" L a castidad 'por el Reino de los cielos' (Mt 19,12), que profesan los religiosos, debe ser esti- mada como un singular don de la gracia. Ella libera de modo especial el corazón del hombre (cf 1 Co 7, 32-35) para que se inflame más en el amor a Dios y a todos los hombres, y, por ello, es signo peculiar de los bienes celestiales y medio aptísimo para que los religiosos se dediquen con alegría al servicio divino y a las obras de aposto- lado. Evocan así ellos ante todos los cristianos aquel maravilloso connubio, instituido por Dios y que habrá de tener en el siglo futuro su plena manifestación, por el que la Iglesia tiene a Cristo como único Esposo" (Perfectae caritatis, 12a).
Algunas personas abrazan la vida de celibato para consagrarse mejor al arte, a la educación, a la medici- na, a la ciencia, etc. El motivo de la castidad consagra- da es esencialmente religioso: "por el reino de los cie- los" (Mt 19, 12). Ante todo, " u n e " a Dios y nos hace disponibles para tal o cual servicio. Es una invitación por parte del Señor para entrar en unión íntima y per- sonal con Él. Como ofrenda de comunión, sólo puede ser un don de la gracia - u n gran don del Señor, que hay que recibir con gratitud y alegría- y no como una imposición jurídica y exterior más o menos bien sopor- tada. La castidad pertenece en primer lugar al orden del amor, y por lo tanto de la gratuidad, y no de la ley. Este don libera el corazón del hombre, no priori- tariamente arrancándolo de tal o cual atadura, sino haciéndole arder por el amor de Dios y de todos los
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constantemente la perfecta caridad, con la que pueden hacerse todo para todos en el ministerio sacerdotal. Han de ser muy conscientes de que deben abrazar ese estado con un corazón muy agradecido, no sólo como precepto de la ley eclesiástica, sino como un don precioso de Dios, que pedirán humildemente y al que se esforza- rán en corresponder libre y generosamente con el estímulo y la ayuda de la gracia del Espíritu Santo.
Los seminaristas han de conocer debida- mente las obligaciones y la dignidad del matri- monio cristiano que simboliza el amor entre Cristo y la Iglesia (cf Ef 5,32); han de estar con- vencidos, sin embargo, de la mayor excelencia de la virginidad consagrada a Cristo, de forma que se entreguen generosamente al Señor con entrega total de cuerpo y alma, después de una elección madura y seriamente meditada.
Hay que avisarles de los peligros que ace- chan su castidad, sobre todo en la sociedad de estos tiempos. Ayudados con oportunos auxilios divinos y humanos, aprendan a 'integrar' su renuncia al matrimonio de tal forma que su celi- bato no sólo no sea fuente de perjuicio para su vida y su trabajo sino que, por el contrario, les
permita adquirir un mayor dominio del alma y del cuerpo y una madurez más completa, y cap- tar mejor la felicidad del Evangelio" (Optatam totius, 10).
81 siempre ha sabido reconocer en este amor escondido
la verdadera fuente de su fecundidad apostólica.
" L a santidad de la Iglesia se fomenta tam- bién de una manera especial en los múltiples consejos que el Señor propone en el Evangelio para que los observen sus discípulos, entre los que destaca el precioso don de la gracia divina que el Padre da a algunos (cf. Mt 19, 11; 1 Co 7, 7) de entregarse con más facilidad únicamen- te a Dios con corazón indiviso en la virginidad o en el celibato (cf. 1 Co 7, 32-34). Esta perfecta continencia por el reino de los cielos ha sido teni- da siempre por la Iglesia en grandísima estima, como señal y estímulo de la caridad y como fuente extraordinaria de fecundidad espiritual en el mundo" (Lumen gentium, 42).
El valor fundamental de la castidad, en cuanto que ella libera para el servicio de Dios y de los hom- bres, está bien claro en un texto del Concilio destina- do a los futuros sacerdotes:
"Los seminaristas que, según las leyes santas y firmes de su propio rito, siguen la venerable tradición del celibato sacerdotal, han de ser edu- cados cuidadosamente para este estado, en que, renunciando a la sociedad conyugal por el reino de los cielos (cf Mt 19, 12), se unen al Señor con amor indiviso y, muy de acuerdo con el Nuevo Testamento, dan testimonio de la resurrección en el siglo futuro (cf Le 20, 36), y consiguen de este modo una ayuda aptísima para ejercitar
LA FELICIDAD DE SER CASTO 5. EL CONCILIO VATICANO II
entregarse más fácilmente a la vida espiritual, ser más transparente al Amor que lo habita, ser más casto. El trabajo, tanto intelectual como manual, un sueño suficiente, un régimen alimenticio equilibrado, la gim- nasia, el método Vittoz, el yoga, todas estas cosas pueden ayudarnos, modestamente, a poner una humanidad completa y armoniosa a la disposición del Espíritu de Cristo. Es una ley natural que los desarro- llos unilaterales (cerebrales, físicos o espirituales) se compensan, tarde o temprano, con frecuencia, de una manera patológica. "El hombre no es ángel ni bestia, y quien quiere hacer de ángel, termina hacien- do de bestia", Pascal1.
El texto señala especialmente la gran ventaja de una verdadera caridad fraterna para guardar la casti- dad con toda su frescura. Tenemos un solo corazón. El amor dado a los hermanos no se ha robado a Dios, es más bien su manifestación, su apoyo y la piedra de toque. Vuelvo a repetir: somos castos en la medida de nuestra capacidad concreta de amar, en acto y en verdad.
Esta castidad es exigente. Supone unas personas capaces de amar, suficientemente maduras desde el punto de vista humano.
"Puesto que la observancia de la continencia perfecta afecta íntimamente a las más profundas inclinaciones de la naturaleza humana, los candi- datos no harán profesión de la castidad ni serán admitidos sino después de haber sido suficiente-
1 Blaise Pascal, Pensées, n° 358, op. cit. La castidad religiosa no tiene exactamente la
misma óptica que el celibato sacerdotal, pero se le parece mucho en múltiples aspectos, sobre todo en sus condiciones prácticas de ejercicio:
" E s , pues, necesario que los religiosos, celo- sos por guardar fielmente su profesión, se fíen de la palabra del Señor y sin presumir de sus pro- pias fuerzas pongan su confianza en el auxilio divino y practiquen la mortificación y la guarda de los sentidos. No omitan tampoco los medios naturales, que favorecen la salud del alma y del cuerpo. Así, los religiosos no se dejarán impre- sionar por las falsas doctrinas, que presentan la continencia perfecta como imposible o como algo perjudicial al perfeccionamiento del hom- bre, y rechazarán, como por instinto espiritual, cuanto pone en peligro la castidad. Tengan pre- sente todos, sobre todo los superiores, que habrá mayor seguridad en la guarda de la casti- dad cuando reine en la vida de comunidad un verdadero amor fraterno" (Perfectae caritatis, 12b).
El religioso debe querer efectivamente la fidelidad a la castidad, apoyándose ante todo en el Señor con confianza y fe; pero también, con una sana concien- cia de su fragilidad, no debe exponerse a los peligros por presunción, y practicar la vigilancia, la oración y la ascesis de una vida sobria y sabia. Esta sabiduría debe incluir una higiene sana del alma y del cuerpo. Un hombre que tiene todos los elementos de su ser armoniosamente desarrollados e integrados, puede
LA FELICIDAD DE SER CASTO
mente probados y de haber logrado la debida madurez psicológica y afectiva. Y no sólo han de ser advertidos de los peligros que acechan con- tra la castidad, sino que se les formará de tal manera que abracen el celibato consagrado a Dios integrándolo como un bien de toda la per- sona" (Perfectae caritatis, 12c).
Hoy día nadie puede ignorar el lugar central de la sexualidad en la génesis y estructuración de la perso- nalidad. Constituye una de las grandes fuerzas vitales del hombre y no puede ser sencillamente reprimida de manera negativa, de modo que la castidad fuese la ausencia de vida sexual. La castidad, es más bien, una forma posible de la vida sexual, una manera de amar que debe integrar y unificar todas las fuerzas vitales de amor en el hombre. La castidad es el fruto de un amor que florece en un don de sí lo más total posible, de la forma más oblativa posible, a Dios y al prójimo. Esto presupone que la capacidad de amar ha evolucio- nado de manera más o menos normal y que las eta- pas de maduración psicológica2 han sido franqueadas
sin daños importantes. Os daréis cuenta de la circuns- pección de mis declaraciones. El plenamente "nor- mal" no existe más que en los libros. Cada uno de nosotros lleva algunas heridas; el caso es que la estructura de base de la personalidad sea lo suficien- temente sólida para asumir las lagunas inevitables, con la ayuda de la gracia. Hoy día lo que falla con más
2 Ver en Vers la maturité spirituelle, par un chartreux, Presses de la Renaissance, Paris 2002, el capitulo 3: "Maturité psycholoqi- q u e " .
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frecuencia es la madurez afectiva que suele estar incompleta. Esta afecta al corazón de una vocación contemplativa, pues la oración es una relación afecti- va con Dios. Y es bien conocido que la prueba decisi- va de la soledad cae en el ámbito de la afectividad, a nivel de corazón y de su capacidad en realizarse en el amor de Dios. La vitalidad y la fuerza de esta relación hacen posible asumir algunas pesadas desventajas en algunos casos. Es esencial el juzgar la línea de desarro- llo afectivo (positivo o regresivo), para evaluar las pro- babilidades de éxito de una vocación. Sin olvidar jamás el poder de curación incalculable del Espíritu Santo en una vida de fe y de oración en serio.
Me parece imposible establecer criterios absolutos en esta materia. Cada caso debe ser considerado en sí mismo en función de la gracia personal, de la estruc- tura y de la potencia de la personalidad, de su histo- rial. La gracia de la vida solitaria debe incluir un atrac- tivo y una capacidad para una relación de intimidad con Dios, vivida en la atmósfera de la fe, pero capaz de comprometer todo el corazón y su sensibilidad. La vida comunitaria exige la capacidad de entrar en rela- ciones fraternas, verdaderas y profundas, sin que por ello tengan necesidad de una expresión demasiado sensible o demasiado frecuente.
El Concilio insiste en que los novicios sean forma- dos para "que asuman el celibato consagrado a Dios integrándolo en el desarrollo de su personalidad". Como este desarrollo no se hace principalmente por la lectura de los libros -aunque sea esencial una for- mación suficiente-, sino por relaciones afectivas con otras personas, el candidato a la vida solitaria debe
LA FELICIDAD DE SER CASTO
haber adquirido, en principio, un cierto nivel de des- arrollo afectivo y una cierta autonomía de personali- dad. Se pueden recuperar algunas lagunas, pero los medios de que disponemos están limitados por nues- tro género de vida. Sin embargo, algunos factores muy precisos de madurez humana y espiritual, son las relaciones con el Padre espiritual y con los hermanos, si se viven en profundidad, comprometiéndose en ellas. El amor de Dios no puede ser una coartada para huir del riesgo y de la exigencia del encuentro con el prójimo. Para asumir su propia soledad en Dios, hay que saber encontrar y asumir la soledad del prójimo en el amor y el respeto. Escuela de humildad y de humanidad que dura toda la vida. Cristo en nosotros. A fin de cuentas, después de haber hecho lo que se ha podido, con la comprensión y los medios tan limitados puestos a nuestra disposición, hay que con- fiar en la vida y en el Señor para realizar un proyecto que está tan por encima de nuestras fuerzas - c o m o los padres ante el crecimiento de un ser nuevo y único. Nuestra fe en la sabiduría del Creador y en la acción del Espíritu de Cristo en cada corazón, nos impedirá querer fundir el crecimiento de este ser en nuestros moldes prefabricados, más hechos para nuestra seguridad que para ayudarle a él. Tenemos la obligación de decirle la palabra de nuestra tradición y de nuestra experiencia personal, que también son obras del Espíritu Santo; luego tenemos que dejar que esta Palabra germine en Él, en verdad, en el encuen- tro con su alteridad irreductible, con su libertad y su gracia, para que pueda dirigirnos una palabra nueva, que es él. Nosotros, los formadores, debemos ser bas-
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EL AMOR, FIN DE NUESTRA VIDA,
EN LOS "ESTATUTOS CARTUJANOS"
El amor es el sentido de nuestra vida. Venimos al desierto para responder a una invitación de la Santísima Trinidad, inspirada por el Espíritu Santo en nuestro corazón, para vivir un amor íntimo con Dios. Esta unión es una realización individual de la unión nupcial de Cristo y la Iglesia.
Todas nuestras observancias tienen como fin esta realización, ya que nos ayudan a acceder a esa pure- za de corazón, a esa mirada límpida, que tiene como promesa la visión de Dios.
La soledad es el lugar del encuentro prodigioso con el Verbo que habla en el silencio. La celda y la clausura protegen la llama preciosa de un amor que se eleva hacia el Señor en una oración lo más continua y profunda posibles.
El corazón que vive del Amor no puede dejar de abrirse de par en par a sus hermanos que son sus
LA FELICIDAD DE SER CASTO
1 Los Estatutos son la Regla seguida por los cartujos (N.d.E.).
2 Las citas seguidas de la sigla Est. están extraídas de los Estatutos renovados de la Orden de los cartujos, edición fuera de comercio (N.d.T).
6. EL AMOR, FIN DE NUESTRA VIDA, EN LOS ESTATUTOS
compañeros de camino, a toda la Iglesia y a la huma- nidad, a la medida del corazón de Cristo.
Únicamente bajo este punto de vista de conjunto puede situarse correctamente nuestra castidad consa- grada: una de las fuentes y una de las expresiones de esa pureza de corazón que nos une a Cristo y a nues- tros hermanos. Nuestra castidad es una cualidad de nuestro amor, su transparencia, su verdad, su fideli- dad.
No hemos entrado en la Cartuja por miedo a las mujeres o por aversión al matrimonio, sino por amor de Dios: para tener como ocupación principal, de nuestro espíritu y nuestro corazón, el buscarle, cono- cerle y amarle; de nuestra voz, el cantar su alabanza; de todas nuestras fuerzas, el servirle.
Vamos a repasar todos los Estatutos cartujanos
renovados^ con la óptica del amor. En él, el amor está
presente en todas partes. Todo está juzgado por el amor.