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Condiciones que afectan la experiencia de pérdida

CAPÍTULO 1. MARCO TEÓRICO

1.5. Experiencia de pérdida por la muerte de un ser querido

1.5.1. Condiciones que afectan la experiencia de pérdida

A propósito de la experiencia de pérdida y de las condiciones que lo facilitan o lo perturban Caponni (1999), propone que los distintos condicionantes pueden dividirse en dos grandes grupos: por un lado están aquellos que se relacionan con el mundo de cada sujeto y por el otro las condiciones reales entorno a la pérdida, a las cuales denomina condiciones del mundo externo. Dentro de las condiciones del mundo interno se encuentran, la manera en que la persona ha vivido sus anteriores pérdidas y la forma en que fueron elaboradas, y el tipo de vínculo establecido con la persona que ha muerto (pp. 125- 137).

En cuanto al tipo de vínculo establecido, el autor señala dos variantes que determinan de forma esencial el curso de esta experiencia, éstas son el grado de narcisismo y el grado de ambivalencia en la relación sostenida con quien se ha perdido. Con el grado de Narcisismo, el autor apela a la dificultad que surge del nivel de idealización proyectado en el objeto perdido, esto es en la diferenciación que se puede establecer con relación a sí mismo. En tanto aquello que se pierde pertenezca a un vínculo narcisista en el que el otro es una extensión de mí, mayor e insoportable será el dolor psíquico y la agresión que se desencadene como fruto de la frustración, ya que, además de la pérdida de ese objeto de amor, se pierde un trozo de sí.

De igual forma propone que las condiciones ambivalentes de una relación, hacen referencia a la alternancia de sentimientos amor-odio y que con motivo de las experiencias de pérdida son exacerbados y ponen a prueba al doliente. Esto se hace explícito cuando se comprende la relación entre amor y frustración: cuanto más se ama a alguien, más se espera de él y por lo tanto más frustra, y esta frustración genera odio. Si el odio es contenido por el amor que se siente, menor será el grado de ambivalencia, sin embargo cuando no se

equilibra esta díada emocional, el odio se proyecta en el ser querido, lo que a su vez suscita la culpa. Culpa que la experiencia de pérdida hace volcar, posteriormente, sobre sí mismo forjando los autoreproches, las autoexigencias y hasta conductas autodestructivas.

En un último apartado se han dejado las condiciones del mundo exterior, ya que estas también impactan directamente la experiencia de pérdida y lo hace más o menos llevadera. La forma en que aconteció la pérdida va a determinar la postura del doliente ante su pena, implica el determinar si el fallecimiento de ese ser querido obedeció a una muerte esperada, anunciada o inesperada. Una muerte esperada se entenderá por aquella en la que se pierde a una persona de avanzada edad con limitaciones en su salud; por otro lado, una muerte anunciada es aquella que fue anticipada con el diagnóstico de una enfermedad terminal. Tanto Fonnegra (2001), O’Connor (1990) y Viorts (1990) refieren que este tipo de experiencias anticipatorias da lugar a preparar al doliente para su pérdida, por lo que empieza a elaborarla antes de la real ausencia del objeto amado, dándose esta de manera paulatina y progresiva.

En el caso de la muerte inesperada, esta ocurre repentinamente, sin sentido, trayendo mayor eclosión de emociones fuertes ante la pérdida del objeto amado, pues dicha pérdida resulta ser abrupta y sorpresiva, la angustia invade la mente del doliente y más agresión y dolor se desencadenan. Al respecto Gómez (2007), sostiene que varios estudios han realizado el seguimiento de este tipo de pérdidas, concluyendo en su mayoría que son los más difíciles de elaborar. Por su parte Tizón (2009), refiere el estudio de Harvard con las viudas y viudos de Boston destacando que las reacciones de obnubilación, confusión e incredulidad iniciales, pueden favorecer un cuadro de trastornos por estrés postraumático.

Otro factor externo, que puede facilitar o perturbar la experiencia de pérdida, y que está relacionado con la muerte, es si esta es consecuencia de acciones propias o de acciones de terceros y en cualquiera de estas dos circunstancias establecer si fue evitable o inevitable. La importancia de la delimitación de estas circunstancias, obedece a que el conocimiento de éstas, por parte del doliente, determinará el grado de culpabilidad que éste padecerá,

pues aunque la culpa siempre aparecerá en la experiencia de pérdida, mientras más alejado esté de la responsabilidad de una muerte, será más factible dejar de atormentarse, continuar con el proceso y reparar lo que de manera inevitable será percibido como daño colateral.

De manera inversa, a mayor grado de compromiso y responsabilidad real con las circunstancias que contribuyeron a acercar al otro a la muerte, más se confirma en el doliente su participación agresiva, en consecuencia mayor será su culpa y menor la posibilidad de reparar el daño causado. Al respecto Bowlby (2010) refiere que a veces las circunstancias de una muerte son tales, que aumenta significativamente la tendencia común a echar la culpa de ella a alguien. Una demora en la llamada de auxilio por parte del doliente, exceso de velocidad en el caso del fallecido, negligencia médica, suicidio, homicidio. En estos casos impera el sentimiento de que la muerte no debería haber ocurrido, y aquí se exacerba en gran medida el enojo con la persona muerta, con uno mismo o con terceros.

El último factor externo que puede intervenir en la experiencia de pérdida, está relacionado con el conocimiento por parte del doliente del grado de dolor y sufrimiento que sobrellevó el ser querido a la hora de morir. El pensar en el dolor físico y psíquico asociado a la muerte y en lo inevitable del encuentro con ella, hace parte del orden de lo funesto, por ello, aunque suele evitarse, la muerte suele ser imaginada como un momento tranquilo y tolerable, tanto para sí, como para aquellos que amamos. Ante la pérdida de un ser amado resulta imposible dejar de cuestionarse sobre su dolor, su agonía, las condiciones y las circunstancias del momento preciso de su muerte.

La culpa por lo que se pudo haber hecho para hacer de ese momento un encuentro sin sufrimiento con la muerte, alberga al doliente, quien siente en sus manos la responsabilidad de haber acompañado en sus últimas horas a quien se fue. Cuando la muerte del otro, se da como un proceso, en el que es posible reparar mediante el acompañamiento, la culpa suele disminuir en tanto fue posible, de una u otra manera, brindar alivio al que se fue, sentir tranquilidad por habérselo otorgado. Esto permite, minimizando la culpa, enfrentarse a la

experiencia de pérdida y dar trámite al proceso acompañado con el sosiego de la reparación.

Pinzón (2010) expone que uno de los requisitos fundamentales para empezar el lento camino hacia la aceptación de la muerte de un objeto de amor es la posibilidad de constatar que “el cuerpo de aquel que se ha ido, aún deja algo de sí a lo que el doliente puede aferrarse” (p. 154). Inicialmente la ausencia del ser querido va a permitir de manera paulatina la constatación real de lo perdido, poco a poco el cuerpo que representa al muerto va a tomar su lugar, va a ser visitado, atendido, va a recibir los reclamos de su doliente y todas las preguntas cargadas de culpa que a éste acaecen y de igual manera va a recibir los actos reparatorios con los que su doliente va a elaborar poco a poco esta experiencia.

¿Pero qué pasa cuando no hay cuerpo para elaborar la pérdida? Lira (2010), establece que ante la ausencia del cuerpo, el doliente queda confinado a la incertidumbre, carece de evidencia que le ayude aceptar la muerte y la posibilidad de existencia del ser querido se instaura como un fantasma. El doliente se sitúa ante esta ausencia, en medio de sus sentimientos ambivalentes, de un escenario confuso que hace de la idea de la muerte algo impreciso, que no es reconocido oficialmente y por lo tanto resulta muy difícil de asumir y elaborar. El doliente queda expuesto a un daño prolongado y a la imposibilidad de reorganizar su mundo interno, queda paralizado y atado a su vida pasada con el ausente, queda condenado a una experiencia de pérdida sin desenlace.

Sobre este mismo tema, Tizón (2009) realiza una serie de categorías que considera contribuyen a agravar la experiencia de pérdida o por lo menos dificultan su elaboración (p. 196).

1. Pérdidas súbitas o inesperadas.

2. Pérdidas anteriores recientes (sobre todo, en los nueve meses anteriores). 3. Desapariciones.

5. Cuando previamente se ha dado un período prolongado de cuidados del sujeto al muerto.

6. Si hay deformaciones o mutilaciones del muerto o el moribundo.

7. Formas de recibir las informaciones catastróficas, siniestras, aparatosas.

8. Relaciones intensamente pasionales entre el sujeto y el objeto en las semanas anteriores.

9. Exceso de culpa (persecutoria) ante la pérdida. 10. Muerte por suicidio.

11. Muerte por homicidio.

12. Catástrofes (naturales, bélicas, accidentes). 13. Pérdidas indeclarables o inconfesables.