GRATITUD SSER AGRADECIDO
6. Con mirada de niño
Todas las personas mayores han sido niños antes, pero pocas lo recuerdan. El Principito, Antoine de Saint-Exupéry
Como consecuencia de nuestro apresurado modo de andar por la vida, muchas veces caemos en el error de juzgar las cosas bajo la limitada óptica de nuestras frustraciones y carencias personales. Eso hace que nuestro niño interior no pueda disfrutar de lo simple, lo real y lo sensible, ya que el rigor de nuestra mente consciente le impide ser real- mente como es y hacer lo que siente.
“Las personas mayores me aconsejaron que dejara a un lado los dibujos de serpientes boas, abiertas o cerradas, y que me interesara un poco más en la geografía, la historia, el cálculo y la gramática. Así fue como, a la edad de seis años, abandoné una magnífica carrera de pintor.” Con estas palabras, el Principito de Saint-Exupéry explica su triste experiencia con las personas mayores, esos individuos caren- tes de sentido de la naturalidad y cerrados a los sentimien- tos, a quienes su estricta educación nunca les permitió aca- riciar a un niño con cariño, ni volar con la imaginación.
En mi juventud, la muerte de mi padre a causa del con- sumo de tabaco me impactó fuertemente, no solo por des- pojarme de su amada compañía, sino por impedirme para siempre cumplir un anhelo que albergaba en el fondo de mi corazón: poder, algún día, llegar a dialogar abiertamente y desde la madurez con él. Es así: nunca pude conversar ver- daderamente con mi padre ni conocerlo en profundidad.
Es una de mis asignaturas pendientes y que permanece- rá así por siempre: no haber podido charlar con mi padre de hombre a hombre, esa charla que supone poder penetrar en sus pensamientos más íntimos a la vez que él penetra- ra en los míos.
Y es que su rígida educación nunca le permitió acer- carse a su hijo como confidente, hermano o amigo. El exce- sivo formalismo con que había sido educado en su época le impidió que pudiera llegar a hablarme con sinceridad y claridad de sentimientos. Aun así, siempre fue un excelente referente en mi vida y en la de mis hermanos. Nos educó con su vivo ejemplo de rectitud de pensamiento, actuación incuestionable, lealtad ante todo, perseverancia, honesti- dad y amor a su familia.
Pero la realidad es que no pudo sacarse la coraza que le impedía sentir con el corazón y transmitir el amor que sen- tía por los suyos con naturalidad y pasión. Mucho formalis- mo, mucha seriedad, mucho temor a mostrarse sensible.
Hoy, como en su tiempo lo estuvieron nuestros padres y abuelos, quienes ahora somos “mayores” estamos muchas veces cerrados a la sensibilidad de las cosas simples de la vida. Tanto trabajo, estrés y obligaciones han terminado por pasarnos una enorme factura: nuestra propia amargura y seriedad en el vivir.
Cuando uno es joven, es inquisitivo, quiere saberlo todo, constantemente se hace preguntas y advierte cosas que los adultos ni siquiera ven. La mente del joven está mucho más alerta, curiosa, ansiosa de saber. Por eso, en esa época de la vida aprendemos con tanta facilidad. Pero a medida que nos vamos volviendo adultos, nuestra mente se va cristalizando, se vuelve cada vez más densa y lenta. Como decía el poeta Ling Yu Tang: “Ningún niño nace con el corazón frío”; ese rasgo desagradable es un defecto de los adultos, quienes con frecuencia confundimos frialdad con madurez.
¿Les gustaría volver a sentir como un niño? ¿Nos hemos preguntado alguna vez cómo recuperar ese espíritu que teníamos en nuestra juventud?
Para intentar recobrar la vitalidad e inquietud de anta- ño, y liberar a ese niño interior de las garras del quietismo, la rígida seriedad y la tradición irreflexiva, recordemos
cómo nos sentíamos de jóvenes. Esa era una época de cons- tante crecimiento. Y en eso consiste precisamente el apren- dizaje: buscar nuevas cosas, investigar, concebir proyectos, planes, deseos y sueños. Eso nos hace crecer intelectual y espiritualmente, al tiempo que nos rejuvenece como el mejor tónico jamás inventado.
Esa es mi particular experiencia como profesor univer- sitario. En los numerosos cursos y conferencias que he dado, realmente me asombra ver cómo día a día salgo de mis cla- ses con entusiasmo y alegría, al descubrir que tanto mis alumnos aprenden de mí como yo de ellos. Simplemente es maravilloso.
Cada charla, cada clase que imparto es para mí un pro- fundo estímulo interior. No por lo que doy, sino por lo que recibo de mis interlocutores. Siento que necesito dar, enseñar, exponer, experimentar tanto como el árbol nece- sita la savia, y que el aporte que me brindan esos “niños grandes” que asisten a mis cursos permite mantenerme joven de espíritu.
Por ello, sostengo que la clave de la juventud es sentir como un joven, y nunca dejar de sorprenderse de la vida, aprender y soñar en un continuo compás vital.
Mientras escribo estas palabras advierto que ya tengo 45 años. ¡Cuánto tiempo ha pasado!; y sin embargo persisto en ir por la vida con la misma curiosidad y sensación de provisionalidad que en mi juventud. Es alentador sentirse joven de espíritu, sentimiento que solo se logra recupe- rando a ese niño interior que somos, pero que muy pocas veces dejamos ser.
Confieso que la relación con mis alumnos es uno de los mayores regalos que me ha dado la vida. Y lo agradezco cada día. Por eso siempre digo que no quiero dejar de “enseñar”, ya que, para mí, ese disfraz de profesor es una genial excu- sa para aprender… Y, además, ¡me ahorro la matrícula!
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