Antes de que el exorcismo adquiriera mala reputación (en parte merecida) durante el Siglo de la Ciencia y el Racionalismo, los exorcistas oficialmente formaban parte de la jerarquía de la Iglesia. Se los consideraba una “orden menor” y estaban casi en lo más bajo de la estructura de status. Creo que era, y todavía es, una ubicación apropiada. Aunque exigente y sacrificado, creo que el papel del exorcista es relativamente fácil. Es un privilegio poco frecuente y muy gratificante encontrar el mal en una forma en que puede ser aislado y eliminado.
El cura o pastor de parroquia común no está en una posición tan afortunada. El mal que habitualmente encuentra entre los miembros de la parroquia, en las reuniones de la sacristía y en la sociedad no es tan discreto ni tan curable. Es más sutil, más penetrante y devastador. Y por lleno de amor y de inteligencia que esté, el clérigo debe batallar a ciegas con las fuerzas de la oscuridad. Habrá pocos éxitos definidos, si es que los hay. Ahora dirigiremos nuestra atención a esas difusas fuerzas cancerosas que actúan en nuestra sociedad.
LOS CRÍMENES
En la mañana del 16 de marzo de 1968, elementos de la Fuerza de Tareas Barker se trasladaron a un pequeño grupo de aldeas conocidas con el nombre de colectivo de Mylai, en la provincia de Quang Ngai en Vietnam del Sur. Estaba destinada a ser una típica “misión de búsqueda y destrucción”, es decir que las tropas norteamericanas estaban buscando soldados
vietcong para destruirlos.
Vinculadas con otras unidades que operaban en Vietnam, las tropas de la Fuerza de Tareas Barker habían recibido un apresurado entrenamiento y se las había reunido en este contingente. Durante el mes anterior no habían tenido ningún triunfo militar. Sin poder entrar en combate con el enemigo, habían sufrido una serie de bajas por las minas y las trampas explosivas. La provincia se consideraba una fortaleza del Vietcong, en la que la población civil estaba muy controlada e influida por los guerrilleros comunistas. La sensación general era que los civiles apoyaban y estimulaban tanto a los guerrilleros que a menudo era difícil distinguir a los combatientes de los no combatientes. De allí que los norteamericanos tendieron a odiar a los vietnamitas del área y a desconfiar de ellos.
El servicio de inteligencia del Ejército había indicado que los habitantes de las aldeas de MyLai concretamente asilaban a los vietcong. La Fuerza de Tareas Barker esperaba encontrar combatientes allí. En la víspera de la operación parecía haber gran expectativa; por fin se enfrentarían con el enemigo y lograrían cumplir su cometido.
La naturaleza de las instrucciones que recibieron esa noche los hombres alistados y los oficiales jóvenes fueron más bien ambiguas con respecto a la distinción entre combatientes y no combatientes. Se suponía que todos los soldados conocían la Convención de Ginebra que establece que es un delito dañar a un no combatiente o, en todo caso, incluso a un combatiente que ha dejado las armas por heridas o por enfermedad. Si realimente conocían la convención o no, no lo sabemos. Pero es probable que por lo menos algunos de los soldados no conocieran la ley de Operaciones Militares del Manual de Campo del Ejército de los Estados Unidos, que especifica que las órdenes que violan la Convención de Ginebra son ilegales y no deben ser obedecidas.
Aunque esencialmente todos los elementos de la Fuerza de Tareas Barker estuvieran implicados de una u otra forma en la operación, el principal elemento de las tropas de tierra directamente implicado fue la Compañía C, primer batallón, 20 de Infantería de la Brigada de
Infantería Ligera número 11. Cuando la Compañía “Charlie” se trasladó a las aldeas de MyLai no descubrió un solo combatiente. Ninguno de los vietnamitas estaba armado. Nadie disparó contra ellos. Sólo encontraron mujeres desarmadas, niños y viejos.
Algunas de las cosas que sucedieran después no están claras. Pero lo que sí está claro es que los soldados de la Compañía C mataron por lo menos a quinientos o seiscientos aldeanos desarmados. Los mataron en formas diversas. En algunos casos los soldados simplemente se paraban en la puerta de una cabaña, la regaban de disparos de rifle y mataban a ciegas a todos los que estaban adentro. En otros casos los aldeanos, incluidos los niños, eran matados a tiros cuando trataban de escapar. Las matanzas en mayor escala ocurrieron en la aldea de MyLai 4. Allí el primer pelotón de la Compañía Charlie, al mando del teniente William L. Calley, hijo, reunió a los aldeanos en grupos de veinte a cuarenta o más para después asesinarlos con fuego de fusiles, ametralladoras o granadas. De todos modos, es importante recordar que números sustanciales de civiles sin armas fueron asesinados también en las otras aldeas de Mylai por soldados de otros pelotones al mando de otros oficiales.
La matanza llevó mucho tiempo. Prosiguió durante toda la mañana. Sólo una persona trató de detenerla. Era un piloto de helicóptero que volaba en apoyo de la misión de búsqueda y destrucción. Desde el aire veía lo que estaba sucediendo. Aterrizó y trató de hablar con los soldados, pero de nada sirvió. Otra vez en el aire, se comunicó por radio con el cuartel general y con los oficiales superiores, que no parecieran preocuparse. De manera que abandonó el intento y siguió con su trabajo.
Sólo podemos hacer una estimación del número desoldados implicados. Tal vez sólo cincuenta de ellos realmente apretaron el gatillo. Aproximadamente doscientos presenciaron directamente la matanza. 60 Podemos suponer que en esa semana por lo menos quinientos
hombres de la Fuerza de Tareas Barker sabían que se habían cometido crímenes de guerra.
No denunciar un delito es, en sí, un delito. En el año siguiente ningún miembro de la Fuerza de Tareas Barker intentó denunciar las atrocidades que habían ocurrido en MyLai. Este delito se describe como de “encubrimiento”.
Lo que el público norteamericano supo sobre MyLai se debió únicamente a una carta que Ron Ridenhour escribió a fines de marzo de 1969 a varios miembros del congreso sobre las atrocidades, más de un año después de que ocurrieran. Ridenhour no fue miembro de la Fuerza de Tareas Barker, pero más tarde se enteró de las atrocidades por una charla casual con amigos que habían estado en Mylai, y escribió la carta tres meses después de su retorno a la vida civil.
En la primavera de 1972 fui presidente de una comisión de tres psiquiatras designados por el Director General de Medicina del Ejército, por expreso pedido del Jefe del Estado Mayor del Ejército, para dar indicaciones sobre una investigación que esclareciera las causas psicológicas de MyLai, para ayudar a evitar esas atrocidades en el futuro. La investigación que propusimos fue rechazada por el Estado Mayor del Ejército, según dijeron porque no podía mantenerse en secreto y tal vez resultaría molesta para el gobierno, y que “no era deseable crear más molestias en ese momento”.
El rechazo de las recomendaciones de la comisión para la investigación es simbólico con respecto a varios puntos. Uno es que cualquier investigación de la naturaleza del mal es molesta, no sólo para los sujetos que se ha decidido investigar, sino para los investigadores mismos. Si hemos de estudiar la naturaleza de la maldad humana, es dudoso que podamos separarnos claramente nosotros de ellos; lo más probable es que nos encontremos estudiando nuestra propia naturaleza. Sin duda, esta molestia potencial es una de las razones por las que hasta ahora no hemos logrado desarrollar una psicología del mal.
60 Finalmente las acusaciones recayeron en veinticinco, de los cuales sólo seis fueron juzgados. Uno, el teniente Calley, fue declarado culpable
El rechazo del Estado Mayor de nuestras recomendaciones para la investigación también pone de relieve el hecho de que al considerar el mal en MyLai —como en todas las otras consideraciones del mal— sufrimos de una simple falta de conocimiento científico. Como lo anterior, mucho de lo que sigue es especulativo. Inevitablemente nos limitaremos a la especu- lación hasta que, a través de la investigación científica, podamos desarrollar un cuerpo de conocimiento que constituya una auténtica psicología del mal.
PRÓLOGO A LA MALDAD GRUPAL
Los gatillos los aprietan los individuos. Las órdenes las dan y las ejecutan los individuos. En un último análisis, todo acto humano es, finalmente, el resultado de una elección individual. Ninguno de los individuos que participaron en las atrocidades de MyLai o en su encubrimiento está libre de culpa. Incluso el piloto del helicóptero —el único lo bastante valiente y bueno como para intentar detener la matanza— puede ser acusado por no denunciar lo que vio más allá del primer peldaño de autoridad por encima de él.
Hasta ahora nos hemos centrado en individuos específicos a quienes he clasificado como “malos” y a quienes he distinguido de la vasta mayoría de otros individuos a quienes he designado como “no malos”. Aunque admitamos que esta tajante distinción en un poco arbitraria —que hay todo un continuum entre los que son profundamente malos y los que no son malos en absoluto—, nos queda un problema: ¿cómo es posible que aproximadamente quinientas hombres, que sin duda no eran malos como individuos, puedan haber participado en un acto tan monstruosamente malo como el de MyLai? Es evidente que para comprender MyLai no debemos centrarnos únicamente en la maldad individual y la elección individual. Por lo tanto este capítulo se concentra en el fenómeno de la maldad grupal como algo diferente de, y en otros aspectos parecido, el fenómeno de la maldad individual. La relación entre maldad individual y maldad grupal no es un tema nuevo para estudio. Hasta hay un libro sobre el tema específicamente dedicado a examinar los mismos acontecimientos: Individual and Collective
Responsibilty: The Masacre at MyLai. 61 Pero fue escrito por filósofos y no desde un punto de
vistá psicológico.
Desde hace muchos años pienso que los grupos humanos tienden a comportarse en forma similar a los individuos humanos, excepto en un nivel que es más primitivo e inmaduro que lo que podría esperarse. Por qué es así —por qué el comportamiento de los grupos es notablemente inmaduro— por qué son, desde un punto de vista psicológico, menos que la suma de sus partes, es una pregunta que no estoy capacitado para responder. 62 Pero de una cosa estay seguro: hay
más de una respuesta. El fenómeno de la inmadurez en el grupo está —para usar un término psi- quiátrico— “sobredeterminado”. Esto significa que es el resultado de múltiples causas. Una de estas causas es el problema de la especialización.
La especialización es una de las mayores ventajas de los grupos. Hay formas en que los grupos pueden funcionar con mucha mayor eficiencia que los individuos. Porque sus empleados están especializados como ejecutivos y diseñadores y fabricantes de herramientas y de matrices y operadores de la línea de montaje (que a su vez están especializados en diversas áreas), la General Motors puede producir un enorme número de autos. Nuestro nivel de vida extraordinariamente alto está basado totalmente en la especialización de nuestra sociedad. El hecho de que yo tenga el conocimiento y el tiempo para dedicarme a escribir este libro es un resultado directo del hecho de que yo soy un especialista dentro de nuestra comunidad, y
61 E. Peter A. French, Cambridge, Mass., Schenkman Pub. Co., 1972
62 Sin embargo, es una pregunta muy importante que merece que se le dedique mucha reflexión e investigación. Es un tema específico no sólo para la maldad grupal en general —como si eso fuera poco—, sino crucial para la comprensión de todos los fenómenos del grupo humano, desde las relaciones internacionales hasta la naturaleza de la familia
dependo absolutamente de granjeros, mecánicos, editores y libreros para mi bienestar. Mal puedo decir que la especialización es negativa. Por otra parte, estoy totalmente convencido de que gran parte del mal de nuestro tiempo está relacionado con la especialización y que necesitamos desesperadamente desarrollar una actitud de desconfianza y cautela hacia ella. Creo que debemos tratar a la especialización con el mismo grado de desconfianza y recaudos con que tratamos a los reactores nucleares.
La especialización contribuye a la inmadurez de los grupos y a su potencial para el mal a través de diferentes mecanismos. Por el momento me restringiré a la consideración de uno solo de esos mecanismos: la fragmentación de la conciencia.
Si en la época de MyLai, paseándome por los corredores del Pentágono, me hubiera detenido a hablar con los responsables de dirigir la manufactura de napalm y su transporte a Vietnam en forma de bombas, y si hubiera cuestionado a esos hombres sobre la moralidad de la guerra y, por lo tanta, la moralidad de su ocupación, éste es el tipo de respuesta que invariablemente habría recibido: “Ah, apreciamos su preocupación, ya lo creo, pero creo que nosotros no somos la gente con quienes usted debe hablar. Esta no es la sección que corresponde. Este es el sector de pertrechos de guerra. Nosotros sólo proveemos las armas… no determinamos cómo y dónde se las usará. Eso corresponde a planeamiento. Tiene que hablar con la gente de planeamiento en el otro extremo del corredor”. Y si yo hubiera seguido esta indicación, y expresado los mismos conceptos, la gente de planeamiento me habría dicho: “Ah, sabemos que hay temas muy graves en discusión, pero creo que están más allá de nuestra esfera. Nosotros simplemente determinamos cómo se realizará la guerra… no si se llevará a cabo o no. Los militares son sólo una agencia de la rama ejecutiva. Los militares sólo hacen lo que les ordenan hacer. Estos grandes temas se deciden en la esfera de la Casa Blanca, no aquí. Es allá donde debe llevar sus preocupaciones”. Y así sucesivamente.
Siempre que los roles de los individuos en un grupo se tornan especializados, se hace posible y fácil que el individuo pase la carga moral a otra parte del grupo. De esta manera, no sólo el individuo abandona su conciencia, sino que la conciencia del grupo como un todo puede llegar a fragmentarse y diluirse hasta dejar de existir. Veremos esta fragmentación una y otra vez, de una u otra forma, en el análisis siguiente. El hecho evidente de la cuestión es que cualquier grupo permanecerá, sin poder evitarlo, potencialmente inconsciente y malo hasta que llegue el momento en que cada individuo se haga responsable directo del comportamiento de todo el grupo —el organismo— del cual es una parte. Tal vez todavía no hemos llegado a ese punto.
Recordando la inmadurez psicológica de los grupos, examinaremos aspectos de los dos crímenes de MyLai: las atrocidades mismas y su encubrimiento. Los dos crímenes están muy entrelazados. Aunque el encubrimiento pueda parecer menos atroz que las atrocidades, son parte de la misma cuestión. ¿Cómo es posible que tantos individuos hayan podido participar del mismo monstruoso mal sin que ninguno de ellos haya tenido un cargo de conciencia que lo obligara a confesar?
El encubrimiento fue una gigantesca mentira grupal. La mentira es, a la vez, uno de los síntomas y una de las causas del mal, uno de los frutos y una de las raíces. Por eso este libro se llama La gente de la mentira (People of the lie). Hasta ahora hemos considerado exponentes individuales de la mentira. Ahora consideraremos a todo un grupo. Sin duda, en virtud de su participación extraordinariamente comunal en el encubrimiento, los hombres de la Fuerza de Tareas Barker eran “gente de la mentira”. Cuando terminemos hasta podemos llegar a concluir que el pueblo norteamericano, al menos durante esos años de la guerra, fue también “gente de la mentira”.
Como con cualquier mentira, el principal motivo del encubrimiento fue el miedo. Los individuos que habían cometido los crímenes —que habían apretado el gatillo o dado las órdenes
— obviamente tenían razones para tener miedo de informar sobre lo que habían hecho. Los esperaba una corte marcial. Pero, ¿y el número mucho mayor de los que sólo presenciaron las atrocidades y, sin embargo, no dijeron nada de esa “cosa un poco oscura y sangrienta”? 63 ¿De
qué tenían miedo?
Cualquiera que piense un poco en la naturaleza de la presión de grupo comprenderá que para un miembro de la Fuerza de Tareas Barker denunciar el crimen fuera de ese grupo requeriría gran coraje. Cualquiera que lo hiciese quedaría rotulado como soplón. Es lo peor que se puede decir de una persona. A los soplones se los mata. Lo menos que se les hace es condenarlos al ostracismo. Para el civil norteamericano común el ostracismo puede no parecer algo tan terrible. “Si a uno lo echan de un grupo puede entrar en otro”. Pero recuerden que un militar no es libre de incorporarse simplemente a otro grupo. No puede dejar el ejército hasta que haya terminado su período. La deserción misma es un crimen enorme. De manera que está clavado en el ejército, y más estrictamente en el grupo al que pertenece, excepto que las autoridades decidan otra cosa. Más allá de esto, los militares hacen otras cosas muy deliberadamente para intensificar el poder de la presión de grupo dentro de sus filas. Desde el punto de vista de la dinámica de grupo y de la dinámica del grupo militar en particular, no es extraño que los miembros de la Fuerza de Tareas Barker no hayan denunciado los crímenes del grupo. Ni es sorprendente que el hombre que finalmente hizo la denuncia no fuera miembro de la Fuerza y ni siquiera fuera miembro del ejército cuando la hizo.
Pero sospecho que hubo otra razón sumamente significativa para que los crímenes de MyLai hayan quedado tanto tiempo sin denunciar. Como no he hablado con los individuos implicados la presento sólo como conjetura. Pero sí hablé con muchísimos soldados que estuvieron en Vietnam en esos años, y conozco muy bien las actitudes que prevalecían entre los militares en esa época. Mi profunda sospecha, por consiguiente, es que, en gran parte, los miembros de la Fuerza de Tareas Barker no confesaron los crímenes simplemente porque no
tenían conciencia de que los habían cometido. Por supuesto sabían lo que habían hecho, pero si
apreciaron el significado y la naturaleza de lo que habían hecho es otra cosa. Sospecho que muchos de ellos ni siquiera consideraron que habían cometido un crimen. No confesaron porque no se dieron cuenta de que tenían algo que confesar. Algunos, sin duda, ocultaron su culpa. Pero sospecho que otros no tenían ninguna culpa que ocultar.
¿Cómo puede ser? ¿Cómo puede un hombre en su sano juicio cometer un asesinato y no saber que lo ha cometido? ¿Cómo puede ser que una persona que no sea básicamente mala haya participado en un mal monstruoso y no tenga conciencia de lo que ha hecho? Esta es la pregunta que tendremos como centro en el siguiente análisis de la relación del individuo con la maldad