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EN CLAVE DE HUMOR

In document Morfologia Del Humor I (página 71-81)

Por

JOSÉ MARÍA PÉREZ OROZCO

Morfología del humor

JOSÉ MARÍA PÉREZ OROZCO, nació en Montellano (Sevilla) el

12 de abril de 1945. Licenciado en Lengua Moderna, se dedi- có por más de treinta años a la docencia en distintos pueblos como Catedrático de Bachiller de Lengua y Literatura. Apegado a sus raíces y a las de su tierra tuvo siempre cadencia al estudio y análisis de las costumbres, labores, modos y voces de su entorno destacando, por ejemplo, como uno de los mayores especialis- tas en orquídeas de España. Dentro de su amplísima trayectoria dedicada al mundo de la cultura popular y fl amenca destacó su labor como director en la IV Bienal de Flamenco de Sevilla y sus constantes trabajos para televisión; recordemos la serie Ca-

minos fl amencos (para TVE) o El arriate y Las Andalucías (para

Canal Sur). Algunos de sus libros más destacados son La poesía

fl amenca, Lírica en andaluz, Coplas de clase o Joyero de coplas fl amencas.

Y

A de mozalbete empecé a dudar de ese tópico ca- balgante, tan extendido como descabellado, de que “los andaluces hablamos mu’ malamente”; la duda se acrecentaba a medida que me iba iniciando en los dobles sentidos y en la fl uidez y efi cacia comunicativas de las formas orales empleadas por mis paisanos, tanto los aca- démicamente instruidos como muchos de los considerados (erróneamente) analfabetos.

Luego se asentó en mí el convencimiento íntimo de la verdad contraria, a saber: que los andaluces hemos usado y seguimos usando la lengua de muchas maneras extraor- dinarias; quizás radique ahí la mayor habilidad comunica- tiva y artística en la que hayamos destacado a lo largo de la historia.

Si esa ya fi rme convicción arraigó en mí sin ninguna base científi ca, cuando después ingresé en la Universidad para especializarme en estudios de Lenguas, ¡ya fue la reoca!

Supe allí que los más grandes maestros conocedores de la Lingüística y la Literatura españolas (Alarcos Llorach, Dámaso Alonso, Manuel Alvar y un largo etcétera) incidían y coincidían en esa misma idea y, además, naturalmente, aportaban miles de argumentos metodológicamente indu- dables, que abocaban a conclusiones indiscutibles.

Los dos registros lingüísticos y literarios en que se con- centran la mayor cantidad, densidad e intensidad de recursos estilísticos son el Humor y la Poesía. Ahí se dan cita los más rápidos, efectivos y fecundos hallazgos, que conforman y

constituyen el óptimo climácico de la recreación lingüística de la realidad que supone el hecho comunicativo.

Si nos referimos a la Poesía, aparte de la indudable pre- ponderancia de la presencia andaluza a largo y ancho de la Historia de la Literatura española, nadie podría dudar el favorable “reparto estadístico” de grandes poetas en estas tierras. Podríamos recordar, además, que la Poesía lírica europea en lengua romance comienza con las jarchas mo- zárabes, compuestas alrededor del siglo IX en Andalucía. Y, por si fuera poco, nos queda la mayor: el más ingente pa- trimonio poético vivo del mundo es la Poesía fl amenca: un corpus de más de doscientas mil coplas (unos ochocientos mil versos), presentes y activos todavía en la memoria del pueblo andaluz.

Un buen porcentaje de esas coplas (líricas o narrativas, sobre todo) vienen cifradas en clave de humor: miles de co- plas exploran los recónditos vericuetos del laberinto virtual del Humor, que ha venido acreciendo ese inmenso abani- co de palabras sin medida y sin control posible. Desde las descripciones perplejas o inocentes, hasta las actitudes más escatológicas o groseras, los andaluces han practicado de continuo el tráfi co oral de chascarrillos, chistes, ocurrencias o coplas; la ceremonia de la comunicación se basa aquí, de principio, en un clima que permite que buena parte de nues- tra vida la hagamos en la calle, juntos; a la par, hay una vo- luntad ancestral que multiplica y estimula los intercambios. El “entrenamiento lingüístico” es impresionante y la diver- sidad de los resultados es pasmosa: he aquí algún ejemplo de la “guasa inocente” y de “la que roza los tabúes”, sin exagerar en ningún extremo.

Tu ma’re no dice ná’:

Tu ma’re es de las que muerden Con la boquita cerrá’.

Me dicen que yo me case Con una mujer de cuarenta

Yo prefi ero dos de veinte, Que sale la misma cuenta. La mujé’que, meando, No hace “joyo”,

Es porque le han quita’o La cresta al pollo. El hombre que, meando, No hace espuma,

Es porque ya no tiene Fuerza en la pluma.

Por supuesto, no faltan ejemplos de un Humor trágico, que no conduce a la risa, precisamente; más bien parecen una tácita y despreocupada comprensión y aceptación de lo irreparable:

Cada vez que yo me acuerdo ‘que me tengo que morí’, Echo mi manta en el suelo Y me “jincho” de dormí’.

Para encauzar nuestro tema falta avistar algunos de los sentidos que impregnan tradicionalmente el concepto de “fi esta”. Y es que la fi esta debe de ser tan antigua como la Humanidad o, quizás mejor, como la misma Vida.

Las primeras fi estas de que tenemos noticia han coinci- dido en celebrar acontecimientos importantes para la su- pervivencia, conectadas con la Rueda del Año: es natural, pues, que la llegada cíclica de la primavera (del latín prima y ver, primer verano ) y el verano. Se celebraba la explosión de la naturaleza, la abundancia, la alegría de vivir... y todo lo relacionado con la fertilidad.

A fuer que las comunidades humanas iban asegurando su subsistencia, las fi estas se extendieron a lo largo de todo el año. Algunas de las más antiguas, como la de los Santos

Inocentes, celebraban irónicamente el invierno. Griegos y romanos adoptaron y potenciaron estas fi estas antiguas (Lu- percales, Saturnales, etc.) y las dedicaron a distintas divini- dades que, a lo mejor, fueron creadas ad hoc.

Así, ya Dionisos en Grecia representó una actitud vital enfrentada o, quizás complementaria con la de Apolo: lo apolíneo implicaba la mesura, el orden y el equilibrio. Lo dionisíaco, vino mediante, suponía el desenfreno, la ruptura y la exaltación. Y aún hay un grado más en esa exaltación, que roza el absoluto despendole, en la encarnación de Pan, aquel semicabrito satirón con fl auta que desmantelaba lo apolíneo desde la raíz: lo que podríamos llamar “sin rey ni roque”.

Formal y aparentemente, todo esto desapareció con la llegada al Mediterráneo de las nuevas creencias y cultos monoteístas (Judaísmo, Cristianismo e Islam), que comien- zan a enfocar y entrever la vida con un sentido muy dife- rente. En el caso que nos afecta más directamente, la Iglesia católica llego a prohibir la risa, argumentando, que ningún Evangelio “ortodoxo” contaba que Cristo se hubiera reído jamás (recordemos qué bien noveló UMBERTO ECO las reper- cusiones de esa creencia en El nombre de la Rosa).

Y, así, a la chita gritando, las fi estas de la celebración de la Primavera, se convirtieron en la Semana Santa: una semana de dolor... pero, además, precedida por cuarenta días de recogimiento, penitencia, abstinencia y ayuno: es la Cuaresma.

Pero las tendencias del esoterismo que, al fi n y al cabo, son muchas de ellas expresiones de la antigua sabiduría tradicional, no remitieron ante la fuerza telúrica de la ale- gría, el desenfreno, y el humor por parte de todo lo que está vivo.

...Y renació la Antítesis. Dentro de la férrea disciplina que imponía Doña Cuaresma, aparecía siempre Don Carnal (ya veremos si esta espléndida disputa poética medieval de gran Arcipreste tuvo infl uencia en la propia denominación del Carnaval ). La excelente excusa de la autodisciplina

“exigía” la compensación ancestral del disfrute y el humor. Ahora, a vuelapluma, es necesario apuntar que, si hay algún enclave que se pueda considerar “zumo de la cultura tradicional de Andalucía“, ese lugar es, sin duda,...Cádiz: EL ENCLAVE DEL HUMOR.

Es muy posible que la actual fi esta de los carnavales ten- ga raíces en la actitud vital de los goliardos medievales, una espléndida y divertida recua de clérigos renegados, que le ponían la cruz a la cara aparente de la realidad. Eran cléri- gos dionisiacos, desprendidos de la Comunión ofi cial de los Santos; los conocemos por sus imponentes escritos poéti- cos, como los Carmina Burana o los Carmina Catuli; sólo hay que recordar un versiculillo para retratar su concepción de la vida y su escala de valores: “meum est propositum / in taberna mori...” ( tengo la intención / de morirme en la taberna...

Lo cierto y lo fi jo es que el Carnaval se consolidó como una inversión de los valores de la Cuaresma. Un extraño amasijo, una especie de contubernio consentido, con el pre- texto de que, de inmediato, entraríamos, en la oscuridad del oscurantismo (ojalá sirva la redundancia).

No sabemos cómo ni cuándo, pero en algún momento (un momento puede ser un día, un año, un lustro o un siglo) se juntaron la habilidad andaluza para la Poesía y el Humor, el Carnaval y... Cádiz; llegaron a construir una enorme ma- quinaria artística, festiva y comunicativa, con la fi nalidad de reciclar y “poner a punto” nuestra vida, para recordarnos con mucho humor pero de una manera “perfectamente se- ria” que no hay nada seguro, que tampoco nada es “perfec- tamente serio”, salvo un golpe de ataúd en la tierra.

He conocido varias celebraciones de Carnavales, con muy diversa índole: por ejemplo, en un pueblo de Cór- doba, donde viví algunos años, los Carnavales, desde los disfraces hasta los rituales de comportamiento, eran mar- cadamente tétricos, más parecidos a la Santa Compaña que a una celebración orgiástica: otra forma de entender “el enfrentamiento con lo ofi cialmente establecido”. Frente a

otros Carnavales, que inciden más en lo estético o lo es- pectacular, el Carnaval de Cádiz, ha sido construido como uno de los mecanismos más ajustados y equilibrados para conseguir y conquistar el desequilibrio: hay una perfecta mezcla de rebeldía, de pacífi ca subversión de valores, de estética visual, auditiva y vital: todo ello revuelto con una defi nitiva salsa de Humor, que, probablemente, sea la pie- dra fundamental que sostiene, empapa y engrasa todo este gigantesco y antiguo edifi cio cultural.

Siento que el Carnaval de Cádiz, es Humor y sólo Hu- mor. Todo lo demás no es más que la apoyatura coyuntural que ha cuajado para que el Humor, con mayúsculas, sea posible.

Mi recordado y querido amigo Fernando Quiñones (otro trozo de Carnaval) me contó un día que en el Teatro Falla de Cádiz, siempre era Carnaval, aún durante los años que estuvo cerrado,

Refería el asunto a un recital con poesías de García Lorca que se celebró allí, todavía vigente la dictadura. Casi todo el público en consecuencia, pertenecía a “la progresía”. Cuando llegó el clímax escénico del recital, un actor vestido de rigu- roso luto, bajo una luz cenital, comenzó a declamar el “Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías”. Imaginaos aquella voz campanuda: “A las cinco de la tarde,/ eran las cinco en punto de la tarde./ Todos los relojes se pararon a las cinco de la tarde,/ las cinco en sombra de la tarde...”A mitad del reite- rativo poema, surgió una voz del gallinero, siempre ocupado por la claque de Cádiz, que interpeló al recitador, diciéndole : “Oye, titi, ¿a qué hora dijiste que era eso?...”.

Todo el teatro rompió en carcajadas, incluido el recita- dor, y, según mi amigo Quiñones, si el propio Lorca hubiera estado presente, no habría tenido manera de evitar darse a la risa, porque, decía Fernando... “¡la gracia de Cádiz no se puede aguantar!”.

Esta anécdota no supone sino un botón –muestra de la concentración de humores que encuentran en el Carnaval de Cádiz su máxima expresión–. La clave del Carnaval es

la Risa. Es posible que sean el Amor y la Risa las dos armas más poderosas con las que la Creación dotó a ser humano. Si no hay defensa contra el Amor, ítem más ocurre con el Humor.

La Risa, eso que nadie ha podido explicar nunca, ni me- dianamente, es la más potente palanca revolucionaria que conozco. No hay nada ni nadie que pueda rebelarse ni re- volverse contra la Risa. Esa Risa que contagia, descoloca, alegra, enseña, divierte, desaprende, transgrede y nos hace más sanos y más libres, nos acerca a la adopción temporal del “otro yo”, nos impregna del espíritu pánico, y nos entu- siasma (del griego enthousiasmos yo estoy en ti).

Nada hay sagrado pero, a la par, nada se queda sin cariño en el entramado poético de las chirigotas o las comparsas. Os traigo un curioso ejemplo de esa “irreverencia reveren- te” que nos puede ilustrar la doble o triple o cuádruple cara con que se manifi esta la libertad irredenta e irreductible que campea en ese espíritu indomable del Carnaval gaditano.

Una de las primeras veces que acudí a la Plaza del Tío de la Tiza, tuve la oportunidad de escuchar una chirigota que hacía referencia al accidente que sufrió Don Juan Carlos, cuando todavía no era nuestro Rey.

El hombre bueno y sencillo Que quiere ser el Rey nuestro Ha empezado en cabestrillo Y terminará en cabestro.

Al lado de esta “broma cuasi real”, apuntaba otra copla seguida que, en mi opinión, reforzaba el tono cariñoso con que se cantaba la primera y que daba por supuesto que Don Juan Carlos iba a ser, de seguro, el Rey de España:

De los árboles frutales Me gusta el melocotón Y de los Reyes de España, Don Juan Carlos de Borbón.

Bueno, por acabar, acabo ya; pero no se debe pensar que hemos empezado siquiera. E, intentando seguir el tonillo menor de los tanguillos carnavaleros, os comunico que no estoy nada seguro de que lo que venga a decir en la próxima charla (de la que este texto no es ni aproximado resumen) pueda o no pueda coincidir en algo con lo que acabo de per- geñar...porque, sencillamente, es que... ¡Esto es Carnaval!

¡Risa y salud!...

ONTOLOGÍA DEL HUMOR;

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