Los «ajustes» {modi) sobre la contracepción realizados por el papa Paulo VI en su intervención en el Concilio Vaticano II tenían la finalidad de influir en las deliberaciones sobre la familia. Los padres del Concilio alcanzaron a suavizar aquellas sugerencias. Poco antes, en la cuarta sesión, cuando tocó la cuestión de la posibilidad de autorizar a los sacerdotes a casarse, Pablo no corrió el mismo riesgo. El 12 de octubre de 1965, Le Monde publicó el borrador de un discurso del obispo Koop de Brasil, donde intentaba solicitar al Concilio que se admitieran sacerdotes casados para suplir la carencia de clérigos para su pueblo. Esta era sólo una de las muchas peticiones que se preparaban, o al menos eso temía el personal del Vaticano. Por lo tanto, un día antes de que Le Monde imprimiese su historia, el Concilio quedó petrificado al recibir una carta del papa Pablo leída en voz alta ante la asamblea. En su carta, el Papa aseguraba no querer quitarle al Concilio la libertad para deliberar bajo las alas del Espíritu Santo, pero eso fue exactamente lo que hizo:
Nos hemos enterado de que algunos padres intentan debatir en el Concilio la ley del celibato eclesiástico tal como es observado por la Iglesia Romana. Por consiguiente, y sin ánimo de infringir en modo alguno el derecho de expresión de los padres, os hacemos saber nuestra opinión personal sobre lo inoportuno que sería entablar un debate público sobre este tema, que es tan importante y exige tanta prudencia. [Así, ¿del Concilio no se puede esperar prudencia ni capacidad para tratar
asuntos importantes?] No sólo intentamos mantener esta antigua, santa y providencial ley hasta donde podamos, sino también reforzar su cumplimiento, haciendo un llamamiento a todos los sacerdotes de la Iglesia Romana para que reconozcan las causas y razones por las que esta ley debe considerarse la más apropiada hoy día, especialmente hoy día, para ayudar a los sacerdotes a consagrar todo su amor a Cristo completa y generosamente al servicio de la Iglesia y de las almas. Si algún Padre desea hablar al respecto, puede hacerlo por escrito remitiendo sus observaciones a la Presidencia del Concilio, quien luego nos las transmitirá a nosotros."
En otras palabras: «Si queréis hablar, no lo hagáis: escribidlo y entregadlo para que el Papa lo examine.»
El padre Murphy, escribió bajo el seudónimo de «Xavier Rynne» en
The New Yorker:
Según Rene Laurentin [articulista de Le Fígaro}, el problema de un clérigo casado en América Latina y otras áreas, de acuerdo con la línea de la disciplina oriental, ha sido presentado ante la Santa Sede desde los tiempos de Pío X, pero las autoridades romanas siempre han sentido que cualquier concesión en esa área inevitablemente llevaría a reconsiderar la situación del estatus de quienes viven en concubinato clerical en Italia y otros países, cuyo número se estima en varios miles; y eso es algo que no están listos para afrontar.2
Para Murphy, ése era el verdadero peligro. Si se permitía a las misiones albergar a sacerdotes casados, tal como ocurría en las iglesias orientales reconocidas por Roma, entonces los sacerdotes de todo el mundo querrían casarse con sus amantes. Sería como romper el dique. Hay que seguir la línea establecida, incluso si al hacerlo la afirmación de que el celibato, sacerdotal es una elección libre y no una imposición pierde sentido.
La preocupación del Vaticano quedó indirectamente al descubierto cuando el portavoz de la Secretaría de Estado del Vaticano,
monseñor Paúl Poupard, trató de explicar la acción del Papa de esta manera:
Sus motivos [los de los miembros de la Curia que solicitaron al Papa el cierre del debate] fueron el temor de permitir la aparición pública de la división, que sería de graves consecuencias para los sacerdotes ya dubitativos [Poupard hablaba en francés, y utilizó la expresión souvent frágiles], y también temieron que, dada la presión de los medios de comunicación, sus intervenciones al respecto [las de los padres] no fuesen libres.3
En otras palabras, no era el Papa quien estaba coartándoles la libertad, sino la prensa. Quizás ésta informara sobre los debates, y entonces ya no podría haber debate. (La prensa estaba informando, sin problemas, sobre todos los demás temas del Concilio. Si esta política se hubiese aplicado a todo, habría que haber clausurado el Concilio.) La idea de que el compromiso de los propios sacerdotes con el celibato no pudiera sobrevivir a un debate público era otro signo de una ansiedad que rayaba en el pánico. Sin duda Poupard tenía razón al decir que el pontificado temía «la aparición de la división». Esa es la fuente de muchos, por no decir la mayor parte, de los engaños vaticanos.
El Papa le aseguró a su entorno que resolvería el problema escribiendo una encíclica al respecto. La misma solución se aplicaría también al tema de la contracepción. Es la forma normal de arreglar los problemas en el papado moderno. Pablo VI promete remediar la situación con una declaración pontificia que resulta un desastre. Luego Juan Pablo consigue afianzar el peor aspecto de la encíclica en su lugar, inamovible. Hemos visto la misma secuencia en los temas de contracepción y el sacerdocio de las mujeres. Algo parecido ocurrió con el Holocausto, con la salvedad de que Pablo VI no intervino entre la declaración del Concilio y el Nosotros recordamos de Juan Pablo. Ahora veremos cómo el mismo proceso sigue su curso habitual en la cuestión del celibato.
Pablo presentó su encíclica, Sacerdotalis Caelihatus (Celibato sacerdotal), el 12 de junio de 1967. Esta vez tuvo dificultades aún mayores que las que tendría con su encíclica sobre la contracepción,
Humanae Vitae (1968). Al menos entonces podía apelar a un
ininterrumpido historial de condenas a lo largo de la biografía de la Iglesia (aunque por diferentes razones). Sin embargo, desde el
primer siglo del cristianismo occidental, y hasta ahora en las iglesias orientales, los sacerdotes están autorizados a casarse. Eso también significa que el problema de Pablo era mayor que el que enfrentaría la congregación con el documento contra la ordenación de las mujeres,
Inter Insigniores (1976). Cuando Pablo tuviese que respaldar este
producto de su curia, podría apoyarse en el fundamentalismo bíblico, es decir, en el hecho de que los apóstoles eran hombres. Ahora tendría que arreglárselas con el hecho de que los apóstoles también eran casados.
Una muestra de la importancia de este problema puede verse en las flagrantes omisiones en que incurre Sacerdotalis Caelibatus. Si se observan las notas al pie de página, se aprecia un flujo continuo de citas del Nuevo Testamento. Sin embargo sólo en tres ocasiones el Nuevo Testamento aborda directamente el tema de esta encíclica, dos de las cuales se mencionan, sin citarlas, en una misma nota de la encíclica.4 La tercera y más relevante ni siquiera se menciona. Las dos primeras dicen así: «Un obispo debe ser irreprensible, marido de una sola mujer» (1 Tim. 3:2), y «[un presbítero debería ser] un hombre intachable, marido de una sola mujer, y tener hijos creyentes» (Tit 1:7). Cuando le conviene, el Vaticano equipara la palabra «presbítero» del Nuevo Testamento con sacerdote.
No obstante, es el tercer pasaje el que por sí mismo debería haber evitado que Pablo VI tratase de escribir esta encíclica. San Pablo (por quien el Papa siente especial devoción y de quien tomó su nombre) le dice a los corintios que él no se impone a ellos de hecho, ni siquiera ha hecho valer todos sus derechos «como apóstol». Continúa diciéndoles: «¿Acaso no tengo el derecho (exousia) de tomar una esposa cristiana para mí, como el resto de los apóstoles y los hermanos del Señor, y Cetas?»5 Claro que el Papa era reacio a citar cualquier cosa que le recordara a la gente que Pedro (su antepasado putativo y modelo) era casado. Pero el punto verdaderamente embarazoso de este argumento es la palabra exousia (prerrogativa, poder). Ya no es una cuestión de permiso o mera concesión hecha a los apóstoles. Es un derecho que tiene Pablo aunque no lo ejerza y que Pedro (Cefas) tuvo y ejerció, en parte lo que Pablo llama «el derecho que me es dado por predicar» (1 Cor. 9:18). Si esto es una prerrogativa apostólica, ¿qué autoridad tiene nadie para coartar ese derecho? Omitir un texto tan relevante, sólo por
su inconveniencia, es un ejemplo de la deshonestidad intelectualanalizada en este libro.
La encíclica tiene que escatimar estos tres pasajes del Nuevo Testamento, los más duros para el Papa. Prefiere extenderse en otros dos que nada tienen que ver con el ministerio del sacerdocio. Su pasaje favorito, citado cuatro veces, es la referencia a los eunucos (Mt 19:11-12). En el evangelio de Mateo, Jesús acaba de prohibir el divorcio, lo que impulsa a los discípulos a decir: «Si así es la condición del hombre con su mujer, no conviene casarse» (versículo 10). Jesús dice que no es tan fácil. Si no os casáis, tendréis que vivir como eunucos, pues la ley también prohibe la fornicación. Ésa fue la lógica que utilizó para responder a sus objeciones; provocándoles, pues la imagen del eunuco es innoble y hasta repulsiva. Un hombre que naciera eunuco, aun en la tribu sacerdotal (Levita), jamás podía ser sacerdote judío; la deformidad se consideraba impura, y la procreación era el deber y el orgullo del hombre. Así pues, ¿por qué alguien optaría por la impureza, desafiando además los deberes familiares?
Los términos tendrían que traducirse de modo que reflejasen su naturaleza chocante, pues la palabra «eunucos» se explota casi cruelmente cinco veces en un verso: «Pues hay eunucos que nacieron así del vientre de su madre, y hay eunucos que son hechos eunucos por los hombres, y hay eunucos que a sí mismos se hicieron eunucos para ganarse el reino de los cielos. El que sea capaz de consentir esto, que lo consienta.» El verbo consentir {chorein) literalmente significa «abrir espacio para ello». Se usaba en los ejércitos en retirada de sus asaltos. Las palabras de Jesús atacan el orgullo y la integridad del hombre. Es típico que cuando se lee este pasaje en el pulpito, nuestras suavizadas traducciones le hagan perder su naturaleza repulsiva. El pasaje en sí parecería un ataque a los eunucos salvo por las últimas palabras sobre el reino de los cielos (basileia) cuya llegada rogamos en la segunda petición del Padrenuestro.
Desde una perspectiva judía la estructura de este pasaje sobre los eunucos procede desde el menos objetable (eunuco por naturaleza) al objetable (hecho eunuco por los hombres por un crimen o como castigo de un crimen), hasta el más objetable (el que quiso hacerse eunuco). El pasaje llega a un climax, y el ter- —151—
cer grupo de eunucos se menciona de forma diferente de los otros dos. Cuando Jesús dice: «el que sea capaz de consentir esto», da a entender que se dirige a aquellos que tienen una opción, a diferencia de los eunucos de los versículos 12a y 12b.6
¿Por qué habrá sido Jesús tan sensacionalista en este versículo? En otras partes habla de mutilaciones: «Os digo que aquel que mira una mujer con deseo, en ese momento (édé) la ha corrompido en su corazón. Y si tu ojo te hace pecar, arráncatelo y tíralo» (Mt. 28-29). Aquí también, el lenguaje es áspero y extremo: imaginar el adulterio con una mujer es corromperla. Continúa diciendo que si se comete un pecado con la mano derecha (ritualmente favorecida y por lo tanto, preciosa), ésta debe ser cercenada (ekkoptó, versículo 30). Si los sacerdotes estuviesen legalmente obligados a esto como el Papa ahora los ciñe al pasaje de los eunucos, muchos de
ellos andarían por ahí sin su mano derecha para bendecir y consagrar.
Estos pasajes corresponden al grupo de sentencias que proclaman una alteración de todos los valores a la llegada del reino de Dios {basileia}. Por eso vemos a un discípulo que tiene que odiar a su padre y a su madre (Le. 14:25), tal como Jesús rehusó reconocer a su madre (Me. 3:33). Oímos que hay que darle al ladrón lo que éste olvidó pedir (Le. 6:29). El Vaticano intenta suavizar estas «duras sentencias» considerándolos consejos para la perfección más que órdenes de obligación, pero la ¡dea de odiar a los padres como una señal de «perfección» es justamente lo que resulta repulsivo como idea moral. Jesús dice cosas sin sentido, a menos que estuviese hablando, con una simbología provocadora, de una ruptura con el orden pasado. Pero el papa Pablo insiste en tomar una de estas señales escatológicas misteriosas —la señal de los eunucos— y convertirla en ley para los ministros del Evangelio. (Los doctores de la Iglesia han tratado incluso de utilizar el pasaje de los eunucos para justificar la virginidad de las monjas, aunque las mujeres no pueden ser eunucos, palabra en cuya fea realidad Jesús hace hincapié.) ¿Por qué el Papa no exige en el derecho canónico que los sacerdotes odien a sus padres?
Cualquiera que sea el significado del pasaje de los eunucos, no puede referirse al ministerio. No está dirigido a ninguna clase o
grupo, ni siquiera a los discípulos en general, sino a individuos que puedan «consentir» este extraño llamamiento carismático. La prueba de que el ministerio nada tiene que ver con ello es que los apóstoles no «lo consintieron». Ellos estaban casados, lo cual demuestra que el Evangelio no establece relación alguna entre Mateo 19:11-12 y el ministerio, y mucho menos con el sacerdocio, que ni siquiera existe en el Evangelio. Fuesen lo que fuesen los apóstoles, definitivamente no eran eunucos por el reino de los cielos. Aun así, éste es el principal punto de apoyo del Papa para establecer las escrituras como base del celibato sacerdotal. Lo cita cuatro veces, incluso cuando se niega a citar el pasaje del Nuevo Testamento más relacionado con la idea del apostolado y el matrimonio (1 Cor. 9:5).7 Esta parodia de la exégesis muestra una profunda falta de respeto por la palabra revelada. Varios pasajes del Nuevo Testamento son omitidos, retorcidos, ampliados, distorsionados y tergiversados para darles el significado que el Papa quiere que tengan.
Semejantes procedimientos plantean una severa prueba a la integridad intelectual de cualquier sacerdote. ¿Tiene que aceptar mansamente un argumento absurdo y comprometedor? ¿Tiene que vivir por ello como si fuese el verdadero significado del Evangelio al que quiere servir? ¿Tiene que transmitirlo a su congregación sin que se le escape la risa? ¿Debe pedirles que se traguen cualquier cosa — hasta la falta de respeto hacia la Biblia— en nombre del respeto al pontificado? ¿Tiene que convertirse en eunuco no por el reino celestial, sino por los dominios del Papa? En el pasado los Papas tenían sus castrati, adecuados para el canto en el coro de la Sixtina. ¿Querrá él ahora tener una guardia de eunucos para demostrar que la doctrina papal sobre el celibato es la correcta, sin importar lo que digan las escrituras? Hemos visto cómo prácticamente convirtió a los obispos del Concilio en eunucos intelectuales cuando dijo que no podían poner en tela de juicio las ordenanzas relativas al celibato, obligándoles a aguardar su pronunciamiento, y luego, cuando por fin se pronuncia, lo hace con un mezquino ataque a la Biblia.
Dijimos antes que tenía dos pasajes preferidos de las escrituras y que excluía los verdaderamente relevantes. Además del texto de los eunucos, citado cuatro veces, hay otro pasaje, que cita tres veces: el argumento de san Pablo en el séptimo capítulo de I Co-
rintios (versículos 7-40), donde dice que prefiere que todos aquellos que están solteros permanezcan solteros, como él. Ya que Pablo era un celoso fariseo antes del llamamiento de Cristo, y siendo ya para entonces un hombre maduro, es presumible que estuviese casado, como era de esperarse en su secta. Lo que significa que su esposa debía de estar muerta, o separada de él, cuando escribió la epístola. Clemente de Alejandría (siglo ll) opinaba que la esposa de Pablo estaba viva, pero que habían convenido en separarse durante su apostolado.s En la iglesia primitiva, era normal que los hombres estuviesen casados. Lo extraño era el celibato, y era una condición que requería explicaciones. Es por eso por lo que san Pablo se muestra tan cauto y permisivo al recomendar un camino que los otros apóstoles no siguieron. Después de todo, él no podía quitarles lo que más adelante llama el derecho a casarse mencionado en la misma epístola (9.6). Por eso todo lo dice con respetuosos rodeos, casi retractándose a medida que habla:
Mas esto digo por vía de concesión, no por mandamiento. Quisiera más bien que todos los hombres fuesen como yo; pero cada uno tiene su propio don de Dios, uno a la verdad de un modo, y otro de otro (7:6-7).
Y a los demás yo digo, no el Señor (7:12).
En cuanto a las vírgenes no tengo mandamiento del Señor, mas doy mi parecer, como quien ha alcanzado misericordia del Señor para ser fiel (7:25).
Tengo (nomizó), pues, esto por bueno a causa de la necesidad que apremia; que hará bien el hombre en quedarse como está [ni disolver un matrimonio ni contraerlo] (7:26).
Esto lo digo para vuestro provecho; no para tenderos lazo (7:35).
Pero es mi juicio, y pienso que también yo tengo el Espíritu de Dios (7:40).
Pablo no se cansa de decir que esto no es un mandato. No es un mandato de Dios. Ni siquiera es un mandato de Pablo (diferente de una opinión). Unos tienen un carisma y otros, otro. Unos apóstoles están casados y otros no. Él admite sus opiniones y dones. Ofrece una variante para su consideración. La presenta no como un mandato (6) sino como algo de «provecho» (35). Se apoya en razones de pragmatismo (para afrontar «la necesidad que apremia» sin distracciones). Es una cuestión de juicio prudente, abierta al debate, no una revelación ni obligación ni exigencia.
William Orr y James Walther, comentando el versículo 25, dicen: Está claro que Pablo no cree que el Espíritu haya otorgado a la Iglesia el poder creativo para inventar ad hoc dichos de Jesús que se ajusten a la situación de la Iglesia, como se da por sentado algunas veces en la doctrina moderna. [...] Si algún profeta cristiano primitivo gozó de tal poder, ciertamente ése habría sido Pablo.9
Pablo recibió muchas directrices del Señor y nunca dudó en enunciar su origen. En el mismo capítulo, cuando habla de la fidelidad marital, dice: «Mando, no yo, sino el Señor» (7:10). Él conocía la diferencia entre tales directrices y su propia opinión. El papa Pablo no tiene los mismos escrúpulos. Cuando él prefiere que «todos los hombres sean como yo», lo impone como un mandato divino. Cree tener más autoridad que aquel de quien tomó el nombre.
Incluso si las recomendaciones de Pablo se tomasen como un requisito, no se estaba dirigiendo específicamente a los ministros del Evangelio sino a todos los corintios. Asegura desear que todo el mundo permanezca casado o permanezca soltero. Éste es un punto importante, porque el Papa usa uno de los argumentos prácticos de