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Falso concepto que vicia nuestra confianza — Dios escoge a menudo para sus gracias singulares a las almas más miserables — Temor exagerado de las

In document Confianza, JAEGHER (página 44-49)

VERDADERA Y FALSA CONFIANZA

III. Falso concepto que vicia nuestra confianza — Dios escoge a menudo para sus gracias singulares a las almas más miserables — Temor exagerado de las

faltas involuntarias.

Falso concepto que vicia nuestra confianza

En el fondo de nuestra desconfianza después de nuestras miserias y de nuestras caídas, hay de ordinario un falso concepto de la bondad divina. Nos imaginamos fácilmente que las gracias de Dios están medidas exactamente por nuestra fidelidad y generosidad. A tal coeficiente de generosidad, corresponde fatalmente tal gracia más o menos grande. Dios, pensamos a veces, sigue para con todas las almas una tarifa uniforme, y por tal o cual acto, da tal o cual gracia, como salario bien merecido. Nos olvidamos de la parábola que Nuestro Señor mismo nos enseñó, esa parábola que fascinaba a la Santa de Lisieux, del obrero llegado a última hora y que recibe por su trabajo lo mismo que los obreros que llegaron a la hora de prima.

Desengañémonos. La generosidad de Dios no se compone únicamente de justicia, está compuesta principalmente de amor, y de amor gratuito. No está sujeta a proporciones. Da liberal y espontáneamente, y con mucha frecuencia, muy por encima de nuestros méritos, sin otra medida que la que su generosidad tiene a bien señalar. Es verdad: mientras más generosos somos, más nos dan. En esto no cabe duda. Pero, sin embargo, nadie puede decir: he recibido tal gracia de elección; es porque he sido más fiel que Fulano o Zutano. El secreto de las generosidades divinas es un misterio para nosotros. A unos les da más, a otros les da menos, según los secretos de su eterna sabiduría. La perfección de las almas es el resultado de la gracia, dada por la bondad divina, que sostiene y santifica sus esfuerzos, pero esos dos factores no están en relación constante. Dios nos santifica como quiere y porque quiere.

Y por no entender esto, carecemos de humildad y alimentamos una secreta complacencia en nosotros mismos, a la vista de las gracias que recibimos. No podemos reprimir un sentimiento secreto que nos dice que si recibimos más que los otros es porque somos más generosos. Falta de humildad que naturalmente trae consigo, llegado el caso y en la primera ocasión, la correspondiente falta de confianza.

Nos ha faltado generosidad, docilidad a la gracia, tal vez hemos caído, y evidentemente, tenemos menos confianza. ¿No mide Dios exactamente sus gracias por nuestros esfuerzos y nuestra generosidad? Y

henos ahí tristes, descontentos, recriminándonos a nosotros mismos y tam- bién un poco a Dios. Y entonces, naturalmente, además de nuestro falso concepto de la gracia, olvidamos que un acto de verdadera humildad repararía abundantemente nuestra falta. Nos olvidamos de recurrir a ese gran arte de reparar nuestras infidelidades, el besar en cierta manera a nuestro Padre con un ósculo tanto más lleno de amor cuanto más afligidos estemos por haberle desagradado o aun por haberle ofendido.

Dios escoge a menudo para sus gracias singulares a las almas más miserables

No tenemos necesidad de ir a buscar muy lejos ejemplos para mostrar que las almas, aun las que han caído, pueden abrir su corazón a una dulce confianza.

Agustín resistió veinte años a las oraciones de Mónica, pero ¿cuán santo no llegó a ser? Y la más ilustre de todas las pecadoras, ¿qué no debió a la confianza audaz y llena de amor con que se puso a lavar y besar los pies de Jesús, en presencia de los soberbios fariseos? ¡Y la célebre peca- dora de Egipto que, al día siguiente de su conversión, murió en un trasporte de amor!

A todas las almas les ofrece Dios la ayuda de su amor misericordioso. Y sepámoslo bien, escoge a menudo para sus designios maravillosos los instrumentos más imperfectos y más viles. Quiere glorificar su poder, realizando grandes designios con instrumentos inadecuados. Convirtió al mundo por medio de doce apóstoles, escogidos entre los humildes y pescadores de Galilea. Quiere glorificar su sabiduría elaborando planes y empleando medios que a nosotros nos parecen insensatos. Quiere, en fin, con frecuencia, glorificar también su bondad infinita y su amor misericordioso, escogiendo para la santidad a los que parecen menos aptos para ella. Derriba a Saulo en el camino de Damasco, para hacer de él el incomparable apóstol de las gentes.

Si únicamente tuviéramos confianza gracias a una idea más justa de las divinas perfecciones y de los caminos de Dios, que están muy por encima de nuestros caminos, al ver la grandeza de nuestras miserias diríamos: ¡Ah, cuán imperfecto y pobre soy! ¿Me irá a escoger Dios a causa de esto mismo para su amor privilegiado? ¿No seré yo también una de esas almas que tienen más necesidad de su ternura y de su amor compasivo, y a quienes prefiere a otras porque puede derramar más

abundantemente en ellas las olas de su bondad misericordiosa? Y este pensamiento dilataría deliciosamente nuestro corazón por medio de una confianza sin límites, en vez de que la vista de nuestras miserias la menoscabe de un modo extraño.

Pero quizás somos ya de esas almas privilegiadas a quienes Dios ha dado sus gracias más especiales de contemplación perfecta. Entonces, en vez de pensar siquiera en enorgullecernos, diremos: Dios me ha escogido porque era más imperfecta y más abyecta, para agotar en cierto modo en mí su amor infinito y dar libre curso a su bondad.

Y este pensamiento nos mantendría muy lejos de toda complacencia en nosotros mismos, ante el cuadro justo y verdadero de nuestras miserias.

Sí, el amor misericordioso de Dios, incontenible ya, quiere a veces llegar al colmo y busca fuera de Él, encenagada en la nada de sus miserias y aun de sus maldades, a tal o cual alma más imperfecta y más indigna, sobre la cual quiere derramar más amor gratuito. Y si esta alma puede reconocer su pequeñez y su miseria, y aun a veces, con tal que llegue a fuerza de gracias a reconocerla un poco, Dios la levanta hasta Él, en el abrazo inefablemente amoroso de su divina ternura.

No nos dejemos, pues, abatir ni desconcertar jamás a la vista de nuestras repetidas infidelidades. No digamos nunca: la santidad no es para mí, soy demasiado imperfecto. No digamos jamás: es demasiado tarde ahora para llegar a ser santo; apenas he hecho algún progreso; yo sé a qué atenerme respecto de mí. No: sino cultivemos con celoso cuidado ese deseo de santidad que Dios ha puesto en el fondo de nuestro corazón como un germen precioso, y que por sí solo es ya una gran gracia. Tengamos confianza siempre y a pesar de todo. Dios no tiene necesidad de tiempo para obrar sus prodigios. Para el Señor, un día es lo. mismo que mil años27.

La verdadera confianza en Él no nos traicionará; es una brújula fiel, que a través de los escollos y a pesar de las tempestades, nos conducirá seguramente al puerto de la perfección.

Cuando hayamos dejado esta tierra de destierro y nuestros ojos se abran a los esplendores deslumbrantes del más allá, todo nos será revelado. ¡Cómo nos felicitaremos entonces, seguramente, de nuestra terca y obstinada confianza! ¡Cómo nos regocijaremos entonces de haber tenido una confianza tan inmensa como nuestra inmensa miseria!

En el jardín delicioso del divino Jardinero, donde floreceremos para siempre jamás, descubriremos con admiración entre las magníficas rosas, los soberbios tulipanes y los graciosos crisantemos, esas flores más delicadas y más ingratas, que le han costado más incesantes cuidados y más amor. Quizás estaremos también nosotros entre esas plantas que han costado al divino Jardinero tantos esfuerzos, pero cuyas flores raras e incomparables, glorifican más su poder y su amor, y le compensan ampliamente de sus desvelos.

Temor exagerado de las faltas involuntarias

¿Qué pensar ahora de un sentimiento demasiado frecuente entre las almas generosas y que hace que sirvan a Dios con una especie de ansiedad escrupulosa? Tienen miedo de entristecer al Corazón de Jesús y de perder las gracias de Dios por la menor falta involuntaria. Si en la sequedad y la desolación son un poco menos generosas y valientes —y ¿quién no lo será?— , se imaginan que van a comprometerlo todo. Y no es tanto el amor cuanto el temor el que les inspira este miedo exagerado. ¡Estas almas pusilánimes han comprendido muy poco el corazón del buen Maestro! Jesús conoce mucho mejor que nosotros toda nuestra pobreza natural. Sabe que aun el justo cae siete veces al día. Sabe que nuestras fuerzas traicionan a menudo nuestros deseos y nuestro amor. Sabe distinguir las faltas voluntarias y las faltas de pura fragilidad, que no le ofenden ni le causan tristeza. En su bondad amantísima sabe mejor que nosotros disimular e ignorar nuestras falticas involuntarias. Conoce, sobre todo, mejor que nadie la inmensa diferencia que causa la presencia de su gracia, y no se admira en manera alguna de vernos llevar la cruz a tropezones en la desolación, mientras que la consolación nos la hacía llevar alegremente y sin dificultad.

Sirvamos, pues, a Jesús con gozo, con alegría; sirvámosle con perfecta fidelidad. Evitemos por amor las menores faltas que sean en algún modo voluntarias. ¡Enhorabuena! Sintámonos felices de sufrir las penas más grandes por satisfacer los más pequeños deseos de Jesús. ¡Oh, qué cosa más excelente! Jesús vale mil veces más que nosotros. Él es todo y nosotros no somos nada. Una sola sonrisa de sus labios divinos vale cualquier sacrificio. Éste es el verdadero amor. Pero no creamos que la menor falta de correspondencia de nuestra parte, el menor aturdimiento, le causa tristeza y nos hace perder sus gracias de predilección. Según esto, las almas generosas no serían nunca felices. No: «lo que ofende a Jesús, lo

que lastima su corazón es la falta de confianza»28. Por lo que hace a esas

faltas de fragilidad, que se escapan a la mejor buena voluntad, Jesús sabe distinguirlas de las faltas voluntarias y de nuestras desobediencias conscientes. De ellas decía amablemente Santa Teresa del Niño Jesús: «Sí, yo creo, desde hace mucho tiempo, que el Señor es mucho más tierno que una madre, y conozco a fondo más de un corazón de madre. Sé que una madre está siempre dispuesta a perdonar las pequeñas indelicadezas involuntarias de su hijo»29.

28 Santa Teresa del Niño Jesús: Historia de un alma, 1.a carta a María Guerín. 29 Historia de un alma, cap. VIII.

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APÍTULO

IV

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