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Concepción evolutiva

l Las dos tradiciones de la libertad

2. Concepción evolutiva

Aunque, generalmente, estos dos grupos se toman hoy en bloque como antepasados del moderno liberalismo, difícilmente se imaginará mayor contraste que el existente entre sus respectivas concepciones sobre la evolución y funcionamiento del orden social y el papel que en dicho orden desempeña la libertad. La diferencia se vislumbra directamente en el predominio de la concepción inglesa del mundo, esencialmente empírica, y en la postura racionalista francesa. El principal contraste en las conclusiones prácticas a que dichas posturas conducen ha sido bien expresado recientemente como sigue: «la una encuentra la esencia de la libertad en la espontaneidad y en la ausencia de coacción; la otra, sólo en la persecución y consecución de un propósito colectivo absoluto» 10; «la una mantiene un desarrollo orgánico lento y semiconsciente; la otra cree en un deliberado doctrinarismo; la una está a favor del método de la prueba y el error y la otra en pro de un patrón obligatorio válido para todos»11. El segundo punto de vista, que J. S. Talmon expone en una importante obra de la que se toma tal descripción, ha llegado a ser el origen de la democracia totalitaria.

El éxito arrollador de las doctrinas políticas que se apoyan en la tradición francesa se debe, probablemente, a su apelación al orgullo y ambición humana; sin embargo, no debemos olvidar que las conclusiones políticas de las dos escuelas derivan de diferentes concepciones de la forma de funcionar la sociedad, y a este respecto, los filósofos ingleses colocaron los cimientos de una profunda y esencialmente válida teoría, mientras que la escuela racionalista estaba pura, completa y simplemente equivocada.

Los filósofos ingleses nos han dado una interpretación del desarrollo de la civilización que constituye todavía el basamento indispensable de toda defensa de la libertad. Tales filósofos no encontraron el origen de las instituciones en planificación o invenciones, sino en la sobrevivencia de lo que tiene éxito. Su punto de vista se expresa así: «Las naciones tropiezan con instituciones que ciertamente son el resultado de la acción humana, pero no la ejecución del designio humano» 12. Subraya esto último que el denominado orden político es producto de nuestra inteligencia ordenadora en mucha menor cuantía de lo que comúnmente se imagina. Como sus inmediatos sucesores comprendieron, Adam Smith y sus contemporáneos «explican casi todo lo que ha sido adscrito a instituciones positivas dentro de un espontáneo e irresistible desarrollo de ciertos principios obvios, y demostraron que con pequeñas ideas o sabiduría política pueden construirse los más complicados y aparentemente artificiales esquemas de política» 13.

Esta «actitud antirracionalista en lo que respecta al acontecer histórico, que

Adam Smith comparte con Hume, Ferguson y otros» 14, les facilitó entender por vez

primera la evolución de las instituciones, la motal, el lenguaje y la ley de acuerdo con un proceso de crecimiento acumulativo. Solamente dentro de este marco se ha

9 Sobre el desviacionismo de Jefferson desde la tradición británica a la tradición francesa como consecuencia de su

estancia en Francia, véase la importante obra de O. VOSSLER, Die amerikanischen Revolutionsideale in ihrem Verbältnis zu den

europäiscben, Munich 1929 10 TALMON, op. cit., p.2.

11 lbid., p. 71. Cfr. también L. MCGOVERN y D. S. COLLIER, Radicals and Conservatives, Chicago 1958, quienes hacen

la distinción entre «liberales conservadores» y «liberales radicales»

12 A. FERGUSON, An Essay on the Hislory of Civil Society, Edinburgo 1767, p. 187

13 FRANCIS JEFFREY, «(Graig's Life of Miller», Edimburgh Review, IX, 1807, p. 84. Análogamente, F. W. MAITLAND,

más tarde, escribió en alguna parte «(sobre el avanzar dando tropiezos en nuestro estilo empírico que por accidente nos conduce a la sabiduría».

14 D. FORBES, op. cit., p.645. La importancia de los filósofos morales escoceses como precursores de la cultura

en toda línea contra la concepción cartesiana de una razón humana independiente y anteriormente existente que ha inventado esas instituciones y contra la idea de que la sociedad civil ha sido formada por algún primitivo y sabio legislador o un primitivo «contrato social» 15. Esta última idea de hombres inteligentes que se reúnen para deliberar sobre la conformación del mundo es quizá el más característico resultado de aquellas intencionadas teorías y encontró su perfecta expresión cuando un destacado teorizante de la Revolución francesa, el abate Sieyes, exhortaba a la Asamblea revolucionaria a «actuar como hombres justos saliendo del estado de naturaleza y reuniéndose con el propósito de firmar un contrato social» 16.

Los clásicos entendieron bastante mejor los requisitos de la libertad. Cicerón cita a Catón, para el que la constitución romana era superior a la de otros pueblos porque «se basaba en el genio de muchos hombres y no en el de un solo hombre; no se instituyó en una generación, sino durante un largo período de varios siglos y muchas generaciones de hombres. Pues... nunca ha existido un hombre poseedor de tan gran genio que nada le escapara; ni los poderes convenidos de todos los hombres, viviendo en un determinado momento, podrían hacer todas las previsiones de futuro necesarias, sin la ayuda de la experiencia y la gran prueba del tiempo»17. Ni la Roma republicana ni Atenas, las dos naciones libres del mundo antiguo, podrían, por lo tanto, servir de ejemplo a los racionalistas. En opinión de Descartes, fuente de la tradición racionalista, Esparta fue quien proporcionó el modelo, pues su grandeza «no se debió a la preeminencia de cada una de sus leyes en particular..., sino a la circunstancia de que, emanadas todas ellas de un único individuo, tendían a un fin único» 18. Y Esparta llegó a constituir el ideal de libertad tanto para Rousseau como para Robespierre y Saint J ust y la mayoría de los actuales partidarios de la «democracia social» o totalitaria 19.

Al igual que en los clásicos, la moderna concepción crece apoyándose en el muro de una comprensión, primeramente lograda por los hombres de leyes, sobre el desarrollo de las instituciones. «Hay muchas cosas, especialmente en las leyes y en el gobierno -escribió el presidente de la Corte Suprema, Hale, en el siglo XVIII, criticando a Hobbes-, que mediata, remota y consecuentemente pueden aprobarse en razón, aunque los argumentos de la parte no dejen trascender presente o inmediata y distintamente su equidad... En lo tocante a las conveniencias e inconveniencias de las leyes, la dilatada experiencia descubre más de lo que de buenas a primeras pudiera posiblemente prever el más sabio consejo humano. Y aquellas enmiendas y suplementos que a través de las varias experiencias de la sabiduría y el conocimiento de los hombres se aplican a cualquier ley que las necesitase, se conforman mejor a la conveniencia de dicha ley que las mejores invenciones de los más preñados ingenios faltos de tales experiencias... Esto se añade a la dificultad de un sondeo actual de la razón de las leyes, porque son el resultado de una larga y reiterada experiencia que,

15 L. VON MISES, Socialism, nueva ed., Yale University Press, 1951, p.43. escribe, con referencia al contrato social: «(El

racionalismo no podría encontrar otra explicación, tras haber rechazado la vieja creencia que ligaba las instituciones sociales del pasado con fuentes divinas o al menos con la iluminación que viene al hombre a través de la inspiración divina. Puesto que conducía a las condiciones actuales, el pueblo consideró el desarrollo de la vida social como absolutamente intencionado y racional. ¿De qué otra manera podía haberse producido este desarrollo excepto a través de una consciente elección y reconocimiento del hecho de su intencionalidad y racionalidad?»

16 Citado por TALMON, op cit., p. 73

17 M. TULlO CICERÓN, De re publica, I i, 2; cfr. también II, xxi, 37. NERATlO, uno de los últimos juristas romanos,

citado en el Corpus iuris civi1is, llegó tan lejos que exhortaba así a los jurisconsultos: «(Rationes eorum quae constituuntur inquiri non oportet, alioquin multa quae certa sunt subvertuntur.» («Debemos evitar la inquisición acerca de la racionalidad de nuestras instituciones, pues de otra manera, ciertamente, muchas de ellas se trastocarán.») Aunque a este respecto los griegos fueron algo más racionalistas, no carecen en absoluto de una similar concepción del desarrollo de la ley. Véase, por ejemplo, el orador ático ANTIFÓN, On the Choreutes, par. 2.ª, 2. (Minor Attic Orators, ed. K. J. Meidmen Loeb Library, Harvard University Press, 1941, 1, p. 247), donde escribe que hay leyes «(que tienen la característica de ser las más antiguas de este país, lo que constituye la más segura demostración de su bondad, pues el tiempo y la experiencia muestran a la humanidad lo imperfecto».

18 R. DESCARTES, A Discourse on Method (ed. Everyman), parte II, p. 11

19 Cfr. TALMON, op cit., p. 142. Sobre la influencia del ideal espartano en la filosofía griega, especialmente en Platón y

sabio expediente con que cuenta la humanidad, ya que descubre los defectos y suministra lo que ningún ingenio de hombre podría inmediatamente prever o perspicazmente remediar... No es necesario que las razones de su implantación sean evidentes para nosotros. Basta que se trate de leyes instituidas que nos den una certeza y sea razonable su observancia, aunque el motivo concreto de su implantación no aparezca»20.

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