El actual (1986) presidente de la CELAM, monseñor Antonio Quarracino, de firme posición personal contra la marea liberacionista, ha declarado a la revista española Palabra que «proviene de Europa la fundamentación teológica de la politización del mensaje evangélico en algunas zonas de Iberoamérica. Incluso la denominada teología de la liberación es deudora de ideas y autores europeos» (Cfr. Ya, Madrid, 27 de diciembre de 1985). Como se deduce de los epígrafes anteriores, creemos sinceramente que los influjos marxistas y la Teología política a través del conjunto Bloch Moltmann Rahner Metz, gracias al trasplante efectuado por los jesuitas proliberacionistas españoles, forman la fuente principal de influencia europea para la Teología de la liberación iberoamericana, mantenida vigente por el fuerte influjo doctrinal de los centros jesuíticos
de pensamiento y acción en el Nuevo Continente y en sus bases logísticas de España y Norteamérica. Este libro trata de ofrecer un análisis informativo, una síntesis histórica y una interpretación estratégica, no desea plantear el problema de la liberación en un plano preferentemente doctrinal, porque los propios liberacionistas se han hartado de proclamar que su campo es la práctica, donde la doctrina solamente actúa como una lejana orientación y un soporte mítico. Pero con el fin de completar el cuadro de influencias europeas en la TL, conviene que aportemos aquí una presentación de algunas de ellas que aparecen claramente en los escritos liberacionistas más influyentes y conocidos.
La desmitificación existencialista de Bultmann
El pensador y teólogo protestante Rudolf Bultmann (1884-1976) es uno de los europeos que más influyen en el pensamiento de Gustavo Gutiérrez y Leonardo Boff, como se ha reconocido —a veces con inex- plicable reprobación de los liberacionistas— en algunos documentos ro- manos sobre el problema. Aducimos además a Bultmann para corroborar la tesis (defendida por el teólogo granadino señor Martín Palma) de que el influjo protestante en la TL ha sido relevante y a veces se olvida desde el campo de la crítica católica, ver, por ejemplo, el luminoso artículo del teólogo brasileño señor Martins Terra en Nexo, que comentaremos después ampliamente en otra parte del libro. Bultmann, discípulo de Harnack, polemizó vivamente con Karl Barth y otros grandes teólogos protestantes contemporáneos. Se separó de la teología liberal e historicista al creer que no concordaba con la dimensión del hombre moderno, determinada por la nueva ciencia natural y antropológica. Propuso la desmitificación integral de las exegesis neotestamentarias, con lo que a su vez quedaban desmitificadas las cosmologías de las que se derivan aquellos mitos. Bultmann se declara tributario del pensamiento existencialista de Heidegger para sus investigaciones y expresiones teológicas, y piensa que la desmitificación puede engranar bien con una concepción del mundo enteramente moderna
La relación existencial es un fundamento de la desmitificación, aunque existe una diferenciación básica entre la fe cristiana y la compren- sión filosófica de la realidad, entre el existencialismo y el Nuevo Tes- tamento. «Pero al mismo tiempo la desmitologización conduce a una idea de un Dios trascendente que se halla presente y activo en la historia» (Ferrater Mora).
La actitud rebelde de Schillebeeckx y Küng
El dominico holandés Edward Schillebeeckx y el sacerdote suizo, profesor de Tubinga, Hans Küng, son dos importantes teólogos actuales que se han hecho famosos en el mundo de la comunicación, más que por sus tesis teológicas, por sus actitudes heterodoxas, que les han valido sendos procesos romanos. Estos procesos estallaron a fines de 1979, poco tiempo después de que el Papa Juan Pablo II tomase el timón de la Iglesia, y marcaron con suma claridad las directrices de firmeza y ortodoxia que algunos han intentado envolver con el sentido peyorativo del término restauración. Schillebeeckx fue seguramente el promotor de la oleada progresista que ha conmovido profundamente los cimientos de la Iglesia católica en Holanda —oleada hoy contenida y encauzada por las firmes decisiones papales— y fue cofundador de la revista progresista Concilium. Se le llamó a Roma en proceso para responder de sus opiniones sobre la divinidad de Cristo, la fundación de la Iglesia y la virginidad de María (cfr. El País, 13-XII-1979, p. 29).
Pero la posterior actitud del dominico holandés ha sido mucho más discreta que la del teólogo suizo, cuyo proceso, abierto hacia 1975, llegó a sentencia en diciembre de 1979: «El profesor Hans Küng se aparta en sus escritos de la plenitud de la verdad de la fe católica. En vista de ello, no puede considerarse como teólogo católico ni enseñar como tal» (cfr. El País, 19 XII 1979, p. 26). Küng se negó a acudir a Roma para ser juzgado sin conocer previamente las acusaciones y el Tribunal. En virtud del Concordato fue privado de su cátedra en Tubinga cuya Universidad le ha mantenido con otro status, pero fuera de la Facultad de teología católica
Un enjambre de cincuenta teólogos españoles, la flor y nata del liberacionismo peninsular, lanzo el 23 de diciembre, en las páginas de El País (ese mismo año 1979) un grito de rebeldía contra Roma por la deci- sión sobre Küng. Expresaron su solidaridad con el drama del teólogo suizo y su repulsa por los métodos de Roma. Firmaron muchos jesuitas de la Universidad Pontificia de Comillas (entre ellos Alvarez Bolado), del Instituto Fe y Secularidad (entre ellos Gómez Caffarena) y de la Facultad de Granada (entre ellos José M. Castillo). Junto a ellos figuraban los nombres de Floristan, Gesterra, Marciano Vidal, José María Diez Alegría Benjamín Forcano, Javier Pikaza (del que hablamos en un turbio asunto teológico referido en otro lugar de esta obra) y Evaristo Villar, todos ellos miembros de importantes instituciones eclesiásticas
Poco después, el 20 de enero de 1980, y en las mismas páginas de El País (p. 11), Hans Küng publicaba un largo trabajo con el título «Por que sigo siendo católico», en que venia a decir que no era católico, porque hablaba en un sentido según el cual «pueden ser católicos ciertos teólogos que se llaman protestantes o evangélicos». Y arremetía, con método impropio de un teólogo, contra la historia de la Iglesia católica en una retahíla de lugares comunes expresados con sentido totalmente anacrónico. Después, en el mismo medio (11 de abril de 1980, p. 27) explicó que su cese en la Facultad se debió a que los obispos alemanes y sus compañeros en la Facultad obedecieron a Roma y prefirieron la solidaridad con Roma a respaldarle, lo que le resultaba incomprensible.
Así las cosas, Hans Küng arremetió con saña, bien poco teológica y netamente luterana, contra la Iglesia católica, contra el cardenal Ratzinger y contra el Papa Juan Pablo II, en una serie de tres artículos larguísimos y panfletarios que publicó íntegramente una serie de periódicos progresistas y anticatólicos, entre ellos El País, en España, a partir del 4 de octubre de 1985. Nunca tamaña cantidad de resentimiento se había vertido en tan farragosos alegatos. «Joseph Ratzinger tiene miedo», dice el rebelde contra el intrépido cardenal de la Fe, a quien compara con el Gran Inquisidor de Dostoievski. Habla de una nueva Inquisición en que «no se quema a nadie, pero se le aniquila psíquica y profesionalmente». Apoya flagrantemente a la teología iberoamericana de la liberación, y varias veces echa en cara a la Iglesia todos los errores de su historia, como si la Iglesia estuviera compuesta de ángeles. Se atreve a condenar «al representante de una institución que esta involucrada todavía hoy en uno de los mayores escándalos financieros, junto con maquinaciones de la Mafia». Entre gozosas caricaturas irreverentes del diario prosoviético español, critica a Ratzinger por su papatismo y su marianismo, y dice que los regímenes totalitarios comunistas son seguramente más aceptables para la Iglesia que las democracias occidentales, si tuviera en ellos un poco de libertad. Acusa a Juan Pablo II de frenar el movimiento conciliar de la Iglesia y de hacer «una política muy activa respecto de América Central y Latina, en perfecta consonancia con la Casa Blanca», lo que contradice su afirmación anterior groseramente. Cree que la Curia perpetra ataques directos a las grandes Órdenes religiosas, mientras fomenta al Opus Dei, «organización secreta española». Ataca directamente al Papa: «Este Papa, con frecuencia no cura las heridas, sino que pone sal en ellas». Protesta por el silenciamiento de Boff. En fin, incurre en la grosería y en la agresión más lamentable contra
Roma. Es evidente que Roma tiene toda la razón ya no es un teólogo católico.
ABC, de Madrid (4 X 1985), calificó al alegato de Küng como artículo intolerable. El Diario del obispo Sebastián (Ya, 9 de octubre, p. 9) dedico a esa sarta de dislates un comprensivo editorial, del que solo puede pensarse que sus autores no habían leído el trabajo de Küng. El eminente teólogo Hans Urs von Balthasar publicó en Avvenire (15 de octubre de 1985) una luminosa replica al descarriado teólogo suizo, en que dice que ni él ni Boff son ya cristianos, porque para Boff «Cristo no fue más que un predicador que fracasó, que vivió sobre la cruz la derrota de su proyecto sociopolítico y que fue divinizado por sus discípulos después de su Pasión». Y para Küng, «Cristo no es más que un profeta y se trata solo de establecer si fue más grande o no que Buda o Mahoma», lo que ha provocado el entusiasmo del energúmeno Jomeim, al invitar al Irán al rebelde. Von Balthasar cree que es Küng, y no Ratzinger, quien ataca al Concilio, y defiende con lúcida nobleza al cardenal alemán frente a la resonante rabieta luterana de Küng, cuyas actitudes rebeldes, más que cuya doctrina cuasiprotestante, han sido desde hace años modelo para casi todos los teólogos de la liberación