LA VENGANZA PRIVADA EN LA SOCIEDAD HOMÉRICA
W. H Adkins citadas más adelante en la nota 11 del capítulo VI Pero véase también el toda vía fundamental estudio de Jaeger, P aideia D ie F orm ung des griechischen M enschen,
I, Berlin 1936 (traducción española Paideia, L a F o rm a ció n d el H o m b re G riego, F.C.E., Madrid 1954, múltiples reediciones), además de G. W allace, The H o m eric Conception o f
H um an E xcellen ce, Berkeley 1921, y L. A . Post, The M o ra l Pattern in H om er, en TAPhA
7 0 (1 9 3 9 ) 174 y sigs. 13 Iliada, 9 ,4 4 3 . 14 Odisea, 13, 297-298. 15 Odisea, 15, 283-284. 16 Ilíada, 2, 202. 17 Ilíada, 16,630-631. a Ilíada, 6 ,2 0 8 y 1 1 ,783.
A esto se añade que “el m ejor” era tam bién inevitablem ente bello. Según un modelo que pasará al mundo clásico, la belleza física estaba tan completamente ligada al valor, que formaba, también en el léxico, una sola virtud: la kalokagathía. Un solo término, tan célebre como intraducibie, era suficiente para describir la excelencia moral, física y social19.
Es casi superfluo decir, en este punto, que el hombre vil tam bién era feo. No es casual que Tersites, el proverbial antihéroe:
Fue el hombre más feo que llegó a Troya, pues era bizco y cojo de un pie; sus hombros corcovados se contraían sobre el pecho y tenía la cabeza puntiaguda y cubierta por una rala cabellera20.
No es casual que cuando, en la asamblea, Odiseo da bastonazos al pobre Tersites, el ejército aplauda21. Las virtudes iban al paso con el honor (tune), que quería decir prestigio social y poder, y que el héroe no se podía permitir perder. Y como -e n semejante cuadro- el “honor” de quien sufría una afrenta disminuía, mientras que aumentaba el del ofensor, la vengan za era un deber social al que no podía sustraerse quien quisiera perm ane cer entre los a g a th o i22. Si la afrenta sufrida había sido la m uerte de un pariente o de un amigo, matar por venganza al asesino era inevitable. Sólo así, vengándose, un agathos mostraba que era tal y hacía que su familia no se viese deshonrada. Quien realizaba la venganza no era un hombre cobar de. Al reaccionar había mostrado que era más fuerte que el ofensor, había confirmado que el grupo al que pertenecía gozaba merecidamente del pres tigio que la colectividad reconocía sólo a quien no aceptaba de forma pasi va recibir una ofensa.
¿Por ventura no escuchas la fama ganada en el mundo por Orestes divino vengando la muerte paterna en Egisto falaz, matador de su padre glorioso?23
Dice Atenea a Telémaco, incitándolo a vengarse de los pretendientes a la mano de Penélope, los odiosos y alborotadores nobles que dilapidan sus bienes e imperan en su casa24. Y, obviamente, quien no se vengaba era
19 Ilíada, 2, 216-219. Sobre la expresión kalokagathos véase K. J. Dover, Greek P opular
M orality in the Time o f P lato and A ristotle, Londres 1974, trad, italiana L a m orale popolare greca a ll’época di Platone e A ristotele, Brescia 1983, págs. 108 y sigs.
20 Ilíada, 2, 216-219. 21 Ilíada, 2 , 274-277.
22 Todavía resulta fundamental remitir a G. Glotz, La solidarité de la fa m ille dans le droit
crim inel de la Grèce ancienne, Paris 1904, al que debe añadirse G. Patroni, A pp u n ti di filo logía e di diritto omerici. III. La vendetta, en R endiconti Istitiito Lom bardo Scienze e Lette- re, classe Lettere, 74, 2 (1940-1941); A. W . H. Adkins, H o m eric G ods a n d the V alues o f H om eric Society, cit. y C. Gioffredi, R esponsabilité e sanzione nell'esperienza penalistica della Grecia arcaica, en BID R 40 (1974) 1 y sigs.
23 Odisea, 1, 298-300. véase también Odisea, 3, 202-209.
un canalla, un ser despreciable al que nadie, ni tan siquiera las m ujeres, podían tener la más mínim a consideración. Ni tan siquiera si, como hipó tesis, era hermoso como Paris: bello como un dios y por lo tanto capaz de enam orar a H elena hasta el punto de hacer que olvidase sus deberes de esposa. Pero Paris, por desgracia, sólo era kalos. A nte la prueba de los hechos (la guerra), ante su falta de valor, la propia H elena llega a despre ciarlo. ¿Qué clase de hombre es si no es capaz de vengarse?
Lejos de su hogar, casada con un bello desarmado, Helena atribuye su m ala suerte a los dioses. Son ellos quienes la han inducido a seguir a Paris hasta Troya, provocando a los griegos y troyanos males sin fin:
Y ya que los dioses determinaron causar estos males, debió tocarme ser esposa de un varón más fuerte, que fuese sensible a la venganza a las muchas afrentas de los hombres25.
L a virtud que Helena deseaba en París, la que le perm itiría estimarlo, no era otra que la vindicativa.
L a venganza por lo tanto era el arma que aseguraba la timé. De ella no dependía solamente el honor individual, sino también y sobre todo la con firm ación de posiciones de privilegio social que no debían discutirse (la de los agathoi), de inferioridades no menos indiscutibles (la del pueblo, el demos al que pertenecía Tersites) y -dentro de estas jerarquías— el equili brio en las relaciones de poder entre las familias nobles. En otras palabras, la venganza era la garantía del equilibrio social.
Pero esto no quiere decir que, tam bién en un m undo dom inado por estos valores, no se puedan percibir ya las primeras tentativas de limitar, controlándolo, el uso indiscriminado de la fuerza.
afrentas infligidas a Odiseo véase E. Cantarella, Spunti d i riflessione critica su hybris e time
in O mero, en A nnuario scientifico F acoltà Scienze Politiche "P anteios", Atenas 1981. * Ilíada, 6, 349-351.