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COMENTARIO: “TÚ ERES MI BIEN”

In document irisarri-020 (página 162-170)

Y AHVÉ , LA PARTE DE MI HERENCIA

II. COMENTARIO: “TÚ ERES MI BIEN”

La antífona inicial es un grito denso. No hay tiempo para detener- se en explicar de qué ha de proteger Dios a su amigo, ni el refugio es

especificado. Ambos verbos: “proteger” y “refugiarse” son genéricos. El salmista busca la protección total de Dios –“el fuerte”, como se intuye por la etimología del nombre divino–, porque el peligro que le acecha también es total. Dios es la única seguridad en tiempos de inclemencia.

2.1. Profesión de fe en tres partes (vv 2-6). La introducción deja el

paso abierto a la confesión, que, como hemos dicho, se articulará en tres partes: el “sí” a Yahvé, el “no” a los ídolos y nuevamente el “sí” a Yahvé.

2.1.1. El “sí” a Yahvé, confesión positiva (v. 2). Con una declaración

formal se inicia la confesión positiva: «Digo a Yahvé». La confesión va dirigida al Dios de Israel, a Yahvé. Es el Dios de la alianza, “el Existente”, que mostró y muestra su ser actuando a favor del pueblo; éste, el pue- blo, se sabe vinculado con Yahvé de un modo teórico y práctico. La res- puesta del pueblo debe ser: “Haremos y escucharemos” (cf. Ex 24,7). Las palabras que van a ser pronunciadas por el salmista no son teoría, sino que fluyen de su postura ante la vida y ante Yahvé.

Lo primero que dice es: «Tú eres mi Señor». Unido el nombre de “Señor” al de Yahvé, se afirma el dominio de Yahvé sobre todo el mundo: es el “Señor de los señores” (cf. Dt 10,17; Sal 136,3) y el “Señor de toda la tierra” (cf. Jos 3,13; Mi 4,13, etc.). El orante se presenta ante “el Señor” con la conciencia propia del siervo, o al menos del vasallo, pero también con la confianza de quien se sabe ante su Señor: “Tú eres mi Señor”; ningún otro es Señor, aunque quizás en otros tiempos lo hubiera sido.

El único Señor es simultáneamente el único Bueno: «Tú eres mi

bien». Yahvé es la personificación de la bondad, es el Bueno. El profe-

ta Oseas opone el Bueno al Malo: una oposición entre Yahvé y Baal (cf. Os 8,3; cf. Pr 13,21). Del Bueno procederán todos los bienes para quien se ha quedado sólo con el Bien, y ha rechazado al resto de los dioses. Es un buen epíteto divino para condensar la temática del salmo. Quien ahora es amigo de Yahvé, en otro tiempo lo fue de Baal, a quien decía: “Nadie hay por encima de ti”. Esta misma fórmula le sirve, en su nueva situación, para insistir en la exclusividad de Yahvé, el Bueno: «Nada hay fuera de ti». El creyente se opone, con energía y vehemencia, a la concepción religiosa y a la praxis de muchos com- patriotas suyos, seguidores y adoradores de Baal.

2.1.2. El “no” a los ídolos: confesión negativa (vv. 3-4). Estamos ante

unos versos textualmente desesperantes. Es un texto «en estado de conservación deplorable: como una escultura insigne roída por la in- temperie» (Alonso-Carniti, 292). La Nueva Biblia de Jerusalén anota: «Estos versículos podrían dirigirse a quienes pretenden unir la adora- ción a Yahvé y el culto a los dioses locales, sincretismo, que fue duran- te mucho tiempo la tentación de Israel, ver Is. 57, 6; 65,5; 66,3» (BJ, 689). Opto por conservar el texto consonántico hebreo tal cual es, y ofrezco la siguiente traducción del mismo:

[Yo digo:...]

3. a los dioses de la tierra,

a los señores, en quienes me deleitaba: 4. – “¡Multiplíquense sus desgracias,

que les sorprendan una tras otra!

yo jamás les derramaré libaciones con mis manos, ni mis labios pronunciarán su nombre.

Continúa hablando el “amigo de Yahvé”, y expone sus tiempos pasados: cuál era su antigua fe y su comportamiento religioso. “Los dioses de la tierra” y “los señores” son los mismos: originalmente los dioses inferiores del panteón cananeo, y para el salmista los dioses de la fertilidad esparcidos por el país. En ellos se deleitaba el salmista en tiempos pasados, es decir, el deseo [el deleite] implica a la persona en su totalidad. Centrar el deseo en los “dioses” y en los “señores” equi- vale a convertirlos en fuente única de la felicidad. El salmita tenía “todo su deseo” en ellos, en ellos se complacía. No había lugar para la ley de Dios ni para su voluntad, tampoco quedaba resquicio alguno que diera cabida a Dios. Todo esto sucedía en el pasado. El presente es muy distinto.

Ahora que se multipliquen “las desgracias de los dioses” (véase arriba anotaciones al texto), que “les sorprendan una tras otra” (v. 4). Bíblicamente es conocido el “dolor de Yahvé”: le pesó haber hecho al hombre en la tierra y se indignó en su corazón (cf. Gn 6,6); se irrita y se exaspera ante la contumacia del pueblo, peregrino por el desierto (cf. Sal 78,40-41). El fracaso de la creación y de la redención causan pesares a Dios. Ha fracasado Baal: ahora tiene un adorador menos; uno que ya no está dispuesto a secundar los ritos de la fertilidad, al menos tal como los conocemos por Os 4,13. ¡Ojalá que en el futuro

otros muchos abjuren de Baal! Se aumentarán sus desgracias y le sobrevendrán una tras otra. El amigo de Yahvé ya ha tomado su deci- sión, ratificada con dos propósitos para el futuro.

No conocemos en la Biblia ningún lugar que hable de libaciones de sangre; sí de otra clase de libaciones. Por ejemplo, Os 9,1-4 habla de “libaciones de vino”. Estas libaciones, junto con las libaciones de agua o de aceite han de relacionarse con los cultos de la fertilidad. El efec- to esperado era la abundancia de pan hasta causar hartura (cf. Jr 44,17-18). Eran, a la postre, un signo de sincretismo religioso o de apostasía (cf. Jr 32,19; 7,18; 19,13; 44,55). El amigo de Dios, que se ha distanciado interiormente de los dioses, no está dispuesto a derramar ni una libación más. Su único y supremo bien es Yahvé. En cuanto a los dioses, «yo jamás les derramaré libaciones con mis manos» (v. 4b). Más aún: los dioses ya no existen; no tienen nombre. ¿Para qué pro- clamar un nombre vacío? Los labios del salmista enmudecen porque el poder –el honor, la gloria y la fama– no lo detentan los dioses, sino Dios. Estas dos acciones externas son una expresión del cambio inter- no, y preparan la nueva confesión de Yahvé.

2.1.3. El “sí” a Yahvé, confesión positiva (vv. 5-6). El amigo de Yahvé

acaba de decir lo que no hará en el futuro. Ahora proclama lo que Yahvé hace por su amigo en el presente: es el donador de la herencia y de la copa. He aquí dos acciones que se contraponen a las dos renun- cias del antiguo seguidor de Baal.

La formula «Yahvé es mi herencia» no alude necesariamente a una espiritualidad levítica, aunque haya sido explicada así tradicio- nalmente. Yahvé es el dueño absoluto de la tierra. La posee como pro- piedad personal (cf. Sal 78,54; Is 57,13; 65,9). Puede dársela y se la da a su pueblo, que es su hijo, como “herencia”: un don que pasa de padres a hijos; no puede ser enajenado. El don de la tierra es el fun- damento vital regalado por Yahvé. El pobre, cuya vida depende de la prodigalidad de Yahvé, podía decir como el levita: «Yahvé es la parte de mi heredad» (cf. Dt 10,9; Jos 13,14). Así, lo que era propio de los sacerdotes se aplica a todo el pueblo y cada uno de los hijos de este pueblo. El amigo de Yahvé que compone este salmo es un pobre. Alega el nombre y la acción de Yahvé como título que acredita la posesión de su herencia: ¡Yahvé se lo ha dado! Ha sido Yahvé quien ha realizado el sorteo de la tierra y a este amigo suyo le ha tocado su porción. Yahvé ha medido cada parcela y a su amigo le ha tocado en

suerte esta parcela o lote, que es precioso o encantador por su feraci- dad y por ser un don de Yahvé.

Yahvé es también anfitrión: recibe en su casa o en su tienda al huésped, a quien le da el cáliz de la bendición. El cáliz es símbolo de la abundancia que Yahvé concede. La imagen aparece en Sal 23,5 (remitimos a su comentario). Tal vez ha surgido en un ámbito corte- sano, como símbolo del poder del soberano. También traduce el gesto del “padre de familia” que pasa la copa a los comensales. El amigo de Yahvé es su comensal: ha sido admitido en la casa de Yahvé, que le hace partícipe de su vida dichosa.

Los dones de la tierra y de la copa proceden de la bondad del Bueno, y son una respuesta a la súplica con la que comienza el salmo: «Guárdame, oh Dios, que en ti me refugio» (v. 1b). El amigo de Yahvé ha renunciado al poder y protección de otros dioses (cf. Dt 23,37), y necesita que otro más poderoso defienda su vida y proteja su fe. Habida cuenta del desarrollo del salmo, el poeta pide, ya desde el comienzo del mismo, que Yahvé lo defienda por fuera y lo conforte interiormente. El don de la tierra y el hospedaje son la primera res- puesta de Yahvé. Siguen otras, como expongo a continuación.

2.2. Presencia de Yahvé y júbilo íntimo del salmista (vv. 7-10).

Comienza aquí la segunda sección del salmo, cuya explicación expon- dré en dos títulos: a) Yahvé, consejero íntimo y asistente permanente (vv. 7-8); b) júbilo hasta el borde del sepulcro (vv. 9-10).

2.2.1. Yahvé, consejero íntimo y asistente permanente (vv. 7-8). Es

fácil pasar de la oscuridad de la noche a la noche del dolor. Las vigi- lias nocturnas pueden ser tanto de llanto (cf. Sal 6,7) como de oración (cf. Sal 134,1). La noche, sin embargo, es tiempo propicio para que Yahvé muestre la potencia de su brazo –recuérdese la liberación de Egipto– o para que se manifieste en ella. La noche es tiempo de reve- lación. El justo del salmo 16 no está solo en su dolor. Sus vigilias noc- turnas son luminosas por la presencia de Dios en ellas. La enseñanza y la instrucción divinas acompañan íntimamente al orante. No sólo se le da “un consejo”, sino que se le revela el plan de salvación: se rela- ciona con él como íntimo consejero. Desalojados los ídolos, en quie- nes se complacía el salmista, Yahvé se ha adentrado tanto en la inti- midad de su amigo, que se ha convertido en su consejero permanen- te. Se alude, de este modo, a una relación de intimidad, semejante a la

que tiene el profeta con Yahvé (cf. Am 3,7) o Job con el Todopoderoso (cf. Jb 29,4). La presencia de Yahvé en el seno de la noche y su comu- nicación íntima con el salmista transforman la oscuridad de la noche en claridad meridiana.

La presencia de Yahvé es constante: «Tengo siempre presente a

Yahvé» (v. 8a). Situado a la derecha del salmista (¿como protector?,

¿como poder que sostiene?), éste no “vacila”. He aquí un verbo que tiene que ver con el caos y, por tanto, con la muerte, con la caída fatal (cf. Sal 66,9). El salmista, tentado en su fe y con la vida en peligro, afir- ma su profunda convicción de no “vacilar” o “caer”. Si desapareciera la presencia que sostiene, Yahvé, la caída mortal sería inevitable. Pero el Dios de las profundidades, que instruye incluso durante la noche o a lo largo de las vigilias nocturnas, es compañero de camino. Así no dirá mi enemigo «¡Le he podido!», ni se alegrará «mi adversario al verme vacilar» (Sal 13,5; cf. Sal 10,6; 15,5; 112,6; 125,1).

2.2.2. Júbilo hasta el borde del sepulcro (vv. 9-10). La consecuencia

de la anterior convicción –«no vacilo»– es el gozo extenso e intenso que invade al salmista. La alegría y el regocijo son un puro grito de júbilo tan vivo, que aún no puede articularse en palabras. Afecta a lo más íntimo del amigo de Yahvé: al corazón y también a las entrañas o a los riñones, sede de los pensamientos y de los afectos. Se ramifica por todo el ser humano, llegando incluso a lo más efímero e inestable, como es la carne: el ser humano en debilidad y enfermo de muerte; la carne o «el cuerpo descansa tranquilo» (v. 9c). Este ser frágil y caduco que es el hombre puede vivir seguro y confiado porque su fragilidad está sostenida por Yahvé. Y, sin embargo, no se le evita el careo con la muerte de la que se habla a continuación.

La asistencia divina –donación y compañía íntima– llega hasta el umbral de la muerte. La muerte es el Seol, un señor de fauces des- medidas dispuesto a tragarse a todos (cf. Is 5,14; Pr 30,16), o la “no- tierra” que reclama a todos los que fueron formados de la tierra. La muerte es el sepulcro o la fosa, morada última de todos. Pues bien, el salmista no teme a la muerte, porque, gracias a la presencia de Yahvé en su vida, el problema de la muerte es secundario; se aleja en cierta medida e incluso desaparece. Está en las manos de Yahvé mantener a los suyos en vida y acotar el dominio de la muerte. Ni siquiera la muerte supera al amor de Yahvé; y el salmista, como venimos repi- tiendo, se ha definido como “amigo de Yahvé”. La muerte le afecta

muy de cerca, como a todo mortal, pero vive bajo el signo del amor de Yahvé (de la hesed divina). Yahvé no cometerá la felonía de aban- donar a su amigo en las fauces de la muerte o de dejarlo en el polvo del sepulcro.

2.3. Conclusión (v. 11). Todos los bienes proceden del Bueno.

También la vida, y la vida para siempre es un don del único Bueno. No es que este salmo hable de la inmortalidad, ni de la vida después de la muerte. Sencillamente, el amigo de Yahvé ha puesto su vida en las manos de Yahvé, y la vinculación amorosa entre ambos tan sólo admi- te la lógica de la vida. El “cómo” no se dice en el salmo. La respuesta la dará el Nuevo Testamento, que menciona este salmo a través de la traducción griega del mismo (cf. Hch 2,22-25; 13,35). La resurrección del Señor, como primicia de los que han muerto, es la respuesta; pero esta respuesta no está presente en el salmo. El salmo sirve al autor de Hechos para “explicar” o “interpretar” el hecho insólito de la resu- rrección.

La vida con Yahvé es gozo y alegría, como ya oíamos en el v. 9. Es un gozo que fluye de la presencia de Yahvé: de su rostro. La lejanía de Yahvé o de su rostro, su ocultamiento (cf. Sal 10,11), suscita el terror y el espanto (cf. Sal 30,8). De ahí que se suplique con cierta frecuen- cia: «No me ocultes tu rostro» (Sal 27,9; 69,18, etc.). Yahvé es la vida del salmista y, simultáneamente, la causa del júbilo permanente. Ni la vida ni la dicha tendrán fin; nunca será interrumpida.

* * *

Hemos intentado comentar este salmo desde lo que creemos que es el corazón del mismo: “Tú eres mi Bien”. Todos los bienes, externos o íntimos, proceden del único Bueno. Nadie puede comparársele, nadie puede competir con Yahvé. Atrás han quedado los ídolos. Sólo cuenta Yahvé. Decimos con san Francisco de Asís: «Nada deseemos, nada queramos, nada nos deleite o nos plazca sino nuestro Creador y Re- dentor, nuestro Salvador, el único Dios verdadero, que es el bien pleno, totalmente bueno, únicamente bueno, el verdadero y sumo bien, el único Bueno». Un salmo apto para confesar nuestra fe y para dar gra- cias a Dios por todo el bien que recibimos de sus manos.

III. ORACIÓN

«Conserva, Señor, a quienes esperan en ti; cumple tu voluntad en nosotros para que, iluminados con la alegría de tu resurrección, merezcamos deleitarnos a tu derecha en compañía de todos los san- tos. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén» (PL 142,87).

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