3.1. LA HISTORIA DEL EMPRENDIMIENTO DE EL CLAVO
3.1.6. UN CLAVO MÁS EMPRESARIAL
En el mes de enero de 2007, después del regreso del personal administrativo y docente de la Universidad Javeriana, Andrés Oggioni le informó a César López que el espacio físico del antes Sector Cultural y en ése momento Centro de Expresión Cultural, iba a tener una restructuración y que El Clavo no podía seguir funcionando ahí porque necesitaba el espacio. Las razones de esta decisión no fueron claras para el quipo de El Clavo, y la alternativa que les dio Oggioni fue que El Clavo se trasladara de oficina y pasara a la parte de abajo donde funcionaba antes Pontos. Oggioni convenció al Vicerrector del Medio Universitario de que era una buena decisión y que la oficina de abajo fuera exclusiva para El Clavo; además porque por esa época el Comité de Gestión Estudiantil, CGE, había logrado que le asignaran un salón del edificio del Lago, al lado del edificio del Medio Universitario, entonces a ningún grupo estudiantil le llamó la atención que El Clavo se adueñara del espacio donde antes había funcionado Pontos, en parte porque el salón que le iban a dar al CGE iba a estar dotado con computadores y puestos de trabajo.
De todas formas César López conversó el tema con Óscar Mauricio Vásquez, que era el Director del CGE para que no hubiera problemas, porque si los grupos se quejaban por la decisión de darle la antigua oficina de Pontos a El Clavo, era posible que el Padre reversara su
decisión y El Clavo se quedara sin espacio físico donde funcionar. Pero para darle más fuerza a la decisión, César López convino con el padre Vicerrector para que el Medio Universitario tuviera una pauta publicitaria dentro de la revista a cambio del alquiler de la nueva oficina, y de esa manera la Universidad no les iba a estar haciendo un favor, sino que sería un convenio comercial de ganancia mutua.
Una vez la oficina fue de El Clavo, César López empezó a amoblarla con lo que pudo. Un profesor de Ingeniería Electrónica, Jaime Aguilar, que iba a viajar a España por varios años a hacer un Doctorado le ofreció una mesa grande que tenía en una casa en el sector de Montebello. Entonces un viernes al medio día, López y Aguilar, con la ayuda del profesor Aníbal Paternina, Director del CAP (Centro de Automatización de Procesos), que tenía una camioneta, subieron por la mesa que se encontraba un poco deteriorada, pero servía. La bajaron a la Javeriana y la llevaron hasta la oficina de El Clavo. Para el resto de los muebles, César López habló con el señor Silvio Rincón de Servicios Operacionales y él le ayudó pasando los paneles modulares que estaban en Cultural para la nueva oficina de El Clavo y lo que faltaba, López le compró a la Universidad muebles de segunda, que ya habían sido dados de baja.
Pero habían otros problemas y era el Internet y el teléfono, que años atrás se había tratado de gestionar a través del CGE, y además a Claudia Mora y a Andrés Oggioni les habían manifestado las personas de mantenimiento que en ése lugar no se podía, porque a ese sector de la Universidad no llegaban líneas telefónicas y mucho menos de Internet. César López invitaría a almorzar a un par de empleados de Servicios Operacionales de la Javeriana y les pidió el favor que le pusieran Internet y línea telefónica, y en menos de una semana, la oficina de El Clavo ya tenía muebles, Internet y línea telefónica.
Para conseguir el número de teléfono César hablaría con la persona encargada de la parte de telefonía de la Javeriana, quién después de darle varias vueltas al tema y hacer la revisiones técnicas correspondientes, les asignaría la misma extensión que tenían antes en el Sector Cultural, y al hacer el cambio, encuentran que incluso se podía dejarla directa, que era mejor porque las llamadas no dependían del conmutador. Y finalmente, como petición de la gente de
El Clavo a la Vicerrectoría del Medio Universitario, se logró pintar la oficina de color azul y poner cortinas. En dos meses, la oficina de El Clavo se volvió un espacio de trabajo con todos los recursos, después de ser una simple bodega con un bombillo.
Este nuevo espacio de trabajo obligaba a que El Clavo fuera cada vez más independiente de sus propias funciones, porque ya tenían un sitio propio y no parte de una oficina como sucedió mientras estuvieron en el Centro de Expresión Cultural. Pero también estar en este nuevo sitio hacía más visible la publicación hacia la comunidad universitaria de la Javeriana y cada vez se iba generando una dinámica empresarial. El teléfono se contestaba haciendo referencia a El Clavo y ya podían estar en el mismo sitio los nuevos empleados de la publicación, que al tiempo en que salían más ediciones, se hacía necesario tener por más tiempo a personas como la diseñadora, el editor y la persona encargada de distribución.
Sobre esta época, en la que El Clavo se hacía más visible dentro de la Javeriana por su crecimiento editorial, además por tener un espacio físico aparte, con frente hacia la comunidad, se refiere Armando Vargas, Fundador del CGE y del proyecto de literatura y poesía Nocturno:“La generación de integrantes de esa época, también era gente que tenían
mentalidad emprendedora, eran muy pocos los que tenían mentalidad de artista, porque los artistas sólo se preocupan por producir y vender e inflar el ego, el emprendedor va más allá. Entonces creo que fue una sumatoria de distintas consecuencias y coincidencias que llevó a que El Clavo empezara por esa línea. Entonces El Clavo fuera de eso se convirtió en un referente, porque habíamos hecho la reforma de emprendimiento en la universidad, ya no de participación estudiantil, sino de emprendimiento en la universidad, y a partir de eso arrancó la cátedra de formar empresa y tengo entendido que hubo una vaga oportunidad donde César López como director de El Clavo, estuvo compartiendo la experiencia, compartiendo el proceso; entonces una vez más El Clavo, se convertía en un referente de laJaveriana”.
Entonces el cambio finalmente sería para bien, El Clavo ya podía decir que tenía una sede y un espacio donde crecer como empresa, pero sería por un tiempo aproximado de dos años, porque poco a poco el espacio se fue quedando pequeño y no respondería a las nuevas necesidades de la publicación sobre todo en aspectos comerciales como la venta de pauta y la distribición. Al
respecto se refiere Catalina Peláez, entonces estudiante de Psicología e integrante de El Clavo:
“Era chévere cuando vos empezabas a pasar por la universidad y veías a la gente con El Clavo en la mano, además la evolución que tuvo fue impresionante y el impacto fue
importante, porque ya lo veíamos incluso en la librería Nacional”.
Además que poco a poco se vincularían más personas y el espacio era común, sin divisiones, entonces se comenzaría a generar la necesidad de una nueva oficina. Las dinámicas poco a poco eran más de empresa, pero por el medio en el que estaba El Clavo, todavía tenía aspectos de grupo estudiantil, en parte por su informalidad.