QUINTA PARTE
46. Comunícate con sinceridad
HACE muchos años un médico con el que trabajé decidió hacer un experimento de la verdad en el que los pequeños adornos y las evasivas eran considerados fuera de los límites. Él y su esposa lo querían probar como método para mejorar la comunicación y favorecer la intimidad. Su compromiso con la verdad acabó teniendo efectos mucho mayores de los esperados en todas sus relaciones.
«Jack» anteriormente había sido bastante aficionado a la hipérbole y las evasivas. Era un tipo divertido, pero utilizaba el humor
para mantener las distancias. Si le preguntabas: «¿Cómo va vuestra investigación?», podía responderte algo como esto: «Fantásticamente. Estamos seguros de que vamos a ganar el Premio Nobel». Esta respuesta no contiene información útil. Es una forma agradable de menospreciar a la persona que hace la pregunta.
Gracias al experimento de la verdad, Jack se volvió preciso y considerado. Posteriormente respondería a la misma pregunta del siguiente modo: «Bueno, un poco más lenta de lo que me gustaría. Ayer todos nuestros geles se echaron a perder y todavía no sabemos por qué. Me siento muy frustrado, pero, en general, los resultados son esperanzadores. Ahora vamos entendiendo mucho mejor cómo funcionan los canales del calcio. Cuando se renueve la beca en febrero, creo que tendremos suficientes datos como para poder escribir una buena tesis». Este tipo de respuesta hace honor a la pregunta, revela información importante respecto a los sentimientos de Jack y el progreso de su investigación y crea intimidad. Una vez alguien definió la palabra intimidad como «ver en el interior de otra persona». Jack empezó a dejarnos hacer eso.
Poco a poco el equipo de investigación llegó a conocerle y apreciarle genuinamente. Antes, Jack era una persona distante, aunque agradable, un colega que muchos de nosotros habíamos aprendido a no tener en cuenta. Un día me paró en el vestíbulo, con una actitud pensativa. Pensé que había detectado cierta frialdad en él, de modo que le pregunté si estaba molesto conmigo por alguna razón. Su cabeza empezó a moverse en un gesto de negación. Entonces se puso erguido y me miró a los ojos. Jack se sentía incómodo, pero iba a ser sincero de todos modos. «Pasas por mi lado sin saludarme y me da la impresión de que no te importo.»
Eso fue una sorpresa. No pensé que le preocupara. Además, cuando me dirijo de un lugar a otro para hacer algo soy de ese tipo de personas que va muy concentrada y no ve a nadie. Probablemente, no vería a un rinoceronte en el vestíbulo. Cuando se lo expliqué, Jack se sintió aliviado. En los dos años que hacía que nos conocíamos, él había supuesto que a mí no me caía bien.
Entonces, cuando profundizamos en la conversación, admití que aunque me gustaba su buen humor, hasta hacía poco no había sabido quién era en realidad y me había sentido un poco incómoda a su lado. En ese momento, sucedieron dos
cosas importantes. La primera es que dimos un paso hacia la amistad. La segunda es que me di cuenta de que mi costumbre de concentrarme tanto podía ser tan disuasiva como la de distanciar a las personas con chistes. Empecé a hacer un esfuerzo consciente para saludar a la gente y todas mis relaciones laborales mejoraron.
A corto plazo quizá resulte más fácil evitar oír verdades desagradables, pero a la larga, una mejor comunicación invita al crecimiento y al cambio. Los psicólogos Gay y Kathleen Hendricks, autores de muchos libros sobre la relaciones, enseñan las ventajas de «decir la verdad sin culpabilizar». En lugar de dejar que se vayan acumulando pequeños detalles desagradables, la idea es mencionarlos antes de que los muros se hayan solidificado, como había sucedido entre Jack y yo.
El arte de decir la verdad sin culpabilizar es la amabilidad. La mayoría de nosotros ya sabemos que es mejor comentar a una persona algo de su conducta y de cómo hace que te sientas que atacar su personalidad. Jack hizo un gran trabajo diciéndome cómo se sentía cuando yo pasaba de él, en lugar de decirme que era una esnob insensible. Un comentario como: «Oye, ¿qué soy yo, una maceta?», aunque divertido, hubiera comunicado culpabilidad y crítica. El resultado podría haber sido el distanciamiento y el rencor en lugar de la paz y la cooperación. Al apelar a mi mejor yo, Jack me dio la oportunidad de tomar conciencia, lo cual le agradezco.
Decir la verdad sin culpabilizar puede parecer sencillo, pero cuando estás ocupado e irritable, tu mejor yo puede que esté temporalmente ausente. Si dejas que el sarcasmo, tu dolor o tu rabia se infiltren en tus comunicaciones, te arriesgas a llevar a los demás al mismo nivel. Entonces todo el mundo sufre y el resultado que tanto ansias —la cooperación, la consideración y la paz— se aleja cada vez más. Esta semana presta atención al arte de decir la verdad sin culpabilizar cuando te comuniques. Si tu hijo o hija adolescente te deja la ropa por toda la casa, dile la verdad sin culpabilizarle en lugar de decirle que él o ella no tiene remedio y que te está destrozando la vida. Si tu jefe te deja de lado, sencillamente dile cómo te sientes sin culpabilizarle y sin resentimiento. La comunicación clara es un puntal de la intimidad y la paz interior.