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7 EL PELIGRO Y LA ESPERANZA

In document Peck, Scott - El Mal y La Mentira (página 162-172)

LOS PELIGROS DE UNA PSICOLOGIA DEL MAL

Hay una variedad de razones por las que todavía no hemos desarrollado una psicología del mal. La psicología es una ciencia muy joven todavía, y no puede esperarse que haya logrado todo en su breve existencia. Sin embargo, como es una ciencia, incluye el respeto por un pensamiento libre de valores y una desconfianza de los conceptos religiosos tales como el concepto del mal. Y además, sólo recientemente la mayoría laica de la sociedad se ha preocupado seriamente por las manifestaciones sociales del mal. La esclavitud fue abolida hace un siglo. Los castigos corporales a los niños eran cosa aceptada hasta la generación actual.

Pero tal vez la razón más importante de que no hayamos examinado científicamente el fenómeno del mal es el temor a las consecuencias. Tenemos buenas razones para tener miedo. Hay peligros reales inherentes al desarrollo de la psicología del mal. Este libro se ha escrito suponiendo que estos peligros son menores que los de no desarrollar una psicología del mal. Sin embargo, cualquiera que desee participar en la tarea de someter el fenómeno del mal al escrutinio de la ciencia debe comenzar por considerar en profundidad que esta tarea, en sí misma, tiene potencial para causal el mal.

EL PELIGRO DEI JUICIO MORAL

Como hemos señalado, es característico de los malos juzgar a los demás como malos. Incapaces de reconocer su propia imperfección, tienen que explicar sus defectos culpando a otros. Y, si es necesario, hasta destruirán a los otros en nombre de la virtud. ¡Con cuánta frecuencia lo hemos visto: en el martirio de los santos, la Inquisición, el Holocausto, MyLail! Lo bastante a menudo como para que cada vez que culpemos a otros de ser malos, es posible que nosotros mismos seamos quienes estamos cometiendo el mal. Hasta los ateos y los agnósticos creen en las palabras de Cristo: “No juzguen, para no ser juzgados”. 73

El mal es un juicio moral. Propongo que puede ser también un juicio científico. Pero hacer el juicio científicamente no lo sacará de la esfera moral. La palabra es peyorativa. Ya sea que llamemos malo a un hombre sobre la base de la pura opinión o de un test psicológico estandarizado, de todos modos estamos haciendo un juicio moral. ¿No seria mejor que evi- táramos hacer cualquiera de las dos cosas? La ciencia es bastante peligrosa. El juicio moral es bastante peligroso. ¿Cómo nos atrevemos a mezclar los dos a la luz de la admonición de Jesús?

Sin embargo, si examinamos el asunto mis de cerca, veremos que es a la vez imposible y malo en sí evitar totalmente hacer juicios morales. Una actitud como “soy una buena persona; eres una buena persona” puede tener cierto lugar para facilitar nuestras relaciones sociales, pero no más que eso. ¿Hitler era una buena persona? ¿El teniente Calley? ¿Jim Jones? ¿Los experimentos médicos realizados en sujetos judíos en los campos de concentración alemanes estaban bien? ¿Los experimentos con LSD realizados por la CIA?

Observemos la vida cotidiana. Si voy a contratar un empleado, ¿debe tomar a la primera persona que se presenta o entrevistar a una serie de postulantes y juzgar entre ellos? ¿Qué clase de padre sería yo si descubriera que mi hijo engaña, miente o roba y no lo critican? ¿ Qué debo decirle a un amigo que piensa suicidarse o a un paciente que está vendiendo heroína? “¿ Estás bien?” Existen cosas tales como el exceso de comprensión, el exceso de tolerancia y el exceso de permisividad.

El hecho es que no podemos llevar una vida decente sin hacer juicios en general y juicios morales en particular. Cuando los pacientes vienen a verme, se supone que me pagan por mi juicio presumiblemente bueno. Cuando yo busco asesoramiento legal, me interesa la cualidad del juicio de mi abogado. ¿Gastamos cinco mil dólares en unas vacaciones para la familia o los invertimos en ahorros para la educación de los chicos? ¿Hago trampa o no con mis impuestos a las ganancias? Ustedes y yo pasamos nuestros días tomando decisiones que son juicios, la mayoría de los cuales tienen matices morales. No podemos escapar al acto de juzgar.

La frase “No juzguen, para no ser juzgados” generalmente se cita fuera de contexto. Cristo no nos pidió que siempre evitáramos juzgar. Lo que dijo en los cuatro versos siguientes es que debíamos juzgarnos a nosotros mismos antes de juzgar a los demás, no que no debemos juzgar en absoluto. “Hipócrita”, dijo; “primero quítate la viga de tu propio ojo, y entonces podrás ver claramente para sacar la paja del ojo de tu hermano”. 74 Como reconocía el potencial para el mal

en los juicios morales, nos instruyó no para que siempre evitáramos hacerlos, sino para que nos purificáramos antes de hacerlos. Que es donde fallan los malos. Es la autocrítica lo que ellas evitan.

También debemos recordar el propósito para el cual juzgamos. Si es para curar, perfecto. Si es para mejorar nuestra autoestima, nuestro orgullo, entonces el propósito es equivocado. “Sólo por la gracia de Dios no lo he hecho yo” es una reflexión que debe acompañar todo juicio de la maldad ajena.

Creo que la exploración científica de la maldad humana dará testimonio de la verdad de esa reflexión. Consideremos algunos de los temas que este trabajo ha presentado: la posibilidad de causa o predisposición genética; la evidencia del rol de los padres que no dan amor a sus hijos y el excesivo sufrimiento en la infancia; la naturaleza misteriosa de la bondad humana. Cuanto más profundamente examinamos el tema, menos causa encontramos para el orgullo personal.

Algunos interpretan la verdad de la reflexión “sólo por la gracia de Dios no lo he hecho yo” como una razón para el fatalismo. Como Dios rescata a esta persona pero no a aquélla, como el grado en que podemos salvarnos por nuestro propio esfuerzo nunca llega a aclararse bien, ¿ para qué preocuparse? Pero el fatalismo es justamente eso: fatal. Declararnos impotentes es morir. Aunque tal vez nunca lleguemos a discernir en última instancia el significado de la existencia humana —incluyendo por qué esta persona es buena y aquella otra mala—, sigue siendo nuestra responsabilidad vivir lo mejor que podamos. Lo cual también significa seguir haciendo los juicios morales necesarios para apoyar la vida. Y se nos permite elegir sí hemos de vivir en un estado de mayor o menor ignorancia.

Por lo tanto, el tema no es si juzgar o no: debemos juzgar. El problema es cómo y cuándo juzgar sabiamente. Nuestros grandes líderes espirituales nos han dado la base. Pero como finalmente tenemos que hacer juicios morales, tiene sentido refinar un poco más nuestra sabiduría con la aplicación del método científico y el conocimiento del mal cuando sea apropiado, y siempre que recordemos la base.

EL PELIGRO DE DISFRAZAR UN JUICIO MORAL CON LA AUTORIDAD CIENTIFICA Esta es una trampa importante. Es una trampa porque atribuimos a la ciencia más autoridad que la que merece. Lo hacemos por dos razones. Una es que muy pocos de nosotros conocemos las limitaciones de la ciencia. La otra es que dependemos demasiado de la autoridad en general.

Cuando nuestros hijos eran pequeños tuvimos la suerte de llevarlos al mejor de los pediatras, un hombre bondadoso y muy dedicado, y de gran erudición. Cuando fuimos a verlo un mes después del nacimiento de nuestra hija mayor, nos indicó que comenzáramos a darle comida

sólida casi enseguida, porque ese suplemento era necesario para los bebés que se criaban con pecho. Un años después, cuando lo visitamos al mes de nacer nuestra segunda hija, nos indicó postergar todo lo posible darle alimento sólido para no privarla de su extraordinaria nutrición con leche materna. ¡El estado de la “ciencia” había cambiado! Cuando yo era estudiante, nos enseñaron que el mejor remedio para la diverticulosis era una dieta con pocos desechos. Ahora se les enseña a los estudiantes de medicina que el tratamiento esencial es una dieta con alto porcentaje de desechos.

Estas experiencias me han enseñado que lo que llamamos conocimiento científico es, en realidad, la creencia actual de algunos científicos. Estamos acostumbrados a considerar a la ciencia como una Verdad con mayúscula. Sin embargo, el conocimiento científico no es más que la mejor aproximación a la verdad según el juicio de la mayoría de los científicos que trabajan en la especialidad particular de que se trata. La verdad no es algo que poseemos; en el mejor de los casos, es una meta hacia la cual luchamos por dirigirnos.

Lo que más preocupa en este caso es la posibilidad de que los científicos, —específicamente los psicólogos— hagan públicos ciertos pronunciamientos sobre el mal de ciertos personajes o acontecimientos. Nosotros los científicos, lamentablemente, no somos mucho más inmunes que cualquier otro a llegar a conclusiones apresuradas y erróneas. Muchos psiquiatras que jamás habían conocido personalmente al hombre, clasificaron a Barry Goldwater en 1964 como “psicológicamente inepto” para ser presidente. En la Unión Soviética los psiquiatras sistemáticamente abusan de su profesión clasificando a los disidentes políticos como “mentalmente enfermos”, sirviendo así a los intereses del Estado antes que a los de la verdad y la curación.

El problema se agrava por el hecho de que actualmente el público está ansioso de ser guiado por los pronunciamientos de los científicos. Como ya dijimos en relación con el tema de la maldad grupal, la mayoría prefiere seguir a conducir. Nos conforma, y hasta deseamos, dejar que nuestras autoridades piensen por nosotros. Hay una profunda tendencia a hacer de nuestros científicos “reyes filósofos”, a quienes permitimos que nos guíen por los laberintos intelectuales, cuando ellos con frecuencia están tan perdidos como el resto de nosotros.

Por pereza intelectual olvidamos que el pensamiento científico es casi tan caprichoso como el gusto. Como la opinión actual del establishment científico representa sólo la palabra más reciente y nunca la última, debemos, por nuestra seguridad como público, cargar con la responsabilidad de ser escépticos de nuestros científicos y sus pronunciamientos. En otras palabras, nunca debemos renunciar a nuestro liderazgo individual.

A pesar de que es mucho pedir, todos debemos tratar de ser científicos, al menos en un grado que nos permita hacer nuestros propios juicios sobre los temas del bien y el mal. Aunque los temas del bien y el mal son demasiado importantes para excluirlos del examen científico, también son demasiado importantes para dejárselos totalmente a los científicos.

Afortunadamente, en nuestra cultura, a los científicos les encanta discutir entre ellos. Me- estremezco al pensar en un tiempo y una cultura en que haya un “evangelio” científico sobre la naturaleza del bien y el mal que no se someta a debate. Digo “científico” entre comillas con res- pecto a esto porque el debate es la piedra fundamental de la auténtica ciencia, y una ciencia sin debate y exuberante escepticismo no es ciencia en absoluto. La mejor salvaguarda que tenernos contra el uso equivocado del concepto del mal por los científicos es asegurar que la ciencia siga siendo científica y se apoye en una cultura democrática en la que se estimule el debate abierto. EL PELIGRO DEL USO EQUIVOCADO DE LA CIENCIA

El uso equivocado más grande de la ciencia puede atribuirse no a los científicos mismos que proclaman opiniones personales disfrazadas de verdad científica, sino al público —a la industria, el gobierno y los individuos poco informados— que emplea los hallazgos y conceptos científicos para fines dudosos. Aunque la bomba atómica se hizo posible a través del trabajo de los científicos, fueron los políticos quienes tomaron la decisión de fabricarla y los militares quienes la arrojaron. Esto no significa que los científicos no tengan ninguna responsabilidad en las aplicaciones que se dan a sus hallazgos. Pero sí quiere decir que no tienen control de la situación. Una vez que un descubrimiento se publica (y generalmente debe publicarse, porque la ciencia depende de la publicación y del libre flujo de ¡a información), se vuelve parte del dominio público. Cualquiera puede usarlo, y los científicos no pueden decir mucho más al respecto que cualquier otro grupo de interés público.

El cuerpo de conocimiento científico de la psicología ya es usado equivocadamente en una variedad de formas por el público en general. Su empleo —y el grado en que es empleado— por el sistema judicial en este país es discutible, y ni hablemos del que se le da en la Unión Soviética. Aunque los tests psicológicos son a veces de enorme valor para los maestros y profesores, muchos niños son erróneamente diagnosticados y mal clasificados a través de ellos. Se usan tests similares (muchas veces mal) para rechazar postulantes a empleos y a la universidad. En las reuniones sociales hombres y mujeres charlan sobre la “envidia del pene”, el “miedo a la castración” y hasta del “narcisismo” sin tener mucha idea de lo que dicen ni de las posibles consecuencias de sus charlas.

Por eso da un poco de miedo imaginar lo que podría suceder si el público accede a una información científica referente al mal. Supongamos, por ejemplo, que se desarrollara un test psicológico que pudiera identificar a las personas malas. Muchos podrían querer usar ese test para fines no académicos: escuelas que quisieran eliminar postulantes indeseables, cortes de justicia que trataran de determinar culpa o inocencia, abogados que libraran batallas por la tenencia, etcétera. Consideren además cómo buscaría la gente señales del mal en una suegra, un jefe, un antagonista, y qué rápidamente podrían usar esos estigmas para manchar a sus adversarios, en público o informalmente.

Pero aunque sería imposible evitar el acceso del público a la información sobre el mal, el cuadro no es tan sombrío como parecería a primera vista. La información psiquiátrica sobre los individuos puede mantenerse confidencial. El diagnóstico formal del mal tal como lo hacen los psicólogos y los psiquiatras puede restringirse únicamente a los fines de la investigación científica estrictamente controlada. En cuanto a la realidad de que la información psicológica general es a menudo usada equivocadamente por el público, esto no significa que estemos peor por tener ésa información. En realidad, yo creo firmemente que la creciente conciencia psicológica del público en general en las últimas décadas representa un dramático paso adelante intelectual y moral. 75 Aunque algunos se luzcan con sus conocimientos de Freud muy

tontamente, el hecho de que muchos hayan llegado a reconocer la realidad de su inconsciente (y hasta comiencen a hacerse responsables de él) puede ser el germen de nuestra salvación. Nuestro incipiente interés en la existencia y fuente de nuestros prejuicios, hostilidades ocultas, miedos irracionales, puntos ciegos de percepción, estereotipos mentales y resistencia al crecimiento es el comienzo de un salto evolutivo.

Finalmente, una creciente sofisticación pública sobre la psicología del mal servirá en si misma para evitar el abuso de la psicología. Aunque necesitamos investigación para saber más sobre el mal, hay cosas que ya sabemos más allá de toda duda. Una es la tendencia de los malos a proyectar su maldad en otros. Incapaces o renuentes a aceptar sus propios pecados, deben

75 Algunos, en especial Martin N. Gross, en The Psychological Society (Random House, 1975), lamentan el énfasis actual en la mentalidad psicológica, pero si bien son elocuentes sobre sus abusos, pasan por alto sus virtudes. No ven el cuadro general ni dan un punto de vista equilibrado

explicarlos acusando a otros de los defectos. A medida que desarrollemos una psicología del mal, este hecho —que ya representa un conocimiento común entre los estudiosos— seguramente se difundirá más. Nos volveremos más y no menos perspicaces con respecto a los que arrojan la primera piedra. A medida que el interés científico por el fenómeno del mal se filtre al público, nuestra consideración de ese fenómeno debe ser cada vez más cuidadosa.

El PELIGRO PARA EL CIENTIFICO Y PARA EL TERAPEUTA

Hasta ahora hemos hablado de los peligros que puede encerrar el trabajo de los científicos sobre el tema del mal para el público. Pero, ¿y los científicos mismos? ¿No podrían llegar ellos mismos a ser dañados por su propia investigación? Creo que sí.

El investigador más básico del mal siempre será un terapeuta. No hay método para mirar en el interior de una persona que pueda compararse al psicoanálisis por su profundidad y discernimiento. No hay forma de penetrar en el disfraz del mal excepto en el rol del que cura, alguien que, en pro de la curación, está dispuesto, como terapeuta, a entablar batalla con la personalidad maligna o, como el exorcista, a luchar con lo demoníaco escondido detrás de esa presencia. Nuestros datos más básicos sobre la naturaleza del mal los obtendremos de un combate mano a mano con el mal mismo.

Alguna literatura sobre el exorcismo insiste sobre el peligro que existe para el exorcista en esta lucha. Generalmente ese peligro se describe en términos físicos porque son concretos y es fácil hablar sobre ellos. Pero supongo que mayor que el riesgo de muerte y deformidad es el riesgo que corre el exorcista de que su propia alma quede dañada o contaminada. Creo que el psicoterapeuta que realmente intenta enredarse terapéuticamente con un paciente malo enfrenta riesgos en ciertos modos similares. Como no es común que una persona mala haga psicoterapia, no sabernos mucho sobre esos riesgos. Pero si este libro logra estimular el interés psiquiátrico en el mal, habrá cada vez más terapeutas que experimenten con su tratamiento. Yo les aconsejaría que tuvieran cuidado. Es posible que se coloquen en situación de gran riesgo. No creo que estos experimentos deban ser intentados por un terapeuta joven, que ya tiene bastante con aprender a batallar con la resistencia y la contra-transferencia más comunes. Tampoco deben ser intentados por los que todavía no han aprendido a ver la viga en el propio ojo, porque un terapeuta de alma débil sería el más vulnerable.

Los peligros existen no sólo para los terapeutas. exorcistas y otras personas que tratan de curar. Siempre existe el riesgo de contaminación, de una u otra manera. Cuanto más de cerca nos rocemos con el mal, más probable será que nos volvamos malos nosotros mismos. Todos los científicos, incluso aquellos cuyo trabajo se restringe a la biblioteca o al laboratorio esterilizado, harían bien en comenzar su investigación leyendo la obra de Aldous Htixley, Los demonios de

Loudon (de donde cito más adelante). 76 Hasta que sepamos más, a través de un desarrollo de la

psicología del mal, no hay mejor trabajo sobre la contaminación con el mal que este análisis histórico de los acontecimientos ligados con el mal, que se dieron en una ciudad francesa del siglo diecisiete. El investigador o el terapeuta deben recordar que:

Los efectos que siguen a una concentración en el mal demasiado constante e intensa son siempre desastrosos. Los que luchan no a favor de Dios en ellos mismos, sino contra el

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