"Los monjes que alabaron la soledad quisie- ron dar testimonio del misterio cuyas riquezas experimentaban, y que sólo los bienaventurados conocen plenamente. Allí se lleva a cabo un gran misterio, esto es, de Cristo y de la Iglesia, cuyo eminente ejemplar lo encontramos en María Santísima; el cual está también enteramente oculto en toda alma fiel, y la soledad tiene la vir- tud de revelarlo más profundamente" (Est. 0.2.1).
El empeño y propósito nuestros son principal- mente vacar al silencio y soledad de la celda. Ésta es, pues, la tierra santa y el lugar donde el Señor y su siervo conversan a menudo como entre ami- gos; donde el alma fiel se une frecuentemente a la Palabra de Dios y la esposa vive en compañía del Esposo; donde se unen lo terreno y lo celestial, lo humano y lo divino" (Est. 1.4.1 y 2.12.1).
"Feliz quien anhela permanecer solitario en el silencio" (Est. 1.4.5).
La oración
En la oración Dios habla a nuestro corazón.
"Dios nos ha traído a la soledad para hablar- nos al corazón. Sea, pues, nuestro corazón como un altar vivo, del que suba continuamente ante el Señor una oración pura, por la cual deben ser impregnados todos nuestros actos" (Est. 1.4.11).
"Quien persevera firme en la celda y por ella es formado, tiende a que todo el conjunto de su vida se unifique y convierta en una constante oración. [...] Así, purificado por la paciencia, con- solado y robustecido por la asidua meditación de las Escrituras, e introducido en lo profundo de su corazón por la gracia del Espíritu, podrá ya no sólo servir a Dios, sino también unirse íntima- mente a É l " (Est. 1.3.2).
"Para alabanza de Dios, [...] entregados a la quietud de la celda y al trabajo, ofrezcámosle un culto incesante para que, santificados en la ver- dad, seamos los verdaderos adoradores que busca el Padre" (Est. 4.34.5).
" E s muy provechoso, ciertamente, que el novicio se dedique al estudio y al trabajo manual; pero no basta que el solitario esté ocu- pado en su celda y persevere laudablemente así hasta la muerte; necesita, además, otra cosa: el espíritu de oración y plegaria. Faltando el vivir con Cristo y la íntima unión del alma con Dios, de poco servirá la fidelidad en las ceremonias y la misma observancia regular, y nuestra vida se podría justamente comparar a un cuerpo sin alma. Por consiguiente, nada tenga más en el corazón el Maestro que inculcar este espíritu y acrecentarlo con discreción, para que los novi- cios después de su Profesión se acerquen cada día más a Dios y consigan el fin de su vocación" (Est. 1.9.5).
LA FELICIDAD DE SER CASTO 6. EL AMOR, FIN DE NUESTRA VIDA, EN LOS ESTATUTOS
3 Cf San Bruno, Carta a Raúl le Verd, 6. " C o m o nuestro Instituto está ordenado
enteramente a la contemplación, hemos de guardar fidelísimamente nuestra separación del mundo [...] a fin de cumplir nuestra propia misión dentro del Cuerpo Místico. Mantenga Marta su ministerio, laudable ciertamente, [...] pero permita a su hermana que, sentada junto a los pies del Señor, se dedique a contemplar que Él es Dios, a purificar su espíritu, a adentrarse en la oración del corazón, a escuchar lo que el Señor le diga en su interior; y así pueda gustar y ver un poquito, como en un espejo y confusa- mente, cuan bueno es el Señor, mientras ruega por su hermana y por todos los que se afanan como ella" (Est. 1.3.9).
La clausura
La clausura guarda la llama de nuestra oración. Es el pudor de nuestra elección y su protección.
"Desde los principios de nuestra Orden se pensó que, mediante el estricto rigor de la clau- sura, se expresaría y afirmaría nuestra total con- sagración a Dios" (Est. 1.6.1).
"No se puede admitir dentro de la clausura a mujeres. [...] La confesión y dirección espiritual de las mujeres está también prohibida" (Est. 1.6.1.3 y 14).
"El rigor de la clausura se convertiría en una observancia farisaica, si no fuera un signo de aquella pureza de corazón a la que únicamente
se promete la visión de Dios. [...] Nuestra parte es permanecer ocultos en el secreto del rostro de Dios" (Est. 1.6.4; cf 2.13.1).
La castidad
La pureza de corazón, bajo el aspecto de castidad, está descrita en los Estatutos con los mismos términos empleados en los documentos del Concilio Vaticano II. Ya hemos comentado las ideas principales sobre ello.
"Recuerden los monjes que la castidad por el Reino de los Cielos que profesan, ha de esti- marse como don eximio de la gracia, pues libera de modo singular su corazón para que más fácil- mente puedan unirse a Dios con amor indiviso. De este modo, evocan aquel maravilloso connu- bio, fundado por Dios y que ha de revelarse ple- namente en el siglo futuro, por el que la Iglesia tiene por Esposo único a Cristo. Es, pues, menes- ter que, empeñados en guardar fielmente su vocación, crean en las palabras del Señor y, con- fiados en el auxilio de Dios, no presuman de sus propias fuerzas y practiquen la mortificación y la guarda de los sentidos. Confíen también en María, quien por su humildad y virginidad mere- ció ser la Madre de Dios" (Est 1.6.15).
El fruto de esta pureza de corazón en su relación con la contemplación, está bellamente descrito en el párrafo siguiente3:
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"Aquí [en la soledad y el silencio del desier- to] se adquiere aquel ojo limpio, cuya serena mirada hiere de amor al Esposo y cuya limpieza y puridad permite ver a Dios. [...] Aquí concede Dios a sus atletas, por el esfuerzo del combate, la ansiada recompensa: la paz que el mundo ignora y el gozo en el Espíritu Santo" (Est. 1.6.16).