Ya he dicho que es muy difícil examinar en profundidad a las personas malas, porque por naturaleza evitan la luz. Negando su imperfección, los malos escapan al mismo tiempo del examen de sí mismos y de todas las situaciones en que pueden ser examinados de cerca por otros. Pero en este capítulo describiremos a una mujer que, si bien era aparentemente mala en cierta medida, a pesar de ello se sometió a una prolongada psicoterapia psicoanalítica.
Aunque poco frecuente, este caso no es el único. Yo mismo he intentado tratar a otro paciente así y he supervisado a terapeutas que trabajan con casos notablemente parecidos. En todos los tratamientos, aunque prolongados, resultaron un fracaso.
No es divertido fracasar. Pero puede enseñar mucho: en el campo de la psicoterapia y en el resto de la vida. Probablemente aprendemos más de nuestros fracasos que de nuestros éxitos. Por cierto que ningún paciente me enseñó tanto en mi vida como la que voy a describir. Espero que también les sirva a otros. Examinando problemas tales como por qué acudió al tratamiento en primer lugar, por qué persistió en seguirlo durante unas cuatrocientas sesiones, y por qué el tratamiento no le hizo el más mínimo efecto, tal vez finalmente podamos llegar a una profundidad de comprensión que nos ayude a curar a las Charlenes de este mundo.
AL COMIENZO, LA CONFUSIÓN
Al comienzo no había nada que marcara Charlene como particularmente insólito. Vino a verme a los treinta y cinco años de edad por una depresión que había seguido a la ruptura con su novio. La depresión no parecía grave.
Era una mujer menuda y bastante atractiva, pero no una belleza notable. Tenía sentido del humor y sin duda era muy inteligente. Pero era evidente que sacaba puntaje bajo en el juego de la vida. Por razones que al principio eran vagas había fracasado repetidamente en una universidad poco exigente. Sin embargo, un año después de estar a prueba como voluntaria, fue contratada por su iglesia episcopal como directora de educación religiosa. Seis meses después el rector la echó. Ella atribuyó esto a un capricho. Pero el modelo siguió repitiéndose. Perdió siete empleos más antes de conseguir uno como operadora telefónica, que era el que tenía cuando vino a verme. Del mismo modo, su rompimiento con su novio era sólo el último eslabón en una cadena continuada de relaciones sentimentales fracasadas. En realidad, Charlene no tenía ningún amigo verdadero.
Sin embargo, la gente comienza la terapia generalmente por uno u otro tipo de falencia, y, aunque muy marcada, la falta de éxito de Charlene distaba de ser única. Yo no me imaginaba que Charlene se convertiría en la paciente más “condenada” con la que yo haya trabajado.
Explorando su historia, descubrí que Chaulene no se hacía muchas ilusiones con respecto a sus padres. Excepto bastante dinero, aparentemente no era mucho lo que le habían dado. Preocupado por la riqueza que había heredado, el padre se mantuvo totalmente alejado del cuidado de Charlene y de su hermana menor, Edith. Su madre, una episcopal fanática que estaba todo el tiempo mascullando las pajabras de Jesús, expresaba sin tapujos el odio que le tenía a su marido. “Si no fuera por ustedes, chicas, hace rato que lo habtia dejado”, les decía por lo menos una vez por semana. “Ya lo creo”, comentaba irónicamente Charlene, “hace diez años que Edie y yo nos fuimos de casa y ella todavía no se ha ido”.
Edie se había vuelto lesbiana. Charlene se consideraba bisexual. A Edie te iba bien en su trabajo en un Banco pero no era feliz. Siempre que consideraba tener un problema, Charlene
culpaba a sus padres sin ningún reparo. “Realmente nos jodieron... mi padre enamorado de sus acciones y sus bonos y mi madre con sus gases y su libro de oraciones”. Por cierto que sus padres parecían desamorados, hasta repelentes y malvados.
Pero muchísimos pacientes tienen padres malvados. Tampoco la infrecuente fe religiosa de Charlene la distinguía. Después de que la echaron de su trabajo entró gradualmente en una especie de culto que proclamaba una mezcolanza de teología hindú, budista, cristiana y esotérica, junto con una creencia en las vibraciones de amor de la meditación. Pero de esos cultos hay millares y éste no parecía estimular el fanatismo ni la dependencia. Era bastante natural que se enrolan en él en vista del mal uso que su madre hacía del cristianismo y la furia de Charlene contra el rector que la había echado.
Lo que distinguía a Charlene, sin embargo, era mi confusión en relación con ella.
En general, después de cinco o seis horas de terapia con un paciente, los psiquiatras tienen al menos una comprensión superficial del problema del paciente. Al menos habrá un diagnóstico aproximado. Después de cuarenta y ocho sesiones con Charlene yo todavía no tenía ni la más leve idea de qué era lo que le pasaba. Rendía poco para lo que podía esperarse de ella, cierto. Pero no se sabía por qué.
Frustrado, repasé mentalmente una lista de categorías diagnósticas y le hice preguntas muy específicas. Me preguntaba, por ejemplo, si Charlene no tendría una neurosis obsesivo- compulsiva, y la interrogué sobre todos los posib1es síntomas de esta neurosis, como el comportamiento ritualista. Charlene comprendía perfectamente. Con considerable entusiasmo describió varios rituales que había practicado en la primera época de su adolescencia, una época común, casi normal para ese tipo de conducta. Arreglaba los objetos en su habitación en cierta forma y en ciertas secuencias para poder sentirse cómoda e irse a dormir por las noches. De chica le habían contado que en el ejército, los soldados debían hacer sus camas tan estiradas que el sargento de instrucción pudiera hacer saltar una moneda en ellas. Así que, todas las mañanas, cuando tenía trece y catorce años, Charlene hacía saltar una moneda sobre su cama, siempre an- tes de lavarse los dientes. “Pero a los quince años”, agregó, “me di cuenta de que estas cosas eran una pérdida de tiempo y simplemente dejé de hacerlas. Desde entonces no tuve más rituales”. De manera que quedé frustrado otra vez. Y seguí frustrado. Pasaron treinta y seis sesiones más hasta que tuve la primera insinuación del carácter de Charlene.
Un día, después de nueve meses de terapia, cuando Charlene me entregó un cheque por el pasado mes de terapia, observé que correspondía a un Banco diferente.
—¿Cambió de Banco? —le pregunté distraídamente. Charlene asintió.
—Sí, tuve que cambiar.
—¿Tuvo que cambiar? —Me puse alerta.
—Sí, me quedé sin cheques.
—¿Se quedó sin cheques? —repetí sin entender.
—Sí. ¿No se dio cuenta? —por el tono de voz, Charlene parecía algo enojada. —Cada cheque que le he dado tiene un diseño diferente.
—No, no lo noté —admití—. Pero, ¿que tiene que ver eso con cambiar de Banco?
—Usted no es muy rápido, ¿eh? —replicó Charlene—. Me quedé sin nuevos diseños en mi Banco anterior, de modo que tuve que abrir otra cuenta para tener nuevos diseños.
Más confundido que nunca, pregunté: —¿Por qué tiene que usar un diseño diferente cada vez?
—Porque es una ofrenda de amor.
—¿Una ofrenda de amor? —repetí otra vez, desconcertado.
—Sí. Cada vez que hago un cheque para alguien, me pregunto cuál es su diseño particular en ese momento. Es una cuestión de vibraciones. A través del amor me sintonizo con sus vibraciones y entonces elijo. Pero no me gusta dar a la misma persona el mismo diseño más de una vez, y mi Banco anterior sólo tenía ocho diseños diferentes. En realidad, es por usted que tuve que cambiar de Banco, porque éste es el noveno cheque que le entrego. De todos modos tenía que cambiar por la compañía de electricidad. Pero ellos son más impersonales. No es fácil sacarles vibraciones. Yo estaba estupefacto. Tal vez debería haber hablado del tema del “amor” allí mismo. Pero estaba invadido por lo extraño de esta interacción menor pero repetitiva.
—Suena un poco como un ritual —fije lo mejor que se me ocurrió decir. Sí, supongo que usted lo llamaría ritual.
—Pero yo pensaba que usted no tenía rituales.
Ah, yo tengo un montón de rituales —contestó alegremente Charlene.
Y los tenía. En las sesiones siguientes me habló de docenas de rituales. Casi todo lo que hacía estaba relacionado, de una manera u otra, con un ritual. Ahora estaba clarísimo que Charlene tenía realmente una forma de desorden obsesivo-compulsivo.
—Si tiene docenas de rituales —le dije—, ¿cómo es que cuando le pregunté por los rituales hace cuatro meses me dijo que no tenía?
—Sencillamente no tenía ganas de contarle. Tal vez no tenía suficiente confianza en usted. —Pero me mentía.
—Por supuesto.
—¿Me paga cincuenta dólares la sesión para que la ayude y luego me miente de manera que yo no sepa cómo ayudarla?
Charlene me miró con aire jocoso.
—Por cierto que no pienso decirle nada hasta que usted esté preparado para saberlo.
Ahora que había “confesado’’ sus rituales, esperaba que Charlene se mostrara más abierta en nuestro trabajo, y yo, consecuentemente, me sintiera menos confundido. Pero no fue así. Sólo gradualmente empecé a darme cuenta de que ella era una “persona de la mentira”. Aunque du- rante los meses y años que siguieron Charlene reveló, sin querer, algún aspecto de sí misma, siguió siendo en gran medida enigmática. Y yo seguí confundido. Que era lo que ella quería. Hasta el fin siguió reteniendo información, aunque sólo fuera para seguir controlando ella el espectáculo. Y mientras profundizaba mi conocimiento de ella, también mi asombro ante la dificultad básica de comprenderla se hacia más profundo.
DE UNA MANERA O DE LA OTRA: NIÑO O ADULTO
Poco después de revelar sus rituales, Charlene comenzó a revelar algo más: su intenso deseo de mí.
Al principio esto no me sorprendió. Yo le tenía cariño a Charlene. Cumplía con sus citas y las pagaba religiosamente, en apariencia por un auténtico deseo de crecer. Yo estaba muy
dispuesto a corresponder a sus esfuerzos con los míos. Todo lo que decía, todo lo que le sucedía, era interesante e importante para mí. Es natural que un paciente, en respuesta a la atención continuada, desee románticamente al terapeuta (o la terapeuta) si es del sexo opuesto. Esto
sucede especialmente cuando el paciente nunca pudo, durante la infancia, superar el complejo de Edipo.
Todos los niños sanos experimentan deseo sexual: los varones por la madre y las niñas por el padre. Este deseo generalmente alcanza un pico a los cuatro o cinco años y se lo llama dilema edípico. Coloca al niño en una difícil situación. El amor romántico de una criatura por su padre o madre es un amor sin esperanzas. El chico dirá a su madre (o la chica a su padre): “Sé que dices que no puedes acostarte conmigo porque soy chico, pero mira cómo me comporto como un adulto y cambiarás de idea”. Sin embargo, esta comedia de la adultez requiere enorme energía, y finalmente el chico no puede sostenerla. Se siente agotado. La resolución del complejo ocurre finalmente cuando el chico, agotado, acepta la realidad de que es un chico y que no puede—y ya no desea— tomar la apariencia de un adulto. Al hacerlo el chico se da cuenta de que no puede repicar y andar en la procesión: no puede poseer a su madre sexualmente ya la vez ser un chico. Por lo tanto, elige las ventajas de ser un chico y renuncia a su prematura sexualidad. 42 El dilema
edípico se ha resuelto.
Todos suspiran con alivio, en especial el chico, que demuestra sentirse más feliz y más tranquilo.
En psicoterapia, el adulto que no ha podido superar el dilema de Edipo cuando niño deberá seguir el mismo proceso en relación con el terapeuta en la edad adulta. Tendrá que aprender a renunciar al terapeuta como objeto de amor romántico, sexual, y acomodarse a ser el hijo del te- rapeuta en un nivel simbólico. Una vez que esto ocurre las cosas funcionan bien. El paciente puede aflojarse y disfrutar de los cuidados parentales del terapeuta. Sin impedimentos, podrá absorber la sabiduría y el amor del terapeuta.
Pero las cosas no fueron así entre Charlene y yo.
El primer indicio que tuve de que esta etapa del tratamiento no andaba bien fue el creciente rechazo que comencé a experimentar hacia ella. Esto era alga muy poco frecuente en mi
experiencia. Cuando una paciente atractiva me desea, mi problema habitual es cómo hacer para no responder de la misma manera. Tengo mis propios sentimientos y fantasías sexuales con ella y debo asegurarme de que no interfieran en mi juicio y en mi compromiso con el rol terapéutico. Por cierto que, en general, no tengo problemas en querer a los pacientes que me confían su amor.
Pero con Charlene era otra cosa. Yo no tenía fantasías sexuales positivas con ella. Al contrario, la idea de una relación sexual con ella concretamente me daba náuseas. Hasta la idea de tocarla sin connotaciones sexuales me provocaba un ligero malestar. Y la cosa no mejoraba. Cuanto mis tiempo pasaba, más claro se hacia mi deseo visceral de mantener la distancia con ella.
Tal vez mi creciente sentimiento de rechazo no era primariamente una respuesta sexual. Además, yo no era el único que lo sentía. Otra paciente, una mujer muy perceptiva e inteligente, comenzó una sesión diciéndome:
—Esa señora que siempre viene en la hora anterior a la mía... Asentí. Se refería a Charlene.
—Bueno, me da escalofríos. No sé por qué… ni siquiera he hablado nunca con ella. Entra en el vestíbulo, toma su abrigo y se va. Jamás me ha dicho una palabra, pero me da escalofríos.
—Tal vez porque es muy seca —sugerí.
42 Una de las razones por las que el complejo de Edipo es tan importante en psiquiatría es que generalmente los adultos que no lo han resuelto tienen gran dificultad en cumplir con muchos de los renunciamientos que se requieren para las buenas adaptaciones en la edad adulta. Todavía no han aprendido que no pueden repicar y andar en la procesión
—No… yo prefiero no hablar con sus otros pacientes. Es otra cosa. Es como si... bueno, no sé cómo decirlo… es como si hubiera algo malo en ella.
—No hay nada raro en su aspecto, ¿verdad? —le pregunté, fascinado.
—No, no hay nada fuera de lo común. Viste bien. Hasta podría ser una profesional. Pero hay algo en ella que me pone la piel de gallina. No sé decir exactamente qué es. Pero si alguna vez he visto a alguien que parece malo, es esa mujer.
No sé si mi sentimiento de rechazo en las sesiones era sexual o no, pero la conducta sexual de Charlene en las sesiones era extraordinaria. Generalmente, cuando una paciente experimenta afecto por mí se muestra tímida, incluso reservada al principio. Chariene no. Ella, que ha- bitualmente me escondía información, anunciaba a los cuatro vientos su intento de seducirme.
—Usted es frío —me dijo con tono acusador—. No sé por qué no quiere abrazarme.
—Tal vez la abrazaría si necesitara consuelo —respondí—, pero me parece que su deseo de que la abrace es sexual.
—Usted y sus sutilísimas distinciones... —exclamó Charlene—. ¿Qué diferencia hay entre que yo desee un consuelo sexual o de algún otro tipo? En los dos casos necesito consuelo.
—Usted no necesita una relación sexual conmigo —le expliqué una y otra vez—. Puede tenerla con cualquiera. Usted me paga por otro tipo de atención más especial.
—Bueno, creo que usted no siente ningún afecto por mí. Es frío y distante. No es cariñoso. No veo cómo va a poder ayudarme si ni siquiera siente cariño por mí.
Yo mismo empezaba a preguntármelo. Charlene siempre hacía que me preguntara si yo era el terapeuta adecuado para ella.
Había también algo ilícito, rastrero, invasor en el deseo que Charlene sentía por mí. En verano venía temprano a las sesiones y se sentaba en el jardín. Si me hubiera pedido permiso para hacerlo, no creo que se lo habría negado. Me gusta que la gente disfrute de las flores que mi mujer y yo cultivamos como hobby. Pero Charlene nunca preguntó. Varias noches, cuando no tenía sesión, miré por la ventana y vi a Charlene sentada en su auto estacionado frente a mi casa, escuchando la radio bajito en la oscuridad. Daba miedo. Cuando le pregunté sobre esto contestó tranquilamente: —Usted sabe que es el hombre que amo. Es natural querer estar cerca de la persona a quien se ama.
Un día que no tenía sesión entré en nuestra biblioteca y encontré a Charlene sentada, leyendo uno de mis libros. Le pregunté qué hacía allí.
—Esto es una sala de espera, ¿verdad? —dijo.
—Es una sala de espera cuando usted tiene sesión —respondí—. Cuando no estoy atendiendo pacientes, es una habitación privada de mi casa.
—Bien, para mí es una sala de espera —dijo Charlene, perfectamente cómoda—. Si tiene el consultorio en su casa debe de estar dispuesto a perder algo de su privacidad.
Después de asegurarme de que no tenía ninguna razón válida para verme, prácticamente tuve que ordenarle que se retirara. Más que en ningún otro momento de mi vida, sentí personalmente lo que debe ser para una mujer recibir avances no deseados e incluso temer una violación. En efecto, dos veces al final de una sesión, Charlene realmente pretendió abrazarme y tuve que apartarla de un empujón.
Una de las principales razones de que los niños no puedan resolver el complejo de Edipo satisfactoriamente es el no haber recibido suficiente amor y atención de sus padres anta de los cuatro años de edad, en la etapa llamada pre-edípica. Resolver el dilema edípico es como
construir la planta baja de una casa. Simplemente no se puede hacer si primero no se han colocado los cimientos. Muchas señales indicaban que Charlene había carecido de afecto desde el comienzo. Su madre era evidentemente una mujer incapaz de dar nada. Charlene no tenía ningún recuerdo de que su padre o su madre la hubieran abrazado alguna vez. A menudo soñaba con pechos. Seguía ritualmente las extrañas leyes dietéticas de su culto, con el resultado de que siempre estaba buscando extrañas comidas orgánicas, y cuando cenaba con otros siempre comía algo diferente, algo especial. En términos psicoanalíticos el problema más básico de Charlene no era su complejo de Edipo sin resolver, sino un estado de fijación oral pre-edípico.
Las ansias de Charlene de tocarme y de que yo la tocara eran, en realidad, un deseo de cuidados maternos: los cálidos mimos sin ataduras que nunca había recibido. Yo experimentaba su deseo de tocar como algo repulsivo y amenazante. ¿Pero no era precisamente lo que ella necesitaba hasta la desesperación? Para curarla, ¿no debería hacer la misma cosa que me provocaba tanto rechazo? ¿No debería yo haber sentado a Charlene en mi falda, haberla