O RACIÓN DEL JUSTO PERSEGUIDO
II. COMENTARIO: ANTE EL JUEZ SUPREMO
2.1. Obertura (vv. 2-3). El poeta subraya la relación entre el pode- roso y el débil: «Yahvé, Dios mío, a ti me acojo» (v. 1a). Yahvé, con el poder propio del Dios de la alianza, es quien ha de proporcionar ayuda y protección al que se acoge o se refugia en él. Esta convicción origina la petición inicial del salmo. No se trata de una protección genérica y abstracta, sino bien concreta: en el asilo del templo y bajo “las alas del Altísimo” (cf. Sal 57,2; 61,5; 90,1). El débil, por su parte, es tan necesitado, que su vida está en peligro. Los enemigos que le per- siguen son leones, dispuestos a caer sobre la víctima inocente y des- trozarlo, desgarrándole, sin que nadie le preste auxilio. ¿Quién, sino el Dios fuerte, “mi Dios”, podrá salvarme y librarme de las garras del león? Diríase que tal es la obligación divina, porque es el Dios de la alianza: Yahvé, estrechamente unido al orante, como unido está a su pueblo. Ésta es la obertura, en la que suena por anticipado la temáti- ca del salmo: el justo y los perseguidores ante el Juez Supremo.
2.2. Juramento de inocencia y persecución de los enemigos (vv. 4-6). Se pone en marcha el proceso con un “juramento de inocencia”, for- mulado ante «Yahvé, mi Dios», como en la obertura del salmo. La tra- ducción «si algo de eso hice» supone que el demandante ha sido acu- sado de algo que ignoramos. Es posible también otra traducción: «Si he actuado mal» o «si he hecho algo indigno», y se piensa que el oran- te ha sido acusado de algo indigno o de una “maldad” concreta. Esa ini- quidad o maldad es algo que mancha las manos (cf. 1 S 24,12; Is 1,15; 59,3.6). No se le puede achacar que haya sido desleal con el bienhechor o amigo, es decir, con aquél al que está unido con vínculos de vecindad o de alianza. Tampoco se le puede acusar de haber causado un daño injustificado: no ha «perdonado al opresor injusto». Ha devuelto, más
bien, bien por bien y mal por mal, tal como pedía la ley del talión (cf. Ex 21,22-25), que igualaba la ofensa y limitaba los excesos de vengan- za. Sería un anacronismo que el poeta hablara de la tolerancia y del perdón cristiano (cf. Mt 5,38ss). Resulta extraña la traducción de las versiones antiguas: «si he devuelto el mal al que me lo hacía».
Si no soy inocente, continúa diciendo el demandante, que venga sobre mí la persecución de los perseguidores –de los que pedía ser sal- vado y librado–; que ellos me alcancen y me humillen como a un sol- dado vencido o me hundan en el polvo de la muerte. La metáfora puede ser bélica o infernal. El salmista está dispuesto a aguantar la persecución y a perder la vida y el honor, en caso de que no sea ver- dad cuanto protesta. «En traducción libre, el verso diría: la vida ente- rrada, el honor por los suelos» (Alonso-Carniti, 205).
2.3. Petición de un juicio (vv. 7-9a). Suena, en primer lugar, el anti- guo grito de guerra («Levántate, Yahvé» –v. 7–), que ya escuchamos en Sal 3,8. Del campo de batalla pasamos al aula judicial. En lo más ele- vado de la sala (“álzate”) ha de sentarse el presidente del tribunal: Yah- vé, que, despierto del sueño de la indiferencia, ha de levantarse para celebrar el juicio: por la mañana (cf. Sal 44,24; 57,9; 59,5). El deman- dante da por supuesto que el juez ya ha tomado parte, a favor del ino- cente; al menos, así lo suplica: «Levántate, Yahvé, lleno de cólera, / álza-
te contra la ira de mis opresores» (v. 7a-b). Es decir, a la ira de los riva-
les ha de oponerse la cólera de Yahvé. El marco es solemnísimo: rode- ado de la asamblea de las naciones, porque Yahvé es juez de los pue- blos; el juez preside la sesión desde lo alto, que puede ser lo más alto de la sala judicial y también la altura divina.
El Juez, en efecto, es Yahvé, el Dios de la alianza; el Dios fuerte, es- trechamente vinculado con el demandante: «Dios mío» (vv. 2.3.7), y también el Altísimo, como se dirá inmediatamente a continuación: «Júzgame... conforme a mi integridad, oh Altísimo» (v. 9). Este último término es un título antiguo, preisraelita, procedente de la tradición cananea de Jerusalén. Yahvé es el “Excelso”, está por encima de todo y de todos; es el dios trascendente, dirá nuestra teología. La altura desde la que preside el tribunal es la apropiada a su Excelencia.
2.4. El ejercicio de la justicia (vv. 9b-10). Tras la constitución del tri- bunal, viene la petición formal. El juez tiene ante sí a las dos partes, al inocente y al culpable. Puede parecernos muy atrevida la petición
del demandante: «Júzgame, Yahvé, según mi justicia, / conforme a mi
integridad, [oh Altísimo]» (v. 9bc), pero así lo ha jurado desde el
comienzo. Que sea el juez de todas las naciones el que vea y sentencie. Si el orante es inocente, el juez tendrá que absolverlo. Más aún, la jus- ticia aquí proclamada, la propia justicia, ha de ser comparada con aquella otra que leemos en Sal 35,24: «Júzgame con tu justicia, Yah- vé». Cierto que no son equiparables ambas “justicias”, pero donde- quiera que se conculque la justicia, Yahvé no puede permanecer indi- ferente; para él no existen causas pequeñas. Así es la confianza del sal- mista. Tiene también ante sí la maldad de los malvados. El Altísimo ¿no ha de afianzar (apoyar) al inocente y reprimir la maldad? ¿No condenará al culpable y absolverá al inocente? (cf. 1 R 8,32).
No es un juez cualquiera, sino que «escruta corazones y entrañas» (v. 10; cf. Jr 11,20; Sb 1,6). Llega hasta el corazón, raíz del sentimien- to y sede de toda intención (“el corazón”). Yahvé conoce “las entrañas” o “los riñones”, hontanar de las pasiones del ser humano. El corazón abarca los campos de lo corpóreo, emocional, intelectual y de las fun- ciones volitivas. La Biblia entiende por “corazón” ante todo el centro de la vida del hombre que vive conscientemente. Los riñones (entra- ñas, en la traducción) tienen que ver con el ser pasional, primitivo y primario del ser humano, con lo que hoy llamaríamos reacciones psi- cofísicas. Pues bien, Yahvé llega a tales profundidades, nos conoce por dentro, y es un “Dios justo” (v. 10). Nadie mejor que él para restaurar la justicia y distinguir entre inocente y culpable. El proceso y la sen- tencia quedan en sus manos.
2.5. Veredicto para el inocente (vv. 11-12) y para el culpable (vv. 13- 17). Nada menos que el “Dios Altísimo” se convierte en “escudo” del demandante. Contra este escudo se estrellan todos los enemigos (cf. Sal 3,4), mientras que la vida del justo amenazada, y la de todos los justos, es puesta a salvo; el Altísimo es «salvador de los que viven rec-
tamente» (v. 11b). No sólo el recurrente al tribunal de Yahvé, sino
todos los rectos de corazón encuentran su salvación en el “juez justo”. El Dios de la Biblia es bifronte, “que premia a los buenos y castiga a los malos”, aprendimos en el catecismo. Para los perseguidores del salmista, el “juez justo” «castiga cada día» (v. 12b). Ya fue enunciado con anterioridad: la cólera de Yahvé sale al paso de la ira de los opre- sores. Así será, a no ser que los perseguidores (“el hombre”) se con- viertan, o que Yahvé mismo se desdiga. Si no se dieran ninguna de las
dos hipótesis, Yahvé preparará las armas para la ejecución capital. La espada, para matar a los malvados “a filo de espada”, o bien todo un aparato de fenómenos tempestuosos, a los que se recurre a veces para la descripción teofánica (cf. Dt 32,41-42), que se convierten en “armas letales” (v. 14). En ambos casos, Yahvé en persona ejecuta la sentencia capital. Es el Dios de la ira destructora, con aspecto tan terrorífico como el que pintó Miguel Ángel.
No hay razones para mitigar la dureza de la imagen, como hacen las antiguas versiones. La sentencia capital y la ejecución de la misma equivalen a levantar acta de la realidad. Ante el tribunal del Altísimo se ha presentado alguien en cuyo seno no se gesta la vida, sino la muerte: preñado de iniquidad, concibe la malicia y pare un fracaso (v. 16). ¿Para qué mantener en pie y con vida a quien en realidad es un cadáver, que gesta la muerte? (cf. un proceso similar en St 1,15). Lu- tero comenta teológicamente este pasaje: «He aquí la manera incom- prensible del juicio divino, a saber, que Dios no atrapa a los impíos sino por medio de los planes de ellos, y les conduce a la perdición que ellos mismos han ideado» (citado por Kraus, 276). Tal vez se deba hablar del “autocastigo del pecado”. De este modo, cuanto ha trama- do el malvado se le vuelve en contra (vv. 16-17). Si han abierto una zanja para atrapar la caza mayor, esa zanja será la fosa de los malva- dos; los únicos responsables son ellos, según la fórmula: “recaer sobre su cabeza” (cf. Jc 9,53.57).
2.6. Acción de gracias final (v. 18). “Gracias” es la palabra que surge del corazón cuando nos hacen un favor o nos regalan algo. El poeta demandante da gracias a Yahvé (nombre repetido aquí dos veces), el Altísimo. Es una acción de gracias, acaso acompañada por su corres- pondiente sacrificio, dirigida al Dios de la alianza, el Altísimo, que ha presidido el juicio “desde lo alto”. «Dios no es alabado por la muerte de los enemigos, sino por la justicia restablecida», comenta el Crisóstomo (PG 55,104). En realidad, sabemos que la justicia divina es, sobre todo, el amor salvador de Dios. El Dios bifronte, al que hemos aludido antes, también está presente en el Nuevo Testamento, incluso en Juan. Lo importante, pese a todo, es lo que leemos en 2 Tm 4,18: «El Señor me librará de toda obra mala y me salvará guardándome para su Reino celestial. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén».
Estamos ante el Juez supremo, escrutador de los riñones y del corazón. Nadie mejor que él sabe hasta dónde llega la maldad de nues- tras acciones. Menos mal que es Dios quien nos juzga, no nosotros. Su justicia es el amor que nos salva. Todos los perseguidos, los injusta- mente acusados, aquellos cuya vida corre peligro ante los graves pro- blemas de la sociedad, quienes buscan afianzar su fe y confianza en Dios (el Dios de la justicia), pueden orar con este salmo. Cuando soña- mos con una sociedad más justa, o nos hiere la violencia mortal, pode- mos recurrir a este salmo.
III. ORACIÓN
«Oh Dios, que escrutas los corazones, líbranos de los perseguido- res, y, mientras esperamos tu juicio, concédenos una mente tan lúci- da, que no devolvamos a nuestros enemigos mal por mal. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos» (PL 142,66).