Mientras, desde los días del Concilio, surgían en América y Europa los fermentos intelectuales y pastorales hacia la formación de los movi- mientos liberacionistas concretos, la Iglesia entera se agitaba por un movimiento de base, cuyos orígenes datan también del Concilio, que se anticipará a las formulaciones teológicas y a las organizaciones de la liberación: nos referimos a la oleada de las comunidades de base. Como ha indicado certeramente el historiador y teólogo de la liberación Enrique Dussel, la praxis va, en el conjunto de los movimientos liberacionistas, por delante de la teoría: la praxis es el nuevo profetismo y la nueva proliferación de las comunidades de base.
Conviene, por tanto, distinguir una vez más con toda claridad los tres movimientos liberacionistas o liberadores, o mejor, dada su interconexión, los tres frentes del movimiento liberacionista:
Primero, las comunidades de base, que son la praxis profética de arranque, la rebelión abierta contra la Iglesia tradicional, el planteamiento —todo lo encubierto que se quiera— del cisma contemporáneo de las dos Iglesias, porque la Iglesia popular, nacida de las comunidades de base, excluye formalmente a la otra Iglesia, le niega su carácter de Iglesia aunque admita un período de transición coactiva y se resista a plantear crudamente el cisma;
segundo, la teología de la liberación, que es el frente teórico, la superestructura ideológica del liberacionismo, la justificación dogmática —porque se trata de un nuevo dogma— que ya no se funda principalmente en las fuentes tradicionales e internas de la Iglesia, sino en un hecho social interpretado con categorías ajenas, e incluso hostiles a la Iglesia como son las del análisis marxista;
tercero, la organización Cristianos por el Socialismo, que trata de en- cuadrar al movimiento de praxis en abierta y confesada colaboración con el movimiento marxista —y concretamente comunista— universal.
El movimiento comunidades de base/Iglesia Popular, es previo a los otros dos; se pone en marcha al final del Concilio, en 1965 más o menos, y cobra aceleración a partir de 1967 en América y en Europa y España, de
forma simultánea. Los movimientos teología de la liberación y Cristianos por el Socialismo son virtualmente simultáneos: nacen hacia el comienzo de la década de los setenta, y emergen juntos hacia 1971, con motivo de la anticipación chilena, adquieren resonancia universal en el encuentro de El Escorial, en España, 1972, que sigue inmediatamente a la proclamación mundial de los Cristianos por el Socialismo en Chile
Los tres movimientos están interconectados. Comparecen en sus reuniones, publicaciones y congresos las mismas personas, los mismos promotores. Su confluencia histórica tiene lugar en el triunfo sandinista de Nicaragua en 1979; allí peregrinan los Cristianos por el Socialismo del mundo entero, la Iglesia Popular se enfrenta abierta e incluso groseramente con la Iglesia de Roma en la persona del Papa, y varios teólogos de la liberación forman parte del Gobierno revolucionario
Estudiamos en esta sección de nuestro libro el movimiento comunidades de base antes de adentrarnos en el análisis de la teología de la liberación y del movimiento Cristianos por el Socialismo. Porque como hemos dicho las comunidades de base aparecen antes, dentro del periodo de fermentación conciliar previo a la Conferencia de Medellín y a los Encuentros de El Escorial y Santiago de Chile. Ya tenemos la suficiente perspectiva como para adelantar una interpretación sobre el origen de las comunidades de base. Sería exagerado calificarlas enteramente como movimiento subversivo y manipulado estratégicamente, estas no son notas originales, sino consecuencias de su auge universal. Las comunidades de base forman parte de esa fermentación conciliar. Nacen en un ambiente de convivencia pastoral, no teórico ni teológico. Sus promotores son de dos clases en primer y principal término, los sacerdotes jóvenes ansiosos de incorporarse a la renovación conciliar y de encontrar caminos nuevos, no siempre ortodoxos, y proletarizados como estamento sacerdotal, ante sus difíciles condiciones personales de vida en un mundo volcado hacia los valores materiales y la civilización del desarrollo y el consumo en plena etapa occidental de prosperidad después de los traumas de la posguerra. No se ha insistido de forma suficiente en esta caída en el proletariado de los sacerdotes urbanos en los años sesenta. En segundo lugar, promueven las comunidades de base los dirigentes y miembros de los movimientos apostólicos de base seglar que después del Concilio entran —con la Acción Católica en cabeza— en una crisis agónica por casi todo el mundo. Jóvenes sacerdotes y militantes apostólicos coinciden en encontrar un sustituto a ocupaciones y rituales anteriores en la politización y en la cooperación con militantes y dirigentes de movimientos marxistas, gracias
al nuevo clima de diálogo que se convierte muchas veces en abierta cooperación política, y en trabajo de oposición conjunta contra regímenes militaristas o autoritarios en Iberoamérica y en España. La crisis profunda que esta situación abre en los movimientos apostólicos seglares de la Iglesia no podía ser desaprovechada por la estrategia política del bloque soviético, que contempla en ella toda una gama de nuevas posibilidades de acción en Occidente, tanto en las naciones de régimen democrático como en las de régimen autoritario.