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La visión de los Padres griegos

In document La Felicidad de Ser Casto (página 32-36)

Las nuevas ideas introducidas por Orígenes volve- rán a ser estudiadas, ampliamente y sintetizadas por los Padres griegos (Metodio, Olimpo, san Gregorio de Nicea, san Juan Crisóstomo, etc.) en el siguiente marco doctrinal:

" L a virginidad, por su renuencia a las cosas de la carne manchada por el pecado, es en cier- to modo la restauración del primer estado del hombre antes de su caída, estado en el que la unión del hombre y la mujer estaba orientado esencialmente hacia una significación trascen- dente: Cristo y la Iglesia. Esta tipología es lo más elevado que existe en esta unión. Al romper la

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línea de su elevación, manchándose con el peca- do, el hombre se hizo incapaz de continuar la prolongación de esta figura, que únicamente volverá a adquirir una cierta relevancia por

medio del sacramento. Pero la pureza primitiva, la ha conservado Dios para otras bodas, para aquellos a los que se les sea concedido apartar de sus vidas la imagen primitiva herida por el pecado, y que celebran directamente las bodas eternas, sin pasar por la figura empañada desde entonces. Esta concepción grandiosa formará la trama de todos los desarrollos doctrinales de la virginidad entre los Padres antiguos"5.

Para Gregorio de Nisa, el designio primitivo de Dios era que, si el hombre no hubiera pecado, nos- otros no naceríamos de la unión carnal, sino de un modo misterioso de propagación, parecido al de la propagación de los Ángeles, que él admite existir (y que santo Tomás y los escolásticos no lo admitirán: el ángel es un espíritu puro, no puede multiplicarse). La virginidad es, pues, fijándonos en nuestro estado car- nal, "la primera etapa en el camino de retorno al Paraíso, así como el matrimonio ha sido la última que nos ha alejado de la vida paradisíaca".

Tenemos que vernos aquí, con una antropología de inspiración claramente platónica, centrada en esa otra humanidad que era la del hombre antes de su caída. Santo Tomás de Aquino y la teología occidental la rechazarán sin paliativos. Santo Tomás admite sin

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dudar la generación por la unión de los sexos en el Paraíso terrenal, si es que hubiese tenido lugar, con mucha más razón, nos dice, ya que la pureza de la naturaleza hubiera sido absoluta. En una palabra, santo Tomás admite al hombre tal cual es, en su reali- dad encarnada concreta.

No nos detengamos en lo que nos parece discuti- ble en la formulación teórica del pensamiento de los Padres; intentemos unirnos a ellos en la vivencia espi- ritual de su aspiración hacia Dios.

" E s monje el que imita, en un cuerpo terre- no y miserable, el estado y la vida de los que no tienen cuerpo (los ángeles)" (san Juan Clímaco, La escala santa, primer grado, 10).

"Aunque los monjes sigan siendo hombres, amasados de carne y sangre, sujetos a las nece- sidades de una naturaleza mortal, su pureza los hará aptos para actuar "como si no tuviesen cuerpo" ... "son poco más o menos, como seres incorpóreos" (san Juan Crisóstomo).

" L a virginidad muestra en un cuerpo mortal las primicias de la resurrección" (san Gregorio Nacianceno).

'"Parecido a los querubines y serafines, el monje debe ser todo ojos', dice el abad Besarión. Por medio de una oración y una con- templación lo más continua posible, el monje 'circula por las alturas', el único mundo real, el de Dios y los ángeles" (san Gregorio de Nisa).

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"El monje es llamado monje, porque habla con Dios día y noche, y sólo piensa en las cosas de Dios, ya que no posee nada en la tierra" (Macario el Viejo).

" S i ambicionas la oración, renuncia a todo para obtener todo" (Evagrio, Oración, 36).

Los occidentales utilizan un lenguaje parecido:

"Vuela en espíritu al Paraíso: comienza a ser ahora lo que serás más tarde" (san Jerónimo).

"El monje debe 'vivir en la carne como si él no viviera'" ("vivere angelice, in carne sine carne") (san Jerónimo).

"Los ángeles no serían nada si no Te viesen" ("Nihil sunt angelí, nisi videndo te") (san Agustín, sobre el salmo 34, 13).

"Para los demás servir a Dios, para vosotros adheriros a El. Para los demás la fe en Dios, la ciencia, el amor y la reverencia. Para vosotros el gusto, la inteligencia, el conocimiento, el g o z o " (Guillermo de Saint-Thierry, Carta a los herma- nos de Mont-Dieu, II, 5).

La idea de una "vida angelical" en la tierra -sobre todo después de la frase de Pascal: "quien quiere

hacer de ángel, termina haciendo de b e s t i a "6- puede

no gustar al espíritu moderno, y nos parece ambigua. Podría ser mal comprendida, ciertamente, en el senti- do de un angelismo desencarnado que quisiera negar

6 Blaise Pascal, Pensées, n° 358 (édition Brunschvicg).

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la dimensión carnal y sexual del hombre. Para com- prender correctamente la intención de Orígenes y demás Padres apostólicos, tendríamos que tener su fe ardiente siempre dirigida hacia Cristo que viene. No querían negar la naturaleza encarnada del hombre, sino afirmar su capacidad y su vocación teologales: conocer, amar y alabar a Dios, y de este modo partici- par de su beatitud.

El mundo moderno tiende e invita, con exceso y con una óptica limitada a esta vida, a considerar la realidad según su dimensión puramente humana y natural. No cabe duda que la religión cristiana es la religión de la Encarnación. Cristo ha asumido nuestra carne y ha consagrado nuestra realidad carnal, pero no para permanecer siempre aquí abajo y fundar un reino terreno (el sueño ilusorio del milenarismo), sino para llevarnos con Él a su reino celestial. "Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis tam- bién vosotros" (Jn 14, 2-3), dice Jesús.

La Ascensión corona la Encarnación. Cristo resuci- tado nos abre la puerta del reino de Dios y nos intro- duce cerca del Padre. Tenemos "una morada eterna que no está hecha por la mano del hombre y que está en los cielos". La vida cristiana está atravesando por un movimiento de ascensión: "Sursum corda" ("arri- ba los corazones"). No es que salga de este mundo, sino que lleva toda la realidad creada, por la fuerza de su deseo, hacia una consumación más allá de sí misma, en Dios. Nuestro corazón está hecho para Dios y no halla verdadero descanso fuera de él.

4. LA CASTIDAD EN LA TRADICIÓN DE LA IGLESIA

A los Padres griegos les gustaba expresar esto, con un acento nostálgico, como un retorno al Paraíso terrestre perdido, en el cual veían una imagen del

Paraíso definitivo del cielo. Nosotros miramos mejor hacia el porvenir (ya lo hacía san Agustín), hacia un final que se construye poco a poco en el tiempo, pero el término sigue siendo el mismo: el Reino de Dios definitivamente establecido en la Parusía, el retorno de Cristo.

Este deseo atraviesa toda la historia cristiana. San Ignacio de Antioquía expresa esta impaciencia por unirse al Señor, aunque sea al precio del martirio:

"Busco a Aquel que murió por nosotros. Quiero a Aquel que resucitó por nosotros. El momento en que voy a ser dado a luz es inmi- nente. Por favor, hermanos, dispensadme. No me impidáis nacer a la vida, no busquéis que muera. No entreguéis al mundo ni a las seduc- ciones materiales al que quiere ser de Dios. Dejadme alcanzar la luz pura; entonces seré ver- daderamente hombre" (San Ignacio, Ad. Rom., 6, 1-2).

"Seré verdaderamente hombre"

Ése es el verdadero humanismo: llegado a la luz pura seré verdaderamente hombre. La medida del hombre es Cristo; la verdadera vida es la vida eterna, vida que está más allá de nuestras fuerzas naturales, pero que es la única que puede satisfacer nuestras aspiraciones íntimas. Esta vida está en nosotros por la

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gracia del bautismo y se desarrolla con todo su vigor para que nos adaptemos a ella y nos conduzca a su plenitud. El cristiano es esencialmente un viajero, un peregrino en la tierra. Va hacia su patria. No desprecia las realidades y las obras de este mundo, pero las vive y se sirve de ellas en la medida en que le ayudan a ten- der a su fin. Su ascesis no se comprende mas que a nivel místico, como un amor preferencial por Dios, una prisa por unirse a Él. Quizá, más que cualquier otro, es sensible a la belleza creada, ya que en ella entrevé la Belleza increada. Todo en él tiende hacia el Amor, no desprecia el amor humano, ni el matrimonio - a l contrario- pero quiere captarlos en su fuente eter- na. Según distintos puntos de vista, su actitud es grandeza o locura. ¡Seamos, al menos, grandes locos! Incluso, aunque Dios no existiese, me parece que val- dría la pena esa locura.

Esto es lo que nos enseña el viejo tema de la vida angélica. El ángel vive continuamente de cara al Señor, lo ama, lo alaba, lo sirve. El hombre, en Cristo, debe hacer lo mismo. No es la naturaleza sino la voca- ción de los ángeles lo que se propone a los cristianos: una vocación de pureza, de santidad, para estar uni- dos a Dios, verle, contemplarle, servirle, alabarle.

Eso no se hace por sí solo. El hombre está herido por el pecado, necesita ser curado. El monje utiliza todo un conjunto de medios bastante radicales para restablecer en él esa pureza de corazón, de la cual la castidad es únicamente una expresión (que no debe aislarse), a fin de poder amar a Dios con todo su cora- zón, con toda su alma, con todo su espíritu, y a su prójimo como a sí mismo. Estos medios incluyen: la

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4. LA CASTIDAD EN LA TRADICIÓN DE LA IGLESIA

vida solitaria, que separa del mundo; la sobriedad que usa con parsimonia y no hace ningún caso de las riquezas y honores de este mundo; la castidad, que libera el corazón; los ayunos, las vigilias, el trabajo, que tienden a liberar el cuerpo; la humildad, la obe- diencia, la oración, la contemplación de las cosas de Dios, el culto divino, la práctica constante de la ca- ridad.

En la medida en que todo en él está en armonía con el Espíritu de Dios, en que el orden de la caridad reina en su corazón, el monje, que entonces es verda- deramente " u n o " , da testimonio de la existencia de la vida futura, no con palabras, sino mostrándola e inau- gurándola por la transformación de su propio espíritu, de su propio corazón, y hasta de su cuerpo. Vive ya la vida del Paraíso; la vida futura está muy cerca, detrás de un velo. El paso de este mundo al otro no será más que la revelación plena de lo que ya es.

"Levántate, amada mía, hermosa mía y vente. Porque, mira, ha pasado ya el invierno, han cesado las lluvias. Aparecen las flores en la tierra, el tiempo de las canciones ha llegado" (Ct 2, 10-12).

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