84 Tomaron unas doce estaciones radiodifusoras: La Ley 710’ AM, Stereo Éxitos 1460AM y 100.9FM, Radio Mexicana
5.1. Refutando desde la lectura del Banco Mundial: origen de los conflictos sociales en el marco de los arreglos institucionales.
5.1.2. El problema de la complejización social
La perspectiva de Colomer, respecto de la necesidad de hacerse cargo en el arreglo institucional de la complejidad de las sociedades, a partir de los modelos de elección concurrente y no concurrente197,
permiten explicar en cierta medida la pérdida de legitimidad del sistema político para los movimientos sociales estudiados.
Si entendemos desde su perspectiva a la política como la relación entre líderes y ciudadanos – intermediada por el voto del segundo y la provisión de bienes públicos del primero-, entonces los regímenes políticos deben preocuparse conjuntamente de las áreas de actividad pública y las reglas de selección de líderes. Si uno de los dos elementos falla, los regímenes políticos que los sostienen entran en entredicho ante la ciudadanía, que busca a partir de un modelo de utilidad social, el que las formas institucionales produzcan distintos grados de eficiencia social en la provisión de bienes públicos que requieren.
Congreso; lo cual mantiene esta polarización. En el caso mexicano, si bien se han incorporado mecanismos de representación proporcional, lo cierto es que el escenario de dos grandes corrientes, donde el PAN oscila entre una y otra en algunos temas, es predominante.
197 Colomer, Josep Maria. (2001), op cit.
En esta relación, dirá Colomer, los esquemas institucionales simples de sucesivos ganadores y perdedores absolutos generan mayor inestabilidad que los complejos de cooperación y acuerdos, en tanto en el primer caso, las condiciones de elección social restringen preferencias individuales de sociedades heterogéneas. Así, las reglas institucionales de este tipo de modelos generan insatisfacción -gran distancia entre las preferencias de los votantes y la elección social- en el cumplimiento de las preferencias de ciudadanos ante la producción de resultados socialmente ineficientes.
En cambio, los esquemas de pluralismo político generan coaliciones multipartidistas, cooperación institucional, y por tanto satisfacción amplia y estabilidad política. En Chile, el sistema electoral de carácter binominal en el Parlamento, junto a un presidencialismo fuerte, generan una situación de homogeneización tal de la representación política, que una gran diversidad de diferencias sociales, culturales, étnicas, etarias, de género, etc., no se ven representadas en el sistema político. Ello ha llevado al surgimiento de gran cantidad de movimientos sociales que ven en el Estado un sujeto alejado a sus intereses e incluso en pugna con ellos.
Algo parecido se genera en el caso mexicano. Aquí, dado que estamos hablando de un estado en particular, el sistema electoral, dada la gran hegemonía del PRI en Oaxaca y la gran fuerza de los otros dos países –el PRD y el PAN- a nivel nacional, obstaculizan la generación de fuerzas políticas que den cuenta de la gran diversidad y necesidades del pueblo mexicano. La sociedad mexicana no cabe en las instituciones de representación actualmente existentes, y ello repercute sobre su legitimidad. El sistema electoral en ambos países –si bien en México se ha avanzado hacia modelos de representación proporcional-, es insuficiente.
Si a esto le sumamos el efecto que Linz plantea se produce en el presidencialismo de mal diseño de políticas públicas ante la imposibilidad de continuidad del presidente en ambos países, lo que provoca políticas de corto plazo que le permitan rédito político y legitimidad institucional; y la baja identificación y responsabilidad de este sistema, donde el presidente saliente no se hace responsable de sus actos ni el entrante de las consecuencias nefastas de su predecesor, ni mucho menos los partidos –de gobierno ni mucho menos de oposición-, ante la figura de un presidente “desmarcado” de las líneas políticas (en Linz, 1997); el escenario de surgimiento de conflicto social no puede ser más desalentador: no habiendo quien se haga responsable de la LOCE ni del problema magisterial en Oaxaca –o peor, el alto nivel de
vulnerabilidad que este estado tiene en la actualidad-, el descontento social se torna hacia el sistema completo.
Por eso el año 2006 se convierte en ambos países en un año clave. El movimiento estudiantil chileno lee en el primer año de gobierno de la presidenta Michelle Bachelet, quien se caracterizó en su discurso electoral por su promoción al diálogo y la generación de mesas en torno a las problemáticas sociales, la única oportunidad de generar cambios estructurales en el sistema educacional público. Del mismo modo, el escenario electoral del mismo año en México fue el caldo de cultivo para un movimiento que buscaba en la posibilidad de tensionar las elecciones y asunción del poder del PAN o el PRI a la presidencia, y en la esperanza del triunfo del PRD bajo la figura de Andrés Manuel López Obrador –de discurso abiertamente pro movimientos sociales-, la única posibilidad de reconstrucción de un tejido social alicaído, y sobre todo, pobre.
Por otro lado, estos específicos modelos presidenciales homogeneizantes, generan desde la lectura de Linz, un juego de suma cero que produce que quienes pierden se sientan derrotados y poco representados en el gobierno en absoluto, lo que sumado a un estilo político autoritario y demasiado independiente del presidente en ejercicio del poder y la resolución de conflictos, sin relación con sociedad198, provocando, en ambos fenómenos estudiados, un nivel de descontento aún mayor. Si
sumamos a ello la ambigüedad de la figura presidencial, que se presenta como jefe de estado pero también representa un partido, las exacerbadas expectativas del electorado ante las figuras de Bachelet y del perdedor López Obrador, generan una frustración mayor a la hora de la asunción de la primera y la derrota del segundo.
La consecuencia más grave de estas problemáticas ya las avizora Linz: una actitud ciudadana anti partido, con la consecuente debilidad en que ello deviene hacia la principal función de los partidos políticos, es decir, la mediación entra la ciudadanía y el Gobierno.
198 En Linz, Juan. (1997), op cit.