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Ciudad y Estado como realidades coincidentes y conceptos superpuestos

2. Impactos sociales en la estructura de la ciudad

2.2. Ciudad y Estado como realidades coincidentes y conceptos superpuestos

Es interesante resaltar para los fines de esta investigación que, empezando por las ancestrales ciudades desaparecidas en el pasado inmemorial, continuando por las ciudades de la antigüedad y finalizando por las profusamente documentadas ciudades del presente, todas parecen tener un punto en común. Este consiste en la existencia de un centro de poder, más o menos organizado, al que le incumbe dar forma a la concentración humana, tomar las principales decisiones de gobierno e, incluso, establecer el modo de vida de sus habitantes.

13 Vid. F. CHUECA GOITIA, Uma Breve História do Urbanismo, Martins Fontes, São Paulo, 1982, s/ed., p.

23.

14 Vid. F. CHUECA GOITIA, Uma Breve História do Urbanismo, cit., p. 25.

15 Para REISSMAN, cada época histórica se caracteriza por un período arquitectónico determinado. (vid. L.

Los sacerdotes, los reyes, los jefes, los emperadores, los príncipes, los señores o cualquiera que fuera su denominación, tan solo representaban la expresión del poder dominante, la fuerza motriz que mantenía cada ciudad. Según afirma MUMFORD en este sentido, desde un principio es posible identificar la noción de Ley y orden16.

Esta noción de sometimiento a la Ley, que no tiene la misma denotación que en la actualidad, repercutió directamente en la manera como los individuos se ubicaron en el territorio de las ciudades, como utilizaron su suelo como fuente de supervivencia, de riquezas o de poder, como expresaron su arte y condujeron su vida social.

De este modo, a mi juicio, centro de poder, trazado y ciudad son conceptos que siempre han estado interrelacionados. El análisis de los hechos a lo largo de las diferentes fases históricas permite identificar con cierta facilidad que, por lo general, las ciudades, además de un control unificado, tenían objetivos que superaban la subsistencia individual, incluso en las sociedades más remotas17.

Aparte, también tenían un especial cuidado con las instituciones18, así como

una lógica en la organización de la convivencia y del desarrollo de las actividades que en ellas tenían lugar. Esto les imponía un trazado, por mucho que este fuera básico. En efecto, la creación de los núcleos de convivencia humana ha respetado en cada sociedad y en cada momento histórico, determinados elementos básicos.

Es sabido que, en algunas ciudades, se dieron situaciones sumamente peculiares, incluso de un perfecto desorden. De cualquier forma, lo que se aprecia en las tesis de los historiadores, es que es difícil que las ciudades se concibieran como una mera aglomeración de personas, sino como un centro racional de convivencia. Esto se ve claramente en las ciudades que se organizaban ya fuera a partir de cuestiones religiosas, de clases estamentales, de división y disputa de poder o, más recientemente, a partir de estrategias funcionales.

16 Vid. L. MUMFORD, A cidade na história, suas origens, transformações e perspectivas, cit., p. 59. 17 Vid. L. MUMFORD, A cidade na história, suas origens, transformações e perspectivas, cit., p. 73. 18 Vid. L. MUMFORD, A cidade na história, suas origens, transformações e perspectivas, cit., p. 77.

MUMFORD llega a afirmar que, en sus comienzos, la ciudad conservó «las intimidades y solidaridades de la comunidad primaria»19, peculiares de la aldea, pero

ello no impidió el desarrollo de sus propias funciones: el diálogo, la especialización humana, la sofisticación de las actividades, el cambio de las costumbres, la primera noción de Derecho de propiedad20, el desarrollo de las artes.

Sin embargo, debo admitir que aunque en las bases de la creación de algunas ciudades, hubo un notable intento de ordenación, muchas de ellas se vieron abocadas al fracaso. Efectivamente, las ciudades han ido a la par de los diferentes cambios sociales, ya fueran estos avances o retrocesos, en cuyo caso, también cayeron junto con la colectividad que las habitaba. Muchas llegaron incluso a desaparecer a causa de guerras o del agotamiento de su capacidad de respuesta a los intereses de la comunidad.

Tampoco faltan críticas al estilo novedoso o superado de cada uno de los modelos urbanos susceptibles de ser identificados desde la antigüedad hasta el día de hoy. Tanto sobre ciertas ciudades con conjuntos históricos mal conservados como acerca de otras con una excesiva parafernalia de artificios que resultan en un paisaje forzado, lo que se puede decir es que todas ellas son fruto de la sociedad que las habitan21.

De esta manera, es posible identificar distintas manifestaciones de ordenación de las urbes y de explotación del territorio, de acuerdo con las costumbres y las necesidades habidas en cada época22. Tomando esto como base, creo que es posible afirmar sin discusión, que en todos los modelos de ciudad habidos a lo largo del tiempo,

19 Vid. L. MUMFORD, A cidade na história, suas origens, transformações e perspectivas, cit., p. 74. 20 Vid. L. MUMFORD, A cidade na história, suas origens, transformações e perspectivas, cit., p. 124. 21 Por ejemplo, LÓPEZ RAMÓN se refiere a una disneylandización de la ciudad, a su juicio, una creación

fantástica y espectacular típica de la postmodernidad (vid. F. LÓPEZ RAMÓN, Introducción al Derecho

Urbanístico, Madrid, Marcial Pons, 2007, p. 28). A su vez, LEFEBVRE alude al hecho de que las ciudades modernas, generalmente, son mencionadas con calificativos un poco despectivos e incluso peyorativos, pero objeta que en las grandes ciudades, surgidas y desarrolladas espontáneamente, sí que se nota una «pujante individualidad colectiva» (vid. H. LEFEBVRE, De lo rural a lo urbano, historia, ciencia,

sociedad, Ediciones Península, Barcelona, 1975, 3.ª ed., p.104).

22 Sobre esto, ASCHER observa que esta característica de las ciudades de corporeizar las «lógicas de las

sociedades que acogen» se verifica, incluso, en las ciudades que siguen un cierto planeamiento (vid. F. ASCHER, Los Nuevos Principios del Urbanismo, El fin de las ciudades no está a la orden del día, Alianza Editorial, Madrid, 2012, 4.ª ed., p. 20).

se puede identificar un denominador común que se manifiesta de diferentes maneras: un centro de poder capaz de decidir cuál es el modelo de ciudad, cuál su desarrollo, cuáles las instituciones de las que debe disponer y cuál el comportamiento de la colectividad.

Este centro de poder político se ha denominado de distintas maneras en las diferentes eras, pero ya fuera el jefe, el sacerdote, el rey, el emperador, el señor, el príncipe o el Poder Público, impuso su fuerza y acotó las actividades humanas en el escenario social, sin que nadie haya sido capaz de escapar al mismo. Tal poder, así como la forma de su ejercicio, cambiaron hasta llegar a conformar la noción de Estado que, de la sencilla manera descrita por MAYER, vino a consistir en «un pueblo organizado bajo un poder soberano para la persecución de sus intereses»23.

Desde siempre ha existido un orden que, una vez configurado como poder, ha imperado en los intereses y expectativas de la sociedad. Por supuesto, esto también se ha reflejado en el medio urbanizado, donde la colectividad se ha sometido a las decisiones de un poder central de mando que ha dictado la manera como la ciudad debía conducirse, expandirse y desarrollarse.

A pesar de que es cierto que en todo orden siempre surge su infractor, es innegable que la noción de obligatoriedad de una mínima ordenación urbana se ha mantenido y trasladado hábilmente a la cada vez más independiente figura del Estado soberano, la cual será examinada más adelante.

Históricamente, al menos en las dos civilizaciones más mencionadas en el mundo occidental como parámetros de referencia ³Grecia y Roma³, la noción de Estado, tal y como hoy en día la admitimos, estaba asociada a la ciudad. En efecto, griegos y romanos solían utilizar, respectivamente, polis y civitas para designar tanto a la concentración urbana y el lugar de ejercicio de la ciudadanía como al espacio sobre el que se fijaba el poder político central.

23 Vid. O. MAYER, Derecho Administrativo Alemán, DePalma, Buenos Aires, 1982, s/ed. Vol. I, parte

La historiografía refuerza esta premisa al reconocer que, a lo largo de la historia, la ciudad fue la base fundamental del Estado emergente24 por ser la sede lógica

e histórica del poder25. Sin embargo, las distintas áreas del saber siempre han tenido un

especial interés en conformar una teoría acerca de la forma de organización y de gobierno de cada sociedad, o sea, de la manera como estaba constituida la sociedad política.

Las concepciones originales de Platón, Aristóteles y Cicerón en la antigüedad, no solo lo demuestran, sino que pueden ser consideradas el punto de partida de una discusión que, además de no estar agotada, ha perdurado a lo largo del tiempo de forma dinámica, pues tanto su concepción como sus dimensiones han experimentado cambios evidentes.