P ODER DEL NOMBRE DIVINO
II. COMENTARIO: EL HOMBRE ANTE LA MAJESTAD DIVINA
En determinado momento, este salmo fue cantado con el acompa- ñamiento de un arpa o inspirándose en una melodía de origen filisteo, como insinúa el título. Ya dijimos que los títulos son posteriores a los salmos.
El Dios de la alianza (Yahvé), vinculado estrechamente con su pue- blo, suscita la admiración desde el comienzo del salmo. Ha manifes- tado su nombre y, de este modo, se comunica con el hombre. Es un nombre tremendo y glorioso, inspirador de la alabanza coral: «¡Yahvé,
Señor nuestro, qué glorioso en tu nombre el toda la tierra!» (v. 2a). La
tierra toda se ha convertido en templo de la gloria divina, y desde la tierra se eleva un himno de alabanza a Yahvé. El hombre admirado da voz al coro silencioso de lo creado. Tras esta antífona coral, apenas glosada, comienza el cántico de alabanza.
2.1. El poder de Yahvé y la dignidad del hombre (vv. 2b-5). ¡Qué forma tan extraña de asentarse la majestad divina sobre los cielos! O bien, ¡qué servicio y adoración tan desproporcionado! La boca de los pequeños lactantes, que apenas han aprendido a balbucir, es el medio más ade- cuado para afirmar la majestad de Yahvé sobre los cielos. O bien, Yahvé se complace en ser servido y adorado con la lengua de quien no sabe hablar, como le sucede a Jeremías (cf. Jr 1,6). Es lo que se dice en el libro de la Sabiduría: «La Sabiduría abrió la boca de los mudos y soltó la len- gua de los pequeñuelos» (Sb 10,20). No es posible mayor despropor- ción: que el “Inefable” sea servido, adorado, ensalzado o encumbrado por el “infante”, por quien no sabe hablar. Es que, como anota Calvino, «Dios no necesita la elocuencia los retóricos; dispone, por el contrario, de la lengua muda de los chiquillos» (citado por Ravasi, 194). Algo de esto es lo que sucede en la escena evangélica de la entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén (cf. Mt 21,26). Es la manifestación de Dios a la gente sencilla, de la que habla el evangelio (cf. Mt 11,25p).
Ya tenemos una lengua que alaba o ensalza a Dios, la de los peque- ños. Los mayores pueden ser “adversarios”, “enemigos” y “rebeldes”.
No hay por qué pensar en los seres míticos contra los que lucha Yahvé y los vence: el Leviatán, el mar, el dragón marino. (cf. Sal 74,13-14); ni tampoco en los semidioses de los que habla Gn 6,4; ni siquiera en los enemigos históricos de Israel. Los seres mitológicos son, al fin y al cabo, la proyección de una experiencia religiosa. Es suficiente con que los enemigos de Yahvé sean “rebeldes”, que se hayan rebelado contra Yahvé. Es la actitud de quien, no contento con ser hombre, quiere ocu- par el puesto divino, el interior del jardín, como sucede al hombre del Génesis (Gn 3,3). El Prometeo de la mitología griega persiste en su intentona de robar el fuego a los dioses. Pues bien, contra estos ene- migos rebeldes, Yahvé ha cimentado y construido un baluarte –acaso el firmamento–. Contra él se harán añicos los rebeldes; así acabarán todas sus rebeldías, y se quedarán mudos, mientras los pequeños con- tinúan su alabanza.
Bien opuesta es la postura de quien contempla el cielo. En él des- cubre la actuación de Yahvé: Tu cielo es «hechura de tus dedos» (v. 4a). Es una obra artesanal, menuda y cariñosa: «Un pasar y repasar los dedos, modelando la forma perfecta de los astros: como vajilla, como joyas, los astros son para el poeta piezas de divina artesanía» (Alonso- Carniti, 219-220). Una segunda acción se yuxtapone a la obra artesa- nal: Yahvé ha recurrido a toda su pericia y a todo su poder para “afian- zar” la luna y las estrellas. No impresiona tanto al poeta la indefectibi- lidad de los astros cuanto la inmensidad y la fidelidad de Yahvé. La contemplación, nacida de la admiración, se convierte inmediatamente en pregunta sorprendida: «¿Qué es el hombre?». Sí, ¿qué es el hombre ante Yahvé?, ¿qué es el hombre que contempla la inmensidad de lo cre- ado? Aparentemente un ser quebradizo, mortal y afectado por la tierra de la que procede: es hijo-de-Adán (nombre que se relaciona con la
’adamâ: de la tierra rojiza, a la que retornará el ser humano [cf. Gn
3,19]). Sin embargo, Yahvé «se acuerda» de este ser insignificante que el mortal; más aún, «se cuida» de él (v. 5). El ser humano es valioso por ser un recuerdo divino; un recuerdo cuidado, incluso mimado, con solicitud. Lo cuida con una solicitud similar a la que una madre tiene con su hijo. Ésa es la gran dignidad del hombre, del ser humano.
2.2. Señorío del hombre y su relación con Yahvé (vv. 6-9). Yahvé es el único Dios. El ser humano es «imagen y semejanza de Dios» (Gn 1,26- 27); es acaso un dios o «apenas inferior a un dios». Aunque el autor esté pensando en los dioses inferiores del panteón cananeo, aquí estos
dioses han caído de su pedestal; son hombres tan sólo. Pero el ser humano tiene un no sé qué de divino. La gloria y el esplendor son cua- lidades típicas, aunque no exclusivas, de Dios y del rey (cf. Sal 29,1; 96,8; 104,1; 111,3, etc.). Yahvé reviste al hombre de una fuerza como la suya (cf. Si 17,4). La gloria y el esplendor son una corona regia que Yahvé pone sobre las sienes del “mortal hijo del hombre”; es decir, lo corona rey. A continuación le da el mando o señorío sobre todo lo que salió de las manos divinas, sobre «las obras de tus manos», y lo entro- niza sobre el escabel regio: «todo lo sometiste bajo sus pies» (v. 7b). El Nuevo Testamento aplicará este verso a Cristo, el “mortal hijo del hombre”, a cuyos pies todo se doblega, incluso la muerte (cf. 1 Co 15,27; Ef 1,22). El autor de la carta a los Hebreos convertirá los vv. 5- 7 de este salmo en la base bíblica de su homilía sobre el sacerdocio de Cristo (cf. Hb 2,4-9). No es que este salmo hable directamente de Cristo, sino de cualquier ser humano que no sea rebelde.
Ya coronado y entronizado, desfilan ante el rey por delegación, que es el ser humano, todas las criaturas de su imperio: las que deambulan por la tierra y las que vuelan por el cielo; también aquellas que surcan las aguas marinas; el ganado mayor y menor, y también las fieras sal- vajes –formando una terna–; las aves del cielo y los peces de mar, tam- bién cuantos «circulan por las sendas de los mares» , refiriéndose, acaso, a los grandes animales que viven en el mar; –y tenemos una segunda terna–. La tierra, los aires y las aguas; los animales de la tierra (en número de tres) y aquellos otros que vuelan por el aire o surcan las aguas (también en número de tres) forman el amplio dominio del rey por delegación que es el hombre. Ha sido coronado y entronizado por Yahvé, “nuestro Dueño”, que ha puesto en las manos humanas un teso- ro de valor inmenso: nada menos que “la obra de sus manos”.
¡Grande es la responsabilidad del hombre! Ha de mantener un sano equilibrio entre la dependencia de Yahvé y el dominio de todo lo creado. No puede hacer y deshacer a su antojo, de modo que estropee la obra de las manos divinas; pero tampoco ha de hacer dejación de su vocación como representante de Yahvé en esta lejana provincia de su amplio imperio que es la creación. Subordinación a Yahvé y respe- to de la creación han de ser las dos grandes líneas programáticas de la actuación del rey delegado. La visión ecológica de la creación tiene plena cabida en este salmo. La creación no es una materia “bruta” que haya que espiritualizar, según una concepción platónica, ni el ser
humano es dueño absoluto de lo creado. Todo lo creado lleva la marca de las huellas divinas, como descubre un Juan de la Cruz: «Y todos cuantos vagan / de ti me van mil gracias refiriendo...» (Cántico, 7). Hemos hablado del ser humano. Debemos añadir que éste es dual: varón y mujer; que la mujer es “la ayuda adecuada” (Gn 2,20), inter- locutor necesario del varón, para que éste salga de su soledad.
Llegados al final del salmo, retornamos a la admiración, al estupor y a la ponderación, mientras la mirada del ser humano se pierde en las bastas aguas infinitas. «¡Qué admirable es tu nombre!» (v. 10). En esta exclamación final suena la admiración inicial y la pregunta eter- namente formulada: «¿Qué es el hombre?» (v. 5).
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He aquí una alabanza entonada por labios de pequeños lactantes, no por soberbios y rebeldes que quisieran ocupar el puesto de Dios. ¿Dónde está ese hombre limpiamente infante, aunque sea adulto, que pueda entonar este salmo con toda verdad? ¿Dónde esos ojos pene- trantes, por ser limpios, que pueden descubrir el movimiento de los dedos de Dios mientras extiende el firmamento o fija las estrellas y la luna? ¿Dónde ese hombre que se inclina reverencialmente ante la cre- ación y la domina cuidando de ella, o cuida de ella dominándola? ¿Dónde esa boca infantil que disfruta alabando a Yahvé, nuestro Due- ño? ¿Dónde, en fin, ese ser capaz de admirarse y de contemplar sose- gadamente? Dondequiera que se encuentre ese ser humano (varón o mujer) podrá entonarse este salmo comprometedor.
III. ORACIÓN
«Dios omnipotente, invocamos tu nombre admirable, suplicando encarecidamente que, así como todo lo creaste para sometérselo al hombre, nos concedas llegar a ser dignos servidores tuyos. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén» (PL 142,67).