O RACIÓN DE LA MAÑANA
II. COMENTARIO: ¿QUIÉN PUEDE ACUDIR A TU TEMPLO SANTO?
Queremos destacar en el título del comentario lo que, según su estructura, es el centro del salmo. En el templo y desde el templo se eleva la súplica apasionada. Los malvados no pueden ser huéspedes de Yahvé. El orante se atreve a entrar en la Casa. Los falaces y malvados han de ser expulsados. Quienes se acogen a Yahvé gritan alborozados, al tiempo que éste bendice y protege desde su templo. Hay quien reor- dena el material del salmo y reconstruye las secuencias del mismo: «Podemos reordenar [las acciones] para reconstruir un ritual o proce- so hipotético: entra en el templo (8a), pide audiencia (4a), expone la causa (4b), suplica (3), se queda aguardando (4b). En su discurso o súplica ensalza al juez apelando a su sentido de la justicia; denuncia a los culpables y pide que sean castigados: porque los malvados son vio- lentos contra los hombres y rebeldes contra Dios. Los honrados cele- brarán la victoria del inocente» (Alonso-Carniti, 185). No creo que sea necesaria esta reconstrucción lógica, pero artificiosa. Es suficiente con saber que desde el templo se establecen relaciones hacia atrás y hacia delante. En mi comentario sigo el orden de las estrofas.
2.1. Una súplica apasionada. Esta primera estrofa es un desafío para nuestros sentidos, para el oído y para los ojos. El orante pone toda la intensidad de su pasión en la súplica que eleva. Es ésta una “palabra” que se mueve entre el grito y el susurro: «Repara en mi ple-
garia». Es una plegaria lacerante que tiene algo del rugido del león (cf.
Is 31,4) y que solía acompañar a las muestras orientales de duelo (cf. Is 16,7; Jr 48,5). Podríamos entender que es una oración no exenta de griterío, como se dice en el verso siguiente: «Atento a mis gritos de
auxilio» (v. 3a). Simultáneamente el rugido del león o la lamentación
recita la ley, por ejemplo. Si yuxtaponemos ambas acepciones, la ple- garia ritual es tan sólo un eco del grito profundo que surge desde lo hondo del ser creyente. La plegaria, aparentemente imperceptible, es un auténtico grito, que, desde lo profundo, se eleva hacia Dios como súplica: «A ti te suplico, Yahvé» (v. 3c). ¿No será, a la postre, la presen- tación de una demanda o de una causa? Depende cómo se traduzca el v. 4b: «Por la mañana me preparo ante ti»; la traducción también puede ser de esta índole: «De mañana te expondré mi causa». El salmista, de momento, nos convierte en testigos de su “voz” (palabra), de su “susu- rro” apasionado (plegaria), de sus “gritos” y de su “causa” (me prepa- ro para ti). El oído atento del oyente puede percatarse de las tonalida- des de voz a las que recurre el salmista.
El lector (nosotros) ha de tener una vista aguzada para captar los gestos de Yahvé. A éste se le pide que tienda el oído, con la mano pues- ta en el pabellón de la oreja; que esté tan atento que repare en la ple- garia o perciba el susurro; que preste atención a los gritos de auxilio y que escuche mi voz. Es decir, que Yahvé sea todo oídos, y oídos aten- tos a la voz apenas susurrada, aunque en realidad la oración es un grito desde lo profundo. Si el orante se atreve a orar así ante Yahvé es porque un indisoluble vínculo une a ambos: al salmista y a Yahvé. El salmista se dirige a Yahvé llamándole «rey mío y Dios mío» (v. 3b). La apelación de Yahvé como “Dios mío” es una confesión de fe; implica una estrecha relación personal, y, simultáneamente, no existe ningún otro dios a quien poder dirigirse. El Dios trascendente e inaccesible es también “mi rey” –un título que suena sobre todo en Sión, donde Yahvé tiene su morada y donde se proclama: “Yahvé es rey” (cf. Sal 93,1; 96,10; 99,1)–. En cuanto que es rey, a Yahvé le compete el juicio. Él ha de hacer justicia.
Por la mañana se comenzaba a administrar justicia (Jr 21,12: «Id temprano a administrar justicia»), como sabe perfectamente el oran- te: «Por la mañana escuchas mi voz, / por la mañana me preparo ante
ti» (v. 4). Es el momento apropiado para “prepararme ante ti”, o tal
vez mejor “para exponer o presentar mi causa”, como sucede en otros lugares bíblicos que recurren a la misma expresión, sobre todo en el libro de Job (cf. Jb 23,4: «Expondría ante él mi causa»). Ya tan sólo cabe la espera. Es una espera vigilante y llena de tensión: a ver si Yahvé le es propicio y acoge favorablemente la causa expuesta en su presencia. El salmista, convertido en vigía, estará al acecho con mira-
da escrutadora, para ver cómo se comporta Yahvé. ¿Existe algu- na razón que avale esta actitud del salmista?
2.2. El “tú” divino: Yahvé y los malvados (vv. 5-7). El salmista tiene una convicción inviolable: Yahvé no tiene ninguna connivencia con el mal ni con los malvados. Yahvé no se complace en el mal, no admite en su morada (en su templo) a los malvados, ni permite que aquellos de conducta necia y alocada, los arrogantes, puedan erguirse en el jui- cio, sea para acusar al justo o bien para defenderse a sí mismos. No aguantan la mirada divina, ni ante la mirada divina.
Más aún, Yahvé aborrece a los malhechores –tal vez haya aquí alguna connotación con la idolatría–, destruye a los mentirosos –una nueva evocación de la idolatría (cf. Sal 17,1; 4,3)–, odia al sanguinario y al hipócrita. Siete nombres distintos para designar una misma rea- lidad: la de aquel que quebranta los mandamientos de la alianza. No puede decirse que esta forma de hablar sea una forma bastante cómo- da de estar seguro de la propia justicia, sino que el orante se sabe situado ante la santidad divina, en el templo, y no es posible ningún compromiso entre Yahvé, el Dios santo, y las diversas categorías de impíos, violadores de las leyes morales y religiosas, que amenazan al salmista. El centro de esta estrofa, en efecto, es Yahvé; los malvados entran indirectamente, como objeto del rechazo divino.
2.3. “Yo”: El salmista, huésped de Yahvé (vv 8-9). Las puertas del templo, cerradas para los malhechores (no pueden ser huéspedes de Yahvé), se abren ahora de par en par. No se debe a la justicia del sal- mista, sino a la bondad, al amor de Yahvé hacia el orante. Es enérgi- co el contraste establecido por la adversativa: «Pero yo, por lo mucho
que nos quieres» (v. 8a). Es uno de los títulos divinos: “tu gran amor”
(cf. Ex 34,6). Yahvé es amor y pasión, ternura y misericordia, fidelidad y arrimo. El gran Hallel que es el Sal 136 rubricará cada capítulo de la historia santa con esta afirmación: “Porque es eterno su amor”. El afecto, que es entrañable, se ha volcado sobre el salmista. Existe inclu- so cierta complicidad entre el amor de Yahvé y el salmista, por cuan- to que el amor que aquí se celebra incluye la fidelidad y la solidaridad: Yahvé es fiel a sí mismo y a su aliado, es solidario con éste. Tal es el gran aval que puede presentar el poeta para entrar en el templo, para presentar su causa, para susurrar su oración. Revestido con la ternu- ra divina, tiene la osadía de acceder al ámbito propio de Yahvé: al tem-
plo. Aquí, sobre todo aquí, es donde Yahvé muestra todo su amor y su justicia, de la que hablaré en seguida.
Un sobrecogimiento total embarga al creyente que se sabe ante el Dios de toda santidad. Es un temblor del espíritu que se traduce en la postura postrada del cuerpo: «Me atrevo... a postrarme ante tu santo
Templo, / lleno de respeto hacia ti» (v. 8b-c). Curvado hasta tocar el
suelo con la frente, el salmista expresa su humildad y su reconoci- miento de la enorme separación que media entre el Altísimo y él, pobre criatura humana. Mucho más si tiene la conciencia de que está ante el Dios Santo no por propios méritos, sino por el gran amor que Dios le muestra.
La religión no es alienación. Aunque el poeta se sepa ante el Dios presente, no ignora que los malvados son sus “adversarios”, que pue- den desviarle del camino que desemboca en la explanada del templo o que conduce a Dios. Nada mejor que la “justicia” divina para conju- rar este peligro: «Guíame, Yahvé, con tu justicia, / responde así a mis
adversarios, / allana tu camino a mis pasos» (v. 9). La “justicia” de
Yahvé tiene bastante de judicial, pero es, sobre todo, una dimensión del amor salvífico. “No es una sentencia judicial escueta, tras la cual cada uno sigue su camino, sino que el juez sigue ocupándose de su cliente. Al hombre le toca dejarse guiar” (Alonso-Carniti, 187).
2.4. “Ellos”: Invectiva contra los enemigos culpable (vv. 10-11). Nuevo contraste. La luminosidad de la estrofa anterior se eclipsa ante la presencia del mal en la presente estrofa. Los malvados son la encar- nación del mal, que anida en el ser y lo inunda. La boca mentirosa, las entrañas (el interior) repletas de maldad, la garganta cual sepulcro abierto, y la lengua halagadora son los trazos que diseñan la figura de los malvados; indican cómo son y cómo actúan. Quien se deje embau- car por ellos, terminará en el sepulcro, donde impera la muerte. San Pablo generaliza esta descripción aplicándosela a todos, judíos y gen- tiles, para probar que todos somos salvados gracias al don gratuito de la fe (cf. Rm 3,13).
¿Qué hacer ante tal peligro? Lo mejor es dejar el caso en las manos de Yahvé. Así nace la imprecación que leemos inmediatamente: «Trá-
talos, oh Dios, como culpables [castígalos / condénalos, oh Dios], / haz que fracasen sus planes; / expúlsalos, que están llenos de crímenes, / que se han rebelado contra ti» (v. 11). El primer castigo es que fracasen sus
fin y al cabo, son culpables. El castigo más severo es “la expulsión”: que sean dispersados, ¿o desterrados, conforme con el lenguaje de Jeremías (8,3; 16,15; 27,10, etc.)? El texto no responde con tanta pre- cisión. La razón última de esta invectiva es que los malhechores se han rebelado contra Yahvé.
Quien se pregunte si la petición de un veredicto de esta índole está de acuerdo con los sentimientos morales del evangelio, ha de tener en cuenta que en esta tierra pugnan el bien y el mal: si hay víctimas es porque existen los verdugos. «La ayuda de Yahvé no es un mero ‘con- suelo’, a pesar del cual el oprimido llega finalmente a perecer, sino que es un giro decisivo en la marcha de las cosas. Tal es la fe del salmista» (Kraus, 248).
2.5. Conclusión: El júbilo de los que aman el nombre de Yahvé (vv. 12-13). Los malhechores se han rebelado contra Yahvé. El orante ha tenido que soportar sus afrentas y sus falsas acusaciones, hasta expo- ner su causa ante su dios. Llegado al final del salmo, se da cuenta de que no está solo; otros muchos le acompañan, como sucede a Elías: Quedan otros siete mil que no han doblado su rodilla ante Baal. Ahora son los que “aman tu nombre”. El corazón del piadoso se llena de gozo y de gratitud: “Se alegran..., gritan alborozados..., se regocijan contigo [o en ti disfrutan]”. Han buscado refugio y amparo en Yahvé, y éste los ha cobijado. Más aún, según la bendición final, con tonalidades litúr- gicas, es y será su escudo “en torno”: todas la flechas, aunque sean palabras venenosas, más punzantes que espadas, se estrellarán contra el favor divino que protege. El júbilo del amor triunfa frente a las rui- nas de la muerte.
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¿Quién no necesita elevar su clamor a lo largo de la vida? La corrupción, la mentira arrasadora y generadora de muerte, el dolor íntimo y también el externo, incluso la muerte, son ocasiones propi- cias para gritar desde lo profundo, aunque se exprese sólo en un susu- rro o en unas lágrimas. Nuestro clamor no se dirige al aire, a un Dios ajeno, sino al Dios que habita en su templo santo, donde, por el gran amor con el que nos ama, podemos entrar, y postrarnos ante el Santo de los santos. Si nuestro camino se desvía, nuestro Dios nos guiará. Podemos orar así con J. Newmann, «¡Condúceme, dulce luz, a través
de la oscuridad que me rodea, condúceme! La noche es oscura y estoy lejos del hogar, ¡condúceme!» (Gritos y plegarias, 236). Ponemos nues- tra causa en manos de Dios, y nos quedamos a la espera.
III. ORACIÓN
«Dios clemente, que percibes el clamor del corazón contrito antes de que sea pronunciado, conviértenos en templo del Paráclito, para que merezcamos ser coronados con el escudo de la benevolencia celestial. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que vive y reina conti- go en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos» (PL 142,60-61).