase de la «esposa de otro hombre», o de una mujer que no fuera la propia, sólo dijo, genéricamente, una mujer [...]. Incluso si [un hombre] miraba así a la mujer que era su esposa., podía cometer adulterio en su corazón.40
Una persona así no ha logrado la pureza y el desprendimiento necesarios para la autoentrega perfecta que el acto sexual implica; sólo cuando esté «liberado del imperativo y del daño al espíritu causado por el deseo de la carne, el ser humano, varón y mujer, se encontrarán mutuamente libres para darse».41 Juan Pablo hace tan sagrado el acto sexual que sólo los monjes serían dignos practicantes. Hasta encuentra la manera de personalizar el ciclo menstrual, diciendo que el respeto por el ciclo natural de la mujer demuestra que su pareja reconoce su dignidad.
La aceptación de los ritmos naturales implica aceptar el ciclo de la persona, es decir, de la mujer, y por lo tanto aceptar el diálogo, el respeto mutuo, la responsabilidad compartida y el —120—
autocontrol. Aceptar el ciclo y entrar en el diálogo significa reconocer el carácter espiritual y corporal de la comunión conyugal y vivir el amor personal con la fidelidad requerida.42 Las mujeres que expresaron su angustia en las encuestas de los Crowley no tienen muchas probabilidades de sentirse dignificadas por este místico enfoque de la menstruación.
Para Juan Pablo, el sexo es sagrado sólo si uno demuestra que puede renunciar a él, que puede mantenerse libre de toda concupiscencia hacia la pareja, manteniendo un corazón puro, una especie de virginidad incluso en el matrimonio. Aquí alcanzamos la fuente psicológica de la certeza mística de Juan Pablo en la doctrina que incluso Pablo manejó con vacilación y que pocos católicos están dispuestos a aceptar, incluidos aquellos que admiran a Juan Pablo en otros temas. Veremos la misma certeza en otros asuntos: la necesidad del celibato en los sacerdotes, la superioridad de la virginidad, la reducción de la beatitud de «Bienaventurados los puros de corazón» a una pureza sexual (en oposición a la erudición bíblica de ese versículo). Todo ello está imbuido de la total devoción de Juan Pablo a la virginidad de María. Juan Pablo quiere introducir el aura de la virginidad hasta en el matrimonio, donde la concupiscencia hacia la propia esposa está prohibida. Su lema pontifical Totus Tuus (completamente tuyo) está dedicado a María. Sus peregrinaciones a todos los santuarios marianos son una continuación de su sumisión de juventud a la Virgen negra de Czestochowa.43 Todos los argumentos de razonamiento natural, todas las consultas a teólogos, todas las dudas de los obispos en el mundo: nada de esto puede alterar la forma en que la devoción de un hombre se formula ahora como medida de la verdad divina. El resto de la Iglesia tiene que vivir en las estructuras del engaño porque este hombre es fiel a un sueño intensamente personal.
NOTAS
1. Robert Blair Kaiser, The Politics of Sex and Religión: A Case His-
tory in the Developrnent o f Doctrine, 1962-1984, Leaven Press de
The National Catholic Repórter, 1985,pp. 95-96.
2. Para los rechazos de Grisez de los argumentos tomísticos a favor de un nuevo enfoque, véase Janet E. Smith, Humanae Vitae: A
Generation Later, Catholic University of América Press, 1991, pp.
340-370.
3. Kaiser, op. cit., p. 95.
4. Robert McCIory, Turning Point: The Inside History ofthe Papal Birth
Control Commission, Crossroad, 1995, p. 71.
5. Kaiser, op. cit., pp. 135-136. 6. Ibíd.,p. 138.
7. McCIory, op. cit., p. 122. 8. Ibíd.,p.99.
9. Kaiser, op. cit., p. 147. 10. McCIory, op. cit., p. 125. 11. Kaiser, op. cit., p. 144. 12. Ibíd.,p.l39.
13. Ibíd.,p.78.
14. McCIory, op. cit., pp. 110-111.
15. Pablo VI, O f Human Life (Humanae Vitae), Pauline Books, 1968, párr. 6, p. 3. [Humanae Vitae, Ediciones Palabra, 1990.J
16. F. X. Murphy («Xavier Rynne»), Concilio Vaticano II, Parrar, Straus y Giroux, 1968, p. 429.
17. Pablo VI, op. cit., párr. 11. pp. 5-6.
18. John Horgan (editor), «Humanae Vitae» and the Bishops: The
Encydical and the Statements of the National Hierarchies, Irish
University Press, 1972, pp. 15-16. 19. Ibíd., p. 16.
20. Pablo VI, op. cit., párr. 28, p. 14. 21. Horgan, op. cit., p. 192.
22. Ibíd., pp. 81, 61, 73-74, 99, 205-206, 309-310,169-170,127,238, 260,276.
23. Ibíd., p. 238. Evidentemente algunos órganos episcopales aceptaron la doctrina papal sin expresar la posibilidad de excepciones: Inglaterra, Irlanda, Italia, Corea, España, Yugoslavia y una docena más. Pero lo que sorprende es la inconformidad que apareció en el resto. Además, si bien la cantidad de órganos nacionales conformes es impresionante, la verdadera cantidad de diócesis que ellos representan es mucho menor
que la representada por los discordantes. Al separar las declaraciones de los obispos según las diócesis que representaban, el padre benedictino Philip Kaufman demostró que, a escala mundial, sólo el 17% aceptó la encíclica sin sugerir las posibles dudas de los católicos al respecto, mientras que el 56 % dio cabida al cuestionamiento de la conciencia individual, y el 28 % estaba dudoso. Véase Kaufman, Why You Can Disagree and Remain aFaithful
Catholic, Crossroad, 1991, pp. 72-83.
24. Peter Hebblethwaite, Paúl VI: The First Modern Pope, Paulist Press, 1993, p. 595.
25. Ibíd., p. 594.
26. Ibíd., p. 488 (en Martelet); Kaiser, op. cit., pp. 214-215.
27. Este es el tema de varios libros del sociólogo Andrew Greeley. Véase por ejemplo, Crisis in the Church: A Study of Religión in
América, Thomas More Press, 1979.
28. Jonathan Kwitny, Man of the Century: The Life and Times of Pope
John Paúl II, Henry Holt and Company, 1997, pp. 286-287.
29. Juan Pablo II, The Theology of the Body: Human Love in the
Divine Plan, Pauline Books, 1997. [El amor humano en plan divino,
Fundación Gratis Date, 1993.]
30. Jan Grootaers yJoseph A. Selling, The 1980 Synod of Bisbops
«On the Role ofthe Family»: An Exposition ofthe Event and an Analysis of its Texts, Bibliotheca ephemeridum theologicarum
Lovaniensium, 64.
31. Kaiser, op. cit., p. 200.
32. Después dijo que él no viajaba si su obispo superior no podía ir, aunque en otras ocasiones había encontrado razones para viajar. 33. Kwitny, op. cit., pp. 159-166.
34. Gaudium et Spes, párrs-, 48, 51, Walter M. Abbott, S. J. (editor),
The Documents of Vatican II, Herder and Herder, 1966, pp. 250-
251,256.
35. Pablo VI, op. cit., párr. 12, p. 6.
36. Juan Pablo II, El papel de la familia cristiana en el mundo
moderno (Familiaris Consortio), traducción del Vaticano, Pauline
Books, 1997, párr. 30, p. 48. [Familiaris consortio: la familia, traducción políglota vaticana, Ediciones San Pablo, 2000.]
37. Ibíd., párr. 32, pp. 51-52.
38. Juan Pablo II, The Theology ofthe Body, p. 398. 39. Ibíd., p. 397.
40. Ibíd., p. 159. 41. Ibíd., pp. 158-159.
42. Familiaris Consortio, párr. 32, p. 52.