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Todos necesitamos lo mismo

In document Lidera Tu Interior - Diez, Alfredo (página 143-147)

GRATITUD SSER AGRADECIDO

2. Todos necesitamos lo mismo

Es fácil conseguir dinero si lo que quieres es dinero. Pero, salvo contadas excepciones, lo que la gente quiere no es dinero. Quiere amor y admiración.

John Steinbeck

Si ahora mismo salimos a la calle a caminar, seguro que nos cruzaremos con cientos de personas desconocidas; y, ¿saben algo?, todas ellas tienen algo en común que las hace her- manas. No es, desde luego, su raza, ni su nacionalidad, ni sus creencias religiosas o preferencias sexuales. Lo que todas tienen en común es su necesidad de aceptación y afecto.

No conozco a ninguna persona, ni la más superada y autosuficiente, que no necesite el cariño y la aceptación de los otros. Es lógico que así sea, ya que somos seres sensibles que nos alimentamos del amor que nos brindan los demás. Estoy hablando de un nivel básico de aceptación y cariño, ya que cuando la necesidad de afecto y atención excede ese nivel, la normalidad se transforma en patología; es decir, en una necesidad extrema y compulsiva de reconocimien- to y aceptación.

Cecilia, una médica amiga, dijo cierta vez que estába- mos conversando en su consultorio: “Los médicos estamos empezando a recetar amor. Vemos en él la medicina por excelencia. Lo malo es que la mayoría de las personas, aun las que se consideran felices, ignoran lo que es ese senti- miento”.

¿Cuál es el camino para amar a los demás? ¿Qué debo hacer para dar aceptación y cariño?

Para brindar amor y aceptación a los demás sincera- mente debo primero amarme y aceptarme a mí mismo; si no, cuando me relacione con alguien, en lugar de dar amor lo que haré será buscar apoyo para superar mi baja auto- estima. Si no nos amamos primero, ni seremos capaces de aceptar a los demás tal como son, ni nos aceptaremos a nosotros mismos.

En una ocasión le pedí al director de un instituto de salud mental que me diese una definición del amor pro- pio. “Es –me dijo– el sentimiento de la propia dignidad, de saber que ocupamos el puesto que nos corresponde, de sen- tirnos satisfechos de nuestro valer y de nuestra competen- cia, todo ello combinado con una saludable humildad.”

En efecto, valorarme a mí mismo supone otorgarme la real dimensión en cuanto a mis capacidades. No amarme mucho, sino conocerme mucho; esa es la definición en esen- cia de la palabra autoestima. Un buen nivel de autoestima deriva de conocerse adecuadamente.

Sin embargo, frente a nuestro sano autoconocimiento y aceptación, a veces la familia, el trabajo, los amigos, el sis- tema generan múltiples expectativas de cómo deberíamos ser o actuar, y nos reclaman ciertas capacidades en nuestra cotidiana existencia. Esta constante evaluación a la que esta- mos sometidos, con frecuencia nos angustia.

¿Es conveniente, entonces, atender a la valoración que los demás hacen de nosotros? ¿Es correcto como forma de autoevaluación?

No, no es correcto, y el riesgo que se corre con esa depen- dencia de las presiones y exigencias ajenas es el de con- fundir la justa valoración de mí mismo con las capacidades que “se supone” debo tener.

Porque una adecuada autovaloración es la que me indi- ca las virtudes que realmente tengo. Esa idea del deber

basada en parámetros ajenos nos condiciona y nos arruina la vida, al no dejarnos libertad para ser quienes somos, y obligarnos a vivir el reflejo de lo que otros piensan que “deberíamos ser”.

¿Es posible escapar de esta presión?

Es posible, pero solo si nos permitimos reflexionar y adquirir conciencia de que no debemos angustiarnos por no ser como los demás quisieran que fuéramos. Somos valio- sos como somos, y si luego, analizando nuestra vida y acti- tudes, decidimos cambiar algo de nuestra personalidad, será porque hemos resuelto hacerlo así, con plena libertad y convicción, y no por la creencia de que de esa manera vamos a valer más para los demás, porque ya valemos.

Las preguntas que surgen son evidentes: ¿nos amamos realmente? ¿Nos aceptamos como somos, con nuestros erro- res y fracasos?

Responder a estas cuestiones nos llevará a la plena sin- ceridad para con nosotros mismos. Empecemos por acep- tar y perdonar nuestros errores, para luego pretender que los demás nos traten bien y nos acepten. Es así: no somos perfectos y solo nosotros, a pesar de nuestros defectos, pode- mos hacer que nos sintamos especiales y únicos, porque si no tenemos autoestima y no nos queremos, no es lógico pretender que otros lo hagan.

“Numerosos casos estudiados demuestran que la raíz de muchas enfermedades mentales podrían buscarse en la falta de amor propio –dijo un conocido psiquiatra–. Si se alen- tase un sano amor a sí mismo en las personas que se menos- precian, los enfermos mentales quedarían reducidos a la mitad” –concluyó con tristeza, sabedor de que la falta de amor al prójimo en nuestra actual sociedad contribuye a disminuir la autoestima de muchos.

Y porque la sana expresión de los sentimientos ayuda a todos a llevar una vida más feliz es preciso entonces pre- guntarnos: ¿con qué frecuencia demostramos nuestro amor

a la familia y a los amigos? Y también es trascendente plan- tear: ¿permitimos que ellos nos demuestren su cariño y afec- to? ¿Estamos abiertos a esa demostración?

A un hombre podrá parecerle que ama a su esposa por- que es bella, inteligente y discreta. Pero eso no es amor, es reconocer y admirar sus cualidades. El amor no depende de los atributos del ser amado, sino de la capacidad de amar del amante.

¿Cómo aprender a amar? ¿Acaso el amor no es un sen- timiento?

Efectivamente, el amor es un sentimiento, pero el modo de expresar nuestros sentimientos depende de que seamos capaces de hacerlo. Y esa capacidad para amar hay que cul- tivarla. No siempre brota espontáneamente, como muchos pueden imaginar.

“Es un proceso paulatino que comienza en la tierna infancia —me decía José Luis, un querido terapeuta amigo—, cuando los padres, con su ejemplo, transmiten al niño indicadores de lo que es el amor. Por ello, el mayor bien que pueden hacerle los padres a sus hijos es enseñar- les a amar.”

Este tema me recuerda un ejercicio propuesto a un grupo de directivos de empresa en un seminario que dicté en la ciudad de Burgos. Estando frente a mis alumnos en una de las sesiones, les dije:

—Supongamos que solo les quedara un día de vida y se encontraran encerrados en un profundo túnel sin otro con- tacto con el exterior que una rendija por la que pudieran pasar un sobre. ¿Qué sería lo que harían? Actúen por vein- te minutos como si estuvieran en el túnel —les sugerí. Todos, sin excepción, se pusieron a escribir. Al finalizar el tiempo del ejercicio, encontré sobre mi mesa 18 escritos en forma de cartas dirigidas a padres, hermanos, amigos y com- pañeros de trabajo. En todas pude leer palabras de agrade- cimiento, cariño, amor, perdón y, cómo no, de despedida.

Fueron tan hermosos los mensajes que transmitían esas car- tas que luego de hablar con los participantes unos minutos les rogué que de regreso a sus casas entregaran las cartas a sus destinatarios. Se podrán imaginar la sorpresa de los par- ticipantes, ¡y los resultados de la experiencia!

“No quiero ser rica. Solo quiero que me amen”, decía Marilyn Monroe.

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