VERDADERA Y FALSA CONFIANZA
I. Confianza falsa, basada en nosotros mismos; confianza verdadera y pura, enteramente basada en las divinas perfecciones — Las pruebas, crisol donde
nuestra confianza se revela y purifica. — Aplicación a las dificultades materiales. — A las dificultades espirituales.
Confianza falsa, basada en nosotros mismos; confianza verdadera y pura, enteramente basada en las divinas perfecciones
Nuestro Señor mismo lo ha dicho: en el campo del padre de familia el enemigo siembra cizaña en medio del buen grano. ¡Desgraciadamente, lo sabemos demasiado por experiencia! Entre las plantas de amor puro y de confianza verdadera, el demonio y nuestra perversa naturaleza cosechan en abundancia la cizaña del amor propio y de la confianza en sí mismo.
Hemos visto cómo esas dos virtudes, la esperanza y la caridad, la confianza y el amor, están íntimamente unidas y se desarrollan juntamente. Sus comunes enemigos son también dos adversarios muy unidos entre sí, la cizaña del amor puro es el amor de sí mismo, la cizaña de la confianza pura, o sea de la confianza en Dios solo, es la necia confianza en sí mismo. Para caer mejor en la cuenta de lo que es la verdadera y pura confianza, nos es necesario distinguirla de su imitación, la falsa confianza. El amor de Dios y la confianza en Él son dos metales preciosos. Son un oro muy escaso para que se le encuentre en estado puro. ¿Cómo distinguiremos el amor puro del amor mezclado, la confianza verdadera y pura, de su aleación y falsificación, la falsa confianza? Los metales preciosos se purifican en el crisol. Allí se separan de los metales más bajos.
Lo mismo sucede en la vida espiritual. El crisol de las pruebas y de las tribulaciones separa el amor de Dios del amor de sí mismo, la confianza en Dios de la confianza en sí mismo. Solamente entonces aparecen los diversos elementos de esta amalgama.
Es un hecho psicológico experimental y cotidiano que, en la enfermedad, en el sufrimiento, en las contradicciones, en las tentaciones, en las sequedades, en las faltas, nuestra confianza se debilita y nos traiciona. Habíamos manifestado tantas veces a Dios nuestra confianza en su paternal bondad, y he aquí que la enfermedad nos abate y nos hace sufrir. Nos impide trabajar como quisiéramos, y sacrificarnos por Dios. Todo se turba ante nuestros ojos. El vértigo se apodera de nosotros. Comenzamos a dudar de la bondad de Dios, de su solicitud respecto de nosotros, de su sabia providencia. Y aun quizás nos invade una espesa niebla de materialismo.
O bien, nos encontrábamos en la consolación espiritual. Nuestro corazón estaba cálido e inflamado, y de buena gana querríamos exclamar como el ardiente y presuntuoso apóstol: Señor, iremos contigo a la muerte20. Y he aquí que Jesús desaparece. Su dulce y cálida presencia no
nos sostiene ni nos encanta ya. Nos sentimos pobres, fríos, perezosos, y quizás, ¡ay! nos basta muy poco, una bagatela, las risas de una criada, para hacernos cambiar nuestras disposiciones. Nuestra confianza se ha desvanecido.
Sí, el crisol de las tribulaciones y de las mil cruces, cuyo enlace forma el tejido de nuestra vida espiritual, nos revela y nos hace tocar con el dedo la mala calidad de nuestra confianza.
Pues, por eso precisamente nos traicionan las fuerzas de nuestra confianza, porque no era pura, porque estaba llena de la aleación de las falsas confianzas humanas. La confianza pura es la confianza enteramente basada en las infinitas perfecciones de Dios, en su poder, en su sabiduría, en su vigilante providencia, en su bondad, en su amor misericordioso. Su mirada está enteramente vuelta hacia Dios. Las impurezas que desgraciadamente la echan a perder y hacen de ella una imitación, una vulgar falsificación, son nuestras esperanzas humanas, la confianza en nuestras fuerzas, en nuestro talento, en nuestros planes, en nuestros amigos, en nuestras pobres virtudes, en lo que llamamos nuestras justicias. Es la mirada fija en nosotros mismos.
¡Ah, cuán numerosas son esas falsificaciones de la hermosa confianza! Las hay de todas clases, de todos los precios, desde el oropel hasta la plata dorada. Hay una confianza que no es en el fondo más que un cálculo de probabilidades. Creemos tener confianza en Dios y caminamos alegremente en la vida, seguros del éxito y del resultado de nuestros esfuerzos. Pero Dios frustra nuestros planes. El roce de un dedo le basta para derribar nuestro castillo de naipes. Hay una confianza en Dios basada en un conocimiento insuficiente y muy poco vivido de su bondad y de su amor infinito, confianza más pura ya y de cierto valor, pero que la vista de nuestras miserias y de nuestras faltas se debilita singularmente, en ciertas ocasiones. Pero sea cual fuere el grado de impureza de nuestra confianza, viene a ser siempre lo mismo: una amalgama más o menos variada de la confianza en Dios, de la confianza en nuestros medios humanos.
La confianza de muchas almas es como la casa de la que habla Nuestro Señor. Está construida sobre la arena movediza de nuestros recursos humanos. Hermosa, grande, parece desafiar al tiempo. Pero he aquí que el viento, la lluvia o la tempestad se desencadenan, y muy pronto la casa se derrumba lastimosamente. Raras son las almas selectas que han construido su confianza como un templo dedicado al Señor, sobre la roca de las divinas perfecciones. La lluvia, el huracán, nada puede derribar esta confianza inquebrantable.
Las pruebas, crisol donde nuestra confianza se revela y purifica
Ya se puede entrever lo que puede llevamos a la verdadera y pura confianza, libre de toda aleación. Son las pruebas de toda clase que Dios nos envía, las cruces de todo género que su sabia providencia sabe proporcionarnos con tanto amor, para darnos un conocimiento profundo y vivido de su bondad y de su poder infinitos, como también de nuestra propia villanía e impotencia. Como en otros tantos crisoles, el oro de nuestra confianza debe purificarse en ellas y separarse de la confianza en nosotros mismos y en nuestros medios humanos.
Tal vez serán necesarias muchas para mostramos de manera sorprendente la vaciedad de nuestros recursos creados, la insuficiencia de nuestros amigos, de nuestros protectores, de nuestras riquezas, de nuestros talentos, para hacernos desesperar de todas las cosas y, sobre todo, de nosotros mismos. Será necesario que, más de una vez, reducido al último extremo, tienda desesperadamente mis brazos hacia el Señor, y que
después de haber gustado la amarga traición de mis medios humanos, saboree la revelación deliciosa del poder de Dios y de su amorosa providencia respecto de mí.
En la vida espiritual, sobre todo, serán necesarias repetidas manifestaciones de nuestra pobreza, de nuestra insuficiencia, de nuestros vicios y de nuestras miserias, para hacernos morir verdaderamente a la confianza en el yo. Será necesario el contraste muy vivo entre el poder, la santidad y la bondad divinos, y nuestra absoluta pobreza e innumerables miserias, para hacernos desesperar enteramente de nosotros y creer en Él solo, así como es necesario el contraste renovado entre la soberana amabilidad de Dios y su belleza, y nuestra fealdad y odiosa deformidad, para hacernos odiar el yo y amar a Dios.
Todos nosotros somos como los apóstoles de Jesús. Nuestra formación es lenta y laboriosa. Son necesarias manifestaciones frecuentes, numerosos milagros de su bondad, de su amor, de su poder, para hacernos creer en Él. Después de repetidas experiencias de su poder, cuando animados por la consolación creíamos caminar a pie firme sobre las olas, basta el viento de una sequedad, las olas de una desolación, para hacernos clamar: Señor, sálvame, porque perezco21. ¡Oh, cuántos milagros de Jesús
serán necesarios, cuántas pruebas de su bondad para con nosotros, para conmigo, su amigo predilecto, a fin de que mi confianza en Él llegue a ser sólida y a toda prueba! Tal vez por mucho tiempo aún mi confianza será mezquina, vacilante, y cuando yo la creía firme y segura, bastará el escándalo de la cruz, la desaparición, la muerte de Jesús, para desvanecer completa o casi completamente toda mi esperanza.
Y sólo cuando haya venido el Paráclito, el Espíritu Santo, cuando Jesús haya desaparecido de mi vista, cuando la «noche de los sentidos y la del espíritu» hayan producido la muerte de todo lo sensible, solamente entonces, gracias al don de piedad, ese don de amorosa confianza y de amor filial para con Dios, me resolveré al fin a creer y a confiar en Dios con una confianza digna de este nombre.
Pidamos a menudo con instancia al Espíritu Santo este don infuso de piedad, este don tan precioso, que es el único que puede elevar nuestra confianza por encima de todas las vicisitudes humanas. Este don es una pura misericordia, y Él lo concede gratuitamente al alma humilde y deseosa de confianza. Ese don de piedad es el que, en medio de todas las agitaciones humanas y de todas las alternativas de nuestra vida espiritual,
nos hará reposar serenamente en el seno de Dios, como un niño en los brazos de su madre. Él es el que hará nuestra confianza audaz y heroica, como la ha hecho en tantos santos, en un Javier, un Cottolengo, una Teresa del Niño Jesús.
Aplicación a las dificultades materiales
No será difícil hacer la aplicación de estas ideas a las mil circunstancias de nuestra vida en que nuestra confianza parece doblegarse y mostrar su impureza.
Ante todo, por lo que concierne a los detalles materiales de nuestra vida, nuestra salud, nuestra pobreza o riqueza, nuestras relaciones con los demás, nuestras empresas, nuestro apostolado, debemos velar cuidadosamente por no apoyarnos en nosotros mismos y en nuestras pro- pias fuerzas.
¡Es tan natural, tan humano, tener la que llamamos confianza, cuando todo parece marchar bien, cuando todo nos sonríe y la vida tiene para nosotros los encantos de la primavera! Es bien conocido el proverbio: «Ayúdate, que Dios te ayudará». No tenemos mucha necesidad de incul- cárnoslo a nosotros mismos. En medio de la atmósfera natural y un poco materialista de nuestra vida, creemos demasiado en él, y aun a menudo lo exageramos. Ponemos toda la fuerza en la primera parte: ayúdate, y la segunda parte parece perder del todo o casi del todo su sentido. Vienen entonces las enfermedades, los sufrimientos, los fracasos, los peligros, y esa presunción, esa confianza en nosotros mismos se encuentra muy pronto desconcertada. Éste es el momento de acordamos de la omnipotencia y de la amorosa providencia de Dios, que juega con las dificultades y con frecuencia llega a su término por un camino que a nosotros nos parece diametralmente opuesto.
Acordémonos del gran apóstol de las Indias, Francisco Javier, cuando rehusaba aceptar el contraveneno que sus amigos le ofrecían en el momento de partir para la Isla del Moro. Sus cartas nos han conservado sus sentimientos a este respecto: «Muchos de mis amigos y devotos — es- cribe— procuraron conmigo que no fuese a tierra tan peligrosa...; por cuanto la gente della es muy llena de traición, por la mucha ponzoña que dan en el comer y beber...; y viendo que no podían acabar conmigo que no fuese, me daban muchas cosas contra ponzoña; yo, agradeciéndoles mucho su amor y buena voluntad, por no cargarme de miedo sin tenerlo, y más
por haber puesto toda mi esperanza en Dios, por no perder nada della, dejé de tomar los defensivos que con tanto amor y lágrimas me daban, ro- gándoles que en sus oraciones tuviesen memoria de mí, que son los más ciertos remedios contra ponzoña que se pueden hallar»22.
No queremos decir, como bien se comprende, que no podamos recurrir a medios naturales, pero estas palabras del gran apóstol de las Indias nos revelan sus sentimientos íntimos, y nos muestran hasta qué heroica serenidad puede elevarse la confianza, fruto de los dones del Espíritu Santo. Javier era un digno hijo de su padre Ignacio que decía que estaba dispuesto a hacerse a la mar en una barca sin velas ni remos: tan grande era la confianza que ponía en Dios.
Aplicación a las dificultades espirituales
A las pruebas de la vida natural corresponden las dificultades tan variadas de la vida espiritual. Todas las almas interiores conocen esas infidelidades a nuestras resoluciones, esas desolaciones, esas tentaciones, esos fracasos que parecen a veces tan grandes que nuestra pobre alma se ve entre ellos completamente desamparada y no sabe ya a qué santo encomendarse. Parece que Dios nos abandona y nos encuentra demasiado perversos y demasiado repugnantes para continuar amándonos. Y en vano raciocinamos, en vano nos decimos que la tempestad pasará, que las nubes se disiparán y que el sol reaparecerá; la pobre navecilla de nuestra confianza parece a punto de ser sumergida por las olas de la duda y del desánimo.
He aquí el momento propicio para intensificar nuestra confianza, para esperar firmemente en Dios contra toda esperanza, para esperar en María, nuestra madre amantísima, stella maris. El sentimiento de nuestra pobreza es inmenso. ¿Debe quebrantarse por ello nuestra confianza? No, muy al contrario, porque este sentimiento debería evocar muy naturalmente el sentimiento paralelo de la Misericordia divina, base de nuestra confianza.
Las almas perfectas lo saben muy bien; la plena conciencia de nuestra pobreza debe ser como el viento propicio que dilate nuestra confianza y nos haga bogar a velas desplegadas por el mar de la perfección. Mientras más pobres seamos, más grande será nuestra confianza, si es de buena ley. Mientras más desconfiemos de nosotros mismos, más nos apoyaremos en Dios. Mientras más desesperemos de nuestras fuerzas, más plenamente
confiaremos en la omnipotencia divina. «Cum infirmor tunc potens sum: cuando soy débil, entonces soy poderoso», decía el gran apóstol de las gentes. Cuando todo apoyo humano se ha desvanecido ante nuestros ojos, entonces, si alguna vez, es el momento de esperar en la bondad de nuestro Padre celestial, que nos tiende los brazos de su omnipotencia.
Si se creyera que nuestra confianza debe disminuir con la conciencia íntima de nuestra pobreza y de nuestra impotencia, ¿quiénes serían más dignos de compasión que los santos? Nadie ha tenido como ellos el sentimiento más vivo y profundo de su impotencia, nadie comprende como ellos su natural miseria. A la luz deslumbrante de las divinas perfecciones, los santos descubren los mil átomos de sus innumerables imperfecciones. ¡Cómo desesperan de sí mismos! ¡Cómo van conociendo una a una las desilusiones causadas por las fuerzas humanas! ¿Se entristecen o se desaniman por eso? Lejos de ello, Dios no les ha revelado su propia nada y malicia sino para penetrarlos mejor del sentimiento de sus infinitas perfecciones. La conciencia de su impotencia no los abate. Unida al sentimiento de la omnipotencia divina les da, al contrario, las alas inmensas del águila que, muy por encima de nuestras humanas miserias, emprende su vuelo infinito hacia las más altas esferas.
II. Santa Teresa del Niño Jesús y la confianza pura. — Tenemos quizás la