Por
LUIS NÚÑEZ HERNÁNDEZ
Morfología del humor
LUIS NÚÑEZ HERNÁNDEZ, profesor de Piano Acompañante del
Conservatorio Superior de Granada
PRESENTACIÓN
M
ÁS que respuestas busco preguntas. La respues- ta produce una sensación placentera en parte por el objetivo alcanzado, también por el reconoci- miento al trabajo, y, en resumidas cuentas, por la vuelta al estado de reposo intelectual inmediato el acierto. La pre- gunta, sin embargo, la duda, genera movimiento, posibili- dad de cambio, y se convierte, por tanto, en la esencia del progreso.Ahora bien, el que interroga debe saber de la existencia de una respuesta, eso sí, porque lo contrario conduce direc- to al desánimo y a la deriva.
Se presenta la ocasión de buscar, Dios nos libre de en- contrar, la relación entre dos conceptos ubicados, aparente- mente, en planos distintos: el humor y la música. Es seguro que, según por dónde empecemos a esculpir, y como no somos escultores, vayamos improvisando una forma sobre la marcha a partir del bloque de mármol con que vamos a trabajar.
La divagación se me antoja como la mejor forma de discurrir por el espeso bosque de mi ignorancia. El lector decida si se adentra en él conmigo, provisto con linternas de curiosidad y machetes de inconformismo. Siempre será bien aceptada la compañía, aun sabiendo de un fi nal incier- to y una pronta despedida.
INTRODUCCIÓN
La música y el humor
Los conceptos música y humor guardan entre sí una es- trecha relación que heredamos desde tiempos remotos; se puede decir que desde las primeras manifestaciones huma- nas con una mínima intención comunicativa.
Viendo el humor como la actitud, positiva o negativa, de una persona, la música siempre se presenta como la más efi caces de las herramientas para infl uir en dicha actitud. No es la intención de éste que os habla entrar en datos con- cretos sobre el tema. No se trata de hablar de la teoría del Ethos griega, ni exponer la de los Afectos del Barroco. Ni siquiera pretendo discurrir por momentos concretos de la historia de la música en que tan unida se nos presenta ésta al humor, como podría ser en la ópera bufa o cómica, o in- cluso en el cine de nuestros días. Sí es mi intención hacer de éste un trabajo práctico, útil, que lleve a la refl exión, a cerca de cómo la música es tan decisiva en el desarrollo del individuo en la sociedad actual y cómo este dato aparece to- talmente descuidado en cualquier plan educativo de los que diseñan y con el que de vez en cuándo nos atacan nuestros gobernantes.
Y es que mirando el humor como un estado de ánimo no tenemos más que reconocer en nosotros mismos cómo determinadas, según un sinfín de rasgos, los cuales no pa- saré a analizar pormenorizadamente por no desviarme de la dirección real de este escrito, pueden alterar dicho esta- do anímico hasta transformarlo radicalmente. Oyendo tal o cual estilo, autor o tipo de repertorio entraremos en un proceso de adaptación de nuestro tono anímico e incluso de nuestra personalidad.
Como he adelantado el fenómeno musical pone en juego unos parámetros, ya sean determinadas sonoridades, como escalas (horizontalidades) y armonías (verticalidades), o determinadas formulas métricas y un largo etc, hasta lle- gar al mundo inabarcable de la tímbrica. Pues todos estos
elementos, a veces en su conjunto a veces por separado, vienen a introducir un mensaje en nuestra conciencia.
A lo largo de la historia las diversas corrientes estéticas musicales, sometidas en ocasiones por algún criterio extra- musical, ya sean credos religiosos, o políticas nacionalistas entre otros, han sabido usar los elementos anteriormente citados para canalizar el ánimo (humor) del oyente en una dirección deseada. Desde el redoble de tambor que mantie- ne el paso fi rme y el valor del combatiente en el frente hasta la bella línea horizontal gregoriana que eleva el alma hasta las cumbres del misticismo religioso, sin obviar los cantos populares que desde tiempos inmemoriales nos han llevado a bailar, a cantar heroicidades, a cortejar a la dama, a jugar o burlarnos de la suerte, de la muerte, de reyes y hasta de nosotros mismos.
Si bien es verdad que en nuestro tiempo la llamada mú- sica culta tiende a la deshumanización, es decir, a prescindir radicalmente de la valoración subjetiva del oyente, existe otra tendencia, que emana de brotes de expresión popular, desde las primeras formas jazzisticas ramifi cándose en los años sesenta a través del Pop en un sin fi n de corrientes, encasilladas bajo las denominaciones validas, o no de mú- sica ligera, moderna, o popular; tendencia esta que es la que interesa en este estudio por dos motivos principales, por ser decisiva en la formación del individuo desde la adolescen- cia hasta la madurez; y por ser este estilo musical aceptado por los grandes medios de comunicación como principal forma de persuasión atendiendo a diversos fi nes, casi siem- pre consumistas.
Pasemos a analizar esta nueva música que a fecha de hoy ha eclipsado el trabajo de grandes intelectuales del len- guaje de los sonidos, relegándolos a pequeños salones, y se ha impuesto al grueso de la población en una perfecta aplicación según edades, sexos, grupos étnicos, sociales, y hasta ideológicos; a base de una rítmica incisiva y formulas melódico-armónicas sencillas y pegadizas.
EXPOSICIÓN
Está todo perfectamente estudiado. Todos los paráme- tros que entran en juego en el proceso de realización de la obra musical se tratan convenientemente para obtener el producto deseado. Y, además, sobran algunos ingredientes; Es decir, para que sirve toda la ciencia musical que los tres últimos siglos nos ha legado. Para que todas esas doctrinas sobre la estética. Rancias teorías acerca del ordenamiento de los sonidos en base a una interválica, a una tímbrica, a un discurso melódico, etc. Pues, todo eso, para nada. La música nueva no se oye, si acaso se esnifa por los oídos, hace vibrar al tímpano de forma brutal, y toda esa cadena de huesecillos que aprendimos de memoria en el colegio terminan por excitar el nervio auditivo. Ahí empieza todo y termina lo que en un principio podría llamarse música.
Pero, como decimos, está todo estudiado. Vemos como los pastores de este rebaño llamado mundo civilizado, colo- ca en las ondas piedras con nombres propios ya sea Estopa, Mecano o Melendi, y con qué tino la sitúan en el entrecejo de las pobres criaturas que, cegadas por el impacto van aco- rralándose en el ámbito de la pereza, la desidia, la dejadez, la falta de interés por todo lo que no sea una buena bacanal, un buen partido de fútbol, un ímpetu consumista descon- trolado o unas ansias irracionales por todo lo que apesta a violencia.
Ese producto adulterado al que malintencionadamente se llama música actual no es más que la moraleja de ese cuento que llaman modernidad.
La Historia del hombre se divide en periodos alternati- vos, en unos no se puede hablar, en otros no se puede lla- mar a las cosas por su nombre, no se sabe que es peor, o si los dos son igual de malos. Pero, bueno, ya toca hablar; que bien poder opinar, poder equivocarse. Que placer poder meter la pata, si eso te excluye de aquel rebaño, o mejor, de aquella piara que se dirige al acantilado. Y no es que este que os habla se sienta como un demonio gadareno, ni que
sufra algún tipo de esquizofrenia, o sí; es simplemente que no me da la gana de bailar al son que marcan los “señoritos del imperio” mientras pueda elegir sentarme ante mi piano y sacar a pasear eso que tan poco conviene al sistema: Mi pensamiento.
DESARROLLO
Pensar. Ahí está. Lo hemos encontrado. Ese es el verda- dero problema. ¡Que coño hacen ustedes pensando! ¡Haga- mos ruido para que estos infelices dejen de pensar! Pensar... pensar... pensar.
Entonces eso que disfrazan de música no es más que el antídoto contra el pensamiento. ¡Claro! Quien puede pensar escuchando una secuencia rítmica capaz de retar a un reac- tor militar en intensidad sonora. La mente se queda como la famosa tábula rasa. Si además mezclamos un mensaje y algunas imágenes de señoritas dispuestas a todo porque consumas tal o cual producto tenemos el resultado desea- do, violencia, consumismo, enfermedades relacionadas con el sedentarismo, alcoholismo, drogadicciones, anorexias. Ahora si, el féretro avanza al son de la marcha fúnebre de Chopín. ¡Si por lo menos muertos conserváramos el oído...!
REEXPOSICIÓN
El humor y la música. Amigos, ni una cosa ni la otra existen ya. Porque ya no oímos al mirlo en el alba, ni senti- mos la luz ambarada de la tarde en nuestro rostro. Porque ya no encontramos placer en el paseo, ni en las letras, porque ya no queremos, ni amamos; porque nos molesta nuestra sombra. Porque reímos por no llorar, y eso no es humor, ni del bueno ni del malo, y porque lloramos por no reír y eso no es música, ni de la buena ni de la mala.
¡Pensar!
¿Buscamos un culpable? ¡Para qué! Si lo mismo resulta que la culpa fué del Cha Cha Chá...!
Lo malo no es que existan cosas malas. Lo malo es que gusten, eso huele a fondo de pozo, a fi n, o quien sabe, la idea de no poder caer mas bajo se presenta como un fi nísi- mo haz de luz que algún día pudiera atraer nuestra atención. Ese día pensaríamos. Y pensando hallaríamos la rendija por la que entra tan bello hilo luminoso. Rezaríamos porque no fuera un foco de luz eléctrica. Eso querría decir que la bes- tia aguarda, sentada en una roca, nuestra salida del pozo abandonado. El mito de la caverna pierde encanto si en vez de una hoguera colocamos un foco de esos enormes que destruyen el cielo. Prefi ero el fuego. Prefi ero el chispeante crujir del madero incandescente. Prefi ero el crujir del mástil del violonchelo cuando hace sonar Bach. Qué placer. Cuan- do Bach escribía música diseñaba una melodía en el regis- tro grave que hacía las veces de cimiento, y a partir de la cual se edifi caban aéreas formas a base de líneas melódicas en los registros medio y agudo que se alternan y entrelazan en un sensual baile que acaba en sedosas cadencias después de las cuales empezaba esa gran sinfonía que es el pensa- miento humano. La meditación. Ahora así oigo al mirlo, y él no huye ante mis pasos, porque son ingrávidos, como el pensamiento, como la verdad, como el concepto de bien, como el amor.
El amor y la música. Amigos, por ahí vamos bien. El amor y la música.
Pensar.
¿Y el silencio?
Callado, apocado en un rincón, con miedo a hacerse no- tar en demasía. El silencio pone nervios al rebaño y a los pastores. Se presenta como un lobo. Pero este lobo parece asustado, como con miedo a aparecer, furioso, en la esce- na.
Silencio es sinónimo de quietud en la misma medida que música es sinónimo de movimiento. Entonces, de qué silen- cio hablamos. Cual es ese silencio que debería presentarse como redentor ante tanto caos y tanta opresión. No puede tratarse solamente de falta de sonido o ruido, no debe ser
un efímero momento de reposo de las moléculas del entor- no. El silencio debe no ser , por su puesto. Pero su efecto ha de resultar purifi cador en una atmósfera contaminada. Digamos que el silencio es el sonido del tiempo, es decir, la manera en que el tiempo actúa sobre nosotros, sobre las partículas que nos rodean y a modo de un eco transparente y puro se transforma en energía generadora de orden. Ante la presencia del silencio cualquier argumento contaminante, cualquier discurso dañino, cualquier tentativa de destruc- ción queda carente de sentido, hueca y se hace frágil ante la fuerza Áurea de la proporción y de la natural tendencia del número a restablecer los cauces desviados con tan malévola osadía.
De esta forma, en el fondo maloliente y oscuro de nues- tro pozo, junto al haz de luz que representa esa triste idea de máxima degradación de nuestro espíritu, encontramos ese gran aliado que es el silencio. Vemos aquí qué preciado tesoro podemos aún encontrar después de haber caído mor- talmente herido aquejado de esa enfermedad que es la mal llamada música moderna.
En la verdadera música debemos reconocer necesa- riamente orden, proporción, luz, silencio, amor, y pensa- miento. De esta manera deducimos que música es el propio individuo, el cual busca la verdad como única forma de conseguir la libertad.
CADENCIA
Y es con este nuevo concepto, el de libertad, con el que entramos de lleno en la cadencia fi nal de este primer movi- miento de sonata.
La ejecución de las cadencias de los conciertos clásicos suelen demandar una interpretación ab libitum, es decir, con cierta libertad, no sometido a la tiranía del compás ni a la presión del metrónomo. De hecho, en sus orígenes la ca- dencia la improvisaba el ejecutante dando rienda suelta a su capacidad creadora y fantasía. La única concesión ofrecida
al interprete consistía en dejarle tomar elementos anterior- mente expuestos y desarrollados para jugar con ellos sin intervención de ningún otro instrumento.
Así el músico, que es hombre, como el hombre que no podrá jamás no ser músico, debe haber aprehendido, tras una intensa tarea de estudio que llamaremos vida, concep- tos como los que nos condujeron a esta cadencia, es decir, orden, proporción, luz, silencio, amor, y pensamiento para llegar ese estado, tan perjudicial para el sistema moderno, que conocemos como libertad.
Solo desde la perspectiva de la libertad el individuo se hace dueño de su propio ser, de su alma, de su ánima, de su estado de ánimo, de su humor.
CODA
El humor es música, y la música en estos días es un llanto reprimido porque ni siquiera se nos permite llorar. Cuando nacemos somos como una gota de vida que cae en un océa- no putrefacto por el residuo que dejó ese viejo petrolero que se llamó progreso.
Ahora toca pensar.
Hasta cierto punto es saludable pensar que todo es una gran falsa. Pero solo hasta cierto punto. Aquí, en este punto debemos empezar a apreciar las aguas cada vez más cla- ras, porque hemos contrarrestado tanta contaminación con una fórmula mágica, capaz de depurar toda la podredumbre del entorno. Esta efi caz receta la llamaremos educación. De esta forma aún consigo extraer algún concepto que ayude a comprender el problema que me ocupa. El de la descon- taminación, claro está. Pero, por qué sale este nuevo ele- mento tan avanzada ya esta sonata. Muy sencillo. Porque pienso, con perdón, que esta divagación musical no ha de tener un fi nal conclusivo, sino que ha de quedar como una obra abierta. Schönberg decía que ninguna composi- ción musical estaba defi nitivamente concluida, que todas eran susceptibles de ser continuadas. De la misma manera,
aunque con más humildad, creo que debo poner el punto fi nal a esta aventura con una duda que espero sea, al menos para el lector, de fácil aclaración.
¿Es la música, como movimiento generador de orden, al humor, como estado de ánimo, lo que la educación a la vida?
FILOSOFÍA Y HUMOR, LA FILOSOFÍA COMO