84 Tomaron unas doce estaciones radiodifusoras: La Ley 710’ AM, Stereo Éxitos 1460AM y 100.9FM, Radio Mexicana
5.1. Refutando desde la lectura del Banco Mundial: origen de los conflictos sociales en el marco de los arreglos institucionales.
5.1.4. Condiciones estructurales
Mainwaring y Shugart209 plantean en su artículo otro elemento que resulta importante relevar: más allá
de los sistemas políticos de cada país, una variable que pone en entredicho el desarrollo de las democracias, y que permite explicar las fallas que suceden en ellas, tiene que ver con aspectos estructurales. ¿Hasta qué punto en países subdesarrollados podemos contar con las condiciones suficientes para la estabilidad del sistema democrático? Para estos autores, el nivel de vida contribuye a la viabilidad política, prueba de ello serían las experiencias exitosas en el marco de países industrializados. Coinciden entonces con las tesis de O’Donnell, Bovero y Salazar acerca de las precondiciones para la democracia.
Este último punto es de suma importancia. Cabría preguntarse a este respecto, sin ánimo de polemizar con el pensamiento politológico, si antes que una crisis de la representación democrática en América Latina, nos encontramos más bien ante una traducción específica, original y propia de ella en nuestro continente. A pesar de ser una tesis arriesgada, no se debe descartar la posibilidad que en el marco de análisis de las experiencias de pugna social latinoamericanas, se esté dando sobre todo un proceso propio, dialéctico, conflictivo como conflictiva puede ser nuestra cultura, de democratización política. Cabe preguntarse, en el extremo del argumento, si no será esta propia situación nuestro motor, nuestra forma de hacer las cosas, nuestro escenario de acción, que no proporciona las herramientas concretas de “desarrollo” social y político.
Así, una primera mirada, desde los fundamentos fundadores de estudios como el del Banco Mundial, la neo-institucional, nos permite analizar el contexto y desarrollo de las experiencias de la “revolución 209 Mainwaring, S. y Shugart, M. (1993), op cit.
pingüina” en Chile, y la APPO en México. Esta lectura nos da herramientas, en efecto, acerca de algunas explicaciones para comprender ambos movimientos, a la vez que nos dan la alerta acerca de un aspecto clave. Cuando se quieren cambiar las reglas del juego por falta de equilibrio e instituciones frágiles para dar respuesta a las dificultades210, ¿estamos preparados?, ¿contamos con las condiciones
institucionales para hacerlo?
Pero sobre todo, ¿son las respuestas que cada gobierno ha dado en su momento, la solución a los conflictos acaecidos o podemos sospechar traerán consigo situaciones de mayor conflictividad que pondrán en entredicho la institucionalidad existente? Las experiencias chilena y mexicana nos entregan elementos para concluir que, en efecto, los gobiernos han logrado sobrellevar los conflictos sociales y mantenido, con algunos lapsos temporales, la estabilidad democrática. Pero, ¿estamos ante un proceso de acumulación de descontento social que no ha generado aún crisis estructural por falta de alternativas más claras de solución por las que optar o con niveles que aún no generan en los sujetos la apuesta al riesgo para el cambio, como plantea Weyland?
Como plantea, entre otros autores aquí presentados, Sartori, la importancia del sistema de partidos, el sistema de elecciones, pero también la cultura política o grado de polarización ciudadana211 son
necesarios para un acercamiento a los factores de estabilidad de los sistemas políticos. En este caso, sostendremos, es imprescindible para comprender los fenómenos analizados, en tanto estas tres características se convierten en la intermediación entre la ciudadanía –representada por ambos movimientos- y los gobiernos. Por ello, nos hemos aproximado a lo largo de todo nuestra investigación, a definir cómo estos aspectos configuran el escenario de tensión que desembocó en estos estallidos sociales. ¿Han sabido dar respuesta, aún una vez amainados, a los motivos que los configuraron en primer término?
Creemos que, en el caso chileno, la conformación del Consejo Asesor Presidencial de la Educación, efectivamente se constituyó en unos de los elementos estabilizadores de la crisis educacional del año 2006. Pero además de ello, la constitución del movimiento pingüino en torno a problemáticas específicas y gremiales, junto a la temporalidad específica de sus actores –su mantención en la
210 Shepsle, Kenneth A. (2005), op cit. 211 En Linz, Juan. (1997), op cit.
educación secundaria- y su estrategia de participación horizontal, que sin embargo no reclama descentralización, sino en algunos puntos, más centralización -como es el caso de la demanda de desmunicipalización de la gestión educativa-, generó el decaimiento de su movimiento. En el primer caso, a 5 años de esta situación y con un cambio de gobierno en otra ala del espectro político, resulta muy pronto para evaluar sus resultados, pero claramente, en torno a las demandas de cambio estructural generadas desde la organización estudiantil, no ha habido mayores transformaciones en términos de política pública ni orientación ideológico-política del fenómeno: ninguno de los puntos demandados por el movimiento han sido reconfigurados ni siquiera luego de la movilización del año 2011.
En el caso mexicano, sostenemos también, la mantención de Oaxaca como una zona de conflicto social, con movimientos sociales que claramente han cambiado en torno a la génesis del conflicto, nos plantea un escenario parecido. Las recientes elecciones que dieron el triunfo como Gobernador del estado a Gabino Cué, en alianza con el PAN, PRD, Convergencia y PT en la coalición Unidos por la
Paz y el Progreso, plantean nuevos escenarios en un proceso de alta inestabilidad estatal, donde la
APPO como organización social, a pesar de encontrarse en un nuevo escenario donde el PRI, luego de 80 años de gobierno, no será gobierno, se encuentra lejos de terminar con un proceso que ha superado en algunas de sus corrientes más radicales, la disputa acerca del color político del gobernador.
En este sentido, y volviendo a Sartori, sostenemos la tesis que la estabilidad de los gobiernos no ha de ser medida por su duración, en tanto ello no implica eficiencia o eficacia, ni tampoco la estabilidad personal –en este sentido, de un partido o coalición de partidos- en tanto ello no implique a la comunidad política212. El problema, dirá el autor, es que los gobiernos gobiernen, para lo cual, la
posibilidad de generar democracias estables está en la estabilidad de los regímenes políticos. La pérdida de fe en ellos213, puede generar profundas heridas difíciles de sanar con maquillajes políticos.
Creemos que la repuesta de ambos gobiernos a las necesidades enarboladas por los movimientos analizados, ha sido por decir lo menos, insuficientes.
212 Ibid.
213 Mainwaring, S. y Shugart, M. (1993), op cit.
Pero sobre todo, queremos llamar la atención acerca del último punto desarrollado en el último apartado. Cuando hablamos de América Latina, debemos comprender que nuestra historia –y con ello nos referimos a aquel pasado que nos constituyó en cultura mestiza, tensión y asimilación constante de patrones sociales de distinta cuna214- es la historia de la discordia, es la historia del encuentro, es una
historia de sentidos y contrasentidos, y tal vez allí esté el peligro, pero también la oportunidad de ser distintos, de ser únicos. La democracia como valor fundamental puede sostenerse y defenderse en la medida que comprendamos cómo hacerla en nuestro continente, y no cómo hacer nuestro continente una amalgama que responda a patrones construidos extraterritorial y culturalmente.
Las diferentes experiencias participativas, entre las cuales las dos analizadas se encuentran enmarcadas, vistas desde un prisma que reivindique la diferencia como parte de los que nos constituye como latinoamericanos, nos permitirá sumarnos a la discusión acerca de la supuesta inestabilidad política y baja calidad democrática de nuestro continente, por un lado; y de la supuesta existencia de rasgos culturales de sumisión que permiten la desigualdad social y política en nuestras comunidades.
Las posibilidades concretas y requerimientos de esta investigación no nos permiten ahondar en este elemento, sino plasmarlo como “duda razonable” ante los elementos esgrimidos, pregunta abierta, en la medida que sí pretende hacerse cargo de algunas de las tesis aquí desarrolladas: ¿somos democracias inestables, con instituciones políticas débiles?, ¿o bien somos culturas en tensión, amoldándonos a modelos ajenos, creando en cada conflicto nuestra propia identidad, ante lo cual nuestras instituciones no tienen respuesta por su construcción inflexiblemente occidental? ¿Nuestros sistemas políticos son intentos fallidos de democracias plenas o más bien las particularidades ajenas a los modelos de análisis institucional son elementos de originalidad necesarias para su existencia? Para responder a ello, y una vez profundizada la lectura desde la misma teoría neo-institucional –desde la que nacen los indicadores de gobernabilidad como los del Banco Mundial- nos acercaremos al análisis de los fenómenos estudiados desde los aspectos plasmados en nuestro marco de referencia.
214 Véliz, Claudio. (1984), op cit;; y Guerrero, Alfredo y Lozada, Mireya. (2007), op cit.