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Llenarse para luego dar

In document Lidera Tu Interior - Diez, Alfredo (página 169-172)

SERVICIO SSERVIR A LOS DEMÁS

3. Llenarse para luego dar

Para que la lámpara siga iluminando, debes echarle aceite continuamente.

Madre Teresa de Calcuta

Es de una especial relevancia comprender que para poder ofrecer algo a los demás debemos tenerlo antes nosotros mismos, porque es lógico que nadie puede dar aquello que

no posee. Nuestra responsabilidad es crecer en todos los sentidos, atesorar sabiduría, amor, experiencia, compren- sión, tolerancia, todo lo que luego podamos entregar a nues- tros seres queridos. En resumen, llenar bien nuestra lám- para de aceite, ya que, como decía Teresa de Calcuta, solo así podremos dar más de nosotros mismos.

Y más vale que nos preocupemos por tener algo que dar a los demás, porque la única razón de tener algo es poder darlo después. Por ello, debemos adquirir conocimiento en nuestro particular camino por la vida para poder transmi- tirlo, y de esa manera seguir creciendo en un continuo pro- ceso de dar y recibir.

Así es como cada uno de nosotros puede alumbrar el camino para uno mismo y también para que sea visto por otros, ya que cuando ayudamos a crecer a otros, también estamos creciendo.

Es lo que me sucedió con Alejandro, quien vino a verme una tarde de abril. Se encontraba angustiado por lo que le había dicho un amigo: “Debes revisar los móviles de tus actos, tus valores y los principios de los que surgen”. Alejandro se mostraba confuso e inquieto.

—No hay nada de malo en mis actos —me dijo—. Quiero alcanzar el éxito. ¿Y quién no? Quiero que la gente me esté agradecida. Igual que todo el mundo. Quiero una posición más segura. ¿Por qué no iba a quererla?

—Quizás esos móviles carezcan de valor en sí mismos —le dije—, tal vez sea esa la causa de tu estado de angustia. Luego de unos minutos de reflexión en silencio, me res- pondió:

—Siempre trabajé libre, con espontaneidad, y las cosas me han salido bien; sin embargo, es verdad que últimamente me he vuelto calculador e intolerante, y me siento como vacío por dentro. ¿Por qué?

Hicimos una serie de ejercicios a fin de descubrir los móvi- les de sus actos, sus deseos más ocultos, y algunos princi- pios que determinarían su forma de actuar y sus valores.

Me pidió entonces que le dijera cómo veía la situación. A pesar de no ser técnicamente correcto desde mi posición de coach, ya que no acostumbro emitir “mi propio juicio” sino trabajar con el de mis clientes, accedí a darle mi feed- back sobre lo que podía observar:

—Tu actual sentimiento de angustia contenida y desazón con la vida —continué— se debe a que no estás pensan- do en el trabajo como tal, en la tarea que realizas, sino en las compensaciones que puede ofrecerte. El trabajo ha dejado de ser un fin provisto de su propia recompensa para convertirse solo en un medio de ganar dinero, de pagar facturas. En tu desesperado apego a la seguridad, has olvidado la importancia de dar algo, de ayudar a los demás, de contribuir.

En efecto, nada puede salir bien si los móviles son equi- vocados, ya seas cartero, peluquero, agente de seguros o ama de casa; no importa la profesión. Siempre que ten- gamos la sensación de que ayudamos al prójimo, desem- peñaremos bien nuestro empleo. Si pensamos solo en ayu- darnos a nosotros mismos, el trabajo no irá tan bien. Esta ley es tan inexorable como la ley de gravedad.

—La clave, Alejandro —añadí finalmente—, es que con- tinúes aprendiendo de tus propias experiencias de vida, y que puedas evolucionar como ser humano. De lo que se trata es de llenarse para luego dar, e irse vaciando para dejar nuevo espacio de aprendizaje.

Y lo más interesante en este camino de llenarse para dar, es el aprendizaje que se obtiene en su tránsito. Porque si mi actitud es una constante vocación por capitalizar cada experiencia, estaré ingresando en un estado de latente juventud, la que encontraré no solo en lo que crezca o aprenda, sino en la posibilidad de brindar ese conocimiento a los más necesitados de alimento espiritual.

Porque, como dice el biólogo Dröscher, solo se puede estar en dos momentos: de crecimiento o de envejeci- miento. Por lo que el precio de quedarnos estáticos y sin

crecer más, es empezar a envejecer. Por tanto, la clave es aprender, lo que supone un continuo crecimiento.

Esta es la razón por la cual me fascina hacer coaching, y dictar clases, conferencias y seminarios; porque a la vez que transmito mis pocos conocimientos, en contrapartida recibo de mis alumnos y clientes un valor extraordinario que hace que siga sintiéndome joven. Porque el hecho de poder transmitir las cosas que uno ha aprendido también tiene que ver con el crecimiento.

Por cada paso que damos existe una enseñanza o mora- leja que podemos capitalizar, convirtiéndonos en una nueva persona con nuevos conocimientos. Es como renovarse constantemente, como transformarse día a día en un mejor y más útil ser humano.

Como dice John Naisbitt: “El avance más excitante del siglo XXIno tendrá nada que ver con la tecnología, sino con la expansión del concepto de lo que significa ser humano”.

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