• No se han encontrado resultados

Importancia de las desolaciones — Virtudes que hacen florecer — El gozo del amor no es siempre sensible — Actos «directos» del alma, infinitamente

In document Confianza, JAEGHER (página 169-177)

CONFIANZA EN LA DESOLACIÓN

I. Importancia de las desolaciones — Virtudes que hacen florecer — El gozo del amor no es siempre sensible — Actos «directos» del alma, infinitamente

preciosos; renunciar al placer de sentir su actividad.

Importancia de las desolaciones

Esta tierra que habitamos durante algunos años ha sido siempre para todos, buenos y malos, justos y pecadores, una tierra de destierro, un valle de lágrimas. A cada paso y bajo todas las formas encontramos en ella el sufrimiento. Hay, sin embargo, un sufrimiento reservado a las almas interiores, a los amigos de Jesús. Son las sequedades, las arideces, las frialdades que conocemos con el nombre genérico de «desolaciones». Son producidas por la ausencia aparente de Dios y de su gracia. Sólo pueden apreciar la desolación los que han experimentado la consolación, sólo saben cuán triste y enojosa es la vida sin Jesús los que han saboreado la dulzura y los encantos de su presencia. Todos hemos pasado por esas pruebas espirituales, todos hemos suspirado y desfallecido por el retorno del amado.

Apenas ha franqueado el alma el umbral de la vida interior y se ha desligado un poco de las cosas del mundo, gracias a las consolaciones y a los divinos encantos que ha sentido, cuando Dios comienza a ocultarse por momentos. Le hace gustar la saludable pero amarga medicina de las desolaciones a fin de desligar ahora al alma de sí misma y de los goces espirituales. Y sólo al final, cuando el alma ha llegado, por encima de las nubes y de las tempestades, a la cumbre deslumbrante de la santidad,

vuelve a saborear otra vez, al menos de ordinario, en la unión transformante, las alegrías de un sol sin nubes.

La desolación ocupa por consiguiente un lugar muy importante en la vida espiritual y es sumamente conveniente que tengamos a este respecto los sentimientos necesarios, a fin de que podamos conducimos en la desolación, conforme a los planes de Dios sobre nosotros.

¡Ay, en la desolación principalmente, parece languidecer nuestra confianza! Sufre tal vez las demás pruebas. Cuando estamos en la consolación, sobre todo, nos es dulce sufrir por Jesús, fácil el ver en las cruces de Dios senderos de amor y bendecirle por ellas. Satis suaviter equitat quem gratia Dei portat, dice la Imitación. Pero cuando la fe y el amor parecen haber abandonado nuestra alma, cuando nos encontramos enteramente solos, víctimas de la tristeza y de la melancolía, ¡oh! entonces el mundo parece tomar un aspecto distinto. En medio del crepúsculo o de la noche que nos rodea, las cosas más insignificantes toman proporciones fantásticas, revisten apariencias terribles de fantasmas. Nuestro corazón se estrecha y nos vemos tentados a creer que Jesús nos ha abandonado o que al menos su amor para con nosotros se ha resfriado.

Virtudes que hacen florecer

Si nos aprovecháramos bien de nuestras desolaciones y de nuestras arideces, ¡cuán rápidamente avanzaríamos en el camino de la perfección! ¡Cómo nos aprovecharíamos de los inapreciables tesoros que ocultan estas minas de oro! Puede decirse que, para las almas amantes, las sequedades y las desolaciones son un verdadero semillero de virtudes.

Allí es donde Dios cultiva con inmenso cuidado la humildad, la confianza, el amor a la cruz, el odio de nosotros mismos y el perfecto amor de Dios.

Sin numerosas alternativas de consolaciones y desolaciones no tocaríamos jamás con el dedo nuestra profunda y radical impotencia para todo bien. Es menester que un alma haya experimentado mil y mil veces su pobreza, su debilidad, su falta de generosidad, cuando se aparta la gracia sensible, para que llegue a tener una idea un tanto justa de lo que es por sí misma y de lo que debe a Dios. Cuando se ha sentido en el tiempo de la meditación toda abrasada y como trasportada por los impulsos de su amor, y algunas horas después se siente aburrida, disgustada del sufrimiento, se

da cuenta de su pobreza mejor de lo que lo haría con las mejores meditaciones.

¿Y qué decir del contraste que experimentan tantas almas favorecidas con el sentimiento de la presencia de Dios y con el don de contemplación? Por la mañana era el alegre momento de la aurora, nimbada de exquisitos resplandores, enteramente iluminada por los encantos del astro amado, toda embalsamada con el perfume que exhala la presencia de Jesús. Y por la tarde, Jesús se ha retirado. El sentimiento tan dulce de su presencia ha dado lugar a una desoladora soledad. Le parece al alma que jamás ha amado a Jesús y que Jesús tampoco la ha amado nunca.

Y todo esto, sin embargo, es poco en comparación de esas desolaciones espantosas, que duran años y por las cuales pasan todas las almas en el umbral de la vida mística, y que tienen por nombre «noche de los sentidos». Todo esto es menos aún en comparación de esa prueba más purificante y no menos larga, que lleva a las almas místicas a la santidad, que se llama «noche del espíritu». Hablaremos de ella más adelante en un capítulo especial109. El alma se encuentra entonces, como el santo Job,

enteramente abrevada con la hiel de los sufrimientos. Pasa su purgatorio aquí abajo.

Y todo esto, desolaciones de una hora o pruebas de muchos años, todo esto es obra de Dios que realiza secretamente en nosotros lo que no podríamos obtener con ninguna reflexión, con ninguna meditación, con ninguna resolución. Es Dios, que trabaja por Sí mismo en darnos una humildad profunda y verdadera, que nos desprenda para siempre de nosotros mismos y nos quite, de una vez por todas, el deseo de enorgullecemos y de apropiamos los dones del Señor. Si tenemos sed de ser humildes, saludemos con amor esas amables tribulaciones de la desola- ción que, como un fértil abono, harán crecer con vigor la hermosa planta de la humildad.

La humildad es la hermana mayor de la confianza. Por eso no es raro ver en las almas generosas desarrollarse rápidamente la confianza en medio de la aridez y de la desolación. En cuanto a las almas vulgares, pierden en ellas la poca confianza que tenían. Por eso Dios se las ahorra de ordinario y no les envía desolaciones sino muy rara vez. Pero para el alma amante, que desea mostrar su amor y su confianza a Jesús, las desolaciones son como amigas. Le proporcionan el placer de poder confiar en Jesús cuando todo, la inclina a la desconfianza.

La naturaleza se siente cansada, triste, atraída hacia los bienes sensibles y las alegrías exteriores. Jesús parece no ocuparse ya de nosotros. Entonces clamamos a Jesús: ¡Oh Amado mío!, yo sé muy bien que Tú me amas ahora y siempre. Creo a todas horas en tu amor. Confío en Ti a pesar de mi pobreza y de mi miseria. Tú quieres ver hasta dónde llevo mi confianza en Ti. ¡Pues bien, Jesús, con tu gracia llegaré hasta el cabo! Creeré hasta que vuelvas. — ¡Ah, cuán amables son las desolaciones de las almas sacrificadas, que le llevan a Jesús los perfumes de tantos actos de confianza pura y le consuelan de las desconfianzas de tantas almas menos fervorosas!

De la confianza al abandono no hay más que un paso. Nada tan precioso como la prueba espiritual para enseñarnos a abandonarnos enteramente a Dios. En la consolación todo marcha bien. Tenemos conciencia de los progresos que hacemos en el camino de la perfección. Brilla el sol. El camino es espacioso, recto y claro. Mas he aquí que nos internamos en el bosque. No hay camino. Un verdadero laberinto. Es la desolación. Estamos desorientados. Parece que no salimos del atolladero. Quisiéramos orientamos aún. Es el momento preferido de las almas abandonadas a Dios. Se confían a ciegas al divino Guía, que las ha introducido en el bosque y que sabrá sacarlas adelante por el sendero que sólo Él conoce.

Exquisita alegría para el alma abandonada, deseosa de olvidarse por amor, la de seguir así, a ciegas, al divino Maestro que la conduce a la unión. A fin de olvidarse mejor, prefiere no saber nada de los caminos que sigue Jesús, de las etapas que ha recorrido y que aún le falta recorrer. ¿Dónde se encuentra actualmente en el camino de la perfección? Enigma que se guardará bien de querer descubrir. Al levantar el velo del misterio perdería la alegría íntima y escondida de poder olvidarse enteramente.

Yo soy el juguete, la pelotica del Niño Jesús, decía la insigne abandonada, Santa Teresa del Niño Jesús. El divino Niño puede hacer de mí lo que quiera, jugar a su antojo con su pelotica, divertirse como quiera, si le agrada pincharme con un alfiler o tirarme en un rincón, soy enteramente feliz, puesto que así le place. Y aun tenía marcada preferencia por las desolaciones, porque gustaba en ellas, mejor que en la consolación, el placer delicioso, aunque insensible, no sólo de agradar a Jesús, sino de agradarle a sus expensas, de agradarle desagradándose a sí misma.

Para completar el ramillete de flores que hemos recogido en las áridas rocas de la desolación, nos falta hablar de la hermosa flor de la

caridad, la reina de las virtudes. También ella crece en abundancia entre las zarzas y asperezas de la prueba espiritual. Se la encuentra en muchas variedades. Una de las más hermosas es el amor al sufrimiento.

El verdadero amor de Dios no podría vivir sin sufrimientos, bien lo sabemos y lo hemos experimentado más de una vez. Ahora bien, ¿qué mejor sufrimiento que el que nos desliga del más vivo placer que existe, del placer de saborear el amor divino? Otras pruebas nos desligan de los bienes sensibles, de la riqueza, de la reputación, de la salud. La desolación nos desliga de bienes mucho más grandes, de los bienes espirituales. Es duro abandonar por Dios nuestras riquezas, nuestros placeres, nuestros amigos y aun a nosotros mismos. Es más duro aún para el alma que lo ha abandonado todo por Dios, el dejar en cierto modo a Dios por el mismo Dios. La desolación es el destierro, no ya de la patria o de nuestros padres, es el destierro mucho más doloroso para el alma sedienta de Dios, el destierro del mismo Dios. La deliciosa y amable presencia de Dios, nuestro todo, la abandonamos por amor a El. Y este destierro, si se prolonga o se acentúa fuertemente, puede constituir un verdadero martirio.

Amemos, pues, esta prueba que nos proporciona tan admirablemente la ocasión de satisfacer nuestro amor a Jesús y nuestro deseo de sufrir por Él. Si no podemos tal vez practicar grandes austeridades, podemos ciertamente sufrir con generosidad y confianza la desolación, y así mostraremos a Jesús el ardor y la pureza de nuestro amor, mejor que con muchas otras cruces.

Hay otra variedad de esta hermosa flor de la caridad, una de las más exquisitas, y que se llama: amor de su pequeñez y de su pobreza. Las almas que han progresado un poco en los caminos del amor puro, conocen muy bien esa flor ignorada de las demás. Cuando se sienten impotentes, faltas de generosidad, sucias, repugnantes tal vez, hallan entonces particular encanto en amar su pobreza, en regocijarse con esa ostentación de miserias y aun de faltas. Es delicioso para ellas el aplaudir ante esa manifestación de lo que somos en realidad, nada y pecado. ¿Y por qué? Porque el amor puro de Dios es también necesariamente odio de sí mismo. El amor puro mirado por su aspecto negativo es el desprecio de nosotros mismos. Y he aquí por qué la dicha del amor puro se compone esencialmente de dos elementos: el placer de admirar y amar como suyas las encantadoras perfecciones de Dios y de Jesús, y la alegría de mirar con horror y odiar como a extraños, como a enemigos, las soberanas deformidades de nuestro yo.

El alma amante se alimenta de este doble placer. Somos felices al vemos tan repugnantes, tan imperfectos por nosotros mismos, tan perversos; somos felices al comprobar que el yo, antes tan amado, pero ahora nuestro gran enemigo y enemigo de Dios, es tan odioso, porque su fealdad misma realza igualmente las inefables perfecciones de Dios. Hemos arrojado lejos de nosotros como una vestidura andrajosa, ese villano yo, antiguo objeto de nuestras complacencias, y de ahora en adelante ponemos toda nuestra alegría en las inefables amabilidades de Dios, nuestro nuevo yo. He. aquí por qué todo lo que rebaja al yo, nuestro antiguo tirano y seductor, es para nosotros una fuente de íntima alegría. El amor ardiente de Dios nos hace felices al ver desenmascarado a nuestro común enemigo, al ver su fealdad tan al descubierto que ya no tenemos que temer el ser de nuevo seducidos por sus engañosos encantos.

¡Oh, qué hermoso y puro amor de Dios es este amor de nuestra miseria y de nuestra pobreza, amor que conocen solamente los iniciados, las almas pequeñas a quienes Dios revela estos misterios! Revelasti ea parvulis. Amor poco común de nuestra fealdad, que nos hace encontrar de manera extraña nuestra dicha donde tantas almas espirituales no encuentran más que tristeza y desaliento. San Francisco de Sales gustaba de hablar de esa alegría misteriosa que causa el amor de nuestra propia abyección, y Santa Teresa del Niño Jesús dice de ella cosas encantadoras. De ella escribía: «Tengo muchas debilidades, pero me regocijo por ellas. ¡Es tan dulce sentirse débil y pequeño!»

He aquí, pues, el purísimo amor que la desolación nos da ocasión de ejercitar tan a menudo. Aunque no produjera más que esta sola flor, esta flor matizada de amor y de humildad, la desolación debería ser amabilísima para nosotros y nos haría también amabilísimos a Jesús, el jar- dinero de nuestra alma. Pidamos a menudo esa gracia poderosa y fuerte, única que puede descubrimos la alegría misteriosa de despreciamos a nosotros mismos por amor, esa alegría que contribuirá más que ninguna otra cosa a matar en nosotros el hombre viejo.

El gozo del amor no es siempre sensible

Se objetará tal vez: teóricamente, sin duda, la desolación puede ser para todos ocasión de muchos actos de virtud, pero en la práctica, la desolación hace precisamente que no podamos hacer esos actos y, sobre todo, que no podamos hacerlos con gozo. Gozo del abandono, gozo del

sufrimiento, gozo de olvidarse por Jesús, gozo de despreciarse, todo esto es posible en la consolación, pero no en la desolación.

Ante todo, no confundamos el gozo sensible con el gozo, la dicha íntima y real, aunque oculta y no gustada. En la sequedad no sentimos evidentemente gozo sensible de amar a Jesús por medio de nuestro abandono, de nuestros sufrimientos, de nuestro olvido de nosotros mismos, pero podemos muy bien tener en el fondo del corazón la paz y la satisfacción íntima del don de sí mismo. Y mientras más avancemos en los caminos del espíritu, más nos desligaremos de todo lo sensible y podremos también entrar mejor a lo más íntimo de nuestra alma, para saborear allí la paz y la dicha no sentida del amor puro.

Pero lo que parece dificultad más seria, es que casi no podemos, y a veces no podemos de ningún modo, hacer sin gozo sensible actos explícitos de amor y de resignación, etc. ¡Es tan pesada nuestra cabeza, y nuestro corazón más pesado todavía! Hacer un acto consciente, explícito de amor de Dios, de resignación, de confianza, nos parece muy penoso. Es como si hubiera que levantar un peso inmenso. Es cierto, sin embargo, que uno de estos actos hechos de vez en cuando, lo mejor que podamos, agorada infinitamente a Dios. Y podemos hacerlos sencillísimamente, sin ningún razonamiento, con una simple mirada afectuosa del corazón, con una aspiración, con un suspiro del alma.

Actos «directos» del alma, infinitamente preciosos

Y si aun esto es difícil, si estos actos son muy penosos tal vez para ser frecuentes, sepamos que hay otra forma de actos no reflejos, los actos «directos» de nuestra alma. De éstos tenemos muy poca o ninguna conciencia. Sólo Dios, que nos conoce mejor que nosotros mismos, los ve ocultos en el fondo de nuestro corazón y se regocija por ellos inmensamente, sin que nosotros lo sepamos. Son: actos muy íntimos, muy secretos, porque son muy espontáneos y el alma los produce casi insensiblemente.

Una madre amante que vela con admirable consagración a su hijo enfermo, ¿no ama acaso más que cuando le prodiga sus caricias y sus besos? No, su amor silencioso se ejercita a cada instante. A cada instante se entrega a su querido hijo a quien vela. Su tristeza, su ansiedad, son los frutos y la prueba de su amor constante hacia él. Mirar a su hijo con

angustia, aun esto es también un acto de amor, pero un acto directo, no reflejo.

Lo mismo sucede con nosotros en la desolación. Estar tristes por la ausencia de Jesús, porque le amamos, suspirar por Él, ¿no es esto un acto de amor, que brota entonces continuamente de nuestro corazón como de una fuente abundante? Todo el placer de estos actos es sin duda para Jesús. A Él es a quien refresca esta agua, no a nosotros mismos. Pero ¿qué importa?

O si no, también, abandonamos con confianza, creer a despecho de todo en su amor, adormecemos entonces en una voluntaria despreocupación, como si durmiéramos entre los brazos de Jesús, ¿no es esto una sucesión ininterrumpida de actos directos, no reflejos, de abandono amoroso? Y si a veces hacemos un acto explícito y reflejo de amor, este acto será como el beso del hijo a su madre, beso que no es más que la expresión más manifiesta del amor que le hace dormir en paz sobre el seno de su madre.

Cualesquiera que sean los caminos por los cuales nos guía Dios, ya sea por la desolación, ya por la consolación, estemos seguros de que nuestros días pueden estar desbordantes de actos meritorios ante Dios. Mirad esos campos maduros donde innumerables tallos balancean sus pesadas espigas al soplo del viento. Dios es el que ha tenido cuidado de cada una de esas espigas, de cada uno de esos millones de granos que su amor ha producido para alimentamos. Y Dios que tiene mucho más cuidado de nuestras almas rescatadas con la sangre de Jesús, ¿no cuidará de hacerlas producir las espigas de los actos de virtud?

Si somos fervorosos, nuestros días más vacíos en apariencia, días de desolación y de impotencia, días de enfermedad, están llenos de las doradas espigas de nuestros actos de virtud directos o reflejos. Nuestro único cuidado debe ser el no conceder nada voluntariamente al amor propio. Porque el amor propio, por desgracia, tiene también sus numerosos actos directos, y en el campo de nuestra alma, a las espigas cargadas de amor divino se mezclan demasiado, desgraciadamente, las espigas esté- riles, las espigas del amor propio.

¡Cuánto más felices seríamos en la desolación, si tuviéramos más conciencia del valor de nuestros actos directos, de esas actitudes del alma que la orientan enteramente hacia Dios y de las cuales nuestros actos reflejos son una expresión más clara, pero no más meritoria, sin embargo! Lo único que conviene es querer renunciar al placer de nuestros actos, al

placer consciente y gustado que producen nuestros actos reflejos. Hay que saber renunciar al gozo sensible de nuestras virtudes, para dejar toda su

In document Confianza, JAEGHER (página 169-177)

Outline

Documento similar