EL
guajes que componen al lenguaje audiovisual en su totalidad ya sea televisivo o cinematográico, uno de estos sub-lenguajes a partir de los cuales se logra crear los universos visuales de los productos televisivos y las obras cinematográicas es el de la dirección de arte, del cual nos hemos ocupado a lo largo de este trabajo de investigación. La dirección de arte debe adaptarse a las necesidades y características del pro- ducto en el que está trabajando sea para televisión o para cine y los dos exigen particularidades distintas que la dirección artística debe tener en cuenta para la realización de su trabajo.
La dirección de arte es responsable de muchas de las signiicaciones simbólicas, visuales e imaginarias que el producto va a trasmitir o a comunicar, es debido a esto que debe ser consciente de la diferencia que supone trabajar para cualquiera de los dos formatos y tener en cuenta a los públicos para los cuales estarán dirigidos los discursos audiovisuales que ayuda a construir.
Cabe poner en consideración que las audiencias televisivas también pueden ser espectadores de cine y viceversa, son las experiencias, las percepciones y los momentos los que varían. Una de las diferencias más grandes entre el ritual de ir al cine y la práctica cotidiana de ver televisión es que ‘‘Ir al cine sigue siendo una iesta personalizante, mientras que encender el aparato de televisión es un placer solitario pero despersonalizante. Un cine es un lugar público donde cada uno de los presentes se siente solo; delante de la televisión, en casa, cada uno se siente todo el mundo. La gran pantalla trata de usted, pero luego implanta el tu a tu; la pequeña pantalla tutea, pero se dirige a todos en conjunto.’’(Debray, 1994, p. 260)
La obra cinematográica entabla una relación directa con el espectador de cine para quien la experiencia al verla es tanto subjetiva como psicológica, emocional e interpretativa, aquí se revela el carácter de arte que posee el cine, sus obras trasmiten, comunican sin estar hechas para comunicar como los productos televisivos, el espectador es quien articula los códigos que la imagen cinematográica le ofrece y arma el discurso desde su propia vivencia con respecto al ilme. El cine tiene la capacidad de quedarse y grabarse en la memoria de sus espectadores, las buenas obras cinematográicas siguen produciendo sentido aun después de que su proyección haya pasado; ‘‘casi siempre que se habla de una película, se habla del recuer- do de la película, recuerdo ya reelaborado que ‘‘después’’ ha sido objeto de una reconstrucción, y que le da siempre más homogeneidad y coherencia de la que tenía realmente en la experiencia de la proyección.’’ (Aumont, et al., 1983, p. 270) El discurso se transforma y se sigue construyendo con cada nueva percep- ción que el espectador obtenga a partir del análisis de la obra cinematográica.
La televisión en cambio no ofrece esa experiencia personalizante y directa, al mismo tiempo que parece estarle hablando a una persona en particular, le está hablando a toda una audiencia fragmentada que aunque dividida está contemplada en su totalidad por los mensajes y percepciones que el mercadeo y la televisión buscan difundir. ‘‘La televisión distrae a poblaciones, por categorías y sectores, sin ‘‘formar’’ comunidad.’’ (Debray, 1994, Pg. 268) La televisión está pensada en su estructura de acuerdo a la práctica
del zapping que las audiencias realizan y su carácter comercial así se lo exige. La pauta publicitaria es uno de los principales recursos de la televisión para su sostenimiento. ‘‘Para ser industrial la televisión siempre está cerca de los sentimientos, valores y pensamientos más generalizados y de moda en su comunidad de acción; es actual en relatos, temáticas, estéticas e historias y maniiesta las maneras lentas como una socie- dad se transforma en morales, valores y estéticas. Actual, que no signiica ser vanguardista o experimental, la televisión se conforma con estar de lo que la sociedad en masa quiere o desea aceptar como válido.’’ (Rincón, citado en La Ferla et al., 2007) Debe ser industrial, por que debe venderse. Si bien muchas veces la televisión ha sido y es usada para trasmitir y posesionar ideologías ahora también es un campo vital para el mercado y su comercialización y esta busca cubrir a todos los targets posibles a través de las percepcio- nes que se venden por medio de ella.
El espectador de cine al igual que las audiencias televisivas es un consumidor, el cine se ha convertido en una industria y la pauta no solo está presente en el aparato televisivo, aunque es menos evidente y siempre debe estar acorde con la narrativa de la historia que se está contando, en el cine también existe la pauta publicitaria; los elementos comerciales que existen dentro de la imagen cinematográica también están mediados por la dirección de arte, cuando un producto es puesto en escena la dirección de arte debe controlar que este corresponda con la narrativa y estética del diseño general del discurso audiovisual, los acuerdos para que haya una presencia de productos en la imagen cinematográica son tramitados y pensados desde el principio para que estos componentes comerciales no lleguen a desentonar con todo el diseño creado y con el ritmo de la narrativa de la historia que se está contando. La naturaleza del cine a pesar de que comunica no es comunicar, es mostrar, ‘‘si el cine tiene la ambigüedad de una industria de arte, que debe fabricar en serie prototipos, la televisión es, íntegramente, fabricación y difusión, industria. La obra de cine se comunica, pero no está hecha, como el producto televisivo, para comunicar.’’ (Debray, 1994, Pg. 258).
La experiencia personalizante que el cine ofrece es elegida por el espectador, este escoge entrar al cine y encerrarse en un teatro oscuro, se dispone a la obra cinematográica y toma de ella todos los componen- tes que esta le ofrece dándole sentido de acuerdo a su propia cultura, contexto y situación. ‘‘Psicológica- mente hablando, el ilme no existe ni en la película, ni en la pantalla, sino tan solo en el espíritu, que le da su realidad.’’ (Aumont, et al., 1996, p. 229)
El espectador de cine tiene la oportunidad de pensar a la obra cinematográica precisamente a partir de todos los elementos que hacen parte de ella y que se hacen o no evidentes en la proyección para cada espectador, las metáforas visuales al igual que las del sonido son construcciones muy bien pensadas para que el espectador pueda ir más allá de la narrativa evidente que se va construyendo con las acciones de los actores. En la televisión, en cambio, estas metáforas visuales y sonoras casi no se construyen, la acción dramática es ediicada principalmente solo por los diálogos y acciones de los protagonistas.
En el lenguaje audiovisual televisivo al igual que en el cinematográico, existen los leifmotifs sonoros que identiican a cada personaje o a cada situación (de drama, amor, comedia, etc.) y que se llevan en toda la historia como hilos conductores de la narrativa a través de su repetición, sin embargo, las metáforas visuales y la construcción de sentido que busca el cine a partir de estas, en la televisión son muy pocas y si están presentes no son tan identiicables por las audiencias ya que de alguna forma la televisión es algo que se consume casi sin pensar, por ejemplo, al llegar a casa después de un largo día de trabajo las per- sonas encienden el televisor para enterarse de qué ha pasado en el día por medio del noticiero y después siguen viendo el horario prime time para entretenerse y relajarse. Las audiencias después de un agotador día de trabajo no quieren llegar a pensar y relexionar sobre las situaciones de los personajes de su telenovela favorita o de las suyas propias, sino que buscan entretenerse con las peripecias y alegrías de sus protago- nistas, la audiencia busca hundirse en la imagen televisiva, que normaliza la vida cotidiana, si el ritual del espectador de cine es ir al cine, la televisión ha hecho de su ritual, la experiencia de escape hacia el mismo cotidiano en el que vivimos, asistir a observar la vida de otra persona que puede “ser como yo” y las cosas que “pasan en la vida real” para escaparme de mi propia vida y entretenerme con la de los demás que la pequeña pantalla me muestra y cuenta, como dice Régis Debray: ‘‘Pensar es decir no. Quiérase o no, la televisión dice si al mundo tal como va; el cine diría ‘‘si, pero”.’’ (1994, p. 269). La televisión es algo que se consume casi sin pensar, sin embargo, es un fenómeno que ha sido estudiado y analizado por varios teóricos, es un fenómeno que ha merecido ser pensado al igual que el cine a partir de sus características propias.
El cine crea memoria en el espectador, este se identiica con los personajes y situaciones que se le pre- sentan en la gran pantalla, este tiene una fuerza formadora, genética y genealógica que incita a la identii- cación, al pensamiento y al querer ser del espectador. ‘‘La televisión no tiene fuerza formadora, genética, genealógica; no incita a la identiicación: en la adolescencia, todos soñaban con parecerse a Cary Grant o a James Dean, pero los presentadores de televisión solo hacen soñar a los arribistas, no a los aventureros. La televisión no hace crecer (en cambio, puede infantilizar a los adultos). ‘‘La pequeña pantalla está del lado de lo imaginario, la grande del lado de lo simbólico’’. (Debray, 1994. p. 269) Los productos televisi- vos pasan, si han sido buenos e interesantes para las audiencias y han tenido algo único y especial estos dejan recordación en ellas por un tiempo; pero si por el contrario han sido ordinarios sin nada nuevo y cotidianos, son dejados en el olvido como si nunca hubieran existido.
El cine crea memoria en el espectador, este se identiica con los personajes y
situaciones que se le presentan en la gran pantalla, este tiene una fuerza for-
madora, genética y genealógica que incita a la identiicación, al pensamiento y al querer ser del espectador. ―La televisión no tiene fuerza formadora, genética, genealógica; no incita a la identiicación: en la adolescencia, todos soñaban con parecerse a Cary Grant o a James Dean, pero los presentado- res de televisión solo hacen soñar a los arribistas, no a los aventureros. La
Si una telenovela no funciona para el rating de un canal, es sacada del aire sin pensar en las audiencias que sí la seguían y que la acogieron, la televisión busca idelizar a sus audiencias, sin embargo, hablando especíicamente de la televisión colombiana, esta parece no mostrar ninguna consideración o respeto con sus audiencias cuando un programa no funciona y es sacado del aire sin ninguna contemplación o aviso, nuestra televisión muestra claramente cómo la ganancia va primero que el respeto por las personas que ven los programas, si tal o cual programa no produce, simplemente se va, no importa nada más.
Podemos ver cómo el cine y la televisión a pesar de compartir su lenguaje, el audiovisual, son dos for- matos que se diferencian enormemente en sus construcciones, objetivos, simbolismos y mensajes; dos lenguajes que parten a partir de lo audiovisual, ediican en su estructura distintos componentes simbóli- cos e imaginarios. Los espectadores y las audiencias perciben sensaciones y producen acciones distintas de acuerdo a cada formato, por ejemplo mientras una película requiere que su espectador esté sentado en un sillón y atento a sus acciones y simbologías para poder comprenderla y pensarla, una telenovela no requiere tal clase de disciplina, pasa muchas veces que una persona que está siguiendo una telenovela o una serie, puede perdérsela por una semana y al volver a entrar en sintonía con esta puede entenderla igual, ya que al iniciar un próximo capítulo (y esto hace parte del ritual de idelización de audiencias que realiza la televisión) las series y las telenovelas ofrecen un recuento de lo que ha pasado previamente en la historia permitiéndole a la audiencia volver a seguir su estructura dramática.
‘‘La imagen- movimiento recompensa la inmovilidad física de los espectadores; la imagen- estudio com- pensa con su ijeza la falta de atención del consumidor. Aunque paralizado, el cinéilo consume más energías: la verdadera vida está en otro sitio, hay que sudar y seguir mentalmente las líneas de fuga de las imágenes. El teléfago tiene derecho a ir a orinar durante el espacio publicitario, pero en su cabeza perma- nece inmóvil.’’ (Debray, 1994, p. 265) Si el teléfago ya no está entusiasmado o satisfecho con el programa puede transitar libremente por toda la variedad de canales que existen y empezar a seguir otro programa, serie o telenovela distinta.
Las relaciones entre el espectador y el cine, las audiencias y la televisión son muy distintas, por ende los discursos audiovisuales propios de cada formato también lo son. Cada uno tiene una naturaleza distinta y
televisión no hace crecer (en cambio, puede infantilizar a los adultos).
‘‘La pequeña pantalla está del lado de lo imaginario, la grande del lado de
lo simbólico’’. (Debray, 1994. p. 269) Los productos televisivos pasan, si
han sido buenos e interesantes para las audiencias y han tenido algo único y especial estos dejan recordación en ellas por un tiempo; pero si por el contrario han sido ordinarios sin nada nuevo y cotidianos, son dejados en el olvido como si nunca hubieran existido.
no se trata de decir que el uno es mejor que el otro sino simplemente de saber establecer sus diferencias y características y tratar de entenderlos, pensarlos, apreciarlos y consumirlos de acuerdo a estas.