1.1 El andrógino y Adán-Eva
En uno de los textos más antiguos que se conservan sobre la naturaleza del amor y sobre el origen de los sexos, el Banquete de Platón, se refiere a que en el principio la raza humana estaba constituida por seres muy
superiores a los individuos actuales, los andróginos, cuya peculiaridad consistía en que tenían en sí el principio masculino y el femenino. La superioridad provenía de que el andrógino poseía por sí mismo el poder de hacer vivir, de dar la vida, sin necesidad de ningún concurso ajeno, ni siquiera el de los dioses.
La superioridad y autosuficiencia llevaron al andrógino a menospreciar a Zeus, que decidió castigar la arrogancia. El castigo consistió en dividirlo por la mitad, es decir, en separar el principio masculino y el femenino. Eros es la fuerza por la que cada parte busca su otra mitad originaria. Nadie sabe lo que es ni quién es hasta que encuentra lo que le falta. En la revelación cristiana sobre la creación del hombre y el origen de los sexos se encuentran más indicaciones sobre lo diferencial. Se expresa que varón y mujer son constituidos, creados, como un solo ser unitario. La creación de Eva se expresa no como un partir por la mitad a Adán, pero sí como un sacarla de él mismo, como un desdoblamiento del hombre. La causa y el modo en que esa unidad se quiebra, es la misma que en el mito del andrógino: la pretensión de autosuficiencia, de ser como Dios, prescindiendo de Dios.
1.2 . Zeus. Atenea y Hera-Hefesto
En la mitología griega pueden encontrarse otros relatos en los que se pone de manifiesto la peculiaridad de lo masculino y la de lo femenino. Se trata de los mitos del nacimiento de Palas Atenea a partir de Zeus y del nacimiento de Hefesto a partir de Hera.
2. Lo masculino y lo femenino en el plano existencial. Ulises y Penélope
La Odisea de Homero es un poema en el que no solamente aparece el principio femenino modulado según una amplia gama de versiones sino también el principio masculino encarnado en lo que se ha considerado en la cultura posterior como el arquetipo de hombre-varón.
Ulises, el arquetipo de humano varón, es tal precisamente en referencia al arquetipo de humana mujer, Penélope. Para cada uno la existencia y la identidad propia sólo se concibe y se realiza en función del otro.
La existencia de Ulises, como toda existencia humana, consiste en salir de sí, de su casa, de su familia, donde todavía no es nadie o no es nada porque no ha hecho nada, no ha llevado a cabo acciones por las que se le pueda calificar. Esa es la condición inicial de toda existencia humana.
El objetivo que preside el conjunto de sus actividades, es volver a casa, a su familia, a Penélope.
El único ámbito adecuado para la existencia de un ser personal es la intimidad de otro ser personal, pero el único modo de entrar en ella es el reconocimiento.
El hombre no puede vivir solo, porque si es el único que sabe de sí, no puede tener ninguna certeza de que lo que sabe es real.
Penélope reconoció a Ulises, y con ello le salvó la vida, de ese modo se salvó también a sí misma.
En el desempeño de las tareas de Ulises se ponen de manifiesto sus cualidades psicológicas, sus principios éticos y sus creencias religiosas. Las actividades que desempeña Penélope no son las mismas que las de Ulises. Las cualidades psicológicas que constituyen su identidad son diferentes.
El sufrimiento de la esposa proviene de que el esposo se ha ausentado de ella y de que no es capaz de dominar el caos. Y la duda que le asalta es la de si debe constituir con otro nuevo principio formalizador, lo cual hubiera cancelado la identidad de Ulises.
3. La dualidad de los sexos como momentos ontológicos
A lo largo de la historia de la filosofía ha sido frecuente la asimilación del sexo masculino y del femenino a dos principios ontológicos distintos y complementarios.
El varón y la mujer se complementan en tanto que seres sexuados.
La sexualidad femenina está menos mediada por la libertad que la masculina, y en este sentido se puede decir que la sexualidad femenina es más naturaleza.
3.1 Naturaleza y operación en la unidad de la sustancia
Amar o pensar son actividades que no existen en sí mismas, sino en el hombre que las realiza, son operaciones.
3.2 Masculinidad y feminidad como formas personales
En el derecho romano la noción de persona se elabora en función de ciertas capacidades jurídicas.
En la teología cristiana la noción de persona se establece en términos de relaciones de origen que se constituyen como tales mediante operaciones intelectuales y volitivas. Y en la filosofía antigua y moderna la noción de persona se fija por referencia a la racionalidad y a la libertad.
En la teología cristiana la noción de persona se elabora además en contraposición a la de naturaleza.
El varón sabe quién es ser persona, ser libre y ser racional, y cómo puede serlo él sociológicamente.
La sexualidad es algo que tiene que ver con el origen, con la generación. Ser persona quiere decir ser libre y consciente de sí, saber de sí y disponer de sí, y eso es lo que quiere decir también ser subjetividad. En tanto que se trata de una relación de origen, persona no significa lo mismo aplicado al varón que aplicado a la mujer, la relación de cada uno con su origen es distinta.
Lo que garantiza la identidad del Hijo como persona de naturaleza es la naturaleza del Padre, y lo que garantiza la identidad del varón como persona de naturaleza humana es la mujer.
Lo propio del varón, es retornar sobre su naturaleza, sobre la mujer, afirmando amorosamente en ella su sustancialidad.
4. Carácter trascendental - kantiano de la mujer
Como todo hombre nace de la mujer, todo hombre nace de la naturaleza, a la que siente y capta como sujeto.
La constitución de la objetividad, el acontecimiento de conferir sentido a las realidades desde el yo al conocerlas, está mediada por la mujer en cuanto que la mujer, el tú - naturaleza, es condición de posibilidad y factor determinante de la emergencia del yo cognoscente.
Esto se percibe en la contraposición de las figuras de Descartes y Goethe, con sus respectivos modos de referencia a la naturaleza y a la mujer.
La mujer y la naturaleza se asimilan e identifican y más aún la mujer tanto que madre. Las relaciones del niño con la madre pueden considerarse como canon o como tipo de las relaciones del adulto con la naturaleza y con las mujeres.
Descartes se educó en un internado fuera del ámbito familiar, sus relaciones con su madre durante la infancia se caracterizaron por la
hostilidad, y ello puede considerarse como determinante de su ulterior modo de referirse a la naturaleza y a las mujeres.
Goethe mantuvo con su madre unas relaciones óptimas. Ella educó desde el principio su sensibilidad, satisfaciendo su curiosidad y sus inclinaciones artísticas y científicas. No parece haber tenido motivos para desarrollar actitudes hostiles hacia su madre. La referencia a ella parece haber estado presidida siempre por el afecto. Esa es también la característica de su referencia a la naturaleza.
El primer trascendental, en el sentido kantiano del término, es la mujer. El yo pienso no es una entidad asexuada, es masculina: es la subjetividad libre y el espíritu reflexivo.
En un conflicto entre la naturaleza y el espíritu, quien inicialmente lleva las de perder es la naturaleza, que al quedar indefensa frente a él resulta explotada, desguazada y casi aniquilada.
La reivindicación o la recuperación del ser femenino es tarea del pensamiento ecológico.
Capítulo VI: Naturaleza y cultura en la sexualidad