• No se han encontrado resultados

Usurpando el Holocausto

In document Wills, Garry - Pecado Papal (página 57-72)

Edith Stein, quien nació judía en 1891 y murió monja en Auschwitz en 1942, tuvo, desde el punto de vista intelectual, una de las vidas más aventureras del siglo XX. Es, desde cualquier punto de vista, un gigante: de pensamiento profundo, dedicada al servicio, desafiante en su originalidad. Entonces, ¿por qué alguien habría de sentirse ofendido si su Iglesia la declarase santa? Lo cierto es que muchos judíos (y no pocos cristianos) se enfadaron por la canonización de la hermana Teresa Benedicta de Cruce, que fue como se llamó como monja carmelita. A lo largo del proceso en el que Juan Pablo II la beatificó, en 1987, y luego la hizo santa, 1998, se presentaron objeciones enérgicas a incorporarla en el santoral. Puede parecer extraño que los no católicos se interesen por lo que los católicos alaban. Si tenemos libertad de expresión, ¿no está incluida la libertad de oración? Pero las cosas son más complicadas que todo eso. Algunos objetan el hecho de que, al momento de su muerte, no fuese conocida por su nombre religioso sino por el étnico, como si todavía fuera judía. «Está claro que Edith Stein como hermana Teresa Benedicta de la Cruz —como la bendecida por la Cruz— no satisface las definiciones categóricas ni las obligaciones de un judío, aunque la Iglesia insiste en que ella murió como "una hija de Israel".»' Otros encuentran en su tratamiento la sugerencia de que el único judío bueno es el judío converso. Y algunas personas se sienten como su sobrina, que asistió a la beatificación de Stein y luego se dirigió a una sinagoga como quien se somete a una ceremonia de purificación y dijo: «La religión cristiana a la que Edith

Stein se ha convertido es a nuestros ojos la religión de nuestros perseguidores.»2 Pero el malestar más profundo viene de la sospecha de que Stein sea un símbolo manipulado para darle la razón a los católicos que piensan que tanto ellos como los judíos fueron víctimas del Holocausto.

Algunas de estas reacciones son extremas, otras enfermizas; pero si nos detenemos en cada una de ellas, es fácil ver que la causa del resentimiento no es la propia Stein sino el uso que se hace de ella. Consideremos a título de ejemplo esta pregunta que propone Judith Herschcopf Banki:

Si Edith Stein hubiera nacido judía en otro tiempo, si se hubiera convertido al cristianismo, si hubiera ingresado en una orden católica romana, si hubiera sido enviada al Lejano Oriente o a África y hubiera sido asesinada allí por una ola de violencia anticristiana, ¿acaso su beatificación habría provocado la misma preocupación entre los judíos?3

La respuesta es que no, por supuesto, y por razones que van incluso más allá de lo que Banki sugiere. Podemos preguntar, parafraseándola, si en esas circunstancias se habría propuesto la canonización de Stein, si se habrían manipulado las reglas del proceso sólo para ella, si se habría escrito la historia de su tormento, si se le habría atribuido un milagro para asegurarse de que iba a ganar su aureola. Porque eso es lo que está en tela de juicio aquí, no los grandes méritos de Stein ni su profunda santidad. El problema no radica en lo que ella fue, sino en los servicios postumos que se le exige realizar.

Antes de entrar en materia, deberíamos hacer historia y analizar quién fue y qué hizo. Eso hará que todo parezca más extraordinario que la forma en que se la utiliza contra su propio pueblo. Fue la última de los siete hijos que sobrevivieron (cuatro murieron al nacer) de una devota madre ortodoxa que heroicamente levantó esta numerosa familia y administró un negocio huérfano de jefe tras la muerte de su esposo (cuando Edith tenía dos años). Por nacer el día de Yom Kippur, Edith fue la favorita de su madre, la hija más brillante en un grupo de genios, un prodigio que tuvo que adentrarse en lo desconocido: al principio, en el ateísmo de ado-

lescente; y luego, en la formación como filósofa profesional. Se doctoró summa cum laude en Góttingen, donde fue la estudiante predilecta del fundador de la fenomenología, Edmund Husserl. También estudió con el disoluto fenomenologista católico Max Scheler, en cuyo libro, The Nature of Sympathy, basó su tesis doctoral: El problema de la empatia. (Otra persona que hizo su tesis doctoral sobre Scheler, sin tener la ventaja de haber estudiado con él, fue Karol Wojtyla.) Su primer trabajo erudito constituye la clave de su espiritualidad. He aquí su razonamiento: formamos una personalidad y alcanzamos nuestra propia interioridad sólo a través de la interacción con otras interioridades. La nuestra es una subjetividad reflexiva. Exploro otras personas parecidas a mí y diferentes de mí, y al hacerlo defino una personalidad: de manera que la persona aislada es una no-persona. El progreso moral consiste en crear una personalidad que pague sus deudas a las otras personalidades que la ayudaron a ser. Romper o socavar esta interacción respetuosa con otras mentes es morir desde el punto de vista moral:

Considerarnos a nosotros mismos en una percepción interna, es decir, considerar nuestro «yo» psíquico y sus atributos, significa vernos como vemos a otro y como él nos ve [...]. Así es como la empatia y la percepción interna trabajan de la mano para darme a mí misma [...]. Por empatia con estructuras personales diversamente compuestas aclaramos si somos y si no somos más o menos que otros. De esta manera, unido al autoconocimiento, contamos además con una ayuda importante para la autoevaluación [...]. Cuando topamos con gamas de valores que nos resultan familiares, y lo hacemos con actitud de empatia, tomamos conciencia de nuestras propias deficiencias o carencias [...]. Aprendemos a ver que nos definimos a nosotros mismos en términos de más o menos valor en comparación con otros.4

Esta teoría moral estaba parcialmente formada y probada cuando interrumpió sus estudios, durante la Primera Guerra Mundial, para servir como enfermera en la sección tifoidea de un hospital militar donde atendió a personas de muchas nacionalidades

y se adentró en las diferentes maneras de encarar el sufrimiento.5 Cuando Adolf Reinach, su profesor más apreciado, murió en el frente, Stein quedó impresionada por la forma cristiana en que su joven esposa afrontó la separación entre sí misma y el otro ser. Sintió que la mayor interacción de las subjetividades se da con Dios, y pensó en hacerse luterana como los Reinach. Eso no habría molestado tanto a su madre como abrazar el credo de una Iglesia conocida por su acoso a los judíos. Aun a pesar de su genuino amor por su pasado, el destino la condujo a un espectacular rompimiento con él, como si el reto de la empatia, siendo más duro, hiciera aflorar más su propia identidad. Es por eso por lo que, con el tiempo, ser católica no sería suficiente: tenía que ser carmelita.

Sin embargo, cuanto más lejos de su punto inicial lanzaba su empeño, más importante se hacía regresar e incluir en su experiencia todo lo que había sido antes. Incluso convertida al catolicismo, no dejó de llevar a su madre a la sinagoga y rezar con ella. Nunca trató de convertir a su madre ni a judío alguno. Nunca se consideró una ex judía. De hecho, cuando hablaba de su conversión, dijo:

«Mi regreso a Dios me hace sentir judía de nuevo», una afirmación que los judíos reprobaron, y con razón, pero que era indisociable de su forma de ver la empatia como un viaje a otras mentes sin perder el sentido previo de sí misma.6 Su afirmación representaba, al menos desde un punto de vista subjetivo, más una necesidad psicológica que una afrenta teológica. Sintió profundamente la pérdida de la fe judía de Husseri, y se llenó de alegría cuando regresó a la religión antes de su muerte: «Respecto a mi querido maestro, no me preocupo por él. Siempre me ha parecido extraño pensar que Dios pueda restringir su misericordia a los límites de la Iglesia visible.»7 Incluso como monja carmelita usaba su nombre de pila si publicaba como filósofa, aunque sabía que a los editores no les gustaba porque sonaba a judío. En 1936, una vez terminado su mag-num opus,

Sobre el ser finito y el ser eterno, descubrió que el tratado no podía

publicarse bajo su nombre judío. Stein rehusó adoptar un nombre aceptable para el gremio de escritores arios." En 1933, antes de Pascua, le escribió a Pío XI regándole que dirigiera una encíclica contra la persecución de los judíos, cosa que éste trataría de hacer seis años después, sin éxito. Mucho antes de

morir por ser judía, le habían impedido ejercer como profesora por la misma razón. Incluso fue obligada a salir de uno de los conventos de su orden por ser judía, puesto que suponía una amenaza para la seguridad del resto de las hermanas. En 1933, cuando la persecución de los judíos se intensificó, comenzó su obra Life in afewish Family [La vida en una familia judía], con la esperanza de que incluso los perseguidores pudieran empalizar con la familia tan humana que describía en ella, ofreciendo una imagen muy lejana de la creada por la propaganda nazi: «¿Acaso está el judaismo representado sólo por, o, mejor dicho, acaso son su única y genuina representación los poderosos capitalistas, los literatos insolentes, o aquellas cabezas en ebullición que han dirigido los movimientos revolucionarios en las últimas décadas?» Stein ofrece un cálido retrato de su madre como refutación viviente de esas caricaturas, sin sacar a colación su propio cristianismo en ningún momento.

Ni siquiera una judía erudita incapaz de admirar su conversión podía tomarla como una desertora. Según Judith Herschcopf Banki, su primera fe le falló, de alguna forma:

Podemos lamentar su conversión a lo que su sobrina llamó «la religión de nuestros perseguidores». Pero dada la extraordinaria combinación de brillo intelectual y hambre espiritual que hay en ella, ¿adonde habría llegado en la comunidad judía de su tiempo? ¿Acaso había una Tora talmúdica, alguna escuela rabínica que hubiera tomado en serio sus inquietudes filosóficas? ¿Cómo hubiera podido, en tanto que mujer, uncirse al rico y exigente legado del pensamiento rabínico siendo mujer, y por añadidura propensa al debate? Recordando la repetida historia dé Franz Rosenzweig, quien en el mismo umbral de la conversión al cristianismo desistió de hacerlo tras una visita a una sinagoga ortodoxa la víspera del Yom Kippur, la rabina Nancy Fuchs- Dreimer se pregunta si Rosenzweig seguiría siendo judío si aquella noche decisiva le hubiesen apremiado a sentarse detrás del mehirz, la reja que en la sinagoga separa a las mujeres del resto de la congregación. No sabemos la respuesta, pero la pregunta debería incitarnos a encontrar en el judaismo un ambiente hospitalario para mujeres con el don de una Edith Stein.9

¿Significa esto que Edith Stein no representa tanto una conversión del judaismo al cristianismo como una convergencia de ambos, tal como lo sugiere Rachel Feldhay Brenner en un profundo y conmovedor ensayo? No del todo. Aunque Stein pensaba constantemente en «su pueblo», siempre se trataba de un pueblo cuyas escrituras se cumplían en Jesús. Ella no pensaba que todos los judíos tenían que convertirse, uno por uno, sino más bien que Jesús los incluiría en la salvación prometida a pesar de su falta de fe en Él. Ése es el significado de las palabras que se supone que dirigió a su hermana cuando llegaron los guardias para llevarlas a la muerte: «Ven, vamos por nuestro pueblo.» Por ellos, no con ellos. Ella ofreció sus sufrimientos, al unísono con los de Cristo en la cruz, como redención de su pueblo. Escribió, antes de ser capturada, pero consciente de poder morir en las persecuciones, que ofrecía su vida «por el pueblo judío, por que el Señor sea recibido por los suyos y llegue la gloria de su reino».10 Es significativo que no ofrende su sacrificio para redimir los pecados de los perseguidores cristianos, sino para redimir la incredulidad de los perseguidos. Esto inutiliza la presentación de Stein como una base para la reconciliación. La reconciliación de dos creencias no es lo mismo que el reemplazo de una por otra.

La vida y obra de Stein son fuente de inspiración, al margen de cualquier afirmación que hiciera en nombre de su Iglesia sobre las persecuciones del Holocausto. De hecho, su primera promoción en el proceso de beatificación no describe su muerte como un martirio. Fue promovida como «confesor» de la fe. En la nomenclatura de santidad católica, confesores son aquellos que llevan una vida de santidad ejemplar, en oposición a los mártires, que dan la vida por su fe. En los inicios de la Iglesia, los primeros en ser declarados santos fueron los mártires y sus reliquias fueron veneradas. Todavía hoy son los santos «privilegiados». Los mártires pueden no haber tenido vidas tan ejemplares, pero purgaron sus pecados con sangre. Bajo las normas actuales de la Iglesia, el caso de un mártir es mucho más duro que el de un confesor, tanto que en el primero no hace falta verificar oficialmente dos milagros para beatificarlo, mientras que en el segundo sí.11 (De hecho, si la presunción de la dignidad del mártir es sólida, la realización de los milagros le será más fácil y corriente, por la lógica del sistema.)

Stein fue propuesta como confesora, ya que se asumió que no había muerto por su fe, como debe hacerlo un mártir. No la mataron por ser católica. Uno de sus primeros defensores, también converso del judaismo, monseñor John Oesterreicher (de cuya gran labor por la declaración sobre los judíos en el Concilio Vaticano ya tenemos noticia), dijo: «Por supuesto que si sus padres no hubiesen sido judíos nunca habría sido asesinada.»12 Supongamos por un momento que su causa hubiese seguido.ese camino y se hubiera justificado: que hubiera sido beatificada y luego canonizada como confesora. Incluso en ese caso, si su propio sentido del tormento en aras de sus descreídos parientes hubiese salido a colación, no habría razón para decir que fue una figura de reconciliación, pero tampoco habría motivo para que los judíos se ofendiesen por el honor que se le rendía. Nadie habría sostenido que muriese por otra razón que no fuera la de sus vínculos sanguíneos.

Eso no fue lo que sucedió. Un confesor, como ya he dicho, se diferencia de un mártir en que es preciso demostrar su intervención en dos milagros confirmados para ser declarada beato (bendito), y durante años no se le pudo atribuir ni uno a Stein. Como veremos más adelante, no fue nada fácil dar con el milagro necesario. Ni siquiera en el momento de su beatificación había un milagro más o menos convincente que esgrimir. Por supuesto, es bastante común que se proponga la beatificación de una persona y luego languidezca en esa condición de candidato por muchos años —incluso para siempre— si no se puede demostrar el milagro. Pero en el caso de Stein había una urgencia que no dependía tan sólo de sus virtudes. La canonización tiene para la Iglesia un propósito didáctico. Se proponen santos por las lecciones que enseñan, las necesidades que cubren, las prioridades que los líderes de la Iglesia quieren resaltar. Los mártires son el modelo a seguir en tiempos de persecución; los monjes, en períodos de ascetismo. La mayoría de los confesores han sido vírgenes, sacerdotes o religiosas, lo cual sugiere que estas condiciones son superiores a la de estar casado. Cuando se canonizaba a un laico, a menudo era también un mártir (como Tomás Moro). Siempre ha habido un empeño especial en canonizar a los fundadores de órdenes religiosas para mostrar su legitimidad y alentar a sus miembros. Los santos especialmente devotos

de María (como Bernardette de Lourdes) promueven el culto a la Virgen. Algunas veces también se tienen en cuenta las sensibilidades nacionales. Durante muchos años, no se canonizó a los sacerdotes jesuítas martirizados en la época de Isabel I porque eso podría haber ofendido a los ingleses. Por otro lado. Pablo VI mantuvo en suspenso los expedientes de los mártires de la guerra civil española como muestra de su desaprobación del régimen de Franco, que era el que los apoyaba.13 Pero la sensibilidad judía no tenía peso específico en el proceso de Stein.

¿Cual fue el aspecto de la vida de Stein que provocó entre los funcionarios la urgencia de su promoción, a pesar del evidente recelo de los judíos? El Vaticano niega que fuera para fomentar conversiones entre los judíos. Lo urgente no era en principio celebrar su martirio, puesto que en su origen no se la llamó mártir. ¿O después de todo sí fue una mártir? Lo que en un primer momento parecía una forma de ir más allá del asunto de la dispensa para los milagros necesarios pronto se convirtió en una salida que entusiasmó a los abogados de Stein: la idea de que ella murió por su fe y no por su parentesco. Pero para demostrarlo, los funcionarios tenían que probar que los asesinos actuaron impulsados por odium fidei, un odio obsesivo de la religión. En las historias tradicionales de mártires, este motivo se refleja en que se le ordena a la víctima renunciar a su fe o realizar actos contra ella, como rendir culto a ídolos paganos, o cometer sacrilegio contra el crucifijo. Nada de esto se verificaba en el caso de Stein. No se le pidió renunciar al cristianismo, ni fue tentada al sacrilegio. Ella era cristiana, pero también las demás monjas del convento donde la arrestaron, y a ellas no se las llevaron. Sólo detuvieron a su hermana Rose, también conversa al catolicismo, que vivía en el convento aunque no era monja. •Las religiosas de su orden sabían qué estaba en juego cuando la obligaron a ir de un convento a otro: sus orígenes judíos hicieron que incluso sus compañeras carmelitas le dispensaran un trato diferencial.14 No hay ninguna indicación de que el trato que se le dio en el campo de concentración haya sido diferente del recibido por sus correligionarios judíos.

Tampoco ella vio su propia muerte como testimonio de su fe, tal como lo indica el hecho de que intentara eludirla: dejó varias notas en las paradas del tren rumbo al campo de concentración pi-

diendo ayuda al consulado suizo, incluso ofreciendo dinero a cambio. No hay nada cuestionable en ese comportamiento tan sensato si lo hacía por huir del odio antijudío. Ahora bien, de haberlo hecho por no querer ser testimonio de la fe, ya no sería tan admirable, sino algo así como sobornar para alejarse de los cristianos y de los leones que los esperaban en la arena del circo. Sabía a ciencia cierta que no era odio hacia la fe católica lo que movía a sus asesinos. Sobre sus motivaciones no cabe la menor duda.

Pero los defensores de Stein estaban decididos a plantear la cuestión. Crearon una mentira histórica para promover su causa.

In document Wills, Garry - Pecado Papal (página 57-72)