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La ciudad industrial y su contexto de desorden

3. Primeros intentos de formalización de una ordenación estatal

3.3. La ciudad industrial y su contexto de desorden

La ciudad no salió indemne del nuevo rasgo liberal de la actuación estatal, sino todo lo contrario, pues surgió la ciudad industrial, la coketown de Charles Dickens, que se caracterizó por el predominio de la racionalidad empresarial50, por el desorden en la ocupación del espacio urbano, por la creación de inmensos barrios obreros alrededor de las industrias.

En este momento histórico, se reforzó el uso del suelo como elemento mantenedor de la economía urbana, de modo que se incrementaron las edificaciones y, con ello, se redujeron los espacios baldíos. Rápidamente, se pudo percibir el incremento de valor que se le concedió a la propiedad y cómo esto repercutió en la urbe, la cual todavía carecía de una infraestructura suficiente para soportar tantos cambios.

Las ciudades sufrieron un proceso de rápida modificación de su trazado, de su forma y de sus fines, lo que se vio impulsado por el nuevo régimen de producción y supuso un divorcio entre las ciudades y los cánones religiosos e institucionales que les

48 Vid. F. ASCHER, Los Nuevos Principios del Urbanismo, El fin de las ciudades no está a la orden del

día, cit., p. 24.

49 Vid. F. ASCHER, Los Nuevos Principios del Urbanismo, El fin de las ciudades no está a la orden del

día, cit., p. 24 y 25.

dotaron de su primera configuración. También determinó el derribo de la muralla que, a la vez que las protegía, limitaba su expansión.

La velocidad de las mudanzas sociales, económicas y urbanísticas fue significativa y el Poder Público, según puedo concluir a partir de los registros históricos, no logró seguir el mismo ritmo, por lo que a mi entender, tuvo que intervenir masivamente en la estructura urbana como jamás lo había hecho anteriormente.

Lo más importante de este período es que, aunque que se reconozca que los progresos en él ocurridos tuvieron como resultado tanto una mejora de la producción como nuevos frentes de trabajo, los cuales diversificaron las actividades en la urbe, muchos aspectos de las nuevas aglomeraciones urbanas acabaron por comprometer la convivencia social y propiciaron un sinfín de conflictos, enfermedades y tragedias.

Por un lado, las ciudades experimentaron un aumento expresivo del número de habitantes como resultado del desarrollo industrial y del consecuente abandono de las áreas rurales, la urbanización se adueñó del espacio de los antiguos bosques de forma acelerada y llegó incluso hasta tierras no ocupadas anteriormente51. Hubo una

concentración masiva de viviendas cerca de las fábricas para atender la demanda de operarios, lo que propició el surgimiento de los slums, de las colmenas formadas alrededor de las industrias. Es decir, surgieron rápidamente incontables viviendas improvisadas, mal edificadas y sin ningún control sanitario alrededor de los barrios industriales.

Por otro lado, se produjo una expansión de las infraviviendas, de la degradación de los centros urbanos y de la simultaneidad del uso laboral y residencial en un único emplazamiento, aun cuando el objeto de la actividad implicase la presencia de animales, todo lo cual resultaba en un incremento de la insalubridad ya existente a causa de la falta de unos servicios públicos universales y eficientes.

Este degradante escenario se reprodujo en casi todos los países industrializados e, inclusive, en aquellos que a pesar de que no lo eran, experimentaron

un movimiento de migración de sus habitantes desde el campo hacia las ciudades, en busca de un cambio de vida. Como apunta MUMFORD, no hay duda de que desde el principio, la ciudad representó para el individuo, en comparación con el mundo rural, mayores oportunidades de desarrollo de sus capacidades, así como de innovación de sus actividades. La ciudad dio paso a la creatividad humana y a las creaciones y, por ello, atrajo masivamente a las personas.

A pesar de que este proceso haya presentado diferentes matices en los países en los que tuvo lugar, por lo general, hay un aspecto que es similar en todos ellos: el gran avance del proceso de urbanificación propugnado por la Revolución Industrial y por el abandono del campo. No fue para menos, las industrias demandaban mano de obra, la ciudad necesitaba suplirla, el campo infligía dificultades, los hombres querían obtener mejores condiciones de vida, desarrollarse y el empleo en la industria era visto como una solución casi mágica para todos los problemas.

Pero la muchedumbre que se acumulaba en instalaciones insalubres, los accidentes y grandes incendios, la incontrolable diseminación de las epidemias, representaron, sin lugar a dudas, un pésimo contrapunto a esta realidad, aunque ya era tarde, la nueva conformación de la existencia humana se había consolidado y esto le rendía malos frutos a las capas más bajas de la sociedad.

Sin embargo, como ya he mencionado con anterioridad, las ciudades de los distintos estados occidentales siempre contaron con un poder central que establecía conductas e intervenía imponiendo un verdadero orden urbanístico, cualquiera que fuera la forma de gobierno adoptada.

Aparte, si en un determinado momento histórico, el motivo determinante de tal intervención fue pura y simplemente la voluntad del titular del poder, puedo afirmar con razonable seguridad que, a partir de la Revolución Industrial, este control estaba más motivado por la necesidad de proteger el propio sistema, encarnado en la ciudad, de manera que pudiera conservar su capacidad de resistencia frente a todas las intervenciones que le fueron impuestas.

En mi opinión, el conjunto de evidencias que se puede extraer de la literatura especializada sobre la actuación del centro de poder controlador de la ciudad en este contexto histórico, permite llegar a la conclusión de que desde un punto de vista social, se advirtió la necesidad de garantizar la propia supervivencia del fenómeno ciudad. Esto impuso al poder dominante la tarea de establecer un orden mínimo que propiciase la seguridad de la convivencia ciudadana e, inclusive, del mantenimiento del poder ejercido sobre ella. Con este fin, se intensificó el uso de la fuerza, creando reglamentos preceptivos y generales más explícitos sobre las actividades sociales.

La ciudad de la suciedad, de las enfermedades y de las infraviviendas conllevaba un coste social muy grande y la intervención estatal supuso el camino hacia la supervivencia por medio del orden. No son raros los ejemplos de ciudades en las que el poder central actuó impulsado por la idea de una higienización del ambiente, pero también lo hizo para contener la desenfrenada especulación del mercado.

Estas actuaciones tuvieron un carácter esencialmente correctivo. Sin embargo, las ideas del cartesianismo y la busca de mejoras en el entorno urbano, que ya habían tenido inicio en el período precedente, no cayeron en el olvido, sino que se reforzaron. Esto es así debido a que, a mi entender, en el contexto urbano las experiencias no se pierden, sino que los nuevos sistemas se desarrollan de modo concomitante a los precedentes.

Estoy convencida de que, en épocas recientes y desde una perspectiva jurídica, esa fue la tónica de las primeras intervenciones del poder central que actuaba en cada ciudad: garantizar su supervivencia ante los degradantes influjos sociales de su contexto, aunque he de admitir que cabe la posibilidad de que dicho proceder no haya sido deliberado.

Aparte, en contraposición, a partir de ese momento el espacio urbano y el suelo que le correspondía asumieron, incontestablemente, el papel de fuente de riquezas fáciles de ser disfrutadas. Justamente por ello, por lo general, cundió la perspectiva de una rápida recuperación de las inversiones realizadas en los mismos, situación no muy distinta a la que nos toca vivir en el presente.

Por lo tanto, el suelo urbanizado se convirtió en una opción perfecta para todo tipo de especulaciones. Ello supuso una expansión cada vez mayor del proceso urbanizador y de la parcelación del suelo, lo que reforzando el valor del Derecho de propiedad como símbolo de riquezas, poder y proyección social52.

Es manifiesto que ello intensificó la acumulación de propiedades en manos de unos pocos, así como su intensiva explotación, sobre la base del concepto napoleónico del carácter absoluto del Derecho de propiedad. Esto no solo ocurrió en los países europeos, sino que se propagó tanto a sus colonias como a los países recién independizados, tal y como representa la experiencia brasileña, de un modo claro e incontestable, asunto este que abordaré posteriormente.