LA VENGANZA PRIVADA EN LA CIUDAD
4 Para mayores detalles y para la indicación de las fuentes véase E Cantarella, Stud
su ll’om icidio, cit., págs. 131 y sigs. L ’om icidio legittim o e l'uccisione del m oichos n el dirit to attico, así como M oicheia. R econsidering a Problem , cit.
ahora únicam ente en circunstancias completamente excepcionales y taxa tivam ente establecidas. L a nueva regla, de hecho, exigía que no se pudie se m atar a nadie sin una sentencia de culpabilidad previa.
El m ayor grado de control sobre la violencia, con respecto a la época homérica, resulta evidente. A hora existían órganos jurisdiccionales encar gados de establecer si el hom icidio se había com etido efectivamente, de evaluar el grado de culpabilidad del asesino y de decretar la pena. Estos órganos jurisdiccionales eran dos: el tribunal del Areópago, al que corres pondía juzgar los homicidios premeditados, y el tribunal de los Cincuenta y Uno (los cincuenta y un Efetas), a los que correspondía juzgar todos los demás hom icidios5.
Lo que ocurría después de que el Areópago y los Efetas hubiesen em i tido un veredicto de culpabilidad es algo que, por lo demás, la ley no dice. Pero sobre este problema volveremos enseguida, tras haber descrito suma riam ente el procedim iento de las acciones de homicidio, que permaneció en vigor durante toda la época clásica y que llevó insertas de forma evi dente las huellas de su derivación del sistema de la venganza privada.
Elp r o c e d i m i e n t op a r a l o sd e l i t o s d e s a n g r e
Con la excepción de los casos extraordinarios a los que ya hemos teni do ocasión de apuntar (los que perm itían la realización de una acción pública extraordinaria), los procesos por homicidio en Atenas se celebra ban por iniciativa de los familiares de la víctima que, para ello, debían rea lizar dos actos so lem n es6. El prim ero consistía en presentarse ante el arconte-rey (basileus) e indicar el nombre del presunto asesino. El segun do consistía en presentarse ante la tum ba del muerto y plantar una lanza, de un m odo semejante al de declarar simbólicamente el inicio de una gue r r a 7. Sólo en este m om ento y con estas condiciones el proceso podía lle
5 Sobre la organización de estos tribunales véase D. M. M acDowell, Athenian H om icide
L aw (Pubi. Univ. Manchester, 15), Edinburgo 1973. Sobre el Areópago en concreto véase de
nuevo R.W. W allace, The A reopagus Council, cit.; E. Heitsch, D er Archon Basileus und die
attischen G erichtshöfe f ü r Tötungsdelikte, en Symposion 1985, Colonia-Viena 1989, págs. 71
y sigs.; y por ultimo G. Thür, Die Z uständigkeit des A reopags als Blutgerichthof, en Sym po
sion 1990 (Asilomar, 24-25 sett. 1990), Colonia-Viena, en prensa.
6 Como resulta evidente me refiero aquí a la acción privada por homicidio (dike phonou). Contra los asesinos, por lo demás, también se podía emprender una apagoge que, como sabe m os, es una acción pública especial para la cual se remite a M. H. Hansen, A pagoge, cit. y
The P rosecution o f H om icide in Athens. A R eply, cit., págs. 11 y sigs., véase también ahí la
discusión sobre la posibilidad de que existiese una graphe phonou. Para la existencia de esta
graphe véase M. Gagarin, The Prosecution o f H om icide in Athens, en GRBS 20 (1979) 301 y
sigs. Compartiendo los argumentos de Hansen contra semejante hipótesis (al que remito) en el texto me limito a hablar de la acción privada. En cuanto a la acción extraordinaria, la apa
goge, queda al margen de nuestros intereses específicos.
7 D em óstenes, contra Everg. y M nesib., 68 y sigs. El control de las reglas sacrales esta ba confiado a los exegetas: cfr. Platón Eutifrón, 22, 9. Sobre el tema véase D. M. MacDowell,
varse a término: y era un proceso m uy particular cuyo prim er acto co n sistía en una proclam ación solem ne (llam ada prorresis) con la cual el arconte-rey notificaba al acusado que se mantuviese alejado “de los luga res indicados por la ley”, es decir los tribunales, el agora, los juegos y las Anfictionías sagradas8. Seguidamente, después de que los parientes de la víctima inscribiesen la causa (dike phonou) en el listado del basileus (lag- chanein o apographesthai)9, comenzaba la fase de instrucción del proce so -d irig id a por el basileus- que se desarrollaba en el transcurso de tres audiencias (prodikasiai), durante las cuales las partes exponían sus razo nes al mismo tiempo que conocían a grandes líneas las razones del adver sario. El arconte, establecido el tipo de homicidio del que se trataba, asig naba seguidam ente la causa (eisagein) al órgano jurisdiccional al que correspondía em itir la sentencia10.
No menos solemne y dramática que la primera fase, se iniciaba en este punto la fase deliberativa, cuyo prim er acto correspondía nuevam ente al acusador. Se llamaba dimosia k a t’exoleias y se trataba precisamente de un juram ento cuyo ritual y contenido eran por lo demás muy particulares. En efecto, quien acusaba a un hom icida juraba estando en pie ante los restos de un oso, un cordero y un toro sacrificados según las prescripciones e invocaba, si juraba en falso, que la maldición cayese sobre él, sus hijos y su casa11. El acusado hacía un juram ento análogo y, así, llevaba a cabo un rito que, según Pausanias, se realizaba con las dos partes de pie sobre dos
® El texto de la proclamación se encuentra en Antifón, Coreuta, 35. La expresión tradu cida en el texto “por las cosas indicadas por la ley” es en griego ton nom im on y se interpreta en ocasiones como una invitación a evitar “los lugares legales" (así D. M. M acDowell, A th e
nian H om icide Law , cit. pág. 23). La traducción “las cosas indicadas por la ley” es de Rho
des y dado que, como resulta del texto, los lugares de los que el acusado debe mantenerse ale jado no son solam ente “los lugares legales”, es sin más preferible. Como resulta de Demóstenes, contra Timocr., 105, la sanción para quien violaba la norma era la exposición a la apagoge.
9 Cfr. Aristóteles, Constitución de los Atenienses, 57, 2 y 57, 4, que usa el verbo lancha-
nein, y Antifón 6, 35-46 que utiliza el verbo apographesthai.
10 Si quienes juzgaban eran los Efetas, éstos se reunían en lugares diversos, según el tipo de acusación. Si era de homicidio involuntario el debate tenía lugar en el Paladio; si era de homicidio legítimo en el Delfinio. Si la persona acusada ya había cometido un homicidio invo luntario y se la había condenado por ello al exilio, el lugar de la reunión era el Freato. Por últi mo, en el caso que no se supiese quién había provocado la muerte de una persona, el debate tenía lugar en el Pritaneo, en donde se celebraban los procesos contra las cosas inanimadas que habían provocado la muerte. En el Paladio, por lo demás, también se juzgaban los casos de boulesis, es decir, de instigación al homicidio. Sobre los numerosos problemas planteados por la identificación del comportamiento así calificado, a partir de las consideraciones de U. von Wilamowitz Moellendorff, A ristoteles und Athen, Berlín 1 9 8 3 ,1, pág. 252, η. 138, véase R. Maschke, D ie W illenslehre im griechischen R echt, Berlin 1926, reimp. Darmstadt 1968; D . M. M acD ow ell, A thenian H om icide L aw , cit. págs. 90 y sigs; E. Heitsch, A ntip h o n aus
R ham nus (= Abhandl. Akad. d e r W issensch. und L iter. M ainz, 3), Mainz-Wiesbaden 1984,
passim; la recension a H eitsch de Gagarin, en G öttingische G elehrte A n ze ig e r 239 (1987) 55-56; y de A. M affi en G nom on 57 (1985) 685-689; y para terminar todavía M. Gagarin,
Boulesis in Athenian H omicide Law, comunicación presentada al VII Simposio di Diritto greco e d ellenistico (Siena-Pisa, junio 1988), en prensa en Sym posion 1988.
piedras llamadas respectivam ente “la piedra de la im placabilidad” (lithos anaideias) y “la piedra del delito” (lithos hybreos) n.
En este punto se pronunciaban los discursos (logoi), primero hablaba la acusación seguidamente la defensa, en número de cuatro, dos por cada parte. Tras el primer alegato de la defensa, en el caso de que se tratase de un homi cidio voluntario, el acusado podía optar espontáneamente por el exilio, evi tando la pena de m u erte13. Por último tenía lugar la votaciónl4.
Este era, en sus líneas fundamentales, el procedim iento para los deli tos de sangre. Pero ¿cuáles eran las consecuencias de una eventual senten cia condenatoria?
Els i s t e m a d e l ae j e c u c i ó nd e l e g a d a
Aunque había introducido las innovaciones fundamentales examinadas hasta ahora, la ley de Dracón no había alterado la ejecución de la sentencia. Esto significaba, por tanto, que en este aspecto nada había cambiado. Como ya ocurría en la ciudad homérica, en la ciudad del siglo vil la muerte de los asesinos se confiaba a los parientes de las víctimas, y la situación permane ció sin cambios durante algunos siglos. ¿Pero cuántos? Lo que sabemos es que las leyes de Solón, tal como leemos en Aristóteles, proporcionaron a los atenienses normas nuevas en todos los campos, excepción hecha en m ate ria de hom icid io 15. Por otra parte, hacia el final del siglo v -m á s precisa m ente en el 408-406 a. de C - se volvió a publicar la ley de D racón y se colocó en el agora en frente de la stoa basileios para que todos pudiesen conocerla16.
Pero en cierto m om ento la ejecución de la sentencia se confió a los órganos públicos, aun cuando la condena del hom icida había sido conse
12 Pausanias, 1, 28, 5. Sobre el valor de estos juramentos y sobre su peso sobre la deci sión véase G. de Sanctis, Atthis, Storia della Repubblica ateniese dalle origini a ll’età di Peri
cle, Florencia 1975, pág. 216.
13 Demóstenes, contra A ritocr., 69; Antifón, IV, 4 ,1 y 5, 52. Cfr. también Antifón II, 2, 9 y Pólux, 8, 117.
14 Demóstenes, contra Aristocr., 71.
15 En efecto, en la Constitución de los A tenienses (7, 1) leem os que “Solón estableció la constitución y planteó otras leyes, y los atenienses dejaron de servirse de las leyes de Dracón, excepto la relativa al homicidio”. Cfr. Plutarco, Solón, 17. Antifón, por su parte, en el discur so p o r la m uerte de H erodes, afirma que “incluso las leyes que están en vigor sobre el homi cidio creo que debemos convenir que son las mejores de todas la vigentes, y las más santas. En efecto, ocurre que son las más antiguas de esta tierra y son siempre las mismas en esta mate ria y es ésta una gran prueba de leyes óptimamente vigentes. A sí también sobre el homicidio están vigentes leyes óptimas, que nadie se atrevió a alterar” (Antifón, de caede Herod., 14-15).
16 Sobre el papel de los anagrapheis cfr. J. H. Lipsius, D as attische Recht und Rechtsverf., cit., I, pág. 15; C. Hignett, A H istoiy o f Athenian Constitution, to the E nd o f the Fifth C entuiy
b. C., Oxford 1952, pág. 307; S. Dow, The Law Codes o f Athens, en Proceedings o f the Class. H ist. Society 71, 1957, pág. 32; R. Stroud, D ra ko n ’s Law on H om icide, Berkeley-Los Á nge
les 1968, págs. 65 y sigs. y por último N. Robertson, The Law s o f Athens, 410-399 b. C.: The
cuencia de una acción privada entablada por los familiares. Ciertamente, en el siglo iv las cosas estaban en estos términos. En el discurso de Demós tenes contra Aristocrates leemos que si se condena a una persona por homi cidio, sobre esta persona tienen poder “las leyes y quienes las administran. Quien ha emprendido la acusación sólo tendrá el derecho de asistir a su eje cución, nada m ás” n. En este punto se sometía al hom icida al apotym pa nismos.
¿Pero cuáles eran los m odos por los que se daba m uerte a l hom icida durante los siglos de la “delegación” ? Para responder a esta pregunta es necesario partir de una consideración: según algunos, la forma más antigua de la pena de muerte en Grecia habría sido la lapidaciónI8. ¿Acaso tenemos que deducir que se lapidaba a los asesinos en los siglos anteriores a los que se estableció que fuesen muertos por los órganos ciudadanos sometidos al apotympanismos?
Para resolver el problema -evidentem ente- es necesario seguir las hue llas dejadas en las fuentes por esta forma de dar muerte.
17 Demóstenes, contra A ristocr., 69. Para una discusión del posible momento en el que la ejecución se confió a un órgano público véase G. Thür, Die Todesstrafe im Blutprozess Athens, en JJP 20, 1990, 143 y sigs., según el cual el silencio de las fuentes sobre el tema haría pen sar en una evolución imperceptible, en todo caso posterior a la ley de Dracón (cfr. del mismo autor D ie Z uständigkeit des A reopags als B lutgerichthof cit.).
ls Cfr. por ejemplo G. M. Calhoun, The Growth o f Criminal Law in A ncient Greece, Ber- keley-Londres 1927, págs. 20 y sigs. Sostiene por otra parte I. Barkan, C apital Punishm ent
in A n cien t A thens, D iss. Chicago 1953 (reed. N ueva York 1979), págs 44, que la lapidación
era una “legally recognised form o f execution” en el “early period of Greek history” ; en donde por “early period” (como se deduce de la continuación del argumento) se entiende el período contrapuesto al “historical”. Pero sobre esto volverem os más adelante en el texto. Entre la literatura que desde hace tiempo discute este problema, proponiendo diferentes soluciones, cfr. A. S. Pease, Stoning am ong the G reeks and the Rom ans, en TAPhA, 38, 1907, 5 y sigs.; G. Glotz, art. L apidation en D S (1908); R. Hirzel, D ie Strafe d er Steinigung, Leipzig 1909, págs. 233 y sigs.; L. Gemet Sobre la ejecución capital, en Antropología, cit. pág. 263 y sigs.; R. Pettazzoni, La "grave m o r a ” (Dante, P urgatorio, 3, 127 y sigs.). Studio su alcune fo rm e
e sopravvivenze délia sacralità prim itiva, en SM SR 1, 1924, 1 y sigs.; M. Gras, C ité grecque et lapidation, en D u Châtim ent dans la cité, cit., págs. 75 y sigs.; y V. J. Rosivac, Execution by Stoning in Athens, en Class. A nt. 6, 1987, 232 y sigs.