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IV. LISTADO DE TABLAS

1. IMPORTANCIA DEL CONEJO EN NUESTRA SOCIEDAD

1.3 El conejo silvestre

1.3.1 Importancia del conejo en el ecosistema Mediterráneo

El conejo es un elemento esencial en el ecosistema mediterráneo (Alda, 2008; Alda, 2010), y en la actualidad se considera una de las especies vulnerables de la Península Ibérica (Villafuerte, 2017). Esta especie se encuentra en la base de la cadena alimentaria, por lo que cuenta con decenas de depredadores, algunos de los cuales lo consumen como parte importante de su dieta. Entre estas especies de carnívoros, se encuentran mamíferos de mediano tamaño, como el zorro (Vulpes vulpes), el gato montés (Felis silvestris), los mustélidos y diversas especies de aves rapaces.

Sin embargo, los depredadores más condicionados por la presencia de conejos en el campo son el Lince Ibérico (Lynx pardinus) y el Águila Imperial (Aquila adalberti), especies actualmente en peligro de extinción (González, 2017; Calzada, 2017). En ambos casos, se trata de especies ibéricas que se alimentan fundamentalmente de conejos, y cuyas poblaciones se vieron afectadas durante las epidemias de mixomatosis y de enfermedad hemorrágica vírica que sufrieron a mediados y finales del siglo XX (Rosell, 2000).

En el caso del lince ibérico, la situación es especialmente preocupante, ya que más del 90% de su dieta está constituida por el conejo, alimentándose en menor medida de ciervos (Cervus elaphus), gamos (Dama dama), perdices (Alectoris rufa) y sólo de forma ocasional de mamíferos o anátidos (Calzada, 2017). Esta especie es endémica de la Península Ibérica y se encuentra restringida a pequeñas poblaciones en la zona suroeste de la misma, por lo que cualquier disrupción en el ecosistema es susceptible de alterar el equilibrio en sus poblaciones. Un ejemplo de este problema es la evidencia, recientemente señalada, de que las tasas reproductivas del lince empeoran en ausencia de su alimento básico, el conejo (Monterroso, 2016). Este hecho, junto con el número de bajas producidas por atropellos que sufre la especie durante sus desplazamientos territoriales, la presencia de enfermedades y la

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destrucción del monte mediterráneo, son factores que desequilibran notablemente el número de individuos que componen las poblaciones, dificultando la recuperación de esta especie emblemática en la Península Ibérica.

1.3.2 Características fisiológicas y etológicas del conejo silvestre

El conejo, Oryctolagus cuniculus, muestra en su nombre algunas de sus características más importantes. El término que da nombre al género, procede de dos términos griegos, “oruktês”: excavador y “lagôs”: liebre (Rosell, 2000), que podrían traducirse como “excavador con aspecto de liebre” (Muñoz, 2012). Este hecho hace alusión a la construcción de madrigueras excavadas bajo el suelo o formadas en el hueco entre las piedras, donde los conejos habitan. Estas madrigueras mantienen unas condiciones climáticas apropiadas para la supervivencia del animal (aproximadamente 20ºC y buena ventilación) que permiten su huida de los depredadores y la seguridad de las crías, ocultas en gazaperas o madrigueras de cría. Este tipo especial de galerías cuenta con un amplio espacio en el fondo, donde la hembra puede dejar a los gazapos para salir al exterior y alimentarse.

El conejo es un animal sedentario, excavador, gregario, jerárquico y territorial. Ocupa extensiones fijas de terreno, donde se establece junto con su grupo familiar y donde excava galerías para ocultarse y protegerse. A pesar de la gran similitud entre las dos subespecies que conforman el Género Oryctolagus, se ha determinado que éstas muestran ciertas diferencias de comportamiento: O. cuniculus cuniculus se considera un animal social y excavador, con un tipo de comportamiento denominado de campiña, de madriguera o subterráneo. Esta actitud es propia de animales muy gregarios, de carácter tímido y asustadizo, que pasan gran parte del tiempo en la madriguera ya que habitan ecosistemas en los que es difícil encontrar abrigo, como son las zonas de cultivo.

Sin embargo, O. cuniculus algirus, parece mostrar una actitud menos social, formando grupos familiares más pequeños, y experimenta una mayor actividad de superficie. Este tipo de comportamiento, de sierra, matorral o superficie, es característico de individuos que habitan zonas arbustivas, en extensiones formadas por cerros y colinas, donde pueden esconderse fácilmente de los depredadores (Muñoz, 2012). Es posible que, al menos en parte, estas diferencias comportamentales se deban a la región geográfica que habita cada una de las subespecies, pudiendo constituir, por tanto, una diferencia adaptativa al medio.

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El conejo posee hábitos crepusculares y nocturnos, característica que se desarrolla especialmente en época de caza o de mayor presencia de depredadores. Sin embargo, sus hábitos no son estáticos, ya que se trata de animales muy adaptables a las condiciones del ecosistema. Esta plasticidad es una de las características que explican el éxito del conejo en la colonización de nuevos territorios. Su alimentación consta en gran parte de brotes vegetales verdes, lo que disminuye su consumo de agua, aunque en condiciones adversas puede alimentarse de una gran variedad de recursos vegetales. Un elemento fundamental de su fisiología es la cecotrofia, mediante la que ingiere un tipo de heces denominados cecotrofos que le proporcionan, en una segunda digestión, un mayor aprovechamiento del alimento ingerido. De esta manera, el conejo es capaz de utilizar recursos vegetales que no serían nutritivos para otras especies, lo que constituye una ventaja adaptativa.

Es necesario destacar la capacidad reproductiva de este animal, característica que constituye un elemento clave en la supervivencia y distribución de la especie. Se calcula que el conejo silvestre tiene unos 4 partos por año, con gestaciones que duran alrededor de 30 días, y un número de crías por parto de entre 3 y 6, como media. El aumento en la fertilidad y fecundidad de esta especie se han desarrollado de forma paralela a su domesticación (Sandford, 1992) y este incremento en las tasas reproductivas ha favorecido tanto la producción industrial, como la reposición de las poblaciones de conejo en su ecosistema y la expansión a nuevos territorios.

1.3.3 El conejo silvestre y la actividad cinegética

La caza del conejo es una actividad de la que se tiene constancia desde el Paleolítico (Alda, 2010; Suckow, 2012; Rufà, 2017). La excelente agilidad de este animal, cuya captura supone un reto, así como las características de su carne y su pelaje, hacen que el conejo haya sido una presa de gran interés desde la Antigüedad (Rufà, 2017). En las diferentes culturas y épocas, la actividad cinegética se ha desarrollado utilizando diferentes herramientas (cuchillos, lanzas, redes, armas de fuego) y, en ocasiones se ha utilizado la ayuda de animales como perros, hurones, comadrejas6 o aves rapaces (Muñoz, 2012). La actividad cinegética resultaba tan importante en las sociedades del pasado que los navegantes de la época clásica solían portar con ellos pequeñas poblaciones de conejos para desarrollar esta actividad en las regiones donde se establecían (Suckow, 2012). Mediante esta actividad, el conejo se distribuyó ampliamente, adaptándose a nuevos nichos ecológicos.

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La gran tradición que muestra la cultura europea hacia la caza del conejo, y que se remonta a la Prehistoria, fue el origen de la introducción de esta actividad en otras regiones del planeta, como Australia, donde tanto el conejo como la actividad lúdica de la caza fueron introducidas a mediados del siglo XIX (Kovaliski, 2013). En esta región, las condiciones medioambientales y los amplios espacios abiertos constituían un emplazamiento ideal para realizar esta actividad. En la actualidad, la caza del conejo continúa siendo una actividad de gran tradición en la Península Ibérica, así como en otras regiones del Mediterráneo, y la carne de conejo, especialmente silvestre, es muy apreciada.

No obstante, la caza de conejos no siempre ha sido una actividad lúdica propia de las clases sociales más privilegiadas. Durante las épocas de escasez económica y en los períodos de guerra, la caza del conejo ha constituido una actividad especialmente importante, fundamentalmente en las áreas rurales. La adquisición de estas piezas constituía una fuente de ingresos para las familias y proporcionaba a las poblaciones una fuente de proteína de gran calidad, que no podrían haber conseguido de otro modo. Hoy en día, este tipo de caza de supervivencia sigue existiendo en las regiones más deprimidas del Planeta, en las que el conejo es un recurso alimentario adicional que aporta gran cantidad de nutrientes a la dieta de estas poblaciones (Sandford, 1992).